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| 11/24/2003 12:00:00 AM

El galeón perdido

Un nuevo libro de Jorge Bendeck Olivella examina a fondo la historia del San José, su destino fatal y los intentos por rescatar la fortuna que reposa en el fondo del Caribe. SEMANA presenta algunos apartes.

El San José ve venir desde el N-NW al Expedition que se abre paso entre los buques de vanguardia empujado por la brisa, en evidente peligro de colisión, disparando contra ellos y obligándolos a virar, dejando franco su paso. El conde de Casa Alegre, da órdenes de esperar a que el enemigo se aproxime. Trece cañones de 18 libras y 13 de 10 asomados por sus portezuelas, no intimidan al inglés. Tampoco el galeón hace intento alguno de eludir al atacante, confiado en que su mejor posición le permitirá recibirlo con una cortina de fuego que podría decidir el combate. A unos 300 metros de distancia, en respuesta a la primera andanada enemiga, el conde ordena disparar y la metralla sale por el costado de estribor sin ocasionarle daños de importancia al Expedition. Mientras la recarga de los cañones del galeón se hace lenta, el navío inglés se sitúa a escasos 200 metros mientras dispara para inmovilizarlo buscando tumbar su velamen y romper su timón, clara advertencia de su propósito de abordaje. Casa Alegre manda virar mirando la brisa que favorece al inglés, para ofrecer un perfil pobre a la artillería enemiga, pero el atacante avanza hasta acercarse a no más de 150 metros, ocasión que aprovecha el San José para descargar nuevamente el peso de su artillería, con más ruido que puntería. El conde de Casa Alegre mantiene su posición. Está resuelto a todo con la ayuda del cielo.

En los intervalos de silencio de las baterías y la cadencia de los mosquetes, se oyen los gritos de los pasajeros, más de la mitad mujeres y niños, desesperados ante el terror que les provoca el estruendo de los cañones enemigos, la posibilidad de morir en cualquier momento y el miedo de ser apresados y despojados de sus bienes.

El Expedition, ahora a no más de 60 metros de distancia, silencia sus baterías mientras los marineros con cabos y ganchos esperan órdenes para lanzarlos. Luego vendrá el abordaje. Como era la costumbre, no habrá misericordia en ninguno de los bandos. La lucha será a muerte.

El conde de Casa Alegre, con voz casi inaudible por la ronquera que le provoca el acre humo cargado de gases azufrados, que a duras penas deja pasar la amarillenta luz de los faroles de señales, estimula como puede a sus oficiales y a sus combatientes.

El complejo proceso de recarga de los cañones se complica después de la tercera o cuarta andanada por el recalentamiento excesivo de las piezas, que hace temer a los artilleros que las cargas exploten antes de ser disparadas. Valeroso como el que más, Casa Alegre a pesar del peso de sus muchos años, se apresta a rechazar el abordaje. Ordena que los pasajeros se mantengan como puedan en las bodegas y niveles inferiores para tener despejadas las cubiertas, mientras manda a los arcabuceros disparar a discreción contra la nave enemiga, con bastante buen resultado. Los hombres del Expedition encaramados en las jarcias y uno que otro sobre la cubierta, van cayendo. Se vislumbra que puede haber un encuentro parejo. Los marineros, armados con pistolas y pesados sables macheteros están a la espera mientras los arcabuces de lado y lado cumplen su tarea mortífera entre el rumor acompasado que viene de los pasajeros que rezan el rosario. Las baterías por fin están listas. El conde se apresta a ordenar disparar casi a quemarropa contra el enemigo en el nombre de nuestro Señor que está con nosotros, cuando ocurre una terrible explosión que hace que la nave se pare en seco, gire sobre sí misma y empiece a hundirse rápidamente. Eran las 7 y media de la tarde y hacía poco los últimos resplandores del sol se habían escondido detrás de la curvatura oceánica.

Ante el asombro general de la tripulación del Expedition, explota el San José. Maderas y planchas encendidas caen sobre el navío inglés, quemándole velas y aparejos, tan próximo estaba del galeón español.

El comodoro inglés relata así el inesperado y súbito episodio:

Justo cuando el sol se ponía yo enfrenté la almiranta y aproximadamente una hora y media más tarde, ya muy oscuro, la almiranta estalló. Yo estaba a su costado a menos de medio tiro de pistola, tanto que el calor de la explosión vino hasta nosotros muy caliente y planchas y pedazos de madera encendidos cayeron en nuestro barco, que muy pronto lanzamos al mar. Presumo que la nave no estalló del todo en el aire, porque hubo muy poco fuego, mas creo que fue de costado, porque causó un mar que llegó a las portillas de nuestros cañones. Ella, inmediatamente se hundió con todas sus riquezas, las cuales pudieron ser muy grandes...

El comodoro no se queda en lamentaciones porque el combate entre las otras naves continúa y hay que tomar medidas para asegurar la victoria.

... después de esta explosión, todos los demás buques empezaron a separarse estando muy oscuro, por lo que no pude ver a ninguno, salvo a uno. Yo lo seguí, el cual parecía el más grande y pude comprobar que era la contralmiranta. A eso de las 2 de la madrugada la enfrenté... disparando una andanada hacia su popa, la que pareció incapacitarla para navegar y, estando yo a sotavento de ella, avancé para ubicarme a barlovento por ser más seguro para mi nave.

No vi ni escuché del Kingston ni del Portland... hasta ahora que por mis cañonazos y nuestras luces se unieron a mí y, asistido en apoderarme de la contralmiranta, ella pidió cuartel, pasadas las 2 de la mañana. Cuando la luna justo levantaba, ella permanecía tan quieta como un tronco en el agua... Mientras estuve emparejado con la contralmiranta, muy cerca de mí pasó la vicealmiranta que nos envió una andanada que respondimos, con la esperanza de que el Kingston y el Portland hubieran tomado cuenta de ella, pero la dejaron pasar.

Esta apreciación no es exacta pues, a esa hora, el San Joaquín que había salido del área de los combates en dirección NW, reparaba los daños que le causó el enfrentamiento con el Kingston. Parece más probable, que hubiera sido la urca de Nieto. En la bitácora del maestre del Expedition se lee:

Continuamos enfrentando la contralmiranta hasta las 3 de la mañana cuando viendo su barco tan dañado y ahora tres navíos contra él, pidió cuartel lo que nosotros garantizamos. Tuvimos cinco hombres muertos, dos hombres con sus brazos despedazados, que murieron de sus heridas, y varios heridos...

Thornton afirmó que:

... alrededor de las 7:30 la almiranta española estalló al lado del comodoro y en poco tiempo después nuestros cañones fueron asegurados por orden de nuestro capitán y no encontramos otros barcos, hasta cuando fuimos a ayudar a nuestro comodoro que enfrentaba la contralmiranta.

Luego de la rendición, agregó Wager:

... envié a mi capitán Long y a un número conveniente de nuestros hombres a bordo de la presa y él me envió a su contralmirante, que se identificó a sí mismo como el conde de la Vega Florida, junto con algunos oficiales, dejando el resto allá, hasta tener la oportunidad de disponer de ellos.

El San José se hundió rápidamente con su tesoro, su carga, sus tripulantes y sus pasajeros, en el breve tiempo en que se puede rezar un credo, según lo relató uno de los sobrevivientes.

El inglés asegura que sus cañones nunca apuntaron para destruirlo, sino para inhabilitarlo y luego abordarlo, a sabiendas de que, como capitana, llevaba la parte mayor del tesoro y que por transportar un mayor número de pasajeros, mayor sería el tesoro privado. Era, entonces, una presa demasiado valiosa para hundirla.

A pesar de la explosión, parece que el San José no se deshizo completamente, debido a los pocos escombros que se vieron en la superficie del mar al día siguiente. Por el mal estado del casco que hacía agua, la excesiva carga que portaba y la fuerte vibración que cada descarga de los cañones provocaba en la estructura, es razonable creer que el agua del mar, luego de la explosión, invadió súbitamente el vaso, hundiéndolo casi instantáneamente.

Se salvaron 11 marineros y pasajeros dicen algunas fuentes, otras, que solo siete, quienes informaron al comodoro Wager que el San José podía llevar, unos, que cinco, y, otros, que siete millones de pesos en plata y oro, sin contar lo ocultado por los pasajeros, que podría, al menos, doblar lo declarado; y que la almirante San Joaquín portaba entre cuatro y seis millones de pesos.
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