Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/06/25 00:00

El gesto y la palabra

Al igual que los indígenas, los afrocolombianos cuentan con una cultura basada en la tradición oral. Descalificada y censurada durante siglos por la verdad oficial, hoy lucha para hacerse visible y mostrar sus grandes aportes en la construcción de la colombianidad.

Más de cinco siglos han transcurrido desde el momento en que la civilización escrita occidental se halló frente a las civilizaciones orales indígena y africana en el territorio de lo que hoy es Colombia. Sin embargo, sólo al alba del siglo XXI la nueva Constitución colombiana de 1991, en su artículo 7º, reconoció la plurietnicidad y la multiculturalidad de la Nación. Esto quiere decir que, además de los legados histórico-culturales españoles, por primera vez en la historia nacional se reconocieron las herencias indígena y africana. No obstante la importancia de este reconocimiento, las percepciones que el ciudadano corriente tiene de la colombianidad siguen ancladas en los mitos fundadores de la nacionalidad creados en el siglo XIX. Entre ellos se destaca el que pretende que la verdadera cultura es la cultura escrita y letrada heredada de la Europa occidental desde los tiempos de la Conquista.

Sin embargo, tanto los indígenas que habitaban estos territorios antes de la llegada de los españoles como las personas africanas que fueron deportadas hacia estas tierras durante la esclavitud eran "gente de la palabra". Ellos pertenecían a civilizaciones eminentemente orales. En estas culturas, el registro del pasado, los conocimientos sobre la naturaleza y el cosmos, la sabiduría sobre el ser humano y la sociedad, la ética y la estética se traducen en un conjunto de saberes y prácticas, objetos e instrumentos todos ellos constitutivos de lo que se conoce como "tradición oral".

Por su parte, la versión criolla americana y letrada de la cultura se fundamenta en la superioridad de la escritura alfabética. Desde la Colonia, esta escritura heredada de España se convirtió en una herramienta de poder utilizada por el Estado Imperial para 'inferiorizar' a los pueblos de tradición oral como eran indígenas y africanos. Durante el siglo XIX, en tiempos independentistas y republicanos, el Estado instauró una voluntad de olvido, de ocultamiento, de invisibilidad y de discriminación de estas tradiciones. Los criollos republicanos importaron teorías extranjeras para demostrar con ellas la inferioridad de las razas; posteriormente, argumentaron en contra de sus malas costumbres, según ellos, ligadas a la lascivia excesiva, a la danza, al gusto por el tambor, la magia y las artes de la adivinación. Todas esas prácticas consideradas bárbaras fueron definidas como un obstáculo para el progreso. En tiempos más recientes, el ritmo de la champeta, originario del Palenque de San Basilio (Bolívar-Colombia), fue objeto de sanciones por parte de los medios de comunicación, de la Iglesia y de funcionarios civiles. Su baile fue considerado como una práctica que iba en contra de la moral. Sin embargo, la gente sigue bailándolo.

Tambores, magias, danzas, atuendos, adivinaciones son herencias ancladas en el cuerpo y el alma de los descendientes de los africanos en nuestro país. Herencias que nos vienen de las costas occidentales de África y que se americanizaron en los cinco siglos de interacción y de intercambios con indígenas y europeos. Pero, quizá más relevante es que esas herencias africanas han sido sometidas al olvido, a la invisibilidad y a la inferiorización durante largo tiempo. Los discursos de los científicos y los intelectuales del siglo XIX, tanto como los de los políticos del siglo XX, fueron explícitos y prolíficos en argumentos para demostrar la inferioridad racial de los descendientes de los africanos en la naciente república. Quizás una de las herencias mayores del pensamiento de las elites del siglo XIX consiste en un profundo desprecio por los "negros" y los "indios". Aún permanece en nuestra vida cotidiana y en nuestras relaciones sociales la mentalidad de las castas y de las razas decimonónicas. Este desprecio es uno de los zócalos sobre los cuales se apoyan la discriminación racial y la cultural de hoy.

Desde la Colonia hasta el presente, los pueblos afrocolombianos han opuesto resistencia contra el racismo y la discriminación social y cultural. Las formas mediante las cuales esta resistencia se ha manifestado han sido múltiples: enfrentamiento armado que dio origen a los palenques en tiempos coloniales, prácticas mágicas y apropiaciones de la legislación española para luchar jurídicamente por su libertad. Estas sólo son algunas, además de las estrategias de ascenso social durante el XIX, que incluyen la expresión literaria y la participación política. Cada una de estas experiencias de la historia afrocolombiana da cuenta de una memoria de resistencia y creatividad en la cual son discernibles claras herencias africanas que con el paso de los siglos han servido de herramienta para la sobrevivencia demográfica y cultural en medio de la exclusión. Es innegable que durante cinco siglos estos legados se han enriquecido con los intercambios y préstamos realizados a las otras culturas que conforman la colombianidad. Sin embargo, detrás de cada una de las formas de resistencia hay conjuntos de sabidurías ancestrales de pueblos africanos muy diversos que, al parecer, en medio del cautiverio esclavista se aliaron para luchar contra el terror y el castigo y todas las formas de persecución a las que fueron expuestos, como fue la aguerrida persecución inquisitorial que vivieron a lo largo del siglo XVII.

Sobrevivir demográfica y culturalmente en medio del cautiverio esclavista es una experiencia histórica particular. Más aun cuando sabemos que el acceso a las instituciones educativas les estuvo vedado durante todo el período colonial y aún hoy encontramos formas de exclusión y discriminación en las escuelas. De ahí que por los avatares de su vínculo con las tradiciones orales africanas y con la esclavitud americana, la cultura afrocolombiana se inscriba en el cuerpo, en la palabra, en la gestualidad y en la iconografía sagrada y profana. Es decir, en la tangibilidad del cuerpo y de la iconografía y en la intangibilidad de la palabra y el gesto. Sin embargo, cuando se trata de aproximar lo tangible o lo intangible por separado, nos damos cuenta de que estos dos aspectos que conforman la tradición afrocolombiana son indisociables cuando se ponen en escena. Cantos, danzas y máscaras surgen en escenarios de celebración o de duelo como pueden ser los momentos del festejo de un nacimiento o un casamiento o los dolorosos del enterramiento de los seres queridos. En ambos se canta, se baila, se pone en escena la dicha o el dolor. El cuerpo es el estandarte que, a su vez, porta máscaras cuyas representaciones están asociadas con cantos o rezos. El carnaval de Barranquilla, con su fauna danzante acompasada a ritmos de leones y jirafas; o la Semana Santa en Coteje, en donde el Cristo mismo es representado con la doliente Magdalena; la fiesta de San Pacho, en Chocó, y tantas otras festividades son un despliegue de tradiciones donde lo material y lo inmaterial de la cultura se enlazan para dar sentido a las creencias, prácticas, devociones y expresiones del alma afrocolombiana.

Las fiestas religiosas dedicadas a los santos patronos, tanto como las fiestas de carnaval, fueron dos espacios privilegiados para los esclavizados, pues en ellas gozaban de la libertad que en otras fechas no les era permitida. Ahí entonces sonó el tambor, y los cantos a sus antepasados tuvieron de nuevo un lugar, y sus danzas cadenciosas vestidas muchas veces ya con la moda de los amos se lucieron por las calles coloniales y aún se siguen luciendo. No obstante, en cada canto o baile, en cada copla, cuento o adivinanza, en cada rezo, hay una escuela de vida, una concepción del mundo, una manera particular de vivirlo y de morirlo. Sabidurías acerca del bosque tropical, de los litorales del país, y de sus islas en el Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, conocimientos sobre la fauna y la flora de los entornos en donde les tocó vivir y donde, posteriormente, en calidad de gente libre, construyeron sus propios territorios autónomos. Profundos conocimientos religiosos anclados en el antiguo culto a los muertos heredado de sus padres africanos y posteriormente emparentados con las enseñanzas del cristianismo. Conocimientos sobre el clima, las cosechas, el amor y la sexualidad, la vida en el más allá, la ética y un sentido propio de la belleza para recorrer los caminos de este mundo. Este conjunto de expresiones es un 'patrimonio vivido' por las comunidades anclado en una memoria histórica y cultural que apenas ahora comenzamos a conocer mediante estudios, investigaciones y, sobre todo, gracias a las propias reivindicaciones de las comunidades afrocolombianas. Y es justamente la permanencia de esa memoria la que garantiza la reproducción cultural e identitaria.

El patrimonio inmaterial es una experiencia cotidiana que garantiza la reproducción cultural. Pero, además, es una práctica inscrita en los ciclos vitales de las personas y por lo tanto genera sentido de pertenencia. En consecuencia, ese patrimonio se inscribe en el cuerpo, en la palabra, en la gestualidad y en la iconografía sagrada o profana. Su despliegue lo vemos en carnavales y fiestas de santos, y en tantos otros escenarios de celebración sustentando también aquello que de modo coloquial llamamos lo regional o lo local. Por lo tanto, el patrimonio inmaterial afrocolombiano no es un segmento del patrimonio disociable de la materialidad de sus producciones culturales, sino que, más bien, es su fundamento constitutivo. Por esta razón, las políticas culturales puestas en marcha por el Estado, tanto como las acciones realizadas por comunidades o grupos privados, deberían tener en cuenta los contenidos de esas tradiciones y sus interacciones constantes con la modernidad. No tomar nota de la historicidad de la cultura y, por ende, de este patrimonio y sus particularidades se puede convertir en un obstáculo para la inclusión de estas percepciones integrales de experiencia patrimonial en el acervo de la cultura nacional, que sigue cargando con las contradicciones heredadas del siglo XIX, según las cuales la verdadera cultura sería la heredada de las tradiciones occidentales. La escisión entre patrimonio material y patrimonio inmaterial que plantean los discursos de los expertos es, sin duda, operativa cuando se trata de llevar a cabo acciones respecto a la puesta en marcha de políticas culturales. Sin embargo, urge una crítica seria y constructiva respecto a estos conceptos en sociedades como la nuestra, en la cual buena parte de las tradiciones que la conforman sigue siendo oral, como es el caso de los descendientes de los africanos en nuestro país. Quizás el día que comprendamos a cabalidad esta especificidad podremos incluir de manera digna los aportes de África a la conformación de la colombianidad.

*Profesora asociada, Departamento de historia, Facultad de ciencias sociales, Universidad de los Andes, Grupo de estudios afrocolombianos coloniales y contemporáneos.

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