Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1988/07/04 00:00

EL GOMEZ QUE YO CONOZCO

EL GOMEZ QUE YO CONOZCO

Me pide SEMANA que le escriba una semblanza, en pocas palabras, de Alvaro Gómez Hurtado. Se trata, sin duda, de una figura compleja y fascinante. Y no me atrevería a "simplificarlo" en un artículo de prensa si no tuviera la íntima convicción de que está vivo. En cualquier otra circunstancia, deberíamos acometer una evaluación más definitiva que las aproximaciones, llenas de emotividad que presento a los lectores.
Conocí a Alvaro Gómez, con overoles, en el garaje de mi casa. Mauricio y yo habíamos montado una obra de teatro para ser presentada en el Colón. Sobre un diseño de Asita de Mallarino, realizado en media hoja de papel, Alvaro tomó la brocha gorda y nos dibujó el escenario... Pocos años después, estando yo en Londres, le escribí unas cartas a Mauricio. Alvaro las había leído, y quiso conversar conmigo. Me invitó a almorzar a su casa. Me presenté, con el pelo largo, abrumado por la responsabilidad de tener que decir cosas inteligentes. Yo era un poeta en estado salvaje, y él era casi el Presidente de Colombia...
Esta última virtualidad no la ha perdido aún: ha pasado los últimos 15 años siendo casi el Presidente de Colombia... Meses después, en el 74 le vi realizar un acto prodigioso en la manifestación de la Plaza de Caizedo. Comenzó a llover en las esquinas, y desde la tribuna vimos la reacción eléctrica de las masas dispersándose hacia afuera. Alvaro no quiso terminar su discurso con la languidez de una plaza vacía. Comenzó entonces un stacatto in crescendo, como la música de 2001 Odísea del Espacio que usaría, doce años después, para ascender al podio de la Convención Conservadora. Fue un auténtico acto de carisma. La gente comenzó a volver, a pesar de la lluvia, seducida por la convicción de su oratoria, y dominada por la expectativa del finale.
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Mucho se habla de la timidez de Alvaro Gómez. También, parece, de la de Laureano. Hay quienes interpretan su superioridad en el Congreso como el compromiso que significaba para él la necesidad de superar su propia limitación natural. En el caso de Alvaro, esto ciertamente no es así. Su famosa "timidez" no es otra cosa que un pequeño rictus -que también tiene Mauricio-, que acompaña a la sonrisa, en el labio izquierdo. Como si algún músculo automático estuviera frenando la risa para que no se convirtiera en carcajada. Evidentemente, Alvaro no tiene carcajada. Como todos los actos de su expresión humana, se ríe con mesura, se mueve con suavidad, actúa despacio. Sólo su rostro es rápido. A veces los ojos se le desesperan, pero se queda quieto, soportando al interlocutor. Y a veces, cuando está alerta, como los perros finos que paran las orejas, Alvaro tensiona la arquitectura facial, sin darse cuenta, para producir ese magnífico perfil de piedra tallada que tantas veces le hemos visto dibujar al Maestro Osuna...
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También se habla mucho del supuesto sectarismo de Alvaro, que sería una disjunción de su personalidad, donde la pasión tomaría ventaja sobre todas las facultades intelectuales. Nada hay más lejano a la realidad que esta interpretación. Alvaro Gómez es el predominio de la inteligencia sobre todas las otras facultades del espíritu.
No tiene la "pasión de mandar", de que hablaba Gregorio Marañón en su descripción del Conde-Duque de Olivares. Sólo tiene la pasión cartesiana por la inteligencia, entendida ésta, no como una superioridad mental, sino como un método inquisitivo para llegar al dominio del conocimiento. Alvaro tiene la obsesión por entender la razón de ser de todas las cosas. Y eso lo acerca, como a Laureano Gómez, al mundo científico, para desconcierto permanente de sus amigos. Está al día en física, en química, en astronomía... y menos un poco en historia.. En los últimos años no ha podido ejercer con libertad su predilección por la lectura, y tiene por tanto curiosidades sin saldar...
Duro de convencer, llevamos diez años discutiendo si los escoceses tienen sus ancestros en la cultura celta, que él admira profundamente... Y cada vez que el revés de la política le ofrece una liberación intelectual suele decir: "Ahora sí voy a ponerme u averiguar si Jiménez de Quesada estuvo en el Saco de Roma, con Carlos V..."
¿Su figura universal?: Felipe II. Coincidimos en la lectura de la tremenda biografía de Thomas Walsh, en la que se describe, en la forma más impresionante posible, la dramática y magnífica agonía del rey. Y estoy seguro de que ahora, en su cautiverio, Alvaro se libera del sufrimiento humano recordando aquella pequeña ventana de El Escorial que "Nuestro rey Felipe II" -como le dice Alvaro- mandó abrir sobre la Iglesia para poder mirar, desde su lecho, hacia el altar...
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Alvaro Gómez es un hombre con vida interior. Muchas personas pasan por la vida sin cultivar el espíritu y no tienen otra cosa que la fachada externa y visible. El tiene, por dentro, la riqueza inmensa de un espíritu cultivado. Y no habiendo nunca podido, en virtud de su vida pública, saborear las delicias intelectuales de la soledad, no nos ha dejado, hasta ahora, cosa distinta de la escritura política. Durante el exilio, sin embargo, escribió uno de los libros más valiosos de la sociología histórica de América Latina: "La revolución en América", que hoy día no se consigue en ninguna librería.
Y como parte de su riqueza interior, está el mundo mítico de los caballos. Cuando Alvaro salía a almorzar, nos precipitábamos todos a su caneca de basura. De allí salían centauros y unicornios, caricaturas y retratos, dibujados en línea sobre cualquier pedazo de papel. Con exceso de autocrítica, los iba dejando caer en la caneca. Pero alguna pequeña vanidad quiso, para gratificación nuestra -y sobretodo de Alvaro Montoya que es el que más retazos tiene- que nunca se atreviera a arrugarlos, antes de dejarlos caer...
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Contrario a lo que piensa la gente, Alvaro Gómez no es vehemente. Enrique, en cambio, sí. Son dos temperamentos casi opuestos, que resumen, sin embargo, la personalidad compleja de su ilustre padre. Yo, que no lo conocí, pienso que debía ser la suma de los dos, pero que en el acto de la herencia les dividió los atributos. Lo que sí es Alvaro Gómez es elocuente en la conversación y en la escritura. Pretenciosamente, Alvaro me decia: "La elocuencia es, en Colombia, una virtud conservadora". Lo cierto es que la tenía Bolívar, y no Santander; los Arboleda, y no el Olimpo Radical; Núñez, Holguín y Caro, más no Aquileo Parra ni Santiago Pérez. Claro está que hoy la exhiben, en grado muy deleitable, Alfonso López Michelsen y Alberto Lleras Camargo.
Alvaro es, entonces, no vehemente sino reflexivo. Profundamente así. Prudente en el pensamiento, casi hasta llegar a los extremos de esta virtud.
Por ello, hay en su escritura siempre un método dubitativo, y una forma resguardada de expresión. "Hay que tomar precauciones de estilo" me decía, utilizando la frase tal vez de Quevedo, para poder decir las cosas más duras, sin que ofendan por su expresión. Y así lo hace siempre en sus famosos editoriales de cada día.
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Un hombre de principios.
Es decir un convencido de las ideas.
Y, por lo tanto, un gran combatiente intelectual.
Su afición por la inteligencia no lo llevó nunca, sin embargo, a caer en la arrogancia del humanismo, es decir en la interpretación puramente racional sobre los orígenes del hombre y de la vida. Es un católico integral, al estilo de los antiguos españoles. En su juventud, la fe católica lo conducía a la militancia política. Contra esta escuela, que era la de Maritain y la de la Acción Francesa, un grupo de intelectuales colombianos, que se oponía a que la religión tuviera militancia, estableció un grupo que se caracterizaba así propio como "simplemente católico".
Alvaro, para tomarles del pelo, los llamaba los "católicos simples"; y todavía, hace pocos años, recordando el episodio, se le llenaban los ojos de picardía...
Ese era el Alvaro Gómez de los primeros tiempos. Después, la madurez le fue moderando los impetus, la madurez que viene con el aumento de peso en la barriga, y con la insinuación de la papada, y que nos sucede a todos cuando nos vamos acercando a los 40 años...
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Muchas facetas de la personalidad de Alvaro Gómez se quedan por fuera. Hay una importante, sin embargo: la calidad estética de la política. Así como ningún pintor hace, deliberadamente, un cuadro feo (con excepción de los expresionistas alemanes), Alvaro ha pretendido siempre preservar una estética que predomine sobre la política, y sobre las ventajas personales. Es una forma de pudor. O de pundonor. Es lo que lo llevo a tolerar pasivamente las heterodoxias de la Presidencia Betancur, y a no romper con esa pesada herencia, durante la campaña electoral en la que todo el país esperaba una explosión de divergencias. Hay, en la permanencia de la solidaridad, una imprecisable calidad estética.
Es mucho lo que aún podríamos derivar los colombianos de la inteligencia y de la cultura de Alvaro Gómez. Cuando regrese, si logra dominar el instinto de ser Presidente, seguramente va a seguir perfeccionando su talla espiritual y humana, hasta alcanzar las grandes culminaciones que se le ofrecen al hombre extraordinario, para bien de la patria.

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