Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2004/04/18 00:00

EL gran DERBY

La carrera por la 'Novela norteamericana' tiene a jovenes y reputados escritores como contendientes. ¿Hay un digno sucesor de Faulkner?

EL gran DERBY

En los cajones de salida están

Michael Chabon, Chuck Palahniuk, David Foster Wallace, Jeffrey Eugenides, Jonathan Franzen, y otros menos conocidos como David Sedaris, Jonathan Lethem y J. Safran Foer. La mayoría tiene menos de 40 años de edad y hace cinco que acaparan la escena literaria de su país. Están listos para una carrera más por el derby de la gran novela norteamericana, esa obsesión tan local como el Supertazón.

Cada tanto una comunidad de críticos, editoriales, agentes, lectores profesionales, se afana por encontrar el libro que resuma la esencia del alma norteamericana. Los escogidos para la competencia se les agrupa bajo una etiqueta (en los 90 fue la generación X). Algunos de los de esta nueva década que no va ni a la mitad tienen ya un palmarés respetable. Chabon y Eugenides se han alzado con un Pulitzer. Franzen, por su parte, viene de recibir alabanzas a granel por Las correcciones, una novela premiada con el National Book Award de 700 páginas (todos estos norteamericanos son de larguísimo aliento, pero Foster

Wallace arrasa: La broma infinita es eso, infinita. Tiene 1.092 páginas más otras 100 de citas aclaratorias). Las correcciones ha vendido más de un millón de copias y hasta hace poco era considerada la gran novela norteamericana contemporánea. Hasta hace poco porque la acaba de relevar Middlesex, la segunda obra de Jeffrey Eugenides, el autor de El club de las vírgenes suicidas (para el pesar de muchos Eugenides también sucumbió a la tentación de la verborrea y las largas parrafadas. Middlesex tiene la no despreciable suma de 670 páginas). Otros están apenas allanando el camino para la consagración. Por ejemplo Safran Foer tiene 25 años y una novela, Todo está iluminado, un libro recibido por The New York Times así: "Desde 'La naranja mecánica', de Anthony Burguess, el idioma inglés no había sido vapuleado y vitaminizado con tanta brillantez y brío". No es para alarmarse, cada tanto Nueva York

-o mejor Manhattan, donde se concentra casi el 80 por ciento de la industria editorial- le da la bienvenida a un nuevo Burguess, J.D Salinger, Brett Easton Ellis o Kurt Vonnegut.

Por otro lado el historial de Palahniuk está alimentado por la adaptación cinematográfica de su novela El club de la pelea.

¿Pero hay algo que los agrupe además del rápido prestigio adquirido y de esa vertiginosa competencia a la que han sido lanzados? ¿Esa carrera que ganó para la eternidad Moby Dick? ¿O fue El gran Gatsby, o El guardián entre el centeno, o El mundo según Garp de John Irving, o Las aventuras de Augie March de Saul Bellow? ¿Quién diablos se acuerda ya?

Foster Wallace dice que absolutamente nada los une. Chabon alega que querer agruparlos bajo un mismo nombre, nueva generación es el que se usa para referirse a ellos, "es una herramienta de marketing" (tiene la autoridad moral para decirlo, es el más vendido de todos); Palahniuk responde que esa obsesión por no querer ser encasillados es precisamente el rasgo que los define. A Sedaris lo de nueva generación le suena un poco "a 'Star trek', cosa que me hace sentir incómodo".

Aun así todos viven bajo la misma cobija hecha de televisión, desconfianza hacia el gobierno, revistas baratas, conflictos raciales, padres o abuelos inmigrantes, canciones y suburbios o ciudades. Tienen por techo el mismo país aunque cada uno le rinda culto a un trozo diferente de la cultura popular. Aunque la obra de Lethem esté cruzada por las canciones de Bob Dylan y la novela con que Chabon se ganó el Pulitzer sea un homenaje a los superhéroes de Jack Kirby. Lo importante más allá de eso es que todos lloran o se quejan en sus libros de un pasado perdido llámese familia o infancia. Todos buscan en sus raíces -Eugenides en Grecia, Safran Foer en Ucrania, Lethem en Brooklyn- la luz que los saque de la oscuridad. Todos terminan sintiéndose tristes o rabiosos tarde que temprano y a su manera ante el sueño americano, ante la desvergonzada forma en que su país les vendió el futuro. "La vida no es una maldita Disneylandia", grita Palahniuk.

Todos esperan encontrar en la calle, en la escritura, en la bebida, en la música, en el enamoramiento, un bálsamo. Como lo esperaron los beatniks. Como lo esperaron John Cheever, Truman Capote, Carson McCullers o F. Scott Fitzgerald. Aquel es el material del que están hechas sus historias y por eso mismo poco o nada importa quien monte el animal más rápido o quien posea el jumento más gordo, o si tienen un entrenador en común en el derby de la gran novela norteamericana. Es una carrera perdida de antemano y lo mejor es dedicarse a ver los caballos pastar.

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