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| 6/8/1992 12:00:00 AM

EL HOLOCAUSTO

Lo que ocurrió en el Palacio de Justicia cambiará la historia del país. SEMANA lo analiza.

EL HOLOCAUSTO EL HOLOCAUSTO
EL M-19 TENIA QUE RECUPERAR ESPACIO POlítico. La sensación de que el movimiento estaba siendo acorralado militarmente y la falta de justificación ante la opinión pública por la ruptura de la tregua habían dejado al grupo guerrillero en el momento de mayor desprestigio militar y político de toda su historia. Era necesario, pronto, dar un golpe grande, espectacular y exitoso.
Después de estudiar muchas alternativas el movimiento decidió tomar el Palacio de Justicia durante la visita del presidente francés, Francois Mitterrand, para darle una dimensión mundial al asalto. Algo falló. El 17 de octubre dos guerrilleros fueron detenidos merodeando el Palacio y en posesión de completos planos de la edificación. Pocas horas después, durante un allanamiento a una residencia del movimiento, fue incautado un casete que contenía la proclama que debía darse a conocer en el momento de la toma. El plan tenía que ser abandonado. El Gobierno, alertado, había montado un severo dispositivo de seguridad para proteger el Palacio.
Pero el problema inicial seguía vigente. Era necesario un cambio de objetivo. Se decidió entonces secuestrar al comandante del Ejército, general Rafael Samudio. El propósito era utilizar al rehén para obligar a las Fuerzas Militares a sentarse a negociar directamente con el M-19, sobre la base de un retiro de las tropas de las zonas de conflicto.
Al frustrarse esta tentativa, que no hizo más que aumentar su desprestigio, los guerrilleros decidieron violar una de las reglas elementales de la cartilla revolucionaria: retomar un plan que ya había sido descubierto por el enemigo.
Calcularon que las autoridades no podrían mantener indefinidamente el operativo y que, acogiéndose a la lógica, asumirían que el plan sería abandonado al haberse develado. Sólo había que sentarse a esperar.

LA AUDACIA ES EL NOMBRE...
Además de la ventaja de poder utilizar las largas semanas de planeación invertidas en el proyecto, pesó sobre los guerrilleros el conyencimiento de que, descubierto o no, el plan concebido originalmente era absolutamente inmejorable. La idea era, una vez tomado el Palacio de Justicia, realizar un juicio popular al proceso de paz, obligando al Presidente a defenderse y teniendo como testigo de excepción a la Corte Suprema de Justicia. A esto se sumaba la publicación de proclama acusando al Presidente de haber traicionado el proceso de paz, en los más importantes medios de comunicación y la utilización de la radio como tribuna popular. Militarmente las condiciones no podían ser más favorables. La edificación, cuya construcción había sido objeto de enorme controversia porque rompía la armonía arquitectónica de la Plaza de Bolívar, era una fortaleza inexpugnable. La coraza de concreto que se ve desde el exterior es, en realidad, una muralla separada algunos metros del edificio interior, al cual se accede sólo por dos entradas, la de la Plaza de Bolívar y la del sótano por la carrera octava. El carácter fortificado de la edificación, que hacía imposible el acceso por las ventanas, sumado al hecho de que sólo había dos entradas, le daban una ventaja militar enorme a quien estuviera adentro.
Por otro lado, atrincherarse en la sede de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo de Estado, dos de las instituciones más prestigiosas del país, tenía un gran valor simbólico desde el punto de vista político. Una consideración adicional de no poca importancia era la de que la respetabilidad de la investidura de los más altos dignatarios de la justicia del país los hacía rehenes inmejorables, pues los guerrilleros asumían que el Gobierno no pondría en peligro personas de esta talla.
Esto explicaría en gran parte la forma como fue integrado el comando. El M-19 no sólo incluyó a estrategas militares sino a sus mejores cuadros intelectuales y negociadores, dentro de la idea de que iban a ser la contraparte no de una batalla sino de un debate ideológico y jurídico de alto nivel. Luis Otero, el arquitecto que había sido el cerebro de la toma de la Embajada de la República Dominicana y cuya mayor frustración revolucionaria había sido que Jaime Bateman no le había permitido participar directamente en ella, pudo en esta oportunidad, como comandante de la operación, ejecutar uno de sus diseños.
Considerado como el mejor estretega del movimiento urbano, su reputación no era similar en el campo militar. El segundo era el abogado Andrés Almarales, el principal sindicalista del M-19 y, en consecuencia, ducho en negociaciones. El trío clave se completaba con el constitucionalista Alfonso Jacquin, considerado el mayor intelectual del grupo guerrillero.

EL OPERATIVO
Durante 21 días el Palacio tuvo protección especial mientras los guerrilleros esperaban. El martes en la tarde se desmontó el dispositivo de seguridad especial y el M-19 tomó la decisión de actuar al día siguiente. Las etapas iniciales del operativo fueron fáciles. Desde las primeras horas de la mañana, camuflados como ciudadanos ordinarios en plan de diligencia, habían entrado al Palacio los primeros guerrilleros.
A las 11:35, un camión Ford 51 recorrió la carrera octava hacia el sur e irrumpió por la entrada del sótano del Palacio de Justicia. Los primeros guerrilleros descendieron del camión y se enfrentaron a tiros con dos celadores que murieron en el asalto. Acto seguido se estableció una línea de fuego en el sótano con efectivos del F-2, del DAS y escoltas de los magistrados. Paralelamente, quienes se habían infiltrado horas antes se tomaban las oficinas y recihían las tulas que sus compañeros habían logrado introducir a través de la línea de fuego. Mientras unos se dirigieron armados hacia el cuarto piso en busca de las oficinas de la Corte Suprema, dos guerrilleras establecieron nidos de ametralladoras en lugares estratégicos, que iban a ser los ejes militares de la operación. El primero apuntaba hacia la entrada principal del edificio y el segundo protegía la entrada del sótano hacia el primer piso.
Apoyadas por la Policía y el F-2 las primeras unidades del Batallón Guardia Presidencial trataron de emplazarse en la Plaza de Bolívar y en las torres de la Catedral, en medio del fuego que ya había comenzado a desatarse sobre el costado sur del edificio. A los pocos minutos, mientras se producían las primeras bajas, comenzaron a movilizarse refuerzos de la Policía, la XIII Brigada y, lo más importante, los cinco tanques brasileños Cascabel de la Escuela de Caballería de Usaquén.

RECIBIENDO CREDENCIALES
La primera media hora del drama había transcurrido sin que el Presidente de la República, a menos de un kilómetro de los acontecimientos, se enterara. A esas horas se encontraba en compañía del canciller, Augusto Ramirez, recibiendo las credenciales del embajador de México, el primero de los tres diplomáticos que debían presentar sus cartas. Antes de que hiciera su entrada el segundo, el embajador de Uruguay, el edecán de servicio de la Casa Militar le comunicó al Presidente que se estaba presentando un "tiroteo de origen desconocido" en el Palacio de Justicia. El jefe del Estado preguntó: "¿Es muy grave?". "No sabemos, señor Presidente", contestó el edecán."Por favor, manténgame informado", dijo Betancur y prosiguió con su rutina protocolaria.
Tan pronto se retiró el embajador de Uruguay entraron corriendo al Salón de Credenciales la ministra de Comunicaciones, Noemí Sanín, su colega de Educación, Liliam Suárez, y el titular de la cartera de Gobierno, Jaime Castro. Los recién llegados se trasladaron a una oficina adyacente en busca de información más precisa, mientras el Presidente, en forma superexpedita, despachó al embajador de Argelia.
Ya la radio, algunos de cuyos reporteros estaban cubriendo las sesiones del Congreso había convertido el ataque en noticia nacional. En la Casa de Nariño una llamada del director del Noticiero 24 Horas, Mauricio Gómez, transmitió el contenido de un casete que el M-19 le había hecho llegar, y en el cual se estipulaban sus exigencias. El Presidente y los cuatro ministros que estaban con él oyeron, a través del amplificador del teléfono presidencial, la voz de un guerrillero. Ante lo absurdo de las peticiones, la reacción automática fue "no hay nada que aceptar, no hay nada que negociar". Poco a poco fueron llegando los otros ministros. El Presidente pidió que lo comunicaran con el ministro de Defensa, general Miguel Vega, para pedirle que se hiciera presente en el despacho presidencial. Mindefensa, quien desde hacía media hora coordinaba la operación, sólo pudo llegar hora y media más tarde. Entre tanto, Betancur, el canciller y el ministro de Gobierno localizaban telefónicamente a los ex presidentes de la República, dos de los cuales, López y Pastrana, se encontraban en el exterior. A éstos se les informó sobre la gravedad de la situación y se les consultó su opinión. Todos le ofrecieron su respaldo al Presidente, apoyando su determinación de que las exigencias del M-19 no eran negociables.

LOS CASCABEL
Si en la Casa de Nariño todo parecía bajo control, en la Plaza de Bolívar era la debacle: un tiroteo comparable con cualesquiera de las calles de Beirut estremece el corazón de Bogotá. A la 1:55 p.m. del miércoles, uno de los cinco tanques Cascabel ascendió difícilmente las gradas del Palacio de Justicia y en forma aparatosa destrozó la puerta principal. El objetivo era servir de parapeto para que un grupo de soldados penetrara en el corredor que separa el muro exterior del edificio central sin correr el riesgo de caer bajo las ráfagas de la ametralladora que había sido emplazada en uno de los pisos intermedios. Minutos después cuatro helicópteros de la Policía sobrevolaron el Palacio y uno a uno fueron dejando en la terraza un total de 16 agentes, especialmente entrenados para este tipo de operaciones en España. Todo esto estaba siendo coordinado desde la Casa del Florero por el general Jesús Armando Arias Cabrales, comandante de la XIII Brigada; el general José Luis Vargas Villegas, comandante de la Policía de Bogotá, y el coronel Alfonsa Plazas Vega, comandante de la Escuela de Caballería. Los tres comandantes frente a los planos del edificio, evaluaban la situación y llegaron a la conclusión de que el objetivo, por la información que recibieron de los primeros soldados que ingresaron al Palacio, debía ser el de destruir los dos nidos de ametralladoras que no cesaban el fuego y que impedían el acceso del suficiente número de soldados que se requerían para dominar a los guerrilleros. Las ametralladoras se convertirían en los puntos neurálgicos del combate y en el mayor dolor de cabeza de los militares.
De ahí que, en un momento dado, los comandantes de la operación hayan decidido emplazar artillería pesada para disparar rockets con el fin de eliminar los nidos de ametralladoras.

EL CONSEJO DE LAS 3 P.M.
El tiroteo en el Palacio era intenso y en varios frentes. Entre tanto en la Casa de Nariño se inició la primera sesión del Consejo de Ministros. Algunos de ellos no recuerdan siquiera el momento en que formalmente se instaló.
Lo que sí recuerdan es que fue en el despacho del Presidente y no en el salón tradicional. Antes de las tres de la tarde hizo su entrada el ministro de defensa, acompañado por los generales Guerrero Paz y Delgado Mallarino.
Betancur comenzó a hablar. Su tono era calmado y sereno y así permanecera durante las sig
uientes 24 horas. La decisión fue unánime y ninguno de los ministros planteó la más mínima reserva: no era posible negociación alguna.
Después de guardar silencio durante varios minutos el general Vega intervino: "Tenemos todos los operativos en marcha y si la decisión del consejo es esta, seguiremos adelante". El ministro de Gobierno tomó entonces la palabra "Creo que de todos modos debemos hacerle saber a los guerrilleros que si se rinden tendrán un juicio ordinario como lo prevén las normas actuales". Los demás ministros complementaron la intervención y uno de ellos agregó "Digámosles que militarmente están perdidos, pues la fuerza pública los tiene rodeados y ya ha entrado al Palacio.
Les podemos ofrecer respeto a la vida y a su integridad, para que después de rendirse sean juzgados como corresponde". El consejo continuó sesionando enfrentado al problema de cómo hacerles llegar la propuesta, pero se veía continuamente interrumpido por edecanes y secretarias que traían las últimas noticias. Uno de los temas en discusión era cómo hacerle frente a los tan angustiosos llamados del presidente de la Corte Suprema, Alfonso Reyes Echandía, quien se hallaba tomado como rehén en el cuarto piso de la edificación.
Algunos ministros allegados al alto magistrado plantearon dudas sobre si efectivamente la voz que se escuchaba por la radio era la de Reyes Echandía.
Para corroborarlo se solicitó a una secretaria del despacho que efectuara una llamada a la oficina del presidente de la Corte. Por medio de un teléfono con amplificador quienes lo conocían identificaron su voz. La sesión continuó dramáticamente unos minutos y se decidió comisionar al general Delgado Mallarino para que estableciera contacto telefónico con los guerrilleros para comunicarles la propuesta.
Hacia las cinco p.m. del miércoles el general Delgado logró comunicarse con el propio Reyes Echandía. "Paseme al comandante", dijo el general Luis Otero pasó entonces al teléfono "(Otero dijo a Delgado óigame bien, a nombre del Gobierno le ofrezco a usted y a los demás, respetarles la vida y la integridad para que si ustedes se rinden sean juzgados por un juez ordinario. Entréguense y así se hará. Su operación no tiene salida".
Otero guardó silencio unos segundos y en lenguaje calmado respondió: "No, general, esa no es garantía ni solución. No podemos creer en ustedes. Estamos en esta operación hasta las últimas consecuencias. Nuestros planes se tienen, que cumplir". Delgado insistió:"Es nuestra propuesta. Evitemos un derramamiento de sangre. Piénsenlo y, si es el caso, volvemos a hablar".
El consejo continuó su sesión y resolvió dar un tiempo prudencial de una hora para intentar una nueva comunicación con el fin de saber si los guerrilleros habían cambiado de opinión. Pasadas las seis de la tarde el ministro de Justicia, Enrique Parejo, quien se había ofrecido para intentar este nuevo contacto alegando que había sido compañero de estudios de Almarales, trató infuctuosamente durante media hora obtener la comunicación. Todo parece indicar que para ese momento los guerrilleros habían abandonado las oficinas y estaban encerrando a los rehenes en los baños. Pero el ministro insistía mientras sus colegas le indicaban otros teléfonos de oficinas adyacentes. Pero todo fue en vano. El consejo decidió entonces solicitarle a las distintas emisoras de radio que transmitieran constantemente la propuesta, la cual nunca fue contestada.

LOS PRIMEROS LIBERADOS
En el Palacio de Justicia los tiroteos no habían cesado, pero algunas de las personas que se hallaban atrapadas en los corredores del primer piso lograron ser evacuadas con la ayuda de agentes del F-2. Al caer de la tarde se intensificó el tiroteo y muchas otras personas lograron abandonar el edificio, entre ellas el magistrado Jaime Betancur Cuartas, hermano del Presidente.
Hacia las 6:15 Reyes Echandía hizo un nuevo llamado angustioso de cese al fuego.El caos y la confusión crecian a medida que la oscuridad avanzaba y pocos, datos se obtenían de los liberados, que no sabían explicar lo que realmente estaba sucediendo en el interior del Palacio de Justicia. De pronto una explosión sacudió el escenario. Había sido disparado el primer rocket, que hizo blanco en el costado oriental del edificio, a la altura del tercer piso. Los vidrios de los almacenes cercanos se volvieron añicos y pedazos de concreto saltaron al vacío. Pero no iba a ser el único. Una serie de descargas similares continuó hasta que a las nueve de la noche se desató un voraz incendio en el tercer piso, sobre la carrera séptima, que se prolongaría hasta el día siguiente. Es entonces cuando muchos de quienes se hallaban aún atrapados en el interior, asfixiados por el humo y ante la perspectiva de morir calcinados, se jugaron el todo por el todo y se escurrieron por las escaleras, bajo el fuego cruzado, en busca de la salida. Una de ellas fue la esposa del ministro de Gobierno, fiscal del Consejo de Estado, Clara Forero de Castro.
La imagen era apocalíptica. La coraza de concreto parecía la rejilla protectora de una inmensa chimenea encendida. El consejo continuaba se sionando en la Casa de Nariño. Algunos de los ministros, que escuchaban la radio, mostraban las huellas del cansancio, la consternación y la impotencia ante las proporciones que estaba adquiriendo la tragedia. Hacia las dos de la madrugada, y antes de levantar la sesión, el Presidente pidió a sus ministros que le colaboraran en la redacción de la intervención que esperaba hacer por radio y TV apenas terminara todo. "Si alguno de ustedes quiere ayudarme con alguna frasecita o incluso con un párrafo compleo me sentiré muy agradecido", dijo Betancur. Se respiraba un ambiente de solidaridad en medio del horror.
Luego de escasas tres horas de sueño el Presidente salió a las cinco de la mañana para realizar una visita de condolencia de los militares caídos en la primera jornada del combate.

MENSAJES QUE NO LLEGARON
Contra todos los pronósticos, la noche no trajo consigo el desenlace final. Los tiroteos se escuchaban esporádicamente en medio de las voraces llamas que consumían lentamente, pese a los esfuerzos de los bomberos, el edifico interior. Ya en las primeras horas de la mañana se supo que los militares habían abierto un boquete en el muro oriental y logrado alcanzar en algunas zonas el segundo piso. Para entonces también había caído la guerrillera que controlaba la ametralladora dirigida hacia la puerta principal y que se creía que era Vera Grabe. SEMANA pudo establecer, sin embargo, que ni ella ni Libardo Parra ni Rafael Arteaga, de quienes se llegó a decir por radio, prensa que habían muerto en la operación, participaron en esta.
Eran las 8:30 de la mañana cuando el magistrado Reynaldo Arciniegas visiblemente alterado, ganó la salida Inmediatamente se dirigió hacia la Casa del Florero para cumplir con la misión que minutos antes le había encomendado Andrés Almarales. Se trataba de desmentir las versiones de prensa y radio según las cuales solamente habían 10 rehenes. La verdad era que los guerrilleros tenían en su poder acerca de 70 personas, entre las cuales figuraban más de 15 magistrados. Esta información, al parecer, nunca llegó a la Casa de Nariño, donde se iniciaba el segundo consejo extraordinario de ministros.
La primera decisión del consejo fue comisionar al director del Socorro Nacional, Carlos Martínez Sáenz, para que se hiciera presente en el sitio de los acontecimientos con el fin de llevar un mensaje mecanografiado en el cual se reiteraba la propuesta que telefónicamente había hecho el general Delgado Mallarino al comandante Otero el día anterior. Martínez dijo a SEMANA: . LIegue al Palacio presidencial y la ministra de Comunicaciones me entregó un equipo portátil de radio que permitiría la comunicación con otro similar en la Casa de Nariño, porque a esa hora ya no había comunicación posible con eI Palacio de Justicia. Me puse un chaleco de la Cruz Roja y tomé en mis manos una bandera de la institución. Pedí que me acompañaran cinco de mis mejores socorristas. Me dirigia al Museo dél 20 de Julio, en donde los militares que comandaban la operación me dieron instrucciones y me ordenaron esperar, porque el combate continuaba". La espera duró tres horas, al cabo de las cuales Martínez intentó penetrar en el Palacio de Justicia. Alcanzó a llegar hasta el tercer piso. Una voz femenina le gritó: "¡La Cruz Roja, ja, ja, ja!", y entonces sintieron una descarga de ametralladora. "Nos botamos al suelo dijo Martínez y el antepecho del corredor nos defendió. Se oyó una explosión.
Momentos después vimos bajar un piquete de soldados extenuados, bañados en sudor, deshidratados y con cara de espanto, que decían que el obstáculo ya había sido despejado. Subimos entonces al cuarto piso, en donde una capa de cenizas de 50 centímetros lo cubría todo. Estaba todo destruido. En el baño había 17 personas muertas".

EL ASALTO FINAL
Pasadas las dos de la tarde se hizo evidente que los rockets, cuyos disparos se habían sucedido uno tras otro en las últimas dos horas, habían logrado finalmente vencerlas últimas resistencias de los nidos de ametralladoras. En la Casa de Nariño, donde desde la una y media se había reanudado la sesión de: Consejo de Ministros, se tenía la clara percepción de que la hora definitiva se estaba acercando.
La radio, cuyas diferentes emisoras transmitían en directo, difundió una información: "Los rehenes están vivos y están siendo liberados". El presidente Betancur la escuchó y, delante de sus ministros, se llevó las manos a la cabeza en señal de felicidad pero a los pocos segundos, la misma radio revelo calificandola de oficial, la noticia de que Reyes Echandía había sido asesinado por los guerrilleros. El rostro de Betancur cambió inmediatamente de color. Lívido y empantado, el primer mandatario dejó escapar el llanto. Pero las malas noticia apenas estaban comenzando.
Mientras entre los ministros comenzó a reinar un ambiente de terror y zozobra, en el Palacio de Justicia se inició el asalto final. Las tropas, que ya se habían apoderado del segundo piso y que controlaban algunos corredores del tercero, comenzaron a batirse contra el último reducto ubicado en los baños del descanso de la escalera entre los pisos segundo y tercero, donde quedaban aún unos 60 rehenes.
De pronto un rocket derribó la pared posterior de los baños, cayendo muertos algunos de los rehenes. Andrés Almarales decidió entonces que se jugaba lo que llamó su "última carta". Sacó a los magistrados y a los demás rehenes al corredor para que le gritaran a las tropas que cesaran los disparos. Entre tanto los rehenes lloraban e imploraban. La magistrada Aide Anzola le dijo a Almarales: "Ustedes que tanto se han preocupado por los derechos humanos, déjennos salir". Para su sorpresa, el jefe guerrillero accedió, anunciando que podrían salir las mujeres y los heridos. " Usted dijo a la doctora Anzola se puede ir, pero no porque sea consejera de Estado sino porque es mujer".
El magistrado Manuel Gaona Cruz, quien moriría segundos después, fue comisionado entonces por los guerrilleros para que saliera al frente de quienes iban a quedar libres. Este grupo bajó las escaleras en medio de los tiros y ganó el segundo piso y luego el primero. Entre quienes quedaron retenidos se tuvo la impresión de que se habla llegado el momento del "sálvese quien pueda". El fuego cruzado mató a algunos de ellos y entre los cadáveres sangrantes se deslizó sin su prótesis el magistrado Humberto Murcia Ballén, quien finalmente lograría salvarse.
Aun cuando se publicó una versión según la cual Murcia habría sido testigo de la forma como un guerrillero había asesinado a Gaona a sangre fría, Murcia le manifestó en términos categóricos a SEMANA que él en realidad no había visto el momento del disparo, ya que el caos existente lo había obligado a clavar la cabeza contra el piso para protegerse, y esta circunstancia apenas le había permitido ver cómo "salia una casa blanca" de la cabeza de Gabna y cómo caía muerto, con el rostro ensangrentado por la explosión de una granada, el magistrado Horacio Montoya Gil. Allí donde cayeron Gaona y Montoya se concentró entonces el tiroteo final. Los efectivos militares lograron llegar a pocos metros de donde resistían algunos guerrilleros, encabezados por Almarales; en el descanso de las escaleras entre el segundo y tercer pisos estallaron algunas granadas y se escucharon sucesivas ráfagas de ametralladora. Fueron cayendo los pocos rehenes que aún quedaban con vida y, finalmente, los guerrilleros.
Eran las 3 y 20 de la tarde del jueves. Se escuchó una última explosión y súbitamente un silencio total se apoderó de la Plaza de Bolívar. El saldo final, que habría de conocerse apenas cuatro días después, era de 14 efectivos militares y 35 guerrilleros muertos, así como 46 civiles, entre ellos 11 magistrados titulares y seis auxiliares.

VERSIONES Y CONSECUENCIAS
Terminada la guerra de las balas, las granadas y los rockets llegó la hora de la guerra de las versiones y las especulaciones. Inicialmente se presentaron grandes olas de desinformación que gradualmente se han venido aclarando. Se dijo que toda la operación había sido montada para borrar los archivos, de algunos narcotraficantes extraditables. Se aseguró que los guerrilleros se habían amarrado a los rehenes y a cargas de dinamita y que habían volado con ellos. Se dijo que hubo ejecuciones a sangre fría de los magistrados por parte de los guerrilleros. Hay incluso versiones según las cuales algunos guerrilleros salieron con vida del Palacio y que luego fueron ejecutados. Sobre esto último existen algunos testimonios concretos, como el del director del Socorro Nacional, Carlos Martínez Sáenz, quien dijo a SEMANA que, después de que se frustrara su intento de hacer llegar un mensaje del Gobierno a los guerrilleros, entró a la Casa del Florero y vio a tres guerrilleros, entre ellos una muchacha de peinado afro que llevaba una falda escocesa, que habían sido detenidos por las autoridades, que oficialmente aseguran que "en la operación no se capturaron prisioneros".
La versión de la voladura colectiva con dinamita se vino abajo muy pronto, pese a que en un principio la radio la dio como segura en los momentos que siguieron al asalto final. En cuanto a los asesinatos de los magistrados, aunque hay evidencia de que algunos cayeron víctimas de las ráfagas disparadas por los guerrilleros, no la hay en cambio aún sobre ejecuciones sumarias, pese a que de ello se llegó también a hablar con insistencia minutos después de finalizada la batalla. Se sabe que los magistrados Alfonso Patiño Roselli y Carlos Medellín fueron muertos el miércoles a las siete p.m por los guerrilleros cuando, en compañía de sus guardaespaldas, trataron de huir por las escaleras. El gran misterio sobre el cual nadie ha podido arrojar luz alguna es el referente a la forma y el momento en que murió el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Alfonso Reyes Echandía. Según informó el magistrado Samuel Buitrago a las autoridades, que está claro es que hacia las ocho de la noche del miércoles, cuando se concentraron la mayoría de los rehenes en el baño ubicado entre los pisos segundo y tercero, fueron informados por los guerrilleros de que estos habían matado a Reyes y a los magistrados Darío Velásquez y Pedro Elías Serrano, sin que se explicaran las circunstancias. Aparte de esto no existe testimonio alguno de lo que le sucedió a Reyes tras su último llamado dramático por la radio, al caer la tarde del miércoles.
Otra gran incógnita que hasta ahora no ha sido resuelta es lo sucedido con Luis Otero, comandante guerrillero de la operación. Almarales, quien aparece como protagonista principal del lado de los asaltantes del Palacio desde el atardecer del miércoles, era en realidad el segundo al mando. La última prueba de que tanto Otero como Reyes Echandía estaban vivos y juntos fue la llamada del general Delgado Mallarino a la Corte a las cinco y 15 minutos de la tarde. La llamada fue contestada por Reyes y luego por Otero desde un despacho del cuarto piso, poco antes de que éste nivel debiera estar desalojado por los guerrilleros y rehenes como consecuencia de los primeros incendios.
En fin, los pormenores de lo sucedido al interior del Palacio durante estas 28 horas de terror no se conocerán nunca y tal vez la historia deba contentarse con algunos episodios sueltos de un rompecabezas imposible de armar. No menos difícil resulta ahora tratar de establecer exactamente las implicaciones futuras de esta tragedia. De todos modos se da por descontado que serán gigantescas, tanto en lo referente a la imagen internacional del país como al plano político interno, particularente en cuanto al proceso de paz, cuyos interrogantes se han aumentado considerablemente con lo sucedido la semana pasada. Lo único que es absolutamente seguro es que en la batalla del Palacio de Justicia todos los colombianos perdieron.

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