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| 1/1/2001 12:00:00 AM

El Hombre del año

Fernando Botero: el arte de la fuga

Alla por los años 50, la empresa de bebidas Postobón convocó un concurso de bocetos para un fresco que iba a adornar su fábrica de Guayabal, en Medellín. No recuerdo qué artista lo ganó, ni sé si el fresco existe. Pero de segundo quedó un joven pintor antioqueño que se llamaba Fernando Botero. Como no ganó el concurso, y en consecuencia no le dieron el contrato, se tuvo que ir de Medellín, de Antioquia y de Colombia, a buscarse la vida en el ancho mundo del arte universal.

Tal vez eso no fuera lo mejor para Postobón. Pero para Botero sí. Porque en vez de encerrarse en la tibieza confortable del triunfo provinciano y quedarse en su pueblo pintando frescos de empresa, se hizo un artista famoso en Nueva York y en París, en México y en Tokio. Y finalmente incluso en Medellín. Aunque a regañadientes, ya lo saludan los alcaldes.

Ese fracaso local y juvenil de Fernando Botero también fue bueno, a la larga, para todos los colombianos. Porque a la vez que en su peregrinación por el extranjero —Madrid, Florencia, Nueva York, París— se convertía en un gran pintor y un escultor aclamado, y ganaba de paso más dinero que el que le hubieran pagado, todos sumados, los industriales de Antioquia por un fresco de encargo en cada una de sus fábricas, se volvió también un gran coleccionista de arte. Cosa que en Colombia tampoco hubiera sido, como lo demuestra el hecho de que aparte de él mismo no existe en este país ningún gran coleccionista, por rico que sea. Y, habiéndose convertido en un gran artista y un gran coleccionista, acaba de regalarle lo mejor de su propia obra a Medellín. Y a Bogotá —porque Medellín puso demasiados peros para recibirla— su colección completa de pintura y escultura moderna y contemporánea: más de 100 obras, de Corot a Barceló, de Maillol a Anthony Caro.

Un tesoro. No hay en Colombia nada comparable, y no lo hay casi en ninguna parte (salvo en los Estados Unidos, país de bien arraigado mecenazgo privado, y en los museos públicos de las grandes capitales de Europa, que heredaron las grandes colecciones de los reyes), a lo que Fernando Botero le acaba de regalar al Banco de la República. Un inmenso tesoro de obras de arte, que tasado en dinero debe de valer tanto como los helicópteros de guerra del Plan Colombia, y medido en términos educativos y culturales no tiene precio. ¿Cuánto vale, para un muchacho artista de 15 años, ver un par de Picassos vivos, y no en reproducción, o una escultura de Max Ernst, o un dibujo de Balthus, o un Lam, o un Bacon? Que se lo pregunten al propio Fernando Botero, que para conocer arte al natural tuvo que perder el concurso de Postobón en Medellín e irse a pasar hambre en Europa.

Tampoco es probable que, si entonces se hubiera quedado en Colombia, hubiera Botero regalado nada ahora. Ni nunca. Los colombianos tendemos más al robo que a la donación. De esto de Botero, y desde luego en escala mucho menor, se me ocurren muy pocos precedentes. El Museo de Omar Rayo en Roldanillo, Valle, con obras de Omar Rayo. La casa museo de Negret en Popayán. La entrega

—casi extorsiva— lograda por el presidente Belisario Betancur de esculturas y pinturas de artistas colombianos para la colección del Palacio de Nariño, que sus sucesores arrumbaron en un sótano o se llevaron a la Casa Privada. Un par de donaciones de familias de artistas a la Biblioteca Luis-Angel Arango, o al Museo de Arte Moderno de Bogotá (o del propio Botero al de Medellín). Algunos —no muchos— regalos de objetos precolombinos al Museo del Oro. Para no insistir, repetitivamente, en la apabullante esplendidez de la Donación Botero, vale la pena subrayar más bien el hecho curioso de que para aprender a pintar, para aprender a coleccionar y para aprender a regalar Fernando Botero tuvo que irse de Colombia.

Les ha pasado a muchos. Si vale la pena subrayar el hecho no es porque sea inhabitual, sino porque es curioso. Les ha pasado a los artistas, pero también a los deportistas, a los filósofos, a los científicos. Incluso a los militares. Decía Simón Bolívar, en sus días finales, cuando se iba: “Aquí lo único que se puede hacer es emigrar”. Les pasa a los escritores y a los ingenieros. El presidente de una de las más grandes empresas de construcción civil de Europa explicaba que él, siempre que podía, contrataba ingenieros colombianos. Porque estaban bien preparados —sobre todo si venían de la Nacional de Bogotá o de la Escuela de Minas de Medellín—, pero ante todo porque se le medían sin remilgos a cualquier tarea: la de construir un oleoducto en los hielos de Laponia o una planta desalinizadora en el desierto del Kalahari. Es curioso: a los colombianos de talento les va bien si se van. Y en cambio les va mal cuando se quedan en Colombia.

La explicación de este fenómeno está en la política.

Porque a un ingeniero colombiano, en Colombia, no le preguntan para contratarlo si está bien preparado o no lo está. Lo contratan de acuerdo con cuál sea el político que lo recomiende. Le preguntan:

—Usted ¿sigue las orientaciones del doctor Pastrana, o las del doctor Serpa?

Y según su respuesta, lo contratan, o no. Si lo contratan, se dedica a hacer chanchullos para financiar las campañas electorales de su padrino político. Y si no lo contratan, se va al desierto del Kalahari, y construye obras estupendas. Lo mismo les sucede a los demás. A un futbolista: “Pero usted ¿es amigo de Pablo Escobar o del general Rosso José Serrano?”. A un astrónomo: “¿Usted está con el Rey, o con la República?”. Los que dan la respuesta equivocada o bien son ejecutados, como el astrónomo Caldas, o bien consiguen emigrar, como quería Bolívar: y entonces triunfan. Un neurobiólogo como Rodolfo Llinás en la Universidad de Nueva York o un bailarín como Felipe Díaz en el Ballet Nacional de Holanda. En cambio los que se quedan, aunque parezcan tener éxito a corto plazo y localmente, se ahogan, se hunden: se los traga la política. Los músicos terminan de cónsules en Panamá, los poetas, de senadores por Boyacá, los teólogos, de columnistas de El Tiempo. Al novelista Gabriel García Márquez, una vez, quisieron los políticos ‘recuperarlo’ ofreciéndole el puesto de cónsul en Barcelona, que afortunadamente para él y para la literatura no aceptó. Pero en cambio al ciclista ‘Cochise’ Rodríguez, que sí aceptó, lo destruyeron al nombrarlo ‘embajador volante’ del deporte colombiano.

(Por otra parte llama la atención el fenómeno contrario: que ningún político colombiano tiene éxito por fuera. Ni siquiera en la OEA. Ni en Queens, en Nueva York, donde viven cientos de miles de colombianos que, de estar en Colombia, serían electores cautivos. Y en cambio vienen los políticos extranjeros a Colombia, y en un periquete se hacen los dueños del tinglado. El español Jiménez de Quesada, el venezolano Simón Bolívar, el libanés Julio César Turbay, el lituano Antanas Mockus. Para no hablar, claro está, de los embajadores de los Estados Unidos).

Volviendo a Fernando Botero: un emigrado, un expatriado. Un ‘cerebro fugado’, como se llamó en una época a los colombianos que hacían de la fuga un arte, que tenían que fugarse del país para poder hacer arte, o ciencia, o literatura, y no mera política. Los políticos quisieron tentarlos de vuelta ofreciéndoles la posibilidad de importar un carro sin pagar aranceles. En cambio ahora a Botero, que no trajo carro, esos mismos políticos (siempre son los mismos) pretendieron forzarlo a que pagara aranceles por hacerle al Estado colombiano el regalo más fastuoso que ha recibido en su historia. Y a pesar de eso vuelve.

En estos tiempos de emigración masiva, de expatriación multitudinaria de colombianos provocada por la ineptitud criminal de los políticos, el regreso de este artista cargado de regalos es mucho más que un acto individual de generosidad y de nostalgia. Es un ejemplo de futuro. Significa que también los demás van a volver.
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