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| 6/14/1993 12:00:00 AM

El hueco de Bogotá

Los obstáculos al estatuto capitalino en el Congreso hacen que la crisis de Bogotá adquiera proporciones de caos.


LOS PROBLEMAS QUE EL ALCALDE DE BOgotá, Jaime Castro, enfrenta en estos momentos para sacar adelante el Estatuto Orgánico del Distrito que actualmente es sometido a consideración del Congreso, son solo un ejemplo de la mayor crisis de la ciudad en décadas. En ella se mezclan el deterioro aterrador de los servicios públicos, el aumento escandaloso de la corrupción y un hueco fiscal que requerirá del esfuerzo de más de una administración para ser solventado.
La pereza tributaria que ha caracterizado al Distrito en los úItimos 30 años ha determinado que, en pesos constantes, los bogotanos tributen hoy menos que en 1961. Durante los años 80, mientras los ingresos del Distrito se multiplicaban por cuatro y sus gastos por siete, las administraciones decidieron financiar la inversión con endeudamiento. Esto determinó que, hoy por hoy, el solo servicio de la deuda comprometa el 50 por ciento de los ingresos ordinarios de las empresas de servicios públicos. En momentos en los cuales el acumulado de la deuda supera los dos mil millones de dólares y los ingresos a duras penas financian los gastos de funcionamiento y el servicio de la deuda, no es de extrañarse que la malla vial de la ciudad presente un restraso de 25 años, y que solo el 10 por ciento de ésta se encuentre en condiciones aceptables.
Por el número de carros en circulación, Bogotá debería tener más de seis mil kilómetros de vías, y actualmente solo cuenta con 3.400. Como si fuera poco, el parque automotor crece anualmente en un 10 por ciento, mientras la malla vial aumenta en un dos por ciento. El peso del déficit del Distrito, que en 1992 ascendió a 247 mil millones de pesos, llegó en ese año a representar el 0.63 por ciento del PIB, que es más del hueco que podría generar a las finanzas nacionales en caso de devolución total, la caída en la Corte Constitucional de los bonos de guerra.
Con problemas financieros estructurales y no coyunturales, escasas posibilidades de inversión y de financiamiento, y una deuda que supera ampliamente los ingresos de la ciudad y crece exponencialmente, se hace cada vez más evidente que Bogotá está en la banearrota.
Sería una ligereza decir que Jaime Castro es el culpable de la crisis. Pero quizá lo que lo ha convertido en el punto de mira de todas las críticas no es tanto el que se lo considere responsable, sino el hecho de que lleve ya un año en sus funciones y que, durante este período, la impresión -equivocada o no- sea que ni él había reconocido la dimensión del problema, ni había cogido el toro por los cuernos. Esa apreeiación se dio un poco porque él puso todos los huevos de la canasta en sacar adelante el Estatuto de Bogotá para aumentar los bajos ingresos del Distrito, con unas armas que permitieran elevar la tasa de tributación. El fracaso de buena parte de esas herramientas en el Congreso, en especial la de la valorización por beneficio general, lo ha dejado sin suficientes instrumentos para hacer frente a la crisis financiera del Distrito.

MAS ALLA DE LA PLATA
Sin embargo, más que un asunto puramente financiero, el problema es de credibilidad. Si la opinión pública creyera que el hueco fiscal y el deterioro de los servicios se deben a la falta de tributación, es posible que el alcalde hubiera encontrado más solidaridad para sacar adelante su iniciativa en los términos en que ésta fue presentada. El problema es que la gente cree, no sin algo de razón, que pagar más impuestos a un aparato burocrático distrital que mantiene altos niveles de corrupción es como tratar de llenar un barril sin fondo. El caso del Guavio, digno de una medalla de oro en las olimpíadas mundiales de la corrupción, el discutido asunto de los auxilios, así como la corrupción de la tramitología en el tránsito, en el IDU, en Planeación Distrital y en la Empresa de Teléfonos de Bogotá, para no citar sino algunos ejemplos, son problemas que han reducido al mínimo la credibilidad del Distrito frente a los habitantes de la capital. Si en los tiempos de las obras relámpago de Virgilio Barco, que buscaban poner a Bogotá en condiciones físicas presentables para la visita del Papa Paulo VI, se alcanzaron los más altos índices de solidaridad entre gobernados y gobernantes, hoy esa relación no puede estar más deteriorada. Y si bien los capitalinos no culpan a Jaime Castro de ello, lo que sí ven es que la copa se rebosó en su primer año de administración sin que hicieran aparición propuestas imaginativas o soluciones heróicas para remediar la situación.
"Como el problema no es solo de cursos sino de corrupción y burocracia, la solución no puede ser solo de impuestos sino que debe conllevar un rediseño de la administración distrital que incluya la erradicación de los focos de corrupción, la reducción de los trámites burocráticos y la privatización de buena parte de los servicios", le dijo a SEMANA uno de los congresistas que ha participado en el debate del estatuto capitalino en la Cámara.
La situación es tan dramática que la erradicación de los focos de corrupción debe apuntar incluso a replantear la existencia de oficinas como la de Rifas, Juegos y Espectáculos, donde hace pocos días estalló un escándalo de soborno sin antecedentes. En cuanto a la reducción de trámites, los capitalinos que deben con frecuencia acercarse a las oficinas del Distrito para obtener un permiso o licencia, saben que muchos de esos procesos no son necesarios y que solo existen para garantizar la existencia de decenas y hasta centenares de funcionarios corruptos. Y en cuanto a la privatización de servicios se refiere, si en el pasado esto no se justificaba porque estaban relativamente bien prestados, hoy definitivamente ese no es el caso.
En este campo, el asunto más crítico, si bien no el único, es el de la Empresa de Teléfonos de Bogotá. Esta entidad, que hasta hace muy pocos años tenía fama de funcionar, hoy se caracteriza por una tasa de daños parciales o totales de línea muy por encima de los promedios aceptables, y una demora en la instalación de nuevas líneas que se ha vuelto en algunos casos francamente kafkiana. Si hace algunos años el período entre la solicitud de una nueva línea y su efectiva instalación se contaba en meses, hoy ha comenzado a medirse en años. La capacidad de afrontar el desafío que la ETB tiene en esta década, que consiste en ejecutar la instalación de 500 mil nuevas líneas telefónicas, está por todo esto seriamente puesta en duda. La existencia, que hoy nadie discute, de una empresa paralela manejada por una red ya casi criminal de tramitadores e instaladores, revela que la Empresa de Teléfonos ya no es pública, pero en vez de volverse privada se volvió pirata y se convirtió en una entidad más de la economía informal.
Por todo lo anterior, son muchos los conocedores de la crisis de Bogotá que creen que la solución a los problemas del Distrito incluyen necesariamente la privatización de empresas como la ETB. El argumento central de aquellos que se han manifestado a favor de la privatización se basa en que la única forma de desmontar esa descomunal corrupción es que la empresa tenga unos dueños a quienes les duela el bolsillo, y quienes teman perder la plata que significa no instalar una línea telefónica a tiempo o no operar ordenadamente.

PRIVATIZACION, ¿LA SOLUCION?
El tema de la privatización de los servicios públicos de la capital está definitivamente en la palestra. Prueba de ello es que los concejales de Bogotá han adelantado las gestiones para convocar a un plebiscito para que los ciudadanos decidan en octubre si los servicios deben ser o no privatizados. Sin embargo, a este respecto no está claro lo que piensa la opinión bogotana. Una reciente encuesta realizada por la firma Gallup reveló que el 63 por ciento de los bogotanos cree que el sector privado puede administrar mejor los servicios de energía, acueductos, teléfonos y basuras, mientras que solo el 22 por ciento opinó que las entidades oficiales podían hacerlo mejor. Sin embargo, hace pocos días, en una encuesta del Centro Nacional de Consultoría a la pregunta directa de si los servicios públicos deberían ser privatizados, las respuestas se dividieron por mitades casi iguales.
El riesgo de un plebiscito para aprobar la privatización del manejo de los servicios públicos es que no haya una movilización masiva de votantes y que los únicos que lo hagan a gran escala sean los electores cautivos de los concejales, quienes en su inmensa mayoría se oponen a la privatización por cuanto esta significaría pasar a manos privadas los botines burocráticos que los ediles admmistran.
Lo grave para Jaime Castro es que en medio de todas estas propuestas y contrapropuestas, la opinión pública no lo ha visto ejercer el liderazgo que lo caracterizó en los tiempos en que ocupó la cartera de gobierno bajo la administración de Belisario Betancur, cuando muchos observadores de la política llegaron a ver en él a un presidenciable. El desafío para el alcalde en los dos años de funciones que le quedan, está pues relacionado con las posibilidades que tiene de recuperar la capacidad de liderazgo perdida y aparecer ante la opinión como alguien que propone algo más que impuestos. La crisis que afronta Castro no es solo un problema para él o para los bogotanos. También lo es para el Partido Liberal, que vería sucumbir en línea dos administraciones liberales, pues el caso de Juan Martín Caicedo tampoco fue el de un final feliz. Y eso, en momentos en que el antecesor de Caicedo y de Castro, Andrés Pastrana, se yergue como el principal y casi único oponente del liberalismo para las presidenciales del próximo año, le puede resultar muy costoso a las toldas rojas no solo en Bogotá sino a nivel nacional. "Los problemas que vive Jaime Castro son hoy también problemas para el Partido Liberal, y de ello está consciente el nuevo jefe de la colectividad, el ex presidente Turbay", le dijo a SEMANA un allegado al ex mandatario. Quienes lo conocen desde hace años creen que si logra sacar adelante, al menos en parte, el estatuto capitalino en el Congreso, podrá recuperar algo de oxígeno y emprender con esas herramientas un rediseño del aparato gubernamental de la capital, pero la tarea no es fácil y a poco menos de un año de haber iniciado su administración, es evidente que el reloj está corriendo en su contra.

El hueco de Bogotá.
*Durante la década pasada, los ingresos se multiplicaron por cuatro y los gastos por siete.
*El 50% de los ingresos ordinarios de las empresas de servicios se va en pagar deudas
*El acumulado total de la deuda supera los 2 mil millones de dólares, y no se sabe muy bien cómo se va a pagar.
*La malla vial presenta un atraso de 25 años.
*El número de carros de Bogotá necesitaría 6 mil kms. de vías, y hoy sólo hay 3 mil 400.
*El parque automotor crece un 10% anual, y las vías apenas un 2%.
*El déficit de la capital es superior al hueco en las finanzas nacionales por la caída de los bonos de guerra.
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