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| 6/22/1998 12:00:00 AM

EL HUMOR ES COSA SERIA

De Pepe Mexía a Héctor Osuna, los caricaturistas han sido comentaristas de excepción del acontecer político y social de Colombia en el siglo XX.

Se ha dicho que la caricatura primero hizo reír, luego ver y finalmente pensar. En ella van como mancornas, indisolublemente unidos, dos elementos: la síntesis y el humor negro, el sarcasmo. El primero llama la atención y retrata el momento justo de una circunstancia determinada. El segundo lo comenta, no sin una buena dosis de crítica. Es una forma "ruidosamente silenciosa _como dice el caricaturista y periodista Alvaro Montoya_ que tiene la rara virtud de plasmar la historia por medio de anécdotas, que sumadas dan un cuadro inequívoco que rebasa los límites de la simple descripción y muestra las aventuras y desventuras del ser humano en sus vanidades y miserias". En pocas palabras, la caricatura es la realidad en píldoras. Pero, en general, píldoras ácidas y punzantes. Héctor Osuna la define como "la desobediencia hecha dibujo", mientras Vladimir Flórez, Vladdo, agrega que "si la política es sinónimo de poder, la caricatura es sinónimo de no poder".

Los inicios
La caricatura tuvo gran importancia gráfica en Europa casi desde la misma invención de la imprenta y muy temprano demostró su eficacia política, pero fue un género artístico y periodístico bastante tardío en Colombia. Entre otras cosas, por el subdesarrollo de los medios de impresión. Sólo a principios de este siglo se dejaron de usar los métodos primitivos y artesanales heredados de la colonia.
José María López, Pepón, opina con humor que las primeras y premonitorias caricaturas en Colombia datan de la época precolombina pues "los monolitos de San Agustín no hicieron sino retratar a los políticos que hoy tenemos que aguantar". Pero la verdad es que los primeros esbozos de caricatura en Colombia los trazó el abanderado de Antonio Nariño, José María Espinosa, cuyos críticos bocetos sobre el régimen monárquico imperante circulaban de mano en mano en determinados círculos intelectuales sin que llegaran a editarse en publicación alguna.
Aunque a mediados del siglo XIX ya se conocía el grabado fue sólo en 1881, cuando apareció el Papel Periódico Ilustrado, gracias al entusiasmo de Manuel Briceño y al talento de Alberto Urdaneta _pintor, dibujante y escritor_ que los colombianos pudieron conocer, por primera vez y con 50 años de retraso, las imágenes de sus próceres. Imágenes que _paradójicamente_ ya habían sido impresas en París en grabados hechos sobre los precarios dibujos de Espinosa.
Pero el Papel Periódico nunca publicó caricaturas, como tampoco lo hicieron la Gaceta Ilustrada ni otras publicaciones que imitaron la de Urdaneta, desaparecida tras la muerte de su gestor en 1887. Se había perdido la técnica del grabado con gubias y apenas si subsistían algunos discípulos inexpertos de Urdaneta que habían aprendido a grabar en madera. Los periódicos no llevaban ilustraciones. La caricatura se insertaba de cuando en vez en periódicos políticos precarios y de mínima circulación, esos que imprimían los movimientos políticos de la época. Los anónimos grabadores de publicaciones como El Lábaro, Don Quijote, El Moscardón o El Zancudo, que sobresalieron en la última mitad del siglo pasado de la mano del mordaz grabador Alfredo Greñas, y de otros no menos importantes como José Manuel Groot, buscaban con sus caricaturas editoriales atacar al enemigo político. Pero en muchas ocasiones fueron el odio y la maledicencia los que primaron sobre el propio ingenio. En la mayoría de los casos el objetivo, por encima del mismo humor, era el de insultar al oponente, un rasgo que habría de perdurar hasta bien entrado el siglo XX.
La crítica política, independientemente de sus gestores, se convertiría en la base del género en el país y en herencia fundamental para su evolución en los albores del nuevo siglo.

Líneas de cambio
Fueron Los Panidas en Medellín, con León de Greiff entre ellos, los que se encargaron de trazarle un derrotero a la caricatura en la segunda década del siglo XX. En 1915, en la revista Panida _que le dio nombre al grupo_, Pepe Mexía _que no dibujó una línea en la revista, cuya parte ilustrada corría por cuenta del legendario Ricardo Rendón_ dijo en un breve texto:"Mañana la caricatura será más que un arte, la línea estará dominada, el ojo y la mano desentrañarán el alma más escondida, una línea les será necesaria, un punto, una de esas flechas que se emplean en los textos de térmica para indicar las corrientes caloríficas".
Según el historiador y crítico de arte Alvaro Medina, fueron los dibujantes y caricaturistas de esta segunda década del siglo los que constituyeron un grupo inicial de ruptura, "porque fueron capaces de adentrarse en propuestas visuales que rompían todos los moldes conocidos (...). Lo que hallamos en los años 20 es una caricatura que consideraba y recogía aportes de las corrientes vanguardistas".
Pepe Mexía, cuyas precisas líneas transformaron la esencia de la fisonomía, fue el principal abanderado de esta corriente revolucionaria. Entonces era usual encontrar ilustraciones de este tipo en publicaciones como Revista Colombia (1916-1921) y Sábado (1920-1923), así como en los periódicos El Espectador, El Bateo, El Correo Liberal y Colombia, caracterizados por dar a la luz los primeros 'juncos', representaciones personales y sintéticas, trazadas en poquísimas líneas, de figuras que expresaban las costumbres y las circunstancias de la vida diaria. En forma paralela a la expresión artística como tal, a partir de los años 20 la caricatura se convirtió en forma natural del periodismo y en arma de gran eficacia política. Había necesidad de cambio y esa ambición se reflejó precisamente en Panida, como también en la revista Voces de Barranquilla y en las tertulias del café Windsor en Bogotá.
"Uno de los instrumentos de nuestra lucha _dice Germán Arciniegas en un artículo sobre el caricaturista Alberto Arango_ era el sarcasmo. Pocas veces ha tenido tanta importancia la caricatura como en aquellos días".

La hegemonía conservadora
Pepe Gómez, hermano de Laureano y quien firmaba con el seudónimo de Lápiz, y Ricardo Rendón, quizás el más grande de la centuria, prácticamente coparon las tres primeras décadas de la caricatura en Colombia en este siglo. Cuando Gómez apareció en el periodismo la caricatura adquirió estatus y ganó importancia. Gracias a él aparecieron en escena las primeras revistas cómicas, en las que se hacía crítica mordaz de las costumbres y la gente. Fue ahí donde hizo su primer aporte: a pesar de ser pintor y dibujante destacado se convirtió en grabador. Era la forma de divulgar sus caricaturas. Y lo hizo de manera primitiva, pero en esa aventura y dentro de lo rústico de los medios a su disposición se lanzó a las policromías. Cada semana aparecían revistas en color como Fantoches, Bogotá Cómico, La Guillotina y Sansón Carrasco, publicaciones que explotaban la realidad con un humor negro que habría de servir de legado a las generaciones futuras.
Con el fotograbado _que significó un salto considerable en el desarrollo de los medios de impresión colombianos_ la caricatura pasó a la primera página de los diarios. El fotograbado simplificó tareas pero la línea simple y contrastada, cuyo mejor intérprete fue Rendón, siguió siendo la característica de la caricatura. Sin embargo Gómez se las había ingeniado para producir los medios tonos, utilizando láminas de apoyo granuladas o rayadas por debajo de los finos papeles en los cuales trazaba sus caricaturas, una técnica que ya se había impuesto en Estados Unidos.
Además de innovador, Lápiz se ganó la fama de aguzado periodista y caricaturista de calidad. Sintetizó y fue testigo de excepción de los episodios políticos que marcaron los años de 1910 a 1940. Su presencia fue tan contundente que muchos piensan que tras su desaparición, en 1936, la caricatura entró en barrena por más de una década.
Esta época fue la misma de Ricardo Rendón, afilado crítico gráfico, cuya carrera pública duró más de tres lustros. En corto tiempo se convirtió en el más cotizado caricaturista del momento. Según el historiador Germán Colmenares, en un estudio sobre la obra del antioqueño, Rendón es una fuente histórica en el sentido de que traduce una percepción, aunque desde un punto de vista subjetivo, de una opinión pública en formación. Ilustraba los cambios que se operaban en las percepciones colectivas."Resulta difícil imaginar _asegura Colmenares_ la unanimidad que logró la obra de Ricardo Rendón". Sus caricaturas, que chocaban con las creencias tradicionales, expresaban con irreverencia la imagen que cualquier hijo de vecino podía tener de los hechos públicos. En todos los casos aparecían en la primera página. Reflejaban, como señala Colmenares, "una oposición irreductible a los gobiernos conservadores . Debe verse a Rendón _continúa Colmenares_ como un espejo de las pasiones políticas que agitaban a la muchedumbre".
Los temas de sus caricaturas políticas, dedicadas casi en exclusiva a atacar con vehemencia las administraciones de Marco Fidel Suárez y Miguel Abadía Méndez, tenían un acentuado tono moral, parecido al de los primeros escritos de Laureano Gómez o de Aquilino Villegas, y fustigaban el fanatismo, la corrupción y la intolerancia. "La historia del derrumbamiento del conservadurismo filosófico, que llegó hasta la entraña misma del 'partido conservador', para el caso colombiano, no podría hacerse sin tener a la mano el álbum de Rendón", diría sobre él Germán Arciniegas. "Su ingenio y la contundencia de su ironía _afirma Montoya Gómez_, sumados a la vida bohemia, le crearon una leyenda que se agigantó con su dramático suicidio en 1931, cuando sólo contaba con 37 años de edad".
Quizás el menos reconocido de esta generación, a la cual perteneció también Coroliano Leudo, fue el manizaleño Alberto Arango. La sencillez de su obra, mucho más inocente y menos apasionada que la de sus contemporáneos, lo dejó relegado injustamente a un segundo plano a pesar de su maestría en el dibujo y la agudeza de sus comentarios.
Desaparecidos Rendón y su corte, Jorge Franklin, Lisandro Serrano y Adolfo Samper, insignes fisonomistas, marcarían una pauta en el mundo de la caricatura en los años 40, década en la que comenzaron a hacer sus primeros pinos Peter Aldor, Hernando Turriago, 'Chapete', Hernán Merino, Enrique Carrizosa y Jorge Moreno Clavijo, quienes se a consolidarían en la década del 50.
En los años 40 dejó su huella una generación que se formó en abierto rechazo contra el arte clásico y con profundo interés por formas de expresión relacionadas con el movimiento impresionista, el dadaísmo y el cubismo. Jorge Franklin fue uno de sus representantes. Como fisonomista, su caricatura fue revolucionaria y no hubo ningún protagonista de la vida pública que no hubiera sido reflejado en sus cubos, poliedros, triángulos y rectángulos. Sus primeros pinos los hizo en Universidad, la revista dirigida por Germán Arciniegas, que fue refugio de artistas e intelectuales, pero sus trabajos más sobresalientes aparecerían en El Tiempo y en SEMANA, donde al lado de Max Henríquez hizo de las carátulas de la revista un símbolo de la época. Aun cuando se dedicó también a la caricatura de intención, su lugar en la historia del género tiene que ver, sobre todo, con sus méritos como fisonomista. Tanto es así que no son pocos los que opinan que con Franklin terminó la era de los retratistas excelsos.

El Frente Nacional
Con la llegada de la dictadura de Rojas Pinilla surgiría también la figura de uno de los más recordados caricaturistas contemporáneos. La de Hernando Turriago Riaño, mejor conocido como Chapete y quien falleció recientemente. Aparte de sus comentarios gráficos sobre la realidad social y económica del país, que marcaron la pauta junto con los de Hernán Merino en el periódico El Tiempo durante más de una década, Chapete descolló dentro de su generación por su crítica punzante al gobierno de Rojas Pinilla en los finales de su dictadura. Su personaje insignia fue 'Gurropín', célebre parodia de Rojas por medio de la cual combatió ferozmente su administración.
A partir de la década del 60, y por las propias condiciones políticas instauradas por el Frente Nacional, la caricatura comenzó a romper los lazos que la ataban a una tradición enmarcada por la defensa a ultranza de determinada corriente política. Si durante todo el siglo la tendencia era el compromiso abierto de los caricaturistas, bien con el Partido Liberal y, en consecuencia, contra el Partido Conservador, y viceversa, la alternación del poder entre rojos y azules también arrojó cierta dosis de libertad sobre el devenir de la caricatura. Más que la independencia propiamente dicha, fue una ocasión para aliviar las cargas. "Uno tiende a desacreditar el Frente Nacional _comenta Héctor Osuna_, pero siempre fue que ayudó a civilizar las pasiones políticas".
Uno de los primeros en abrir esta nueva corriente, que llegaría a su clímax con Osuna, fue Hernán Merino. Bogotano de nacimiento, pero criado entre Medellín y Manizales, Merino fue un juicioso dibujante académico que incluso llegó a obtener algunos premios en los salones de arte. Sin embargo, según cuenta Beatriz González en un ensayo sobre su obra, nunca admitió que lo llamaran artista. Por el contrario, "su diario producto, con el que ilustraba los periódicos, se alejaba de tales preocupaciones; vertía con habilidad y crudeza de medios la idea, el concepto o la opinión, sin anteponer la reflexión sobre el arte". Y aunque él mismo no le daba mucha importancia a sus dibujos, para González su trabajo se transformó en pieza fundamental a la hora de rastrear la historia política y social entre los años 50 y 60. Implacable y agudo, dotado de un humor negro que a veces rayaba en la inmisericordia, Merino retrató con crudeza la realidad social colombiana, con su pobreza y desamparo, pero al mismo tiempo se preocupó por criticar, no sin cierta severidad, los vicios de la clase política. En palabras de Beatriz González, "fue el caricaturista de planta del Frente Nacional, y trató sin miramientos las actitudes de los presidentes". Además denunció sin reparos mañas tan actuales como el turismo parlamentario y la demagogia política.
Por esa época Merino y Chapete fueron los encargados de darle vida a José Dolores, famoso personaje que se hizo popular en los lectores y que retrató con vigor los infortunios del colombiano impotente frente a las contingencias políticas y sociales.
La llegada de Osuna
Al lado de las caricaturas de Velezefe, Luisé, Jorge Moreno Clavijo, Enrique Carrizosa y Peter Aldor, las particulares circunstancias del Frente Nacional también servirían para inaugurar la pluma de Héctor Osuna, mejor conocido como Osuna, a secas. En un país donde, según Vladdo, "los medios se han caracterizado por ser progobiernistas y los caricaturistas promedios", es decir, simples ilustradores de la línea editorial de los periódicos, Osuna se erigió en uno de los primeros en transgredir la norma con una libertad que hoy se ha convertido en su mayor patrimonio. A pesar de su estirpe conservadora, que lo llevó a iniciarse como caricaturista en El Siglo, en 1959, fue en El Espectador, nueve años más tarde, donde comenzaría a hacer sentir su independencia frente al medio y por encima de las tradiciones políticas. Aparte del dominio de la fisonomía _un arte en vías de extinción según muchos de sus contemporáneos_, sus críticas mordaces pasarían a ser la piedra en el zapato de la clase dirigente, sin distinción de partidos o ideologías. Su sección dominical en el diario de los Cano ganó fama como una vitrina ineludible del acontecer nacional, de la misma forma en que Chapete lo había hecho con su sección en El Tiempo en la era de Rojas.
Aun cuando Osuna ha mantenido una línea sólida en su producción durante las últimas cuatro décadas, quienes han seguido su trayectoria no dudan en afirmar que su momento cumbre llegó durante el gobierno de Julio César Turbay, cuyo controvertido Estatuto de Seguridad le dio pie para elaborar la que es considerada por muchos de sus colegas como una de las más punzantes series de caricaturas contra presidente alguno.
Al mismo tiempo que Osuna, aunque un poco más parcos, aparecieron figuras de la talla de José María López (Pepón), Armando Buitrago (Timoteo), Jorge Duarte, Juan Cárdenas y Antonio Caballero, ese otro célebre independiente cuyo trabajo gráfico en Alternativa marcó todo un hito en su generación. Aparte de sus críticas directas a los gobiernos de turno del Frente Nacional, Caballero logró instaurar personajes que sirvieron de prototipo para describir a los diferentes protagonistas de la sociedad colombiana, con sus defectos y debilidades, algunos de ellos todavía vigentes en su 'Monólogo' de SEMANA.
El humorismo gráfico
El desmonte del Frente Nacional coincidió con la irrupción de los humoristas gráficos, una nueva camada con un estilo definido e intenso, pero cuyo objetivo se fue apartando de la intención meramente política para dedicarse a rastrear otras realidades: las paradojas de la cotidianidad. Son los caricaturistas de los años 80, con Naide, Grosso, Yayo, Palosa, Kekar, Guerreros, Garzón, Linares, Mico y Chócolo, entre otros dibujantes. "Influenciados por autores como Quino y Fontanarrosa, entre otros, los caricaturistas de las nuevas generaciones se apartan cada vez más del apunte político directo y prefieren concentrarse en el humor genérico de corte social _comenta Pepón_; no atacan tanto al político sino a la politiquería".
Si se tiene en cuenta que a lo largo del siglo la caricatura se ha comportado según el devenir político, la tendencia actual no ha hecho sino reflejar la realidad de hoy, caracterizada por un cansancio generalizado de la sociedad frente a la política en general y de desilusión frente a sus protagonistas.
En medio de este panorama surgió el proceso 8.000, considerado por los propios caricaturistas como el último eslabón en la cadena de momentos políticos que han renovado el oficio a lo largo del siglo. Si las grandes presiones de los años 20 y 30 fueron determinantes en la consagración de Rendón; la dictadura de Rojas para el surgimiento de Chapete y los duros días del Estatuto de Seguridad para afianzar a Osuna, el proceso 8.000 tuvo su principal representante en Vladimir Flórez. Heredero de la independencia y la irreverencia de Osuna, y al lado de recios antisamperistas como Pepón en Cromos y Alfín en El Siglo, Vladdo se ha abierto camino como uno de los mejores caricaturistas de su generación y en uno de los últimos, según Pepón, que asumió como una profesión el género político por excelencia, "en un momento en que el dardo político directo parece estar en retirada".

¿Quiere decir esto que sea necesaria una buena dosis de presión política para la evolución del género? Sobre el tema, como en los toros, hay división de opiniones. Mientras Hernán Merino creía que el clima ideal para el florecimiento de la caricatura política era el de la dictadura y el de la oposición, Pepón afirma que cualquier clima es bueno si se tiene en cuenta que la caricatura cumple una función social de crítica, más necesaria todavía en un ambiente de relativo conformismo. Piensa, incluso, que los momentos de mayor revuelo político producen caricaturas impactantes pero efímeras, mientras los tiempos calmados son capaces de generar caricaturas más elaboradas, universales y, por consiguiente, perdurables en la historia. Vladdo, por su parte, está de acuerdo con Merino. "Las caricaturas tienen su principal virtud y defecto en una misma característica: son desechables. Que sean efímeras o no, es lo de menos".
Más allá de esta polémica, lo cierto es que la caricatura política en Colombia ha alcanzado importantes escaños como crítica sintetizadora de la historia. De ser simples ilustradores de las páginas editoriales están pasando a ser autores de sus propios editoriales hechos dibujo y cada día son más tolerados por sus mismos protagonistas, quienes incluso miden su grado de popularidad de acuerdo con su aparición en los ácidos recuadros de los comentaristas visuales. Razón tenía Oscar Wilde cuando sentenció que lo único peor que le puede pasar a un individuo del que se habla mal es que no se hable de él. Algo parecido opinó Winston Churchill, quien dijo en una ocasión que "de igual modo que se presume que las anguilas se acostumbran al cambio de piel, así los políticos se acostumbran a ser puestos en caricaturas. Y hasta llega a gustarles, por un extraño rasgo de la naturaleza humana. Precisamente cuando los caricaturistas faltan es cuando ellos se abaten y se dan por ofendidos".
A pocos meses del inicio de un nuevo gobierno los caricaturistas deben estar felices afilando sus lápices y remojando sus plumas, pues en un país tan político como el colombiano estos pesimistas, corrosivos y aguzados seres del pincel y la mordacidad tienen un terreno más que abonado en aras de continuar nutriendo su ingenio para gracia del público y el 'padecimiento' de sus víctimas.
Además, desde el punto de vista tecnológico, los años 90 han introducido un nuevo pero no menos contundente elemento de creación: el computador. Y aunque muchos puristas prefieran el trazo libre del lápiz y la pluma, no cabe duda de que el ordenador, como multiplicador de recursos digitales, le está abriendo las puertas a una nueva concepción de la caricatura como referente para el siglo que está por comenzar.


Pepe Gómez(1892-1936)
Nació en Bogotá. Pintor y dibujante, fue autodidacta e innovador de la técnica del grabado. Logró el dominio de la línea y del sarcasmo. Se lo conocía como 'Lápiz'. Sus caricaturas, sin deformaciones, eran de un gran sentido estético. En los últimos años de la hegemonía conservadora demostró su talento, no exento de profunda mordacidad, con el que copiaba la 'farándula política'. Después del cambio de régimen siguió al lado de su hermano Laureano y participó en las campañas de oposición a los liberales. Además de revistas cómicas como Sansón Carrasco, Bogotá Cómico, Semana Cómica, Fantoches, La Guillotina y Anacleto, colaboró en el periódico conservador de la época, El País de Bogotá, y en El Siglo desde el mismo día de su fundación en 1936, año de su muerte por una afección hepática.

Ricardo Rendón(1894-1931)
Nacido en Rionegro, Antioquia, en 1911 ingresó a la Escuela de Bellas Artes de Medellín y casi de inmediato empezó a colaborar con la revista Avanti. Los Panidas lo eligieron en 1914 como uno de sus miembros y comenzó a ilustrar la revista del grupo. Al mismo tiempo se volvió colaborador de El Espectador, El Correo Liberal y El Colombiano. Aunque ejerció con propiedad el dibujo publicitario, la caricatura se convirtió en su pasión definitiva. Tras realizar su famosa serie 'Jardín zoológico', en la que asociaba a los personajes de la época con un animal determinado, se estableció en Bogotá en 1918 y trabajó para la revista Cromos y para El Espectador, La República y El Gráfico. A partir de 1928 El Tiempo lo contrató como caricaturista exclusivo. En 1930 editó un álbum de dos volúmenes con sus mejores caricaturas. Se suicidó en 1931. Como fisonomista agudo, punzante y riguroso, es considerado el mejor caricaturista del siglo y tal vez de la historia.


Alberto Arango(1897-1941)
Nació en Manizales. Aunque por razones económicas tuvo que ejercer durante su vida los más variados oficios, reveló desde joven sus inclinaciones artísticas. En 1931 fundó la Escuela de Bellas Artes de Manizales. En 1932 se hizo caricaturista de profesión en El Espectador, desde donde enfiló su aguda pluma contra Laureano Gómez. A la muerte de Rendón se convirtió en el más cotizado caricaturista político. Publicó en El Espectador, El Tiempo y La Razón. En 1936 fue nombrado director de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá pero una polémica con el escultor español Ramón Barba lo llevó de regreso a la caricatura. Luego, de nuevo impulsado por la necesidad económica, cambió de rumbo y se dedicó a la explotación del oro cerca de Ibagué. A los 44 años murió a manos de unos asaltantes al regreso de la mina. Los conocedores resumen así las características de su caricatura: dominio de la línea, talento para captar una situación de conflicto en un momento determinado, intencionalidad y agudeza crítica, valor civil y humor corrosivo.


Jorge Franklin (1912)
Nacido en Bogotá, inició sus estudios
en la Escuela de Bellas Artes y en España continuó su especialización en la Academia San Fernando, de Madrid. Comenzó su incursión en el mundo de las caricaturas en la revista Universidad, que dirigía Germán Arciniegas. La guerra civil española le impidió terminar sus estudios y viajó a Barcelona, donde trabajó como dibujante en la revista Solidaridad Obrera. Su relación con esta publicación lo llevó a la cárcel a manos del ejército franquista en 1939. Incluso alcanzó a ser condenado a muerte pero la sentencia no se cumplió por la intervención del consulado de Colombia. De regreso al país en la década del 40, ingresó como colaborador en El Tiempo y empezó a imponer su talento de fisonomista, influenciado por las corrientes vanguardistas, entre ellas el cubismo. Luego de realizar una aplaudida exposición individual se convirtió en colaborador de SEMANA e hízo de su carátula un símbolo de la publicación. En 1950 viajó a Estados Unidos, donde vive actualmente.


Hernando Turriago 'Chapete'(1922-1997)
Nacido en Bogotá, desde temprano demostró cualidades para el dibujo. Después de haber cursado estudios en la Academia Ramírez y la Escuela de Bellas Artes se dedicó a realizar películas animadas antes de incursionar con firmeza en la caricatura. Entre 1944 y 1964 fue el caricaturista de cabecera del periódico El Tiempo, en el cual instaló una tribuna gráfica que se convertiría en la piedra en el zapato de la dictadura de Rojas Pinilla. En 1956 ganó el premio Mergenthaler por sus caricaturas contra la violencia y la dictadura, causantes de la persecución estatal que lo llevó hasta la cárcel. Su sello de distinción, un pequeño huevo, será difícil de olvidar.


Hernán Merino(1922-1973)
Nació en Bogotá. "Desde que vi un lápiz comencé a dibujar", dijo alguna vez. Estudió en Manizales y en Medellín. Fue profesor del Liceo de la Universidad de Antioquia e inició su vida profesional en la capital antioqueña pero muy pronto se trasladó a Bogotá, en donde empezó haciendo dibujos publicitarios. Luego lo llamaron de SEMANA, El Espectador y finalmente de El Tiempo. Su nombre fue adquiriendo fama y se hizo conocido en toda Colombia, entre otras cosas por un programa de televisión que hacía con Chapete, Pepón y Carrizosa, conocidos caricaturistas, en el cual crearon un personaje que haría carrera: José Dolores. Era habitual su presencia en las famosas tertulias del café El Automático. Vivió y trabajó dos años en Nueva York. Aunque al comienzo no se metió en política el tema acabó por ocupar el 50 por ciento de su producción. Así asumió posición contra la dictadura de Rojas Pinilla y sufrió en carne propia los rigores de la censura. Murió en 1972 como consecuencia de un tumor cerebral.


José María López 'Pepón'(1939))
Nacido en Popayán, se inició en la caricatura en un periódico clandestino que atacaba la dictadura de Rojas Pinilla, gracias al cual resultó preso por tres días. Caído Rojas, se instaló en Portugal por dos años y en España conoció a los creadores de la revista La Codorniz, en la cual publicó sus caricaturas como aficionado y surgió su nombre: Pepón. De regreso a Colombia en 1961 trabajó para El Espectador y 10 años más tarde para El Tiempo, donde todavía milita. Sus colaboraciones para la revista Cromos lo convirtieron recientemente en uno de los más implacables críticos del gobierno de Samper y, sobre todo, del proceso 8.000.


Héctor Osuna(1939)
Nacido en Medellín, ya desde los 10 años reveló su talento en un pasatiempo: escribir e ilustrar una revista de ejemplar único _parodia de SEMANA_, en la cual registraba lo que sucedía en un país imaginario que se asemejaba al suyo propio. Fue tentado por la vocación religiosa y en 1951 ingresó al seminario jesuita de Santa Rosa de Viterbo. A los cinco años, entre textos de teología, latín y griego, se dio cuenta de que su verdadera vocación no era la de las iglesias sino la de los periódicos. Así, en 1959, encontró en El Siglo la que sería su primera tribuna. Alvaro Gómez y Juan Pablo Uribe le nombraron una especie de tutor, Julio Abril, bajo cuya batuta Osuna no se sentía cómodo. Sólo se necesitaron un par de caricaturas 'colgadas' para que alzara vuelo. Eduardo Zalamea y Guillermo Cano lo contrataron para El Espectador, en el cual publicaba simultáneamente con el periódico de Gómez y el Occidente de Cali. En 1960 El Espectador buscó la exclusividad y lo logró. Entre 1963 y 1967 estudió derecho. Entre 1972 y 1974 viajó a Europa a estudiar pintura. A su regreso el gobierno de Alfonso López Michelsen lo alejó de su estudio de retratista y lo convirtió en el más agudo crítico de la política nacional. El Espectador fue siempre su trinchera. La abandonó a comienzos de este año cuando el diario de los Cano pasó a manos del Grupo Santo Domingo. Ahora es columnista y colaborador de SEMANA.
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