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| 4/18/2004 12:00:00 AM

El librero es como un farmaceuta

Felipe Ossa vende libros y también los atesora. Así vibra este librero que sabe valorar tanto las joyas como las ediciones de venta masiva.

Felipe Ossa nació en Bogotá donde su padre tenía una librería de viejo. Como consecuencia del 9 de abril, su familia se trasladó al Valle del Cauca. En 1964 empezó a trabajar en la Librería Nacional de Cali y en la actualidad es su gerente en Bogotá. Es un experto en cómics, tema sobre el cual escribió los libros La historieta y su historia y Héroes de papel . Ha publicado también Historia de la escritura y La letra impresa.

¿Cómo era el lector cuando usted empezó su oficio y cómo es ahora?

Cuando yo me inicié, en los años 60, la televisión era algo muy elemental: no existía el cable, ni el Internet, ni los juegos electrónicos. Entonces ciertos géneros de literatura eran muy buscados porque eran las distracción. Por ejemplo, la novela policíaca, de ciencia ficción y romántica eran géneros que se vendían muchísimo. Los niños, lo único que podían hacer para distraerse, aparte de los juegos infantiles tradicionales, era leer. Fue la gran época de las novelas de Salgari y de Julio Verne: esa era la distracción los fines de semana. Luego, esto decayó y vino una época muy politizada

-las universidades hervían de ideas- y con ella el auge del marxismo y del sicoanálisis que llegó a ocupar en nuestra librería un espacio enorme. Se vendían muchísimo Freud, Marcuse, Althuser, Matha Harnecker, Lacan, los Diarios del Che. Y por supuesto, esto coincidió con el boom de la literatura latinoamericana. Fue algo extraordinario, una época muy hermosa en cuanto a la avidez de los jóvenes por la cultura, por los libros.

Después aparecieron los libros de superación. Se popularizó el esoterismo, lo oculto, lo misterioso, a partir de El retorno de los brujos, de Louis Pauwles y Jacques Bergier.

En los 80 comienza a ponerse de moda la espiritualidad, la Nueva Era, la medicina alternativa, lo natural. Y los libros de autosuperación para ejecutivos: cómo vender más, cómo ser el gerente exitoso. Aunque, hay que aclararlo, en todo este tiempo no se han dejado de vender las biografías y las novelas de todo tipo: clásicas, de suspenso, históricas.

¿Han cambiado mucho las librerías desde que usted empezó en este oficio?

Las librerías en mi época eran muy tradicionales y cerradas. Con estantería atrás y el mostrador adelante; los libros de lomo y no de carátula. Y el empleado muy serio, muy severo. Cuando nació en Barranquilla, en 1933, la librería Nacional cambió eso completamente. Impuso el autoservicio, la librería abierta, con las estanterías al público y además con cafetería -lo que fue revolucionario en aquel tiempo- y algo aún más novedoso en Barranquilla: el aire acondicionado.

¿Pero con este sistema no se pierde la figura del librero?

Sí, claro. Esto ha seguido funcionando a nivel ya de pequeñas librerías. El librero y la tertulia con el librero. El librero que se volvía amigo de los clientes, conocedor de sus gustos. La profesión de librero empezó a perderse en el momento en que las librerías se convirtieron en grandes almacenes de surtido muy amplio. Lo ha reemplazado la sistematización.

¿Cuál es la mayor satisfacción que ha tenido en su oficio?

La gente muchas veces busca el libro como un consuelo. El librero es como un farmaceuta. Algunos clientes, de la misma manera que van a la farmacia pidiendo algo para el cólico o el dolor de cabeza, se acercan a la librería diciendo que tienen un problema con su esposa, que están estresados, que perdieron un ser querido, que los hijos no los quieren y piden que les ayuden. Entonces, uno les aconseja un libro como si fuera un remedio.

¿Cuál es para usted la librería ideal?

Hace muchos años mi idea de la librería ideal era la que tuviera todos los libros que a mí y a mis amigos nos gustaran. Ahora pienso que la librería ideal es la librería ecléctica, que cultiva una amplia bibliografía y donde todos los libros tienen cabida. A mí me gusta ver en la librería gente de diferentes clases sociales, gente que no es nada intelectual y de repente, un domingo, mientras pasea con su familia, entra a la librería y se encuentra con un libro que lo va a hacer feliz.
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