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| 6/24/2006 12:00:00 AM

El librito salvador

El siempre simbólico Antanas Mockus hizo el ejercicio de pensar cuál sería el elemento que identificaría a los colombianos al finalizar este siglo.

El librito. A veces la gente lo carga. Algunos lo llevan grabado en la pulsera-videófono personal. Hay quienes buscan en él enunciados para apoyarse en una discusión, o en una decisión. Por tenerlo o consultarlo no se paga derechos de autor.

A veces la gente simplemente hace el gesto: inicia con las manos juntas (como si fuera a orar) un saludo oriental y luego abre las dos palmas de las manos manteniéndolas juntas, meñique contra meñique, para mirar dentro como si leyera algo escrito allí. Según algunos intérpretes, tal secuencia de gestos sirve para recordar que la moralidad y el mutuo cuidado provienen del intento vital de estar en paz con uno mismo y con los demás, e indica que un camino para ello ha sido la lectura y la aplicación del librito.

El libro es objeto de gran reverencia social porque en 2076 le ha ayudado a Colombia a resolver varios problemas como el del enloquecimiento que tiende a producir en el mundo entero la multiplicación de las posibilidades técnicas, o el de la violencia, ya superada, en parte por la vía de la democratización del acceso a los medios de expresión.

Bien lo resume una obra de arte del bicentenario que expresa con cierta sobrecarga una angustiante ambigüedad. La obra se puede ver como un libro, una cámara y un confesionario ayudándose para contener juntos una bala y comenzar a destruir irreversiblemente un arma. O puede, por el contrario, ser una bala y un arma poniendo en riesgo supremo el libro, la cámara y el confesionario.

Colombia ha pasado por grandes dificultades para dominar lo que se llegó a llamar el 'desmadre' de la disponibilidad técnica. Acudir al librito fue, por ejemplo, decisivo cuando en Colombia surgió una industria de ingeniería genética ilegal que permitía a los padres manipular a voluntad ciertos rasgos de su descendencia. Como ante un menú, padres y médicos escogían con precisión rasgos físicos y, de manera mucho menos previsible, intentaban predefinir rasgos de personalidad. La técnica ofrecía claras posibilidades de disponer, de intervenir, de escoger, conservar o variar lo que antes había que aceptar. Un floreciente mercado ilegal había sido alimentado especialmente por familias que habían entendido que obtendrían óptimos beneficios manipulando su progenie e impidiendo al mismo tiempo que las demás familias lo hicieran.

Antes, a fines del siglo XX, Colombia fue desequilibradamente moderna cuando dejó que en su política y en su economía se abriera paso un afán desmedido de resultados y en algunos campos cundiera el 'todo vale': narcotráfico, conflicto armado, corrupción. La correspondiente actitud vital fue en su momento ampliamente compartida e iba más allá de esos fenómenos extremos y se recogía en dichos como "el colombiano no se vara, es recursivo, es inventivo, no desmaya, sale adelante como sea". Ser efectivos, obtener los resultados como fuera, constituía una fuerte tendencia individual y colectiva. El librito ayudó a modificar esa cultura del atajo: se fueron volviendo aceptables sólo aquellos atajos que resistían la evaluación a la luz del libro. El libro ayudó así a generar un culto por el rebusque y el atajo sanos ('zanahorios'), una generalizada cultura de la innovación. Al dedicarnos a explorar multitud de opciones dentro de lo compatible con el librito, los colombianos nos volvimos autores de innovaciones sostenibles en los más diversos campos, innovaciones plenamente defendibles ante los más diversos auditorios. El librito fue reconocido en este sentido como el ángel guardián del despliegue de la imaginación colombiana. El entusiasmo llegó hasta el punto de inventar un credo seguramente exagerado: "¿Buscas una solución a un problema difícil? Si la solución existe dentro de lo que manda el librito, algún colombiano te la inventa a la fija".

A comienzos de siglo XXI, el gesto del libro llegó a tener un uso secundario, derivado. Sirvió para promover una idea mucho más elemental: antes de usar un aparato o un producto o un servicio, lea las advertencias, las instrucciones y las condiciones de la garantía.

También ayudó a superar el delirio estratégico, esa agudización extrema propia de ciertos conflictos que se da cuando la imagen del otro se deteriora tanto, que uno cree sinceramente que ese otro (rival, competidor o enemigo) es capaz de cualquier acción con tal de ganar. Una creencia que lleva a justificar que de nuestro lado también todo vale. Sobre esto mismo alguna vez habíamos leído en Borges una sabia recomendación: hay que escoger con mucho cuidado al enemigo porque de manera casi ineluctable uno termina pareciéndose a él.

El complejo gesto de saludo respetuoso como en oración y texto que se abre se acompañó durante algunas décadas de un guiño para mostrar la complicidad entre perspectivas intelectualmente incompatibles. En una película colombiana famosa de los años 50, Cristo le hacía un guiño al librito. En la capilla de la Universidad Nacional, en Bogotá, se construyó un balcón transparente desde el cual la momia de un profesor mira hacia adentro de la capilla. Es una respuesta más o menos obvia a la momia de Bentham, que desde un rincón de la Universidad de Londres sigue testimoniando sobre cuán libertario fue en sus inicios el utilitarismo.

Una etapa importante (en torno a la cual la sociedad colombiana se volvió más consciente a partir de la publicación de un libro de Iván Orozco Abad en 2005, cuando el librito estaba aún incompleto) fue el juego de transición "Hago 'tai'" (time, tapo)" en el librito. En efecto, a comienzos de siglo reinaban tal desorden y violencia, que la gente, para respirar, aun la más violenta, solía acudir al 'tapo', a la protección, y para ello a veces bastaba la sola invocación del libro. Las acciones represivas, aun las más duras, fueron aprendiendo a que tenían que ser by the book, estar de acuerdo con el libro (el librito, el manual, el reglamento).

Pero ¿cuál era el contenido del librito, el libro al que Cristo le hacía un guiño en la película de 2050? Pues el librito recogía tres Constituciones: la colombiana, la latinoamericana y la mundial. Gracias al librito, Dios podía morirse, jubilarse, o retirarse por un tiempo en paz. "Hay que formar gente honrada, que siga siendo honrada aunque pierda la fe", predicaban en la Escuela Nacional de Minas en Medellín a comienzos del siglo XX. Gracias al librito hemos avanzado en esa dirección.

* Ex alcalde de Bogotá. Creador de programas de cultura ciudadana y mejoramiento urbano.

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