Martes, 24 de enero de 2017

| 2001/05/14 00:00

El libro de López, por Enrique Santos Calderón

En extenso diálogo con Enrique Santos Calderón el ex presidente revela hechos hasta ahora desconocidos que prometen levantar más de una ampolla.

El libro de López, por Enrique Santos Calderón

Se me habia olvidado lo que era hacer una entrevista de verdad. El trajín logístico-técnico: la preparación, ambientación y concreción; el guión temático, el calvario de la grabadora principal y la de apoyo; la infalible libreta de apuntes, el imprevisible flujo de la charla y sus dilemas (¿interrumpir para precisar?, ¿volver después?) y la larga, eterna, revisión y edición de horas y horas de una conversación que se desarrolló en varias sesiones en Anapoima y en Bogotá.

Además de un desafío periodístico, político y conceptual —por tratarse de quien se trata—, ha sido para mí el regreso a la rigurosa carpintería de este oficio. Y al de uno de sus géneros más exigentes: la entrevista. Sobre todo cuando se trata de ir un poco más allá. Para tratar de abordar el presente, el pasado y el futuro con quien resume y personifica, como nadie hoy en el país, casi un siglo de historia colombiana. Con quien ha ido y ha vuelto y sigue ahí, y está dispuesto a contar y responder sobre ayer, hoy y mañana.

La idea de este libro fue de Felipe Escobar, el director de El Ancora Editores, quien me la sembró con su pérfido olfato de editor de libros en un encuentro casual que tuvimos una noche en un restaurante de Bogotá. La provocación fue inmediata y directa:

—Oiga, Santos, ¿usted no se le mediría a hacer un libro-entrevista con el viejo López?

Y la remató a renglón seguido con la revelación de que no había logrado convencer al ex presidente de publicar sus memorias, porque éste le había dicho que ya no tenía el tiempo para escribirlas o porque, si acaso, éstas serían necesariamente póstumas, pero que estaba seguro de que conmigo se sentaría a hablar de su vida y milagros. Agregó, a manera de conclusión fulminante, que sería casi un crimen de lesa historia no aprovechar la agudeza mental y la prodigiosa memoria de López, a estas alturas de su existencia y en este crucial período de la vida nacional.

Yo ya estaba enganchado. Aunque le dije que sí, que muy buena la idea, pero que antes de contemplar siquiera semejante tarea, averiguara mejor en qué plan estaba López. A los pocos días me llamó y me dijo que sí, que López se le medía a hablar de todo, “pero sólo con usted”. Y así concluye el cuento de cómo brotaron estas Palabras pendientes.

Otro cuento es el personaje que me correspondió entrevistar. Alfonso López Michelsen, en la lúcida cúspide de sus 88 años, con sus recuerdos vivos, la ironía engatillada y el detallado anecdotario a flor de labio, era un reto singular e irresistible.

Yo lo había entrevistado antes, en diferentes etapas de su trayectoria política, tanto para El Tiempo como para la revista Alternativa. Pero nunca en este plan de recoger toda su parábola vital y política. Me estimulaba el hecho de conocerlo personalmente hace tantos años y me daba seguridad la circunstancia particular de lo que nos podía unir o separar como familias —los López y los Santos— visceralmente identificadas con la historia del Partido Liberal y de lo que ha sido parte del poder y la política colombiana de los últimos 70 años. Circunstancia que también inspiraba cierta cómplice confianza, que facilitaba ir más allá de una conversación entre desconocidos.

Alfonso López Michelsen es el último de los grandes: de esa combinación de hombre político y de letras, de estadista y de humanista, con la que se cierra un ciclo de la vida colombiana. Se podría decir incluso que la vigorosa vigencia doctrinaria de López es una elocuente radiografía de la decadencia conceptual de nuestra actual clase política, y de la pobreza dialéctica de sus más visibles exponentes. Dueño de un excepcional activismo social e intelectual (dicta conferencias por todo el país, asiste a comidas y recepciones, prologa libros, escribe una columna dominical en El Tiempo), López Michelsen ha sido testigo y protagonista de excepción del siglo XX en Colombia (y de lo que va del XXI).

Pero este libro no tiene pretensiones de erudición biográfica, ni es una exhaustiva entrevista académico-histórica. Se trata de un trabajo periodístico; de una conversación prolongada, desordenada y espontánea sobre episodios personales y de la vida nacional, y de una aproximación al hombre. A esa personalidad compleja y contradictoria, a la vez distante y cálida, que puede confesar con la tranquila frialdad irónica de un lord inglés que lo seducen más personajes tropicales como Fidel Castro y Omar Torrijos, que estadistas europeos como François Mitterrand o Willy Brandt.

López Michelsen resume una parábola política fascinante, marcada desde sus inicios por el sino de la controversia. Producida, en buena parte, por su espíritu provocador, que disfruta casi perversamente con las garroteras que arma y las vanidades que ofende. Es tal vez, junto con su ácido sentido del humor, la faceta más atrayente de su personalidad. La suya es una trayectoria llena, también, de altibajos; de triunfos y reveses. Y de estigmas, como el que lo acompañó durante el gobierno de su padre, cuando estallaron los debates de la Handel y sus contradictores dentro de su partido lo sindicaron de ser uno de los responsables de la caída del liberalismo en 1946.

Fundador en 1958 de la disidencia liberal que incubó la izquierda radical de los años 60; reintegrado después al oficialismo durante el gobierno de Carlos Lleras; ganador por amplia mayoría como candidato único del Partido Liberal en las elecciones presidenciales de 1974; derrotado luego en las de 1982; en las duras y en las maduras, López ha estado rodeado siempre de polémica. No genera opiniones neutrales. Expresión de un talante inquisitivo y rebelde que le permitió definirse como “el primer inconforme” del país. Lo que no le impidió convertirse también en uno de los más coherentes intérpretes del sistema que tanto cuestionó. Ese establecimiento de los años 40 que caricaturizó en su novela Los elegidos, que luego combatió de frente con el MRL en los 60 y que más tarde representó como jefe de Estado en los 70. Sistema cuyos valores y principios de fondo prefiere defender, más allá de sus aberraciones y falencias presentes, frente a la alternativa de barbarie que rodea a la Colombia del nuevo siglo.

Al lado de su perfil de crítico y serio pensador, López tiene otra personalidad, menos trascendental y solemne: la de maestro en el tejido light del mundillo social colombiano. El chisme fino, las mujeres bellas, los buenos vinos, la dolce vita nacional, son escenarios dentro de los cuales nada como pez en el agua. Hay quienes sostienen incluso que López fue el “primer bacán” de este país. Y, aún hoy, hay que verlo aguantando cinco horas de vallenato corrido. De los viejos y puros, eso sí.

La conversación que dio lugar a este libro pretende captar también ese rostro de López, cuando no se siente obligado a emitir diagnósticos impecables, ni pronósticos siempre originales sobre el devenir nacional. Aquí quedan, pues, las experiencias y vivencias; las anécdotas y los recuerdos; las sacadas de clavo y las críticas aguantadas de este personaje complejo y sutil, heterodoxo y cautivador.

En estas páginas, el ex presidente habla de ayer, de hoy y de mañana. Se puede discrepar de su particular versión de acontecimientos del pasado, o de sus sombríos pronósticos del futuro. Lo que no se puede es desconocer la autoridad de quien los narra, ni minimizar la dureza de muchas verdades que pronuncia. Más allá del acuerdo o desacuerdo que susciten, o de las polvaredas momentáneas que despierten, las “palabras pendientes” de este colombiano excepcional y polémico deben servir para entender mejor lo que ha pasado en Colombia en las últimas décadas. Y para aprender que el amor por la patria también pasa por conocerla a fondo.



*PALABRAS PENDIENTES*



Enrique Santos Calderon: En materia de dineros calientes hay dos controvertidos episodios relacionados con el narcotráfico en los que usted aparece de alguna manera como protagonista y que sería bueno recordar y precisar: el del Hotel Intercontinental de Medellín y el del Hotel Marriot de Panamá.

Alfonso Lopez Michelsen: Lo del Intercontinental ha sido totalmente desfigurado. Se había realizado la convención liberal de Medellín, que me había proclamado candidato para las elecciones presidenciales de 1982, y el jefe de nuestra campaña era Ernesto Samper. Estábamos en la capital de Antioquia y por la noche llegaron el senador Federico Estrada Vélez y Santiago Londoño a decirme que había un grupo de copartidarios que quería saludarme. Yo estaba de prisa, entré un momento y ni siquiera me senté. Les di la mano a unos tipos que no conocía. Después, en el curso de los episodios, descubrí que eran los Ochoa, Pablo Escobar y, probablemente, Carlos Lehder y Rodríguez Gacha.

Estuve un rato con ellos y después me salí. Samper se quedó en la reunión con Santiago Londoño, a quien le dieron un cheque por 23 ó 25 millones de pesos, no recuerdo bien, cheque que no ingresó a la campaña sino al directorio liberal de Antioquia. Posteriormente, cuando terminaron las elecciones, en las que participaron como candidatos, además de mi persona, Belisario Betancur y Luis Carlos Galán, se nombró una comisión investigadora sobre el ingreso de los llamados dineros calientes a las campañas, comisión que absolvió de toda culpa a los tres grupos. Lo cual no resultaba muy afortunado, porque se examinaron las cuentas de Bogotá y, por ejemplo, las de Belisario funcionaban en Antioquia. Su tesorero era Diego Londoño, que después trabajó como gerente del Metro de Medellín y que tenía relaciones muy cercanas con Pablo Escobar. Hoy se encuentra preso.

Pero, del otro lado, está también el caso de Rodrigo Lara Bonilla, que es aún más impresionante porque la mafia le metió un cheque que a la postre le costó la vida.

E.S.C.: El famoso cheque de Evaristo Porras.

A.L.M.: Sí, el narcotraficante de Leticia al que Lara Bonilla dijo que no conocía, pero que figuraba en su propia lista para la asamblea departamental del Amazonas. Rodrigo Lara Bonilla había sido del MRL y tenía una gran rivalidad con Jaime Ucrós. Yo lo había nombrado en un cargo diplomático en París cuando de repente me comenzaron a llegar noticias de que no hacía sino hablar en contra mía y desacreditarme. Averigüé, y resultó que el hecho de que yo hubiera designado a Jaime Ucrós gobernador del Huila lo había enfurecido. Se vino contra mí, se enroló en el Nuevo Liberalismo de Luis Carlos Galán y luego estalló el escándalo del cheque.

E.S.C.: Fue una jugada de la mafia para comprometerlo, porque Lara había comenzado a denunciar la presencia de dineros calientes en la política.

A.L.M.: Lo que terminó costándole la vida. Sin embargo, el asunto es todavía más interesante, y por dos razones: en primer lugar, porque hasta entonces él no había tenido ningún cargo ministerial y porque fue uno de los que citó al ministro de Justicia para que informara sobre los dineros calientes en la política, y en segundo lugar porque, cuando Belisario lo nombró ministro de Justicia, como cuota del galanismo, le tocó atender su propia citación y así fue como el representante Jairo Ortega, de la cuerda de Pablo Escobar, le sacó el famoso narcocheque. Lara Bonilla se sintió lesionado en su honor y se fue lanza en ristre contra todo el mundo de la mafia.

E.S.C.: Su asesinato llevó a Belisario Betancur a decretar la extradición, y ahí comenzó la ‘narcoguerra’.

A.L.M.: No obstante, como ministro de Justicia, Lara Bonilla nunca firmó la extradición, porque hasta ese momento Belisario alegaba sus conocimientos en materia de derecho internacional y sus convicciones filosóficas para oponerse a ella. Y en la catedral de Neiva, durante los funerales de Lara, se dio cuenta de que tenía que hacer un viraje. Lo que era absurdo, ya que él no había planteado la cosa en el terreno de si podía ser discrecional patrocinar o no patrocinar la extradición. Lo que él había sostenido era que de sus estudios de derecho se desprendía que la extradición de nacionales era contraria a la Constitución de Colombia. Pues cambió de opinión, como si fuera discrecional extraditar o no extraditar, después de haber alegado en miles de ocasiones que no extraditaba.

E.S.C.: Aunque eso fue producto del clima de indignación nacional y de la presión de Estados Unidos, a raíz del asesinato de Lara. Fue la primera gran ofensiva del Estado colombiano contra los carteles de la droga, que los obligó a salir del país. Terminaron en el Hotel Marriot, de Panamá, donde usted se reunió con ellos. ¿Cómo fue eso? ¿Cuál era la famosa propuesta que tenían Escobar y compañía para que no los extraditaran?

A.L.M.: Esa sí que es una historia extraña, que contiene revelaciones sorprendentes.

Un buen día estaba yo en Panamá, durante la elección de Ardito Barletta, con otro grupo de invitados que servíamos de verificadores del proceso electoral. Estaban Gustavo Balcázar, recién casado con doña Nydia Quintero, Jaime Castro y otras cuatro personas, cuando de pronto apareció Santiago Londoño White a plantearle a Felipe, mi hijo, que si yo les podía conceder una entrevista a los que habían sido acusados del asesinato de Lara Bonilla, que querían hacerme una propuesta para transmitírsela al gobierno.

Llamé a Belisario y le dije:

—¿Tú quieres que yo los oiga o no?

—Escúchalos a ver de qué se trata —me contestó—, y después me cuentas.

Muy bien: se arregló la entrevista. Le comuniqué a Londoño que nos veíamos en el Hotel Marriott, donde estaba alojado, y a eso de las tres o cuatro de la tarde de un buen día nos dimos cita en una suite. Entre los presentes se encontraban Pablo Escobar y un miembro de la familia Ochoa, a quienes en ese momento no identifiqué porque sencilla y llanamente no los conocía. Había otro tipo que no tomó parte en la reunión y que sólo abría la puerta, desocupaba los ceniceros y ofrecía whisky.

La entrevista duró cerca de una hora y lo que en ella me manifestaron fue que sus familias estaban siendo atropelladas en Medellín. Uno de ellos contó que la señora estaba esperando una criatura y que con el pretexto de que habían asesinado a Lara atropellaban a las mujeres, a los padres y a los parientes. Que al viejo Ochoa, el de los caballos, le habían quitado unas armas con el argumento de que no tenían licencia, y resultó que el señor no sólo tenía licencia para una pistola sino para una metralleta. Luego me dijeron que querían abandonar el negocio de la droga y que si el gobierno se comprometía a no extraditarlos estaban dispuestos a entregar las avionetas, los laboratorios, las pistas y las rutas. En síntesis, la condición era que no los extraditaran, sin perjuicio de establecer la extradición de ahí en adelante.

Me confesaron dos cosas interesantes y ambas mentirosas: que en ese año se habían ganado 300 millones de dólares, cuando era de conocimiento público que no habían sido 300 sino 3.000 millones de dólares, lo que me puso orejero, y que ellos no habían participado en el asesinato de Lara Bonilla porque tenían una demanda por estafa contra él. Que dizque le habían entregado el famoso cheque para el Nuevo Liberalismo y Lara se lo había gastado en cosas personales, motivo por el cual lo habían demandado por malversación de fondos y abuso de confianza. Que Lara estaba citado para declarar en una fecha que correspondió a tres días después del asesinato, ante un juez, y que para qué iban a querer matarlo, si lo que intentaban era deshonrarlo ante la opinión pública y establecer en qué se había gastado la plata. Nunca plantearon que fueran a pagar la deuda externa de Colombia, una versión que no sé de dónde salió.

Luego ocurrió algo muy extraño y fue que un tal Maximiliano Londoño Perilla, miembro de un supuesto Partido Laboral Andino, comenzó a decir en todas las embajadas europeas que yo estaba al servicio de la mafia y que me había reunido con el cartel de Medellín a espaldas del gobierno. Le mandé un cable a Belisario manifestándole que el sujeto andaba en semejante campaña internacional, y que el mal que me hacía a mí se extendía al país. El presidente Betancur me contestó mediante un telegrama amplísimo, que todavía conservo por ahí, en el que me decía que yo era un prócer, que se trataba de una infamia, que el gobierno tomaría las medidas pertinentes, que no sé qué y sí sé cuándo. Cuál no sería mi sorpresa, por lo tanto, cuando al poco tiempo me enteré de que habían nombrado a este individuo del Partido Laboral Andino como funcionario ad honorem en el Ministerio del Trabajo.

E.S.C.: Y eso tan raro, ¿por qué?

A.L.M.: Aún no he logrado entenderlo. Luego sucede otra cosa también inexplicable y es que publican un libro sobre el gobierno de Belisario, patrocinado por Bernardo Ramírez, su ministro, confidente y amigo, y titulado La quimera del poder, en donde Ramírez dice que la entrevista en el Hotel Marriott cogió por sorpresa a Belisario. Me pareció increíble, porque lo cierto fue que tan pronto como terminé la entrevista con Escobar y los Ochoa llamé a Belisario y le dije sintéticamente:

—Lo que están ofreciendo es una capitulación. Yo me voy a Miami a descansar. Si quieres, mándame a una persona de tu confianza para indicarle cómo es la cosa.

Y entonces me mandó a Bernardo Ramírez. Yo fui a encontrarlo al aeropuerto y hasta le propuse que se quedara en mi casa, pero no quiso aceptar. Se hospedó en un hotel que estaba relativamente cerca y yo le di toda clase de pormenores sobre la reunión.

Sin embargo, lo más raro de todo es que después de mi conversación con Ramírez, que Ramírez transmitió a Belisario, decidieron que el procurador Carlos Jiménez Gómez viajara a Panamá con el propósito de ampliar las informaciones mías, y por medio de un decreto firmado por Belisario y por Enrique Parejo, como ministro de Justicia, autorizaron al Procurador para salir del país con el supuesto encargo de investigar en Panamá el asunto del robo al Banco de la República por parte del hijo de Jaime Soto. ¡Absolutamente falso! A lo que iba era a verse con los narcos. Yo lo sospeché desde un principio, como en las novelas de detectives, porque las fechas coinciden con un fin de semana y uno no va a gestionar asuntos delicados a los bancos durante un fin de semana. Después supe las intimidades del viaje. Supe que Jiménez Gómez se entrevistó con los mismos personajes con quienes yo me había entrevistado y, como si faltara la pieza clave, que regresó a Bogotá en un vuelo charter con Santiago Londoño, quien no tenía nada que ver con el caso de Soto Prieto.

Y sigue girando la rueda. Años después entré en contacto con Jiménez Gómez, quien me confesó que de acuerdo con Belisario simularon lo de la investigación acerca del robo al Banco de la República, y que en el debate a que lo citaron en el Congreso, para salvar al Presidente, negó que hubiera otro tema. Admitió que su misión era hablar con los narcos y que los narcos le entregaron por escrito la misma propuesta que me habían hecho a mí verbalmente. Se la entregaron a Jiménez Gómez y Jiménez Gómez se la llevó al Presidente, quien la leyó y se quedó callado. Hay un libro de Jiménez Gómez sobre todo este embrollo, con muy buenos apuntes.

E.S.C.: A usted, pues, lo dejaron, literalmente, colgado de la brocha.

A.L.M.: Es además la teoría de Jiménez Gómez, quien sostiene que yo soy el único que ha dicho la verdad al respecto.

E.S.C.: ¿Y Belisario nunca le dio una explicación?

A.L.M.: Nunca. Nunca hemos tocado el tema, pero yo sospecho que las relaciones de Belisario con los narcos, a través de Jiménez Gómez, estaban ya bastante adelantadas cuando me reuní con ellos en el Marriott. Jiménez Gómez afirma que en más de una ocasión los recibió en su despacho, siempre delante de testigos, porque su deber como Procurador consistía en recibir a quienes le pedían audiencia, y que el Presidente se mantenía al corriente de las conversaciones. De donde yo deduzco, sin tener ninguna prueba, que del mismo modo como Belisario se entendió con el M-19 mediante citas semiclandestinas en España y otros artilugios por el estilo, discutió también la posibilidad de hacer la paz con los narcos. Cuando ocurrió el asesinato de Lara Bonilla se espantó, pero ya les había hablado de la conveniencia de contar con dirigentes liberales y conservadores que apoyaran el proceso y no descarto la posibilidad de que se hubiera mencionado mi nombre. De ahí que los narcos me citaran de intermediario con Belisario, porque en las conversaciones previas la idea era que yo fuera el aval liberal en su entrega, algo parecido a lo que se cumplió después con Pablo Escobar, quien se entregó con el aval del padre García-Herreros.

E.S.C.: El eterno tema del narcotráfico, que nos persigue hasta hoy. Al margen de por qué nos volvimos un país problema en esta materia —que por la ubicación geográfica, que por la topografía, que por la capacidad empresarial de los colombianos, que por nuestra centenaria tradición de contrabando, etc.—, el hecho es que llevamos casi 30 años de guerra contra la droga, impulsada por Estados Unidos, con un balance desolador. Y estamos con un Plan Colombia a bordo que puede convertirnos en un nuevo laboratorio de la narcoguerra. ¿Hay salida distinta de la eventual despenalización o legalización como forma de sacar a la mafia de este negocio tan rentable?

A.L.M.: Está demostrado hasta la saciedad que el problema del narcotráfico no tiene solución distinta: o se legaliza o nos lleva el diablo. La rentabilidad del negocio obedece a que se trata de una actividad prohibida, y el día que se despenalice y haya mercado libre de droga, el precio se viene al suelo.

Yo creo que los propios Estados Unidos están abriendo el camino. Hay que ver cómo en cada elección aumentan los condados donde se aprueba el cultivo legal de marihuana, y cada vez hay más países que piensan que la criminalización de la droga no sirve sino para aumentar su precio.

Ahora bien: hay muchos intereses contrarios a la legalización, comenzando por los propios carteles de la droga. Es la amenaza más grande que se cierne sobre su negocio. No sé en qué forma se hará, si será despenalización gradual o qué, pero creo que en pocos años veremos la regulación de la droga por una vía distinta de la represión.

E.S.C.: Habrá mucha polémica moralista antes de que eso suceda. Y ya que estamos en esto, ¿cuál es su concepto sobre la relación entre moral y política? ¿Hay que meterle ética a la política pero no política a la ética, como decía Albert Camus? Usted ha estado involucrado en mucho debate intenso sobre este tema a lo largo de su vida pública, ¿o no?

A.L.M.: Sí. Y le voy a contar el origen de uno de esos debates, que no es ajeno a mi pariente Julio Mario Santo Domingo, con quien he mantenido relaciones buenas y malas.

Resulta que su padre, don Mario Santo Domingo, me tenía una gran confianza y, sin el consentimiento mío, me dio el poder de toda la familia para que Julio Mario —así me lo expresó de manera perentoria— no dominara las juntas directivas de sus empresas cuando él, don Mario, faltara.

Eso no le cayó nada bien a Julio Mario, quien inventó peleas conmigo porque durante mi gobierno no lo había invitado a unas reuniones con Kissinger o no sé qué problemas menores. Fueron unas relaciones muy tensas, pues Julio Mario a lo mejor creía que yo había buscado el poder que me otorgó su padre para quedarme con la fortuna de la familia. Después, cuando salió el juicio de sucesión de su hermano Luis Felipe, don Mario me nombró tutor de su nieta, Cuqui, mientras ella fuera menor de edad. Claro que la Cuqui vivió en el exterior durante mucho tiempo y no pude yo hacer nada, pero ante la ley, hasta sus 18 años, fui su tutor.

Finalmente, y gracias a los buenos oficios de Alvaro Sánchez, que era amigo de ambos, hicimos las paces. Sin embargo, siendo yo presidente y estando en malos términos con Julio Mario por lo que le cuento, un día, en la mitad de un consejo de ministros, Abdón Espinosa Valderrama, que ocupaba la cartera de Hacienda, y Alfonso Palacio Rudas, miembro de la Junta Directiva del Banco de la República, informaron que para preservar mi nombre y defenderlo de maledicencias habían negado un préstamo en el Banco de la República que había solicitado Julio Mario Santo Domingo para comprar las acciones de Triplex Pizano, que en aquella época se hallaban controladas por los norteamericanos. Nos encontrábamos en plena bonanza cafetera y había un decreto que permitía suministrar dólares a las empresas colombianas que quisieran adquirir acciones de compañías extranjeras. Todos los papeles que presentó Santo Domingo estaban en regla, pero como era pariente del presidente, Abdón Espinosa Valderrama y Alfonso Palacio Rudas resolvieron negarle, por razones éticas, el préstamo. Decidieron, en otras palabras, resguardarme la moral a espaldas mías.

Julio Mario se indignó y metió un juicio demostrando que se trataba de un abuso de poder. Nunca tuve una explicación con él al respecto, pero sé que el juicio lo ganó y que se abstuvo de reclamar beneficios económicos. Simplemente demostró que había sido víctima de un atropello.

Por esos días hubo un congreso de abogados latinoamericanos, patrocinado por el Externado de Colombia, que inauguré con un discurso presidencial donde sostuve la tesis de que no se podía desconocer la aplicación de la ley por razones morales subjetivas. Que se trataba de dos esferas distintas. Que el derecho era coercitivo y la moral era una norma de conducta íntima, y que constituía un abuso desconocer subjetivamente las leyes vigentes. Aporté como argumento el editorial que para el diario El Tiempo escribió el doctor Eduardo Santos el día de la posesión de Laureano Gómez, quien había anunciado que no se iba a limitar a aplicar la ley sino que también aplicaría la moral, constituyéndose en árbitro de dicha aplicación. Santos declaró que semejante postura era inaceptable porque significaba instaurar el reino de la inseguridad jurídica, y que el derecho positivo y escrito era una conquista de la civilización para librarnos de la autoridad sagrada de los reyes que, debajo de una encina, decidían a quién protegían y a quién perseguían. Entonces se abrió el debate, y como la vida política da muchas vueltas, Abel Naranjo Villegas salió a esgrimir el argumento de que yo estaba contra la moral. Sostuvo ese esperpento, que coreó el papá de Noemí Sanín, Jaime Sanín Echeverri, a quien le contesté recordándole que en la vieja España se solía confundir la moral con el derecho y que el auténtico Estado de Derecho le había puesto término a esta situación.

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