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| 7/19/1982 12:00:00 AM

EL MACONDO DEL NIQUEL

Cerromatoso es una mina pequeña. Pero su níquel, como el café colombiano, es tres veces mejor que cualquier otro. Y la forma de su explotación revive el recuerdo de las bananeras

En Montelíbano, como en Macondo, hay un gallinero electrificado. No es de la compañía bananera, sino de los hombres del níquel, que llegaron hace dos años y lo cambiaron todo. En Montelíbano todo el mundo conoce el hielo y no hay ningún coronel visionario, pero ahora el pueblo tiene una historia tan interesante como la de Macondo: la de Cerromatoso.
Todo comenzó en 1795, siglo y medio antes de que llegaran los primeros gringos a buscar petróleo. Ya entonces había una familia de inmigrantes italianos colonizando la zona: los Pizano. Y allí, junto al río San Jorge, montaron una hacienda trabajada por esclavos, justo al pie del único cerro que se levanta solitario en el centro de la gran sabana, y que entonces no tenía nombre. Uno de los Pizano mató un oso que había herido a uno de sus esclavos. Fue un largo combate, sostenido en las faldas del cerro de 260 metros de altura, tras el cual los esclavos bajaron hacia el llano gritando "misú (tal vez por mosiú) mató oso, misú mató oso" La tradición oral abrevió el nombre y la historia quedó consignada en las cartas de la familia que se guarda en su casona de Mompós.
Montelíbano es un pueblo jóven, situado a pocos kilómetros del cerro. Hoy, casi nadie conoce la historia del oso. Pero los hombres juegan dominó en las esquinas sin quitarse las corroscas; la gente vive en las mismas casas de colorines de toda la Costa y sigue rodando las mismas sillas de vaqueta para tomar el fresco de las seis de la tarde.
HISTORIA RECIENTE
Hasta 1958, nadie pudo imaginar que la historia del oso estaría ligada alguna vez a un cambio en el destino del pueblo. Pero desde el domingo pasado, seis camiones diarios sacan cada uno 27 toneladas de ferroníquel procedente del cerro donde "el mosiú mató el oso". Los seis camiones circularán entre Cartagena y Montelíbano ininterrumpidamente, durante los próximos noventa años, hasta que Cerromatoso haya sido literalmente volteado por las palas mecánicas y no quede ni un gramo de níquel en sus 260 metros de altura.
Fue en 1956 cuando los ingenieros de la Richmond Petroleum entraron en la zona a golpe de remo, buscando petróleo. Pero encontraron níquel. Y se volvieron a su casa matriz (la petrolera SOCAL de California, también conocida como Chevron e hija de la vieja Standard Oil de Rockefeller), la cual hizo un convenio de la explotación con la Hanna Minning Co., de Cleveland Ohio.
Catorce años más tarde, el IFI constituyó la Empresa Colombiana de Níquel, y la transnacional holandesa Shell entró como tercer socio, bajo el esquema de "operación conjunta".
La Hanna Minning Co. formó una filial llamada Compañía Colombiana de Níquel; la Shell se hizo presente a través de otro filial, la Billington Overseas; las tres formaron, en 1979, Cerromatoso S. A. Econíquel tiene el 45%, Billington el 35%, y Conicol el 20%.
Toda la producción de los primeros doce años está íntegramente comprada ya por la Shell, quien la pagará, puesta en Cartagena, a precios internacionales. Este níquel, el más puro del mundo, irá a Europa principalmente.
Seis tractomulas diarias llenas de níquel, no representan una gran cantidad. Apenas 60 mil toneladas al año. La mina de Cerromatoso tan sólo es la más grande de Suramérica. Pero su níquel es el mejor.
En efecto. La pureza del níquel de Cerromatoso es tres veces mayor que la de cualquier mina de Estados Unidos o Canadá. En la pequeña colina de Montelíbano hay 21 millones de toneladas de esta clase de níquel, mezcladas con hierro, sílice y cobalto.
Y en sus alrededores se ha detectado la presencia de 41 millones más, de una menor calidad.
El níquel es esencial en cualquier proceso metalúrgico, desde la producción de acero hasta las aleaciones no ferrosas. Además, se utiliza en grandes cantidades en la industria bélica. Colombia tiene, pues, un mercado ideal para un producto cuya principal característica es la misma del café y el carbón: los mejores del mundo. La exportación de níquel representará inicialmente para Colombia un ingreso anual de 41% millones de dólares. Pero la perspectiva es de 200 millones en un futuro próximo cuando el precio actual de US$ 2.85 por libra se incremente al disminuir la oferta en el capital.
¿Cómo puede Colombia obtener ganancias en una mina, así cuando por todo el mundo se cierran minas de níquel porque el precio del petróleo necesario para mover los equipos de procesamiento las convierte en negocios ruinosos?
Porque no usa petróleo. Se trata de una de las plantas de producción más modernas que existen, a base de electricidad, carbón y gas.
Con un sistema de palas mecánicas gigantescas, los ingenieros de Cerromatoso han rebanado a tajadas la colina, estableciendo niveles de explotación. Una cara del cerro --la norte- no será explotada, porque sólo contiene hierro. El mineral de níquel --saprorita-- es conducido en camiones inverosímilmente grandes a una trituradora que lo reduce a trozos de diez milímetros. El resto se apisona en botaderos situados en la falda misma del cerro. De esa forma, Cerromatoso es cambiado de sitio paulatinamente. Cuando se llegue al nivel del suelo, la explotación continuará hacia abajo, siempre a cielo abierto.
El proceso invierte en pocas horas lo que la naturaleza ha hecho en millones de años, sedimentando y mezclando minerales. Una especie de "entropía negativa".
La trituradora es la cola de una serpiente mecánica conformada por una banda móvil que transporta el mineral a los diversos aparatos que lo procesan. Su tamaño es heróico.
Primero, un secador le quita humedad al mineral. Luego, una parrilla electrónica ioniza el polvo que se desprende en el transporte, y lo reincorpora al proceso. Después, un tubo rotatorio de 200 metros por 6 de ancho, suspendido en torres de quince metros, calcina lentamente el níquel por medio de gas y carbón. Lo transforma de "ferroso" en "férrico", al quitarle hasta la última molécula de oxígeno.
Y por último, en la cabeza de la serpiente (un edificio de siete pisos, vacío por dentro) el horno eléctrico más grande del mundo convierte el ferroníquel en lingotes. Refrigerado por agua que escurre todo el tiempo por sus paredes, y controlado por computador, el horno es básicamente igual al electrón que utilizaban las abuelas para calentar el agua, un electrodo calienta el níquel hasta los 1.200 grados, y lo deposita en moldes. De ahí, a la tractomula.
Levantar esta instalación costó tres años de trabajo a la compañía Bechtel. Y antes de que trabaje a plena capacidad pasarán por lo menos otros dos.
DOS MUNDOS SUPERPUESTOS
La gran mayoría de operarios ingenieros y administradores de la mina son colombianos. Cerromatoso genera empleo permanente para 700 personas, y durante su construcción necesitó dos mil.
La inversión inicial, aportada por bancos internacionales y por los socios, fue de 400 millones, diez veces menos que la del Cerrejón. Se calcula que en un término de siete años esta deuda estará amortizada, y la compañía empezará a contabilizar ganancias puras.
Por ahora, el paisaje y la vida misma de los doce mil habitantes de Montelíbano se han visto modificados radicalmente. Una red de carreteras que van de la subestación eléctrica a la mina, del pueblo al aeropuerto y de toda la región a la carretera Troncal del Caribe, convirtieron en recuerdo aquella época no lejana en que se llegaba al pueblo en canoa.
El pueblo, como Macondo, sigue siendo el mismo. Los niños siguen andando descalzos por el barro, y los vendedores de específicos siguen llegando a la pensión "El Motorista", aunque la compañía haya instalado un motel con refrigeración en las afueras.
Pero junto a Montelíbano surgió un gallinero idéntico al de la compañía bananera de Macondo. Los ingenieros, con muy buenas intenciones, trazan acueductos, levantan barrios, instalan supermercados y traen programas educativos
Pero en realidad superponen una cultura a otra, sin preguntar antes.
Montelíbano, con sus casas de colorines y sus techos de palma. está cercado por malla, alambre de púa, sardineles y grises edificios de apartamentos, piscinas y campos de tenis a los que jamás tendrá acceso. Y, aunque allí dentro no se consuma jamón de Virginia sino queso de Alpina, se han creado dos mundos opuestos, cordiales pero irreconciliables. Mientras los ingenieros juegan bingo los sábados por la noche en el club privado, los obreros dilapidan el sueldo en los burdeles de la calle de Leñoverde. Sólo que no hay tren de vagones amarillos, ni los Pizano se casaron entre primos.
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