Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/08/19 00:00

El mercado de los sueños

La Lotería de Boyacá encierra la forma de ser del boyacense, es decir, rebusque, ilusiones, rituales y emprendimiento.

Unas 420 personas se dedican a vender la lotería en el departamento

Julio Roberto laRRota lleva 15 años distribuyendo ilusiones de seis cifras. Su capital es un sueño y el sentido de su vida está ligado al albur, la suerte, el acaso o el sino, o simplemente, a la lotería.

Ese es el oficio que le 'tocó en suerte' para ganar el sustento suyo y de sus hijos ("casi por sorteo", dice con ironía).

Aceptó el cargo luego de renunciar a seguir buscando un empleo estable, en una buena empresa, pública o privada. Dice que inútilmente lo intentó durante más de un año (sin contar las veces que les hizo espera a muchos 'doctores', de esos que prometen un buen puesto por el voto, pero que cumplan es tan difícil o más que ganar el premio mayor).

"Por esas vueltas que da el destino me ofrecieron un día la oportunidad de vender lotería y aquí estoy, jugándole, todos los días, menos el domingo", dice La Rotta, de 39 años y padre de cuatro hijos.

Él es una de las cerca de 420 personas que en Boyacá se dedican a la venta de lotería y chance, y uno de los 200 (aproximadamente) que viven de este negocio en Tunja, la capital del departamento.

Mito y ganancias

Y cuando afirma que su trabajo es de suerte, el 'lotero de la calle 19', como algunos le conocen, no se refiere exclusivamente a la naturaleza de su producto, sino a la realidad que vive esta población de subempleados, que requiere de una considerable dosis de buena suerte para arañarle unos pesitos al mercado del azar, ese que alimentan mensualmente unos 28.000 compradores de igual número de fracciones de la lotería de 'la tierrita', que es la que más venden de las seis que juegan durante la semana.

Para los loteros la providencia es su mejor 'socia', en términos de ganancia.

"Este negocio es de tener buena clientela, de tener 'buena mano', como dicen", indica La Rotta y aclara que todo lotero que logra darle a uno de sus clientes el billete o la fracción ganadora (así sea de un seco) se gana su propia fama y entonces la gente lo busca para comprarle.

Ese es uno de los mitos que rodean el comercio de la lotería en Boyacá, una región donde comprar el 'quintico' (una fracción) o el billete es casi una costumbre, adquirida por tradición familiar y social (en el país, curiosamente, la de Boyacá es una de las loterías que más se vende). ?

Fe de lotero

Rezar para que la gente siga teniendo la ilusión de ganarse un premio seco o un mayor es parte del ritual diario de un vendedor antes de salir de casa a trabajar.

Es que la ilusión es el alma de este negocio. Por eso es que los loteros no le piden al 'santo de su devoción' para ellos, sino piden para su clientela. "Un cliente que se gane un premio deja propina", señala doña Celmira Socadagüi, una de las loteras de la Plaza de Bolívar, un área privilegiada para ofrecer, pues es el sitio de mayor concentración de gente de la ciudad.

Claro que no todos los ganadores vuelven a dar gratificación. "Una vez un señor se ganó un chance que yo le hice y vino a tratarme mal porque no se lo pagaron inmediatamente", recuerda la mujer, quien lleva 20 años dedicada al oficio y que no niega que durante todo ese tiempo ha soñado, no con vender el mayor (que poco cae desde que el sorteo se hace con series), sino con ganárselo ella para salir de pobre y dejar de 'joderse' tanto y descansar en su vejez. Cada que puede deja una fracción para ella.

Pero si de ilusión, acompañada con un poco de fe, viven los loteros, hay que ver el sagrado ritual de los compradores de lotería. Los hay de todo credo (y clases sociales, aunque los más pobres prefieren el chance, más barato).

Don Pedro* confiesa que toda su vida, desde pequeño, compra lotería. "Sagrado, lunes y sábado. Eso no falla. Mi papá así lo hacía, desde cuando una fracción valía dos pesos", recuerda este mecánico de profesión y propietario de un taller en Duitama. Cada semana escoge el número que ha de comprar (generalmente el último dígito) de la placa del primer carro que llegue a su taller. Los agüeros son variados. Muchas personas se casan con una cifra determinada; otros se guían por el horóscopo y algunos prefieren que sea el lotero el que les dé la suerte. Los más esperan señales, como que ese día vean una araña o un matapiojo o sueñen con un número.

Claro que hay señales que son fabricadas por el mismo vendedor. Don Pedro tiene una anécdota al respecto. Hace como 20 años -dice- le compraba a una señora (ya jubilada) que conoció un día que ella tropezó con él cuando salía de Santa Bárbara, de misa de 5 de la tarde. "Me disculpé y entonces ella recogió como unos tres o cuatro pedazos (fracciones) de lotería que cayeron al piso. Me dijo que se los comprara, que a lo mejor era la suerte", relata, y aclara que ni en esa oportunidad ni en toda su vida se ha ganado al menos un seco. "Varias veces he cogido la última (cifra) y unas pocas las tres últimas, pero nada más, aunque eso sí, en muchas oportunidades he vuelto a tropezar con la suerte, accidentalmente", comenta divertido.

Fortuna y miseria

Los vendedores de lotería y de chance no tienen prestaciones sociales, tampoco seguridad social; ni siquiera reciben dotación de uniformes, aunque por sus manos, en el caso de Boyacá, pasen cerca de 58 millones de pesos mensuales, cifra aproximada de ventas en la región (la lotería llega, como la cerveza, a los 123 municipios que conforman el departamento).

Sus jornadas de trabajo son de 10 a 12 horas diarias de lunes a sábado. Por las ventas obtienen un porcentaje (15 por ciento, en promedio). Hay buenos y malos meses, en promedio los ingresos oscilan entre 250.000 y 400.000 pesos (a muchos les roban y deben pagar la totalidad del producto).

Los vendedores destacan que lo importante es no soltar el cupo (que otorgan empresas distribuidoras, 14 en el departamento; en Tunja hay tres), pues el desempleo es muy grave. Debido a eso es que cuidan la única fuente de ingresos que tienen. A los que mejor les va es a los que tienen puestos fijos -especialmente en el centro- pues allí les llega el comprador. Los puntos de venta están dentro del casco histórico de la ciudad. Son pequeños puestos con una mesa de un metro de alto por 30 centímetros de ancho. Sobre la misma algunos amplían la oferta de chance y lotería con un pequeño surtido de dulces, chicles y cigarrillos. Otros, los de a pie, son los que se 'patonean' la ciudad, visitan clientes en los barrios o los ubican en sus oficinas. Pero todos ellos, estacionarios y ambulantes, dependen de la esperanza ajena, pues si los compradores la pierden, el negocio se acaba.

"Yo he vendido sólo dos premios secos en 15 años. Me dieron mi detallito pero prefiero no decir cuánto", comenta La Rotta.

Otros corren con mejor suerte y dan con ganadores generosos. Pero todos, compradores y vendedores comparten el mismo sueño: pegarle al gordo de 2.000 millones de pesos, un albur que danza entre cinco ruedas fiché.

*Nombre cambiado.

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