Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 12/6/1999 12:00:00 AM

EL MILENIO POR ANTONIO CABALLERO

EL SIGLO XII : PAPA O EMPERADOR

Espasmódicamente, como por vahídos sucesivos de sangre, la empresa de las Cruzadas
prosiguió durante todo el siglo XII, y continuaría en el siguiente. Su pretexto, la ciudad de Jerusalén, santa
para tres religiones, se perdió, se ganó, volvió a perderse. En alguna ocasión hubo que defenderla apelando
al recurso extremo del milagro: sacando en solemne procesión los restos de la Verdadera Cruz, que luego
se irían dispersando y multiplicando (hoy, sumados, pesan varias toneladas: los milagros no cesan) en las
sacristías de las catedrales de toda Europa. Pero eso vendría más tarde, cuando los cruzados volvieran a su
tierra cargados de reliquias, de riquezas y de enfermedades nuevas. La sífilis empezó por entonces a causar
estragos en Occidente, aunque todavía se la confundía con la lepra y no había acuerdo sobre su verdadero
nombre: sobre si debía llamarse mal napolitano, morbo gálico o enfermedad española (más adelante, con
el descubrimiento del Nuevo Mundo, se llegó por fin a un consenso: era una peste americana).Pero aunque
las guerras contra el infiel seguían en los dos extremos de la Cristiandad, tanto en Tierra Santa como en
la península ibérica, el siglo XII marca una pausa en la expansión del Occidente cristiano, provocada por
la recuperación de sus vecinos y adversarios de ambos confines. En Constantinopla la vigorosa dinastía de
los emperadores Comnenos logró una efímera restauración del poderío del Imperio, deteniendo en su
retaguardia asiática los avances de los turcos, y en el Mediterráneo y el Oriente europeo las embestidas de
sus feroces hermanos en Cristo. Y al otro lado, en España, la nueva oleada fanática de los Almohades
venidos del fondo del Atlas marroquí contuvo nuevamente la reconquista de los reyes cristianos _a la vez que,
de paso, arrasaba lo que quedaba de la refinada civilización musulmana de los días del Califato_. (Sólo
quedaría, como una joya olvidada, el reino de Granada).Así, por un tiempo, las disputas del Occidente
cristiano se circunscribieron al Occidente cristiano mismo. Y eran muchas y complejas, con numerosos
protagonistas luchando por el papel principal y todo un ejército de comparsas agitándose en torno. Sobre los
restos del deshecho imperio Carolingio, que seguía constituyendo una especie de modelo ideal y un tema
de añoranza poética, aparecían nuevas fuerzas: surgían y se agotaban las dinastías, las ciudades (sobre todo
en Italia) obtenían cierta independencia, crecían y se enriquecían a costa de los señores feudales las nuevas
órdenes militares surgidas de las guerras santas (Templarios, Hospitalarios, Caballeros de Calatrava y de
Santiago). Y, sobre todo, empezaban a consolidarse las monarquías nacionales (Francia, Inglaterra, Castilla)
sobre la polvareda de los señoríos feudales. En medio de la confusión se anunciaba un nuevo orden.Pero la
pista principal de ese circo sangriento estaba ocupada por el enfrentamiento entre el Papado de Roma y
el Imperio Germánico, en una constante danza de alianzas y contraalianzas con los demás actores, por lo que
se llamaba el dominiun mundi: el dominio del mundo. (Pues todavía los europeos hablaban en latín para
entenderse o para discrepar, aunque apuntaran ya sobre el antiguo humus dejado por Roma las nuevas
lenguas romances). Un dominiun mundi que equivalía, en la práctica, al control de Occidente, que ya se
consideraba a sí mismo el mundo entero, con la arrogancia que iba a caracterizarlo a todo lo largo del
Milenio. Tanto los árabes como los bizantinos, por razones diversas, tenían a los occidentales por
completamente bárbaros, y no les faltaba razón, por lo demás. Pero lo cierto es que Bizancio y el Islam
habían entrado ya en su decadencia, en tanto que la Cristiandad occidental que empezaba a emerger de las
sombras del Medioevo rebosaba de energía y de nuevas riquezas. Crecían las ciudades, se desarrollaba el
comercio, surgían las universidades (Bolonia, Padua, París, Oxford, son todas de mediados del siglo XII); el
ambicioso estilo gótico empezaba a sustituir al modesto románico; nacían en Provenza, en Toscana, en
Castilla la Vieja, las literaturas en lenguaje vulgar: francés, italiano, español. Surgía, efectivamente, un
nuevo mundo. Y por su manejo pugnaban, cada cual con sus medios respectivos, Papas y Emperadores.El
Papado, cabeza ya prácticamente indisputada de la Sancta Ecclesia, no podía rivalizar con el Imperio en
poderío militar. Pero contaba con otros recursos más sutiles: la excomunión, la propaganda y la intriga, bien
servida por el hecho de que sus agentes _abades y obispos_ cubrían con una tupida red el territorio entero
de Europa, desde Dinamarca hasta Sicilia y desde Portugal hasta Hungría. La 'querella de las investiduras' (la
disputa por saber si los señores laicos, reyes o emperadores, podían o no consagrar obispos) se había
saldado a favor de los papas desde el siglo anterior; y desde esa misma época las costumbres
eclesiásticas habían sido limpiadas de los principales vicios que minaban el control papal: la simonía (venta
de cargos y dignidades) y el matrimonio de los curas, que tendía a dispersar por herencia los bienes
eclesiásticos. Roma era, pues, fuerte. Y, por otra parte, las nuevas pretensiones universales de los
emperadores de Alemania suscitaban resistencias y protestas en todo el continente: "¿Quién nombró a
los alemanes jueces de las naciones?", preguntaban los eruditos.Pero también los emperadores tenían sus
armas, además de la amenaza militar sobre las posesiones pontificias. Así, Federico Barbarroja proclamó
"Sacro" al Imperio Germánico en 1157, como contrapeso espiritual al apelativo "Sancta" de la Iglesia. Y a
cada Papa de Roma que lo excomulgaba respondía con la proclamación de un antipapa propio, uno de los
cuales llegó a canonizar a Carlomagno, de quien Federico se proclamaba legítimo sucesor, fortaleciendo así
su causa. Pero aunque en el aspecto territorial la ventaja estaba del lado de los Emperadores, que por
conquistas, herencias o alianzas eran dueños de media Italia y tenían, en consecuencia, físicamente
cercada a Roma, los Papas resistieron. Y tras varias fallidas campañas italianas (se sublevaban las
ciudades, lo abandonaban sus aliados, se le morían sus antipapas) el Emperador se vio obligado a aceptar
en 1077 una paz con el Papa Alejandro III, que lo hizo arrodillarse ante él y besarle los pies. Exactamente
un siglo antes se había visto la misma escena, en Canossa, entre el emperador Enrique IV y el Papa Gregorio
VII. El Papado era un hueso duro de roer.A finales del siglo, sin embargo, Federico se disponía a
reanudar las hostilidades. Pero el Papa Clemente III procedió a proclamar una nueva Cruzada (la llamada
Tercera, o de los Reyes, pues en ella participaron en persona el de Alemania, el de Francia y el de
Inglaterra). Con lo cual el Emperador se vio forzado a tomar la cruz y partir para Tierra Santa. Se ahogó al
cruzar un río. Pero una leyenda asegura que está todavía escondido en una caverna, esperando una mejor
ocasión para destruir el Papado victorioso. nRobin Hood:el héroe inexistenteComo personaje de cantos y
cuentos populares ingleses, quizás con una vaga base histórica, Robin Hood, Robin de los Bosques, aparece
en el siglo XIV. Pero sus aventuras se sitúan 200 años atrás, en el XII, en los tiempos de Ricardo Corazón de
León y de su hermano usurpador, el 'malvado' (en la leyenda) Juan sin Tierra. Robin Hood, el bandido generoso
de los bosques de Sherwood, el defensor de los pobres y de los oprimidos, el ladrón que robaba a los ricos
para ayudar a los pobres, probablemente no existió. Pero lo inventó la gente para encarnar en alguien de
carne y hueso lo que la sobria realidad no daba: un defensor contra la injusticia y la opresión, un
representante de los sometidos sajones contra la conquista normanda, y un héroe de la protesta del pueblo
llano contra la nobleza, el alto clero y la arbitrariedad real.A principios del siglo XIX la memoria de Robin Hood,
ya para entonces convertido en inofensivo personaje literario, resurgió con la revuelta de los 'luditas' contra
las máquinas de la Revolución Industrial, que quitaban su trabajo a los artesanos. Y a fines del siglo XX la
ciudad de Nottingham, teatro de sus hazañas, proscribió otra vez de sus calles la imagen del defensor de los
pobres por miedo a que asustara a los inversores extranjeros.
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1855

PORTADA

Exclusivo: la verdadera historia de la colombiana capturada en Suiza por ser de Isis

La joven de 23 años es hoy acusada de ser parte de una célula que del Estado Islámico, la organización terrorista que ha perpetrado los peores y más sangrientos ataques en territorio europeo. Su novio la habría metido en ese mundo.