Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 1999/11/29 00:00

EL MILENIO

EL MILENIO

El Milenio del Horror
Faltan menos de 10 semanas para que acabe el Milenio. Se trata, claro está, de una pura convención: un
Milenio arbitrariamente inventado con varios siglos de retraso por los reformadores cristianos del calendario
para hacer coincidir el Año Uno (aproximadamente) con la fecha del nacimiento de Cristo, convirtiendo a éste
en fundador, sin saberlo, de la que llamamos "Era Cristiana".
Un Milenio, pues, cristiano y occidental. Los 1.000 años en que el Occidente Cristiano conquistó el mundo
entero, imponiéndole desde su calendario hasta su Internet. Pasando por sus descubrimientos, sus
conquistas, sus colonizaciones, sus revoluciones, sus democratizaciones. Desde la propagación a lanzazos
de la Verdadera Fe en las Cruzadas contra el infiel hasta la imposición a bombazos de la Verdadera
Democracia de las guerras de la Otan de 1999.
Diez siglos, de a siglo por semana. ¿Absurdo? Sí. Pero si a narrar cada siglo SEMANA le dedicara un siglo
entero, no acabaríamos nunca.

El siglo XI: ¡Dios lo quiere!
El primer milenio llegaba a su fin en medio de lo que se ha llamado el Gran Pavor del Año Mil: se iba a acabar
el mundo. Las doctrinas milenaristas, más serias que la superstición popular, prometían algo mejor para esa
fecha: la vuelta del Mesías y el comienzo de su reino de mil años en la Tierra, hasta el Juicio Final (el cual
cae, según esas cuentas, el año que viene). Y los canonistas, más cautos, interpretaban la promesa de
manera simbólica: no como el regreso físico de Cristo, sino como el inicio del triunfo universal de la religión
cristiana.
Llegó el temido día, y en apariencia no pasó nada: simplemente comenzó el siglo XI. Pero aunque se
equivocaban los que aguardaban la Segunda Venida del Señor en carne y hueso, acertaban los partidarios de
las otras dos hipótesis, pese a ser éstas contradictorias entre sí. Tenían razón los que esperaban lo mejor, si
es que lo mejor era la expansión del cristianismo: y también la tenían los que temían lo peor, que era lo
mismo. Porque el agitado siglo XI marca el momento en que la Cristiandad (la palabra data de entonces) tomó
conciencia de su naturaleza homogénea y de su ambición hegemónica y se lanzó a conquistar el mundo en
nombre de la Verdadera Fe, y para la Europa Occidental. La señal de partida la dio en la ciudad francesa de
Clermont, en el centro geográfico de Europa Occidental, el Papa (francés) Urbano II, el 27 de noviembre del
año 1095, cuando convocó por sorpresa la Cruzada contra el infiel mahometano que desde hacía cuatro
siglos era dueño del Santo Sepulcro en Jerusalén. Y al grito feroz de Deus lo Volt! (¡Dios lo quiere!) la
Cristiandad en armas se puso en marcha.
La Cruzada (la primera de muchas) empezó cuando ya finalizaba el siglo XI. Pero todo el curso de éste puede
ser visto como un concienzudo _aunque inconsciente_ ejercicio de preparación para la empresa de expansión
universal. Un ejercicio de fortalecimiento espiritual y político de la Iglesia de Roma, que iba a ser su cabeza
justificadora; y un ejercicio de consolidación material y militar del cuerpo mismo de la Cristiandad, que
sería su agente.
Lenta pero firmemente, en un caótico revuelo teológico y político de Papas y antiPapas que duraban tres
días o seis meses, que abdicaban o eran ahorcados, que vendían el Papado o lo compraban, a todo lo largo
del siglo XI la Iglesia de Roma se fue haciendo poderosa y segura de sí misma; y, sobre todo,
independiente, tanto frente al moribundo Imperio de Oriente (Bizancio) como ante los pujantes sucesores de
Carlomagno Magno en Occidente (Francia y el Sacro Imperio Germánico). En 1054 el Papa León IX
rompió amarras con Oriente, excomulgando por un teológico quítame allá esas pajas (un "y" de más en el
Credo: Filioque: y el Hijo) al Patriarca de Constantinopla. Y, ante Occidente, se sacó de la casulla la famosa
"Donación de Constantino", falsificación (que sin embargo fue aceptada) por la cual el obispo de Roma
reclamaba poder temporal sobre toda Italia y preeminencia eclesiástica sobre todas las demás diócesis
cristianas. Pocos años después, ya sus sucesores en el Papado (aunque la palabra es algo más tardía)
podían darse el lujo de excomulgar al emperador de Alemania o al rey de Francia y lograr que esos orgullosos
y poderosos señores pidieran humildemente perdón. La Iglesia protegida de los tiempos carolingios se
había convertido en Iglesia protectora.
Pero su nueva arrogancia descansaba, desde luego, sobre una base real. Su recobrada respetabilidad
espiritual ante los pueblos cristianos, lograda por las profundas reformas administrativas y morales de unos
cuantos Papas a la vez enérgicos y virtuosos (León IX, Gregorio VII, Urbano II); el creciente, e
independiente, poderío económico de las órdenes monásticas con sus decenas de abadías, sus cientos de
iglesias, sus millares de monjes esparcidos por toda Europa, desde Escandinavia hasta el Finisterre; y la
universalización (aunque limitada, por supuesto, a la Europa Occidental) del Papado, liberado por fin de las
rivalidades estrictamente locales de las grandes familias romanas. Por sobre las disputas dinásticas y
feudales que desgarraban a Occidente, la Roma apostólica empezaba finalmente a tomar, no en poder
pero sí en influencia, el papel de la desaparecida Roma imperial: un papel unificador frente a las fuerzas
centrífugas de las naciones y de las lenguas que empezaban a formarse. Lo único que compartía toda la grey
cristiana, de buena o de mala gana, era un Pastor.
Y, a la vez, esa grey crecía, tanto en lo económico como en lo demográfico. Hay historiadores que atribuyen
un papel determinante en la expansión europea que constituyeron las Cruzadas al perfeccionamiento del
arado de reja, que permitió la labranza de tierras antes incultas y, al paliar las grandes hambrunas de la Alta
Edad Media, disparó el crecimiento de la población. Otros señalan como fundamental en el avance hacia
Oriente la invención de la ballesta de manivela, que iba a dar a los cruzados una considerable ventaja
militar sobre sus adversarios (la nueva ballesta, un arma demasiado terrorífica, sólo podía ser usada, según
un Concilio del siglo XI, contra el infiel, pero nunca contra ejércitos cristianos). Pero el hecho es que esa
expansión, comenzada a principios del siglo en los dos extremos del territorio de la Cristiandad (en España,
donde el califato musulmán se disolvía en reinos de taifas mientras avanzaba la "reconquista" de los
castellanos y aragoneses, y en el sur de Italia y en Sicilia, donde _con la bendición papal_ los normandos
arrebataban el territorio a los sarracenos en la práctica y a los bizantinos en la ficción jurídica), se debía
también al debilitamiento del adversario o del rival: en el Oeste, en el Sur, y en el Oriente próximo, los
árabes. En el Oriente más lejano, Bizancio, minado además en su retaguardia por el nuevo poderío turco. Para
soltar sobre el mundo la nueva fuerza cristiana de Occidente sólo faltaba el impulso espiritual del Pastor. Y lo
dio Urbano II en Clermont, inventando la indulgencia (por primera vez se usó esa palabra) para quienes
mataran a sus semejantes en nombre de la verdadera fe:
_ Si aquellos que allá van (a conquistar el Santo Sepulcro. O a reconquistarlo: todas las invasiones se han
hecho en defensa propia) pierden la vida durante el viaje, en la tierra o en el mar, o en alguna batalla contra
los paganos, sus pecados serán perdonados. Lo concedo por el poder que Dios me ha dado, dijo el Papa y
añadió: A un lado los enemigos de Dios. Al otro sus amigos.
Muy pronto los "amigos de Dios" habían dado buena cuenta de sus "enemigos". Jerusalén cayó en manos
de los cruzados en 1099, y prácticamente todos sus habitantes fueron pasados a cuchillo, fueran
musulmanes o cristianos de Oriente. A los sacerdotes cristianos griegos, coptos y sirios que guardaban los
Santos Lugares hubo que torturarlos para que les revelaran a sus hermanos de Occidente dónde estaba
guardada la Verdadera Cruz, en cuyo santo nombre se habían hecho todos esos horrores.


El Cid: al mejor postor
En 1099 moría en Valencia Rodrigo Díaz de Vivar: un infanzón arruinado de Castilla la Vieja que, por el
valor de su brazo, había llegado a ser dueño independiente de un principado conquistado a los moros.
Moría, y de inmediato entraba en la leyenda. Rodrigo, El Cid, era el epítome del guerrero castellano de la
Reconquista, piadoso, cristiano y súbdito leal: "buen vasallo si oviesse buen señor", como se dice en el
Cantar de Mío Cid, el poema épico fundacional de la literatura española, compuesto apenas 50 años después
de la muerte del héroe. Después vendrían a redondear las cosas el Romancero, Guillén de Castro,
Corneille, Víctor Hugo, don Ramón Menéndez Pidal, y finalmente Samuel Bronson con su película El Cid, con
Charlton Heston en el papel protagónico. El Cid (en árabe el Señor) Campeador (campidoctor: en bajo latín
eclesiástico, el que gana batallas campales).
Sí. Pero ¿batallas contra quién? Porque El Cid de la leyenda, gran alanceador de moros, en la realidad histórica
pasó la mitad de sus 55 años de vida alanceando cristianos. Batallaba de este lado, o de este otro, de
acuerdo con quien pagara mejor sus servicios profesionales de campidoctor. Por el rey de Castilla contra el de
Aragón, cristianos ambos. Por el de Castilla contra el de León, hermanos entre sí. Por el rey moro de Toledo
contra el cristiano de Castilla. Por el rey cristiano de León contra su hermana de Zamora. Por el rey moro de
Zaragoza contra el rey cristiano de Aragón. Por el rey cristiano de Castilla y León contra la invasión
musulmana de los almorávides. Por el rey moro de Valencia contra el conde cristiano de Barcelona. Y
finalmente por sí mismo contra el rey moro de Valencia, su antiguo patrón, a quien, conquistada la ciudad,
mandó quemar vivo.
Era un siglo confuso, ese siglo XI en que vivió Rodrigo Díaz. Por eso de él ha podido decirse que después de
muerto ganó su última batalla contra los moros, pero también que, en el fondo "era más musulmán que
cristiano".

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