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| 3/24/2003 12:00:00 AM

El mismo les disparaba

Hussein es el único jefe de Estado que ha ejecutado personalmente a sus rivales. Entre los que mató u ordenó matar están el anterior presidente de Irak, 22 congresistas, uno de sus ministros y sus dos yernos.

Saddam Hussein se gano su fama de cruel y despiadado cuando, en marzo de 1988, ordenó atacar con armas químicas una aldea kurda, en el norte de Irak. Para evitar un levantamiento de esa etnia, que quiere su independencia, envió una flota de aviones para fumigar la población de Halabja con cianuro de hidrógeno. En un solo día murieron 5.000 personas y cerca de 10.000 más resultaron afectadas.

Este incidente es uno más de su largo prontuario de asesinatos, que van desde eliminar a cualquier sospechoso de poner en peligro su régimen, torturando y ejecutando a ministros y militares que se atrevieran a opinar de manera que no le favorecía, hasta asesinar a aquellas amantes que no logran satisfacerlo y acabar con miembros de su familia por considerarlos desleales. Sus dos mejores amigos y sus yernos murieron por orden suya.

Durante muchos años para la mayoría de los miembros de su partido, el Baath, Saddam no era más que un matón que hacía el trabajo sucio, imagen que empezó a forjar desde niño cuando se divertía poniendo una barra de hierro en el fuego, que luego clavaba en el vientre del primer animal que se le atravesara, arma letal que lo acompañaba en sus disputas callejeras. Además existe el rumor de que a muy temprana edad mató a uno de sus primos por ofender a su familia y le dio un tiro a un dirigente local del Partido Comunista.

Tal vez por ello antes de cumplir los 20, en 1959, un año después de haber ingresado al Baath, le encomendaron la misión de participar en el asesinato del presidente iraquí Abdul Karim Qassem. El golpe fracasó porque Saddam disparó prematuramente y el mandatario resultó herido en un hombro y un brazo. Pero Saddam no volvería a fallar. Cuatro años más tarde Qassem fue derrocado.

En 1968 Saddam participó en el golpe de Estado contra el presidente Abdul Rahman Arif, y el Baath llegó al poder. Para suerte del joven gángster, el general Ahmed Hassan al-Bakr, su mentor, ocupó la presidencia. Saddam se había ganado su confianza y lo nombraron jefe de seguridad del partido, cargo que le permitió dar rienda suelta a sus instintos. Los miembros de la oposición comunista que caían en sus manos, cualquiera del régimen que le despertara la sospecha de ser traidor o un general de alto rango que pudiera ser un rival de peso para sus aspiraciones, tenían como destino el Palacio del Fin, un lugar donde eran torturados hasta confesar incluso lo que no habían hecho. Saddam les ofrecía un variado menú a las víctimas para que escogieran el interrogatorio que prefirieran: sentarse sobre una puntiaguda estaca de hierro, sumergirse en una piscina llena de ácido o ver cómo violaban a esposa e hijas antes de ser asesinadas. El suplicio acababa en la Plaza de la Liberación, más conocida como la Plaza de los Ahorcados.

Estos métodos lo ayudaron a convertirse en el líder de su nación y a Bakr no le sirvió de nada haber sido como un padre para Saddam. En 1979, de manera extraña, el presidente apareció en televisión y argumentando problemas de salud cedió su poder a su "fiel jefe de seguridad". A los cinco días de asumir el poder Saddam mostró cómo gobernaría su partido y su país. Convocó una conferencia extraordinaria de los principales líderes del Baath y ordenó que la filmaran. Todo parecía normal hasta que Saddam, dejando a un lado el puro que fumaba con apariencia de serenidad, anunció tener conocimiento de una conspiración en su contra. Las caras de los asistentes palidecieron cuando, como si se tratara de una alusión a la última cena, afirmó que los traidores estaban presentes. Uno a uno fueron llamados a lista los condenados y antes de salir del recinto tenían que decir sus últimas palabras, que no podían ser otras que la consigna del partido: "Una nación árabe con un mensaje santo: unidad, libertad y socialismo". Fueron acusados 55 miembros del Baath y fusilados 22, entre los que se encontraban amigos cercanos al presidente. El video lo vieron todos los iraquíes.

Todo parece indicar que opinar de manera diferente a Saddam era firmar la sentencia de muerte. Uno de los eventos que para los biógrafos es la evidencia de su sangre fría ocurrió en 1982, durante la guerra con Irán, en una reunión con su gabinete. El ministro de Salud Riyad Ibrahim Hussein se atrevió a sugerir que Saddam debería dimitir en favor de su antecesor Bakr para negociar un alto al fuego con el país vecino. Pese a lo que todos esperarían, Saddam no se mostró perturbado, sólo interrumpió la reunión por unos minutos y le pidió al ministro que durante el receso lo acompañara a otra oficina para hablar del tema. Al instante se escuchó un disparo, Saddam regresó solo al recinto y la reunión continuó como si nada hubiera pasado. Luego explicaría que lo había ajusticiado por matar a iraquíes inocentes y por traidor. El cuerpo del funcionario le fue entregado a la esposa, pero cortado en pedacitos.

Este comportamiento es más propio de un jefe de la mafia que de un jefe de Estado. Prueba de ello es que, según algunos testimonios recopilados por el periodista Con Coughlin en su libro La vida secreta de Saddam Hussein, su siguiente paso fue acabar con Bakr para quitarse la espinita. Saddam prohibió a los médicos del ex presidente atenderlo por sus problemas de diabetes y de hipertensión. A cambio envió a su propio equipo para que lo tratara. Al parecer le inyectaron grandes cantidades de insulina hasta que entró en coma y murió.

Si haber sido como un padre para Saddam no era ninguna garantía para estar a salvo, tampoco lo era haber sido su mejor amigo. Abdul Karim al-Shaijly, su compañero de hazañas, que incluso le había salvado la vida a Saddam y a quien éste llamaba "mi gemelo" por los lazos que los unían, fue asesinado por órdenes del mandatario de un disparo delante de su esposa embarazada. Hay dos teorías que encajan con la manera de actuar de Saddam: la primera, que en la década de los 70 Shaijly fue considerado uno de los hombres mejor preparados para suceder a Bakr. La segunda, que rechazó a su hermana menor Siham al no aceptar casarse con ella. También asesinó a Adnan Jairallah, su primo, hermano de su primera esposa, y también su mejor amigo de la infancia. Hizo explotar una bomba en el helicóptero en el que viajaba porque tenía demasiado protagonismo en el partido. Sospechosamente a partir de este 'accidente' y en un lapso de 12 meses cayeron más helicópteros iraquíes que durante los ocho años que duró la guerra con Irán, algo que muchos no consideran coincidencia sino una purga de militares que podían desafiar el poder de Saddam.

Sus dos yernos, los hermanos Hussein y Saddam Kamel, casados con sus hijas Raghda y Rana, corrieron la misma suerte en 1996. Ambos decidieron huir a Jordania con sus esposas e hijos, convencidos de que podían ser los siguientes en la lista de su suegro y del hijo mayor de éste, Uday, quien le seguía los pasos a su padre y que no veía a sus cuñados con buenos ojos. Como Hussein, Kamel había dirigido el programa de adquisición de armas de destrucción masiva y empezó a proporcionarle información a la CIA con la esperanza de ser protegido por Estados Unidos. Pero no fue así. Saddam los contactó telefónicamente en Jordania y les ofreció el perdón presidencial a cambio de que regresaran a Bagdad con sus hijas. A pesar de su desconfianza regresaron y cuando cruzaron la frontera Uday y sus guardias los detuvieron y se llevaron a Raghda y Rana con ellos. Los dos hermanos fueron obligados a firmar el divorcio y luego se marcharon a la casa de Hussein Kamel. Tres días más tarde, por órdenes presidenciales, un grupo de soldados bombardeó la residencia. Los hermanos Kamel murieron, al igual que su padre, su hermana y el hijo de ésta. La única sobreviviente del incidente fue la madre, pero a los pocos días fue descuartizada.

De acuerdo con el libro de Coughlin, después de los hechos uno de los soldados les llevó el siguiente mensaje a los colaboradores de los hermanos asesinados: "Nadie traiciona al pueblo iraquí y vive para contarlo".
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