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| 1/15/2001 12:00:00 AM

El músico pacificador

Juan Guillermo Ocampo Gómez ha logrado a través de la música sembrar más esperanza en los barrios de Medellín que cualquier otro programa social.

Cuando Juan Guiller-mo Ocampo era apenas un niño de 8 años Lucrecia, su mamá, lo llevó a una escuela de música para que aprendiera a tocar violín. En la tercera clase el profesor le advirtió al niño que a menos que llevara el instrumento no podía continuar. Como un violín en 1967 costaba 5.000 pesos, una cifra que superaba con creces las posibilidades de su madre viuda, con pocos recursos y con siete hijos, a Juan Guillermo se le cerraron las puertas de la música. Un hecho que sin duda marcó profundamente al creador del programa Red de Escuelas y Bandas de Música del Municipio de Medellín, quien, para burlar su destino, se ha entregado en cuerpo y alma a hacer de la música algo más democrático y al alcance de todos. “Me duele que la música esté tan lejos de los niños, que sea inalcanzable y que la gente pobre considere que esa fortuna no les pertenece”, afirma Juan Guillermo, un paisa de 43 años. “Para mí la pobreza no es una tragedia. Yo viví en ella. Para mí la tragedia es que no puedan vivir la música, que como el aire, es un derecho universal.“

Su labor comenzó hace siete años con el programa El Momento de la Música, en el Parque Banderas, cerca del Estadio Atanasio Girardot de Medellín. Cada viernes a las 7 de la noche la Amadeus Real Musical de Colombia, la escuela de música que dirige Ocampo, proyectaba en una pantalla gigante el video de un ballet, una zarzuela o un concierto de música clásica o de jazz. La gente escuchaba la música mientras tomaba una copa de aguardiente y comía chorizo. Poco a poco el público, en un principio indiferente, se fue multiplicando. “Nosotros entendemos que debemos llevar la música a donde está la gente y generar amor hacia ella, antes de esperar que el público baje a los grandes teatros a escucharla, explica Juan Guillermo Ocampo. Nuestro principal interés es formar seres humanos con la música y estamos convencidos de que esta es una herramienta de gran significación para la paz”.

Convencido de esta idea, poco a poco se fue acercando a las comunas de Medellín. Comenzó a llevar profesores a la casa cultural de los barrios para que enseñaran apreciación musical. Esta actividad finalmente desembocó en lo que hoy se constituye en uno de los mayores fenómenos sociales de Medellín: las Escuelas y Bandas de Música.

En las 20 escuelas de los barrios periféricos de la ciudad más de 2.000 niños, entre los 7 y los 17 años, estudian durante cuatro horas diarias lenguaje musical, formación coral, práctica orquestal y aprenden a tocar un instrumento. Paso a paso nace en esas comunidades tan vapuleadas por la violencia un nuevo ídolo: un niño sensible. Y el gran sueño de tener una calibre 38 va cediendo al de poseer un violín, un chelo o una flauta. En los dos años y medio que lleva el programa, que es generosamente apoyado por la Alcaldía de Medellín, los niños han aprendido que la música tiene más eco que las balas.

De ahí su orgullo y el de sus familias el día en que la Orquesta Sinfónica Infantil, conformada por 300 niños, inauguró con un concierto el Museo de Antioquia con la Donación de Fernando Botero. “El talento de estos niños es excepcional. Como su vida, también ha cambiado su sentimiento, ya no se les siente con tanto dolor, se han vuelto seres más armónicos”, indica Ocampo. Y la obra en gran parte se le debe a este hombre que ha hecho que Bach, Vivaldi, Mozart y Beethoven se escuchen hasta en las laderas de Medellín.
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