Domingo, 22 de enero de 2017

| 2004/09/24 00:00

El que con niños se acuesta...

Desde que Colombia se embarcó en mandatos de líderes jóvenes se perdió la capacidad de gobernar a mediano y largo plazo.

El que con niños se acuesta...

El ex presidente Gaviria dio la clave. En su prólogo al libro Contra todas las apuestas. Historia íntima de la Constituyente de 1991 (Planeta, 2004), escribió: "No escojo mis colaboradores por edad, sino por competencia. Muchos no se dan cuenta de que en el mundo de la globalización que nos ha tocado vivir, las personas más preparadas no son las viejas. Nada más difícil que entender el mundo que nos rodea (.) La gente joven tiene un buen entendimiento de ese mundo y aunque tenga una experiencia corta es probable que esté más relacionada con los problemas de las sociedades de hoy".

Era evidente que Gaviria estaba influenciado por la experiencia que tuvo con el equipo y el estilo del gobierno de Virgilio Barco. Se trataba de un equipo que combinaba la experiencia y el conocimiento en el manejo de los temas del alto gobierno (a través de lo que se llamó el 'Sanedrín') con la energía y la preparación de un equipo de jóvenes funcionarios al frente de los principales programas gubernamentales. El ministro Fernando Cepeda jugaba un papel de enlace entre las dos generaciones, como sugiere Rafael Pardo en el libro De primera mano (Norma, 1996).

Todo era complementado por un equipo de ministros con buen conocimiento y manejo de los temas sectoriales. "El cambio generacional es otra dimensión de la estrategia de cambio político", afirmaba Cepeda en su análisis sobre la visión política de Barco, con la que explicaba la llegada en el gobierno de César Gaviria, a los altos cargos de Luis Fernando Alarcón, Fabio Villegas, Fernando Botero, Enrique Peñalosa, Rafael Pardo o Gabriel Silva, que hasta entonces habían tenido poca o ninguna figuración política.

El único antecedente del cambio generacional de Barco se registró cuando en el primer gobierno de López Pumarejo, con la frase "las audacias menores de 40 años", conformó un gabinete con una generación comandada por Darío Echandía (que era el mayor del grupo, sin ser mayor de 40 años), Alberto Lleras, Antonio Rocha, Diego Montaña y Gerardo Molina.

Cambio forzado

Cuando César Gaviria llegó a la Presidencia, forzó el cambio generacional. Confiando en que los más jóvenes del gobierno Barco habían crecido a la sombra de sus maestros del Sanedrín, decidió gobernar apoyado en un grupo de asesores que por su corta edad sería conocido como 'el Kinder'. Considerado una versión renovada de las "audacias menores de 40 años", el Kinder llegó a tener una influencia tal que motivó a que los altos cargos en las empresas públicas y privadas comenzaran a ser ocupados por personas cada vez más jóvenes. Un puñado de recién egresados de las universidades, que apenas unos años atrás anhelaba enriquecerse antes de los 35 años, había comenzado a encontrar atractiva la posibilidad de ser ministro de Estado antes de esa edad.

Sin la protección y manejo de un grupo asesor más veterano y preparado como el Sanedrín, muchos de los jóvenes tuvieron que asumir grandes responsabilidades de gobierno. De un tajo, Gaviria se saltó la generación de profesionales entre los 40 y los 55 años que estaban bien preparados para gobernar. Pese a que los gobiernos siguientes de Ernesto Samper Pizano y Andrés Pastrana Arango trataron de conformar equipos más equilibrados entre experiencia y juventud, en realidad mantuvieron su disposición a seguir gobernando con los más jóvenes.

Sin embargo, el balance de los jóvenes al frente de los gobiernos no ha sido el más positivo. En sus manos se han descolgado las instituciones públicas y se ha degradado la política. No sólo porque en la mayoría de los casos no han sido capaces de gestar un modelo alternativo al clientelismo que vieron en las viejas clases políticas y en muchos casos terminaron reproduciendo. También porque la escasa preparación para manejar ministerios y programas gubernamentales o para administrar el 'mundo real' llevó a una multiplicidad de errores y equivocaciones que institucional y políticamente el país ha tenido que pagar.

El profesor Harberger proporciona el argumento clave para entender el problema. Evoca las épocas de oro de la enseñanza de la economía, para cuestionar a los estudiantes que en los años 80 y 90 egresaban de las escuelas "con total dominio de las últimas y más esotéricas técnicas, pero cada vez menos preparados para diagnosticar y enfrentar las situaciones del mundo real y para entrar en un diálogo fructífero con un ciudadano promedio, que lo que estaban los estudiantes hace 10, 15 ó 20 años". Harberger utilizaba una anécdota que ilustraba la dimensión del problema:

"... un importante ejecutivo del Banco Mundial me ha dicho que pide a cada entrevistado que quiere ingresar al equipo del banco que sugiera qué consejo daría a un ministro de Finanzas que está en medio de un plan de liberalización Comercial. El ministro está inundado de reclamos por parte de las industrias cuyas barreras comerciales han sido rebajadas y pregunta a su economista: ¿cómo respondo? (...) ¿Quién se beneficia con este programa? (...) ¿Cómo puedo estar seguro de que los beneficios superan los costos? (...) Hace 20 años, cualquier candidato con estudios universitarios que quisiera trabajar en el Banco Mundial podría haber contestado estas preguntas. Hoy, dice mi amigo ejecutivo, difícilmente algunos de ellos".

En la tesis doctoral sobre las élites administrativas colombianas que se presentará en octubre próximo, François Serres hace una descripción -muy similar a la de Harberger- de ese grupo de jóvenes tecnócratas que conforma la élite administrativa del país. Después de estudiar los perfiles y evolución de un grupo de altos funcionarios en los finales de los 90, Serres concluye que:

"De partida, son 'especialistas': ellos se ven antes que todo como muy buenos economistas, dotados de un alto nivel de competencia adquirido en arduos estudios realizados en el extranjero. Es esta competencia la que a sus ojos les legitima para ejercer las responsabilidades que les han sido asignadas".

Pero no se trata solamente de un grupo de personas que se ha insertado en los más altos cargos del Estado, sino que progresivamente se ha convertido en un grupo de interés que tiene un carácter cada vez más cerrado y refleja una visión particular del mundo: "Ellos representan una voluntad de reformismo político, de modernización del Estado, que se opone al ejercicio de la política tradicional (...) ellos tienen en común una serie de principios fuertemente asentados sobre la superioridad del mercado, la necesidad de abrir a la competencia a las instituciones públicas y de crear condiciones favorables a la iniciativa privada y la búsqueda de los equilibrios macroeconómicos".

Rumbo caudillista

De este grupo de jóvenes tecnócratas han surgido algunos de los principios que han conducido una larga y contradictoria serie de reformas institucionales en el país. Desde la que tuvo como punto de partida el desarrollo del artículo transitorio 21 de la Constitución de 1991, bajo la coordinación de Jorge García y Jorge H Cárdenas, ambos menores de 35 años, hasta las reformas del Estado comunitario, coordinada por Claudia Jiménez, una joven profesional con apenas un par de años de experiencia en el sector público.

Desde 1991 se han registrado 18 reformas constitucionales, tres reformas del Estado, cinco reformas administrativas y más de 1.500 reformas institucionales a las entidades nacionales y territoriales. Esa dinámica reformadora ha terminado debilitando los procesos de planeación a largo plazo y la estructuración de políticas públicas. Por una parte, como en su momento lo planteó el Banco Mundial, la planeación ha quedado reducida a la planificación operacional o a la programación financiera. Y por otra, las pocas políticas que se formulan y ejecutan dependen casi exclusivamente de asesores cuyo manejo es particularmente coyuntural.

En un país gobernado por las angustias del corto plazo y que no se da la oportunidad de plantearse un horizonte a mediano y largo plazo, resulta comprensible que se vaya consolidando en la sociedad una tendencia a la personalización de la política y del poder político en la figura de 'caudillos'. Se trata de personajes desconectados de los partidos y movimientos políticos y revestidos de un espíritu mesiánico. Sus actitudes populistas o autoritarias frente a la exclusión o al conflicto armado generan grandes esperanzas colectivas. Integran en torno suyo, pero no a un ideal de sociedad.

En este contexto no sólo cabe esperar que las que hoy son jóvenes promesas para el país terminen absorbidas por la fuerza caudillista, sino también que los problemas se vayan a profundizar. Las iniciativas que desde hace algunos años se han venido construyendo en algunos municipios y departamentos son una señal positiva en medio de un cada vez más confuso panorama nacional.

En 2020, de mantenerse la tendencia de consolidar los caudillismos en detrimento de la supervivencia institucional (o como dicen los economistas caeteris paribus), el país estará abocado a enfrentar tres grandes desafíos: restaurar el tejido político e institucional que desmanteló la presidencia personal, restablecer el tejido social que destruyó la guerra y acometer la reforma a la justicia como condición para asegurar la primacía del Estado de derecho.

La tarea de gobernar cada vez más se va a reafirmar como "una manera de disponer las cosas para conducirlas a un fin conveniente para cada una de las cosas que se gobierna". Y eso significa: 1) Capacidad para poner en juego el conjunto de creencias y valores que permita modelar un determinado comportamiento en la sociedad y el Estado; 2) Capacidad para estructurar un proyecto político de gobierno que defina el orden hacia el cual deben confluir los ciudadanos y las organizaciones que se gobiernan, y 3) capacidad para producir y mantener los equilibrios de poder entre la multiplicidad de fuerzas e intereses que intervienen a favor o en contra de un determinado proyecto de gobierno. Y frente a desafíos de esta magnitud, el país tendrá que pasar de la energía de los más jóvenes a la prudencia, la experiencia y el conocimiento acumulado como capital de los más viejos. No hay duda, 2020 será la década del fin de las "audacias menores de 40 años".

* Doctor en ciencias políticas. Director de la Fundación José Ortega y Gasset.

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