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| 1/17/2000 12:00:00 AM

El oficio más antiguo

Nohra Cruz está dedicada a intentar devolverles la dignidad a las prostitutas de la calle del Cartucho.

Un novelista de terror no podría imaginarse una escena más dantesca. Miles de hombres, mujeres y niños se arrastran por las calles de lo que una vez fue una hermosa ciudad con el alma en carne viva. Unos repiten estribillos incesantes, otros dormitan en colchones de basura y otros más bailan con los ojos llenos de nostalgia en un bar callejero. Allí las mujeres venden su cuerpo por 3.000 pesos. Pero no huele mal, huele a una mezcla de dentistería y plástico nuevo: es el olor del basuco. La puerta del infierno se llama Puerta Blanca. Es el corazón de la Calle del Cartucho y es más difícil entrar allí que a San Vicente del Caguán. No sólo porque es un área despejada a la que no entra un policía, o cualquier otra forma de autoridad, sino porque para hacerlo hay que negociar con quienes la sociedad ha denominado ‘los desechables’. Ahí se habla un idioma muy distinto al convencional. El pasaporte de entrada es una mirada a los ojos. Quien entra allí sabe que su vida está enteramente en las manos de ‘Ojitos’, un muchacho de mirada dulce pero perdida que es el jefe de la zona. Pero este infierno no ha perdido la esperanza. Ella se pasea sola vestida de jeans y reparte papelitos en las esquinas. Se trata de Nohra Cruz.

Si la iluminación de la que hablan casi todas las religiones es posible

Nohra Cruz parece haberla conseguido. Esta mujer logra ser feliz en un mundo tan terrible que llevaría a una persona normal a la depresión o al suicidio. Y va todos los días. Quienes sobreviven en ese lugar la conocen y la respetan. Trabaja con las uñas y nunca tiene plata, pero tampoco se queja. Su labor es muy simple: a pocas cuadras del Cartucho tiene una pequeña fundación que se llama Vida Nueva, con la que maneja un colegio para los hijos de las prostitutas. Se acerca a las trabajadoras sexuales, se gana su confianza y poco a poco las invita a participar en diferentes talleres. “A mí lo que me preocupa no es que sean prostitutas sino que se odien a sí mismas. Si ellas quieren pueden aprender a trabajar en talleres que tenemos de escobas y traperos, de modistería, de fabricación de papel ecológico o aprender peluquería. Pero si ellas deciden no dejar la prostitución se les sigue ayudando. Lo difícil no es que dejen el oficio, lo difícil es que se transformen. Que no maltraten a sus hijos, que no se dejen maltratar por sus parejas, que dejen el vicio, que lo poco que ganan lo inviertan en sí mismas y sueñen con una vida mejor para ellas y sus hijos. Aquí lo que hacemos son seres humanos”.

El mundo de las prostitutas del Cartucho es más peligroso que un frente de guerra. Pasan la vida en la calle más peligrosa del país más peligroso del mundo. Cuando les va bien sus clientes son raponeros y asesinos, cuando les va mal son indigentes que llevan meses sin bañarse. Desearían usar condón pero a sus clientes eso no les gusta. Lo increíble es que algunas llegan a vivir hasta los 65 años y siguen ejerciendo. Para alguien que vive en ese mundo recuperar la esperanza es toda una aventura. Por eso la labor de Nohra Cruz es tan difícil.

Aunque se financian con algunas actividades, como la venta de escobas y traperos que ellas mismas fabrican o la venta de papel reciclado, lo cierto es que el dinero no alcanza. Nunca se sabe de dónde va a salir la plata para el almuerzo de los niños al día siguiente pero, por alguna razón que nadie se explica, por lo general algo pasa y los niños rara vez se acuestan con hambre. Más de 100 personas desayunan, almuerzan y comen todos los días por cuenta de la fundación.

¿Y el miedo? Curiosamente

Nohra Cruz no siente miedo. “Lo que les digo siempre a mis niñas es que si a mí me apuñalan lo que me hacen es un favor. Muero haciendo lo que me gusta”.
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