Lunes, 16 de enero de 2017

| 2004/03/14 00:00

'El Padrino'

Meyer Yusim, un alcohólico recuperado, dejó todo en su vida para dirigir su fundación dedicada exitosamente a ayudar a otros adictos.

Meyer Yusim está dedicado en cuerpo y alma a su proyecto. En la foto con Boby, la mascota de la fundación.

Pocas personas pueden decir que en su mayor debilidad encontraron su verdadera vocación. Una de ellas es Meyer Yusim, un hombre que para muchos adictos es simplemente 'El Padrino', la persona que los guía en el arduo proceso de recuperar las ganas de vivir. Él, que prefiere definirse como "un borracho agradecido", lleva hoy las riendas de la Fundación Mazal de Bogotá, una institución dedicada a ayudar a las personas con desórdenes emocionales.

Para conocer su misión en la vida, Meyer debió vivir su propia tragedia. Cuando hace unos años su hijo menor enfermó de meningitis y el esposo de su única hermana murió de un infarto cerebral, él, como muchos, encontró en el alcohol el escape que deseaba. Aunque al contrario de la mayoría de adictos, Meyer pudo continuar su vida laboral sin mayores tropiezos, su esposa y algunos amigos empezaron a darse cuenta del problema. "El alcohol se había convertido en mi vida, pero para mí era muy difícil aceptar que era un alcohólico, recuerda. Era tan discreto que mi suegra no supo que yo era alcohólico hasta que estuve recuperado". Fue necesario que su esposa y su socio se pusieran de acuerdo en llevarlo a un centro de rehabilitación para que Meyer enfrentara su problema.

El proceso no fue fácil. La terapia implicaba que dejara de lado su trabajo para dedicar todo su tiempo a la recuperación, algo que para él fue traumático. Una vez recuperado hizo la promesa que le cambió la vida: al séptimo año de abstención abriría una fundación donde no fuera requisito estar interno.

En el intervalo conoció a fondo los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos, una filosofía que para él es útil en el tratamiento de cualquier problema emocional. También empezó a trabajar con otros adictos, con tanto éxito que al cumplir un año de sobriedad ya contaba con 30 ahijados. Además entró en contacto con la otra base del tratamiento que ofrece la fundación: la inteligencia emocional o "el arte de mantenerse sereno", en sus propias palabras.

Cuando llegó el momento de cumplir su promesa, Meyer lo hizo sin escatimar esfuerzos. Dejó sus negocios, que hasta entonces le habían permitido un estilo de vida bastante cómodo, y lo invirtió todo en su proyecto de vida. Hoy, tres años después, en la Fundación Mazal se han recuperado alrededor de 160 personas de todos los estratos, pues otra de sus características es que no hay requisitos económicos para el ingreso y a cada uno se le cobra en la medida de sus posibilidades.

Ahora no sólo trabaja con alcohólicos y otros adictos sino también con personas con desórdenes alimentarios, tendencias suicidas y depresión. El éxito del método se hace evidente en el alto nivel de recuperación que ha demostrado obtener: 83 por ciento de las personas que han llegado a Mazal están hoy rehabilitadas, una cifra récord en el mundo. Pero para Meyer esto no es suficiente. "No queremos que esta enfermedad siga cobrando más vidas, pues un adicto sólo puede terminar de tres maneras: en una clínica de reposo, en la cárcel o en el cementerio". Una empresa bastante ambiciosa, ya que se calcula que sólo 3 por ciento de los adictos logran recuperarse.

Hoy, junto con los ocho miembros del equipo terapéutico, Meyer atiende a 40 personas en una pequeña sede en la zona industrial, cifra que se eleva a 120 si se tiene en cuenta el entorno familiar de los pacientes, un aspecto central dentro del proceso de recuperación. Divide su tiempo entre conseguir los recursos para mantener la fundación a flote y dirigir algunas terapias. Como el cigarrillo, su otro vicio, le dejó un cáncer de garganta Meyer usa un micrófono para que su voz les llegue a todos sus ahijados, que invariablemente lo escuchan con devoción.

Su más reciente proyecto es construir una habitación en la bodega en la que funciona la institución, para evitar desplazarse todos los días hasta su casa en el norte de la ciudad y así poderle dedicar el ciento por ciento de su tiempo a la fundación. Aunque confiesa que su esposa no está muy contenta ante la posibilidad de verlo sólo los fines de semana, él está seguro de que el sacrificio vale la pena. "Por eso digo que soy un borracho agradecido, porque si no fuera por el alcoholismo me hubiera muerto sin saber para qué vine al mundo".

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