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| 12/24/2011 12:00:00 AM

El personaje del año

Johann Stiven Martínez Tulcán, hijo del sargento del Ejército José Libio Martínez, asesinado por las Farc luego de casi 14 años de secuestro, encarna la tragedia de una absurda guerra que lleva medio siglo.

Hijo del secuestro
 
Un niño de 13 años se volvió un símbolo del sufrimiento y la resistencia de miles de colombianos.
 
Por primera vez en 30 años, el personaje del año de SEMANA es un niño.
Probablemente, ningún país del mundo cuenta entre sus ciudadanos a una persona como Johann Stiven Martínez Tulcán. Desde que estaba en preescolar, Colombia lo vio crecer por televisión,  pidiendo a las Farc que liberaran a su padre, el sargento del Ejército José Libio Martínez, capturado por esa guerrilla tres meses antes de que él naciera. Hasta que, el 26 de noviembre de este año, lo vio enfrentar, adusto y lacónico, el drama más duro de su corta pero convulsionada vida: ese día, la selva le devolvió el ataúd de su progenitor, a quien llevaba 13 años esperando conocer.

Johann Stiven encarna la tragedia que representa el crimen del secuestro desde hace mucho tiempo, cuando apenas balbucía desde sus 5 años los primeros llamados públicos por la libertad de su padre. Hoy, con éste asesinado en cautiverio, ese simbolismo adquiere otra estatura y un tinte aciago. Que un niño de 13 años resuma para una nación el sufrimiento y la pérdida que entraña uno de los crímenes emblemáticos de la guerra interna es una de las más dramáticas medidas del daño que le han hecho a Colombia el conflicto armado y las violencias que la azotan hace décadas.

Muchos niños en este país han tenido a sus padres secuestrados. Muchos se han quedado sin uno de sus progenitores porque uno de ellos ha muerto en cautiverio. El coronel Édgar Yesid Duarte, uno de los tres policías asesinados con tiros de gracia por las Farc en medio de la misma operación militar en la que esa guerrilla mató al padre de Johann Stiven, también tenía una hija que nació después de su captura y que no lo pudo conocer. Pero la figura visible en favor de su liberación era su madre, no la niña. No pocos secuestrados en Colombia han tenido hijos que nacieron después de convertirse en rehenes y que solo conocieron al ser liberados o rescatados, o que nunca conocieron, pues murieron en manos de sus secuestradores.

Pero ninguno tuvo un hijo que desde los cinco años hiciera campaña, públicamente, con la tremenda presión de los medios y la política sobre su frágil infancia, como le ocurrió a Johann Stiven, por esas cosas de la vida que solo pasan en Colombia.

Él es un símbolo,  no solo de los cientos de niños que han padecido el secuestro de sus padres, sino de todos los cautivos, civiles y uniformados. Representa a todos aquellos que han pasado años esperando, solo para llevarse el fiasco sin remedio de que les devuelvan un cadáver. A su corta edad resume no solo los dilemas y la incertidumbre del secuestro,  sino el sufrimiento por el que han pasado por décadas, y siguen pasando, cientos de miles de víctimas de todos los crímenes cometidos en el conflicto armado interno.

En un año en el que se aprobaron, por fin, una ley y un paquete de decretos para reconocer el daño causado a esas víctimas y resarcir sus derechos vulnerados, el rostro de Johann Stiven es el de todas las víctimas. Y es, también, el símbolo de lo difícil que va a ser para el Estado y la sociedad ofrecer una reparación honorable a miles y miles que, como él, además de sufrir por mucho tiempo, al cabo de los años se han quedado con la esperanza perdida haciéndose agua entre las manos.

Por eso, Johann Stiven Martínez Tulcán es el personaje del año de SEMANA. Todos estos años Johann ha sido, literalmente, un hijo del secuestro. La forma como acabó la larga espera en la que había empeñado su vida no hizo sino reafirmarlo del modo más dramático.

“¡Vivo! ¡Por fin!”. Ese fue el grito íntimo de Johann Stiven Martínez, el 26 de noviembre a las 8:00 de la mañana, en el hotel Trupillos de Santa Marta, cuando su mamá, Claudia Tulcán, recibió la llamada de un periodista que le contó que el sargento José Libio Martínez estaría vivo y libre, gracias a una operación militar, luego de un cautiverio de casi 14 años. Falsa ilusión. En el término de cuatro horas frenéticas,  Johann Stiven pasaría del júbilo y las dudas que lo siguieron a enfrentar el golpe más demoledor de su vida: a mediodía, la televisión anunció que su padre había sido asesinado por sus captores con un tiro de gracia. Y, para colmo, ese inmenso desencanto debió enfrentarlo en público, ante las preguntas inquisidoras de los periodistas y la mirada atónita del país, en lugar de vivirlo a solas, con su familia, como cualquier niño.

“Yo no estaba preparado. Me había preparado durante 13 años para que mi papá saliera libre. Si la operación hubiera salido bien, yo hubiera dado mi grito de alegría. Pero muerto… No sabía. Estaba bloqueado en esos momentos. Y los periodistas, insistiendo en que les diera una declaración”. Así habló a SEMANA, en Pasto, sentado en el sofá forrado en plástico rojo de su casa en el barrio Nueva Colombia (irónico nombre, pues es el del país que prometen las Farc), Johann Stiven Martínez, quien a sus 13 años largos de edad, exhibe la mirada y el aplomo de un hombre de 40.

Johann es un niño famoso que tiene, a la vez, la vida de una celebridad y la de un niño común y corriente. Va a la Escuela Normal Superior de Pasto todos los días en la jornada de la tarde y, desde hace dos semestres,  a clases de inglés en la Universidad de Nariño y a cursos especiales de matemáticas y español en un instituto. No es un estudiante destacado, pero es un buen lector que acaba de terminar un libro sobre Bolívar y a quien la mención de El general en su laberinto, de García Márquez, sobre los últimos días del Libertador –que no ha leído–, le enciende una chispa de curiosidad en los ojos. Como muchos niños, quiere ser piloto, pese a las gafas redondas que luce entre sus grandes orejas,  que le dan un aire serio e intelectual. Le gustan las hamburguesas y el fútbol. Ya se arrepintió, como muchos niños que cambian de parecer mientras aún tienen tiempo de escoger su vida, de ser, además, abogado especializado en derecho internacional humanitario, como creía hasta hace poco, y ahora piensa que, mejor,  será ingeniero para desempeñar algún trabajo calificado en la Fuerza Aérea. Le gusta tanto Facebook que su mamá acaba de decomisarle el portátil en el que, luego de sus clases, se enfrasca por las noches a conversar con los amigos durante horas. En resumen, un niño.

Pero es un adulto. A los 5 años, cuando le preguntó a su madre por qué a él no lo llevaban su papá y su mamá al jardín infantil, como a todos los niños, a ella le tocó explicarle una palabra terrible: secuestro. “¿Cómo le explica uno a un niño de 5 años que su papá está secuestrado?”, intercala ella. Su padre había caído en manos de las Farc en la toma a la base militar de Patascoy, el 21 de diciembre de 1997, tres meses antes de que él naciera. Desde entonces, con la anuencia de su madre y de Julia, su abuela materna, a la que llama “mami”, apareció en los medios con la foto del cautivo, clamando por su liberación, y protagonizó marchas, foros y concentraciones. Ese cautiverio interminable, vivido, además, en público, lo maduró a marchas forzadas. Muchas noches, en lugar de cuentos infantiles, al dormirse le leían las pruebas de supervivencia que llegaban, muy de cuando en cuando, de su padre en la selva. Su primer imaginario no fue el Mickey Mouse de los cómics sino el que le envió su padre, laboriosamente dibujado en cautiverio. Cartas y dibujos ajados, que aún huelen a hojarasca húmeda, que Johann Stiven atesora como otros niños coleccionan a Verne o a Salgari. Solo lo bautizaron a los cuatro años, cuando su padre, en una prueba de supervivencia, les envió el nombre que quería para él. Tres días después del asesinato de su padre estaba dando una rueda de prensa, a sus 13 años…

Ahora, la espera de su vida terminó. Y Johann Stiven se enfrenta al futuro: su padre no volvió vivo y él tendrá que hacer su vida. Idéntico desafío encaran cientos de miles de niños y adultos, a los que la guerra les cambió la vida para siempre. Colombia, como sociedad, y el Estado tienen sobre sus hombros un desafío colosal. La Ley de Víctimas, cuya aplicación comienza en enero, deberá mostrar a cuatro millones de Johann Stiven –ese es el número aproximado de víctimas en el país– que hay un futuro posible después de la guerra, y aun en medio de la guerra, que sigue cobrando su inmensa dosis de sacrificados. Sin embargo, ni a él le devolverá a su padre, ni a ninguna de las víctimas, los seres que perdieron.

Por todo esto, el personaje del año de SEMANA es un niño. 


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