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| 10/10/2004 12:00:00 AM

El polo a tierra

Julio Martín Gallego, coordinador de desarrollo educativo de Promigas, recuerda que la empresa lleva 25 años en la Costa y que durante gran parte de ese tiempo desarrolló proyectos de carácter social. Sólo en 1999 decidieron organizar la fundación para canalizar la ayuda dirigida específicamente hacia la educación. En la actualidad está presente en 28 municipios de la Costa, 80 por ciento del área de influencia por donde pasa el gasoducto.

"Hemos podido ver el progreso de los niños después de aplicar el proyecto", explica Martí; la inversión cada año es de 1.000 millones de pesos. La fundación trabaja tres áreas especialmente: desarrollo educativo, desarrollo empresarial y programas complementarios.

La idea es mejorar la calidad de los colegios. Primero se trabaja en el mejoramiento de la lectura y las matemáticas en los estudiantes de primaria. La fundación capacita a los maestros y cubre todos los costos. Para esto, trabajan con el Instituto Merani y la Universidad del Valle, instituciones con las que desarrolla un programa piloto y luego lo aplica.

El plan de intervención a los colegios para lograr el mejoramiento educativo es de dos años. En la escuela CEB número 183 de Barranquilla del barrio 20 de Julio en el sur de la ciudad se ha notado el cambio desde que la fundación empezó a apoyarlos.

Las madres del colegio se benefician de uno de los proyectos bandera que les ayuda a formular empresas familiares. Maribel Máez, residente del barrio, de 34 años y madre de seis hijos, lleva una semana participando de las charlas de capacitación: "Son raras las empresas privadas que vienen hasta acá", dice, mientras explica que antes sólo conocía a la empresa "por el gas y ya".

A la casa de Candy Pacheco, una estudiante de décimo grado del Instituto María Auxiliadora de Galapa, Atlántico, todavía no llega el gas, pero ve sus beneficios en el programa de gestión de aula que adelanta la fundación en su colegio.

Promigas cubre los costos de la capacitación de los docentes, quienes han logrado mantener contacto con las experiencias de institutos como el Merani en Bogotá y ahora aplican con éxito métodos que les han servido para construir una didáctica. "Antes enseñábamos de manera magistral, sin tener en cuenta la opinión de los estudiantes, y ahora son más receptivos y participativos" explica Denys Maestre, la profesora de sociales de noveno y décimo grados.

El proceso de acompañamiento y asesoría permite que la mayoría de los 2.300 alumnos sientan un compromiso con el colegio: "Ya no venimos por obligación", afirma Candy, para quien por el momento, el gas es lo de menos.
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