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| 1/17/2000 12:00:00 AM

El portal de la esperanza

Clarita Rey está dedicada de cuerpo y alma a un colegio para los hijos de los presos del país.

Cualquier persona su-pone que el hijo de un delincuente muy seguramente también lo será. En una sociedad como la colombiana, en la cual reina el sálvese quien pueda, esa es una idea que ya muchos han aceptado. Lo han hecho muchos pero no Clara Emilia Rey. Durante 30 años se ha dedicado a luchar contra esa idea. Y todo indica que podría estar ganando la pelea. El Portal es un colegio que recibe a los hijos de los reclusos, no solamente de la cárcel La Picota, en cuyas instalaciones está ubicado, sino de las cárceles de todo el país. Los presos pagan 18.000 pesos al año por la educación de sus pequeños. Y reciben a cambio un trato que envidiarían muchos colegios privados del norte de Bogotá. Las estadísticas, al parecer, están a favor de doña Clarita. De 5.000 familias cuyos hijos han pasado por El Portal, no solamente los niños sino también sus padres han dejado de delinquir. De hecho, se sabe sólo de seis casos de reincidencia criminal entre alumnos y ex alumnos. El país no sabe todavía lo que le debe a doña Clarita.

Nadie se imagina que a pocos metros de uno de los sitios más infames de Colombia, y quizá del mundo, la cárcel de La Picota, pueda existir un lugar lleno de sonrisas, alegría y amor como es El Portal. Medio millar de niños hacen siesta en un enorme coliseo forrado de colchones mientras un ejército de laboriosas mujeres prepara desayuno, almuerzo y comida para ellos. Los uniformes los hace el colegio y allí mismo los lavan, junto con la ropa de los niños cuyos padres no tienen cómo hacerlo. El mercado se compra en Carulla y el menú de un día está a la altura del de muchos restaurantes de estrato alto. Tanto es así que todos los días hay pan fresco, horneado allí mismo. Pero a los pequeños eso parece tenerles sin cuidado. A ellos lo que les gusta es jugar. Y en ese sentido El Portal tampoco se queda atrás. Hay una casa de juguete de dos pisos donde pasan la noche todas las muñecas y muñecos de los niños que se turnan ordenadamente para jugar en su interior. Y la diversión no termina allí. Cuando hace sol se organizan unas grandes piscinas inflables en los patios y se inicia una guerra con jabón de proporciones apocalípticas.

Hay niños de todas las edades y estudian allí hasta quinto de primaria. Desde bebés de brazos hasta muchachos de 12 años. Reciben la mejor educación en unas instalaciones impecablemente limpias y ordenadas, decoradas por los mismos niños. Y aprenden no sólo a leer y escribir sino también a sentirse orgullosos de lo que son a pesar de ser hijos de reclusos. “Muchos de mis niños hoy son profesionales y con orgullo traen a sus compañeros y a sus familias para mostrarles cuál es su verdadero hogar”, asegura su directora. Clara Emilia Rey arrancó esta labor en 1968 con su hermana, quien era esposa del entonces ministro de Justicia Fernando Hinestrosa, y con otras damas de Bogotá. Desde esa época ella ha sido la directora y le ha entregado su vida al colegio.

Pero no todo ha sido un lecho de rosas. Las dificultades son enormes. Faltan recursos, no hay con qué darles regalo de Navidad a los niños y los buses que los llevan y traen de sus casas han envejecido tanto que tendrán que salir de circulación en poco tiempo y no hay plata para reemplazarlos. “Lo increíble de todo esto es que, a pesar de que siempre trabajamos con las uñas, de alguna manera hemos logrado sobrevivir. Dios saca la cara por sus niños para no dejar que esta obra se derrumbe. En sus manos estamos y en sus manos seguiremos”.
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