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| 2/5/1990 12:00:00 AM

EL PROPOSITO DE LA GRANDEZA

Alberto Lleras fue, durante varios episodios de su vida, un personaje significativo. Y tener el privilegio de significar algo, es el gran premio que se puede obtener en la vida pública.
Ausente del escenario nacional, la figura de Alberto Lleras adquiere un deslumbrante sentido simbólico.
Hoy es el símbolo de la concordia, de la voluntad pólitica de conseguir la paz, del propósito republicano de restaurar las solidaridades nacionales en torno a la intangibilidad de la ley.
Precisamente lo que debería ser el marco de una nueva política.
El gran éxito de Alberto Lleras fue haber terminado el estado de guerra existente entre liberales y conservadores desde la muerte del Libertador. Lo consiguió justamente con Laureano Gómez. Ambos aportaron a esta empresa su sólida condicion de combatientes. La paz de Benidorm puso fin a un conflicto a veces sangriento y en ocasiones incruento, que habia devorado las energías nacionales durante 120 años.
Gómez y Lleras, en las ciudades costaneras de España, se propusieron esperar los motivos de ese conflicto que había esterilizado el desarrollo nacional.
Fue un objetivo concreto, anhelado por todos y conseguido de inmediato.
Firmados los acuerdos de Benidorm y de Sitges, no volvió a haber un muerto por causa de las disputas entre liberales y conservadores.
Si el objetivo primordial de la política es la paz, ninguna otra empresa de nuestra historia republicana tuvo un triunfo más rotundo.
Si Colombia sobrevive, a pesar de otras violencias que han surgido después y que no han podido ser dominadas, es porque los partidos tradicionales siguen en paz. Es ese el gran motivo de gratitud que los colombianos tienen con los creadores del Frente Nacional.
Desde cuando terminó esta política, el país ha caminado hacia la anarquía. El esquema sustitutivo -el de un partido de gobierno que suscite una oposición -ha fracasado. Se presentó, no sabems por qué, como un avance hacia una supuesta "democracia pura, que aparentemente debería consistir en provocar el mayor número de discrepancias entre quienes están en el aprovechamiento de los gajes del poder y quienes están privados de ellos.
Haber aceptado que el objetivo de la política es la disputa por la granjerías del clientelismo, es el gran pecado histórico de los partidos.
Alberto Lleras y Laureano Gómez practicaron la política contraria. Movían ideas, trataban de persuadir. Hacían proselitismo con el ánimo apostólico de convencer. Y lo consiguieron. Lograron muchas veces sus propósitos. Y el mayor de todos: la paz que buscaban.
Alberto Lleras quiso que el país se moviera en busca de propósitos nacionales. Es un requisito que parece necesario para movilizar las energías colectivas y que los colombianos han decidido despreciar.
Hoy no habría mejor política que la de conseguir que la opinión adopte aquellos propósitos que produzcan, en torno a ellos, las solidaridades que se necesitan para volver a gobernar bien a Colombia.
Fue una mentalidad suprapartidista la que dominó durante el Frente Nacional. Los cuadros de cada uno de los partidos opusieron inicial resistencia. Los conservadores no querían perder las posiciones burocráticas, cuyo monopolio tenían. Los liberales querían tener la oportunidad de conseguir para ellos ese mismo monopolio.
La opinión pública, avasalladora, se impuso sobre las pretensiones clientelistas. En un plebiscito arrollador, decidió que se podía gobernar si se restablecía el orden jurídico y se creaba un régimen de garantías recíprocas entre los partidos que impidiera le hegemonía de cualquiera de ellos. Esos partidos no tuvieron sino la oportunidad de doblegarse ante el mandato de la opinión.
Gómez y Lleras se conocían íntimamente. Habían sido adversarios durante el tiempo de la República Liberal, a partir de 1934. Pero mantuvieron mutuo respeto y cordial amistad.
El primero, siendo embajador en Argentina en 1923, aprendió a apreciar a Lleras cuando valerosamente se ganaba la vida como un colaborador ocasional del diario La Prensa, entonces la más importante institución periodística de la lengua española.
La amistad entre estos personajes no se rompió cuando un juez, creyendo interpretar el deseo de Alberto Lleras, siendo ministro de Gobierno del régimen liberal, ordenó la prisión de Laureano Gómez para suspender las campañas oposicionistas que este adelantaba desde las columnas de El Siglo, y desde su curul en el Senado.
El desafortunado episodio que terminó con la liberación inmediata de Gómez exigida por lo que parecía ser una sublevación popular, redundó en un debilitamiento, que sometido a críticas y denuncias sobre malos manejos, determinó la renuncia del entonces presidente, Alfonso López Pumarejo.
En la crisis presidencial de ese momento, Laureano Gómez jugó un papel decisivo para que el Designado que remplazara al primer mandatario renunciante fuera precisamente Alberto Lleras y no otro que representara a la corriente anti-lopista. El jefe conservador sostuvo: "Yo sé que Alfonso se va si le nombramos un sucesor amigo. De lo contrario se queda.A mí me interesa que insista en su renuncia y se vaya, porque él es y seguirá siendo la figura principal del Partido Liberal. Si se va, el liberalismo se cae".
Así resultó. El manejo de los votos conservadores en el Congreso determinó la elección de Alberto Lleras como Designado y su primera presidencia, que duró un año y durante la cual el conservatismo consiguió suficientes garantías para participar en las siguientes elecciones presidenciales que le dieron el triunfo.
Cuando terminó el breve período presidencial de Alberto Lleras, y abandonó el país para refugiarse en la Secretaría de la Organización de Estados Americanos, el jefe liberal se hallaba solo. Al aeropuerto lo acompañó, como única persona significati va, su adversario y amigo, el jefe de la oposición conservadora.

Años después, en plena dictadura de Rojas Pinilla, Lleras regresa a Colombia y comienza a construir el propósito nacional de restaurar la democracia. Reúne pacientemente los elementos dispersos, muchos ellos desconcertados, del Partido Liberal debilitado en su capacidad de lucha por el halago, siempre posible, de que pudiera conseguir una colaboración del régimen militar.
Lleras buscó y obtuvo el endurecimiento de su partido como fuerza de oposición. Y como no encontraba suficiente voluntad de lucha contra el tirano en el sector "ospinista" que disponía de toda la burocracia oficial, atravesó el Atlántico para buscar a Laureano Gómez, entonces desterrado, para crear un bloque de resistencia contra la dictadura, que victoriosamente se convirtió en el Frente Nacional .
Laureano Gómez, cubriéndose de gloria, tuvo que pagar un alto precio político. Porque él quiso que el primer presidente del nuevo sistema fuera el hombre con quien lo había concebido y llevado a su culminación.Para lo cual no vaciló en despreciar un convenio previo existente que determinaba que el mandatario inicial debía ser de filiación conservadora.Los conservadores no le perdonaron a Laureano Gómez esta actitud suprapartidista, no obstante que con ella el partido aseguró un trato igualitario durante tres décadas, a pesar de su condición minoritaria. El propio Alberto Lleras no se consideró solidario con Laureano Gómez cuando por esta causa la suerte electoral terminó siéndole adversa.
Alberto Lleras se retiró de la política cuando aún estaba en pleno goce de sus facultades. Fue un acto omnímodo de su voluntad, admirablemente mantenido en medio de un turbión de tentaciones para que abandonara su indiferencia.
Fue admirable este retiro integral.Porque es difícil abandonar el ámbito de la vida pública sin que ello produzca una necrosis en el alma.
Quiso declarar cumplida su tarea histórica como si de pronto se hubiese empequeñecido el universo. Y mantuvo una actitud imparcial sobre todo lo que acontecía a su alrededor. que tenía indudablemente el sentido de un reproche. Quienes lo miramos siempre con respeto quisimos entender que se trataba de un reclamo que se nos hacía por la falta de grandeza.
Fue un periodista de combate, como era delicioso serlo en aquellos tiempos en que las convicciones políticas no tenían miedo de desafiar la opinión. Y durante años logró figurar como un extremista.
Madurado en las experiencias de mando no descendió a las prácticas del clientelismo. Su ardor partidista lo cambió por una persistente investigación sobre los estados de la opinión pública, y sin hacer concesiones, se dedicó a interpretarla. Se propuso ser la voz del pueblo, con cierta pretensión divina. Y lo logró plenamente.
Declinó las oportunidades de consagrarse como orador. Prefirió siempre escribir lo que quería comunicar. Y dejó páginas abundantísimas, plagadas de observaciones pertinentes en cada momento, que son una expresión casi enciclopédica del sentido común. Hay en ellas una enfática reiteración de las verdades elementales que constituyen la base ideológica y el fundamento moral de la sociedad. Son precisamente aquellas que hoy hemos olvidado porque las consideramos demasiado conocidas, demasiado obvias. Creemos que podemos vivir sin ellas, como si hubiesen perdido su significado.
Nuestra identidad se desintegra por falta de objetivos comunes, de propósitos nacionales que tengan magnitud. Yo intuía que Alberto Lleras tenía algo que decir. Quise explorar la posibilidad de un comentario. Cuando lo llamé, a mediados de noviembre, me fijó una fecha para entrevistarlo. El día señalado por la mañana, con voz que procuraba ser enérgica, me presentó cordialísimas excusas al proponerme aplazar la entrevista, porque aquel día su salud se había empeorado.
Y no lo vi más. Quedé triste porque sentí que había sido una pretensión inaudita la mía, al querer que resonara la voz de la grandeza en estos tiempos de pequeñez.
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