Martes, 17 de enero de 2017

| 2007/10/20 00:00

El puente no está quebrado

En el nororiente de Medellín, un puente peatonal volvió a unir dos sectores separados por las balas y el miedo: Andalucía y La Francia.

La construcción del puente que hoy une a los barrios Andalucía y La Francia duró un año: las obras comenzaron en marzo de 2006 y terminaron en marzo de 2007.

ASandra Carvajal las palabras dulces se le enredan con las amargas cuando habla de lo cambiado que está el mundo, su pedacito de mundo. Y no porque sea ciega ante todo lo que ha llegado a Andalucía La Francia con la construcción del Metrocable, sino porque en medio de ese paisaje brotan como maleza recuerdos que duelen, verdades tan difíciles de aceptar como que a Teresita, su hermana (asesinada en agosto de 2001), no le haya tocado gozar con “lo bueno que está esto ahora”, o que su primo, Carlos Andrés Rivas, haya sido abaleado a diez metros de su ventana, justo donde hoy se apoya el extremo norte del puente peatonal El Mirador.

El último muerto del sector
Lo que se conoce como Andalucía La Francia son en realidad dos barrios de la Comuna 2, en el nororiente; dos sectores divididos por el cañón de la quebrada La Herrera, un límite natural que hasta hace menos de cinco años era reforzado por otro más poderoso, uno de armas, violencia y miedo, y que a punta de enfrentamientos entre bandas de uno y otro barrio aisló a los habitantes de las dos orillas: la del norte, La Francia, y la del Sur, Andalucía. “No se podía estar ni afuera de la casa, se mantenía uno atemorizado”, cuenta Sandra, apoyada en la ventana de su tienda, mientras va enumerando momentos de pánico: “A la iglesia entraban dando bala, o esperaban pelaos que salían de misa y los mataban”. Pero el recuento tiene fin: “Desde hace cuatro años, cuando mataron al primo mío, no ha vuelto a pasar nada por acá”, asegura.
Su testimonio concuerda con el de otros vecinos: la última muerte violenta del sector ocurrió el 5 de agosto de 2003. Con una sonrisa triste, Sandra señala hacia el remate del puente nuevo: “Ahí mataron a Carlos Andrés. Él tenía 24 años y, aunque tiraba vicio como tantos muchachos, no se metía con nadie”.
Su vida amorosa, cuentan, se convirtió en alegatos, gritos y golpes en público, con un desenlace que sigue rodando de boca en boca. Sandra no olvida esa noche. Desde la esquina, su primo le pidió 40 mil pesos para cancelar una deuda incómoda: “Me dijo que si no le pagaba esa plata a su mujer, ella lo mataba”. A las 10 de la noche se desató una balacera y detrás de ella una ráfaga de gritos. No tardó en enterarse de que varios hombres habían sacado a Carlos Andrés de su propia casa.
un acuerdo, otra etapa
“Fue una muerte muy inocente”, dice Luz Marina Gómez, una líder comunitaria de ojos claros y pelo corto teñido de rubio, que ha perdido varios familiares en medio del conflicto. La ‘Zarca’, como la llama todo el mundo, lamenta “que a un muchacho juicioso lo hayan matado de esa forma por enredos de faldas”. Pero así eran las cosas. Ante un problema familiar, una pelea de vecinos o una riña entre amigos, muchos acudían a los combos o bandas establecidas en la zona, y el resultado eran amenazas, golpizas y muertes.
Patricia Carvajal, hermana de Sandra, recuerda cómo sacudió al vecindario el asesinato de su primo: “Muchas personas protestaron. Los calientes que mandaban en el barrio convocaron a la comunidad a una reunión”. Según explica esta mujer de 36 años, gracias a los acuerdos derivados de ese encuentro, llegó una época de calma. Una época que al poco tiempo coincidió con una nueva etapa en el conflicto urbano.
Unos cuatro meses después de la muerte de Carlos Andrés, el 25 de noviembre de 2003, el Bloque Cacique Nutibara de las AUC se desmovilizó y el país vio cómo un ejército de 868 paramilitares ‘entregaba armas’ en el Palacio de Exposiciones. El hecho tuvo consecuencias evidentes. Entre 2003 y 2004 la tasa de homicidios se redujo en más del 40 por ciento, según cifras de la Alcaldía.
En este paisaje de techos de zinc, muros sin revocar, ranchos de madera y fachadas coloridas que es Andalucía La Francia, todo empezó a cambiar. Por aquí ya no se escucha el silbido de las balas sobre las viviendas, sino los vagones colgantes del Metrocable, inaugurado el 7 de agosto de 2004. Un habitante de este sector que ingrese a cualquier estación del metro y haga el trasbordo a la línea K, como se le llamó al cable, puede llegar hasta la puerta de su casa pisando únicamente aceras y pavimento nuevo. Y si vive en La Francia, puede cruzar un puente peatonal enorme y vistoso, que además de ser el nuevo punto de referencia para todo un barrio, muchos identifican como el gran símbolo de la paz que parece haber llegado para quedarse a este sector.

LOS AMORES QUE TRAJO EL PUENTE
La casa de Norman Blandón está ubicada junto al sitio en el que el puente toca Andalucía, en el extremo sur. Este electricista de 35 años cuenta que, en ocasiones, hasta diez hombres armados se tomaban el corredor del primer piso y comenzaban los cruces de bala con el otro lado: “Nos tocaba tirarnos debajo de la cama, y esperar que eso se calmara”, recuerda. Y aunque ni él ni su familia fueron heridos en los enfrentamientos, el clima de zozobra los golpeaba a todos: “Uno no podía salir del barrio. A las estudiantes había que acompañarlas hasta el colegio porque las violaban. Eso éramos jugando fútbol y de pronto comenzaban las balaceras”, cuenta.
Desde junio de 2006 y durante los nueve meses siguientes, Norman trabajó en la canalización de las redes eléctricas y telefónicas, y en la instalación del alumbrado de El Mirador. Entre tanto, hizo amistad con obreros del otro lado, como Andrés, oficial de albañilería de La Francia. En la inauguración de El Mirador, el 4 de marzo de este año, éste le presentó a Lorena, su hermana, la dueña de su corazón: “Desde el primer día él me tiraba todo lanzado y ya no hay quién lo saque de acá”, dice ella entre risas.
Ese día es igual de inolvidable para muchos. La ‘Zarca’, que junto a otros vecinos y un grupo de niños organizó una bienvenida emotiva para el Alcalde y su comitiva, recuerda que casi amanecen de parranda: “Estábamos todos contentos, bailamos hasta las 3 de la mañana. Venía gente de todas partes, hasta de Santo Domingo vinieron a bailar acá”.
Patricia Carvajal se había mudado de La Francia para Andalucía dos años atrás, ignorando que pronto se iba a construir el puente. Cuando se trasteó, sus pertenencias debieron subir en los hombros de su esposo las mismas escalas que a ella se le hacían interminables, y por las cuales se había alejado de su familia, toda asentada en La Francia. Por eso se desborda en alegría hablando de lo bueno que le ha traído: “Esto es una felicidad. Yo miro ese puente y me parece increíble. Si es que desde que estaba en las meras varillas me daban ganas de pasarme”, dice.
Mirando desde Andalucía, es evidente que a La Francia se le desprendió un pedazo: a la izquierda del paisaje se abre un boquete de tierra deslizada sobre un barranco. Norman y Lorena cogidos de la mano, cuentan que en el hecho, sucedido hace algunos meses, se hundió un rincón conocido como La Finquita, llamado por muchos El Calvario: “Ahí ajusticiaban a mucha gente, incluso traída de otros barrios. Muchas veces los arrastraban hasta allá desnudos, y al rato se escuchaban los tiros”. Así que hasta la naturaleza parece haberle dado una mano a Andalucía La Francia, una zona de Medellín en la que su gente, poco a poco, ha ido adquiriendo el vicio de vivir tranquila.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.