Domingo, 22 de enero de 2017

| 1980/12/11 00:00

El puñal ilustrado

La fiera lucidez con la que supo dibujar el burdo tinglado político elevó a Ricardo Rendón a símbolo, casi a leyenda, en la caricatura colombiana. Sus trazos únicos y profundos orientaban a la opinión y tumbaban ministros.

El puñal ilustrado

Una imagen cotidiana de la Bogotá de los años 20, jamás registrada en fotografías, pero sí en varias pinturas o dibujos, más o menos alegóricos pudo ser la siguiente: la de una mesa de bar, en horas de la noche o de la madrugada, donde un grupo de bohemios dialogan y beben vino o aguardiente. Uno de ellos es Ricardo Rendón. Los otros pueden ser Luis Tejada, Federico Rivas Aldana (Fray Lejón), José Mar, Jaime Barrera Parra. Suele acudir también el joven periodista Alberto Lleras, todavía más adicto a las tertulias bohemias que a los escabrosos halagos del poder.

Todos charlan, menos Rendón, que dibuja. Según la leyenda, en esas mesas nocturnas elaboraba las caricaturas que habrían de aparecer al día siguiente en un periódico bogotano. Dice también la leyenda que apenas si hablaba. En un escrito de 1967, el propio Lleras confesó que, a pesar de considerarse una de las personas más cercanas al artista, poco o nada llegó a conocer nunca de su vida privada. En realidad, todos los que lo conocieron coinciden en trazar el retrato de un hombre secreto e impermeable.

Esa condición hace aún más misterioso su suicidio, sobre el que mucho se especuló a lo largo de los años. El médico y escritor Edmundo Rico, también su amigo personal, dedicó a la explicación de esa muerte un complicado análisis neurosiquiátrico. Otros apuntaron a penas de amor (aunque nada se sabe a ciencia cierta de su vida amorosa), a graves problemas económicos o de salud, a un progresivo alcoholismo. Llegó incluso a insinuarse (lo cual parece algo excesivo) que, una vez su partido llegó al poder con Enrique Olaya Herrera en 1930, Rendón, consciente de que la prensa liberal le cortaría las alas, prefirió silenciarse, y eligió para ello la vía más expedita...

Musicos, rapsodas, prosistas

Ricardo Rendón Bravo nació en Rionegro (Antioquia) en 1894. En 1911 se trasladó con su familia a Medellín. Allí estudió pintura y dibujo con el maestro Francisco Antonio Cano, y luego en el Instituto de Bellas Artes. En 1914 fundó con otros 12 amigos la revista Panida. De ese grupo hicieron parte, entre otros, León de Greiff, Pepe Mexía, Tartarín Moreira, Jorge Villa Carrasquilla, Teodomiro Isaza y Fernando González. Los Panidas fueron una especie de enfants terribles que cuestionaron, a su modo, la pacata sociedad en que habitaban.

Rendón era el ilustrador único de la revista, y hasta llegó a publicar, con el seudónimo de Daniel Zegri (dígase de paso que todos Los Panidas, a excepción de Fernando González, usaban seudónimo) algunos sonetos de los que siempre renegó.

Ya entregado de lleno a su oficio, también trabajó en publicidad (es famoso su diseño para la cajetilla de los cigarrillos Pielroja, que aún se conserva, con algunos retoques), y colaboró como caricaturista en el periódico El Espectador, en su suplemento La Semana, y en El Correo Liberal.

Para otra marca de cigarrillos, los Victoria, hizo una serie de caricaturas -200 en total- de personajes importantes de la ciudad, que la empresa incluía en sus productos, como modo seguro de aumentar las ventas. También publicó otra serie, a colores, de algunos de esos personajes, bajo el título genérico de 'El jardín zoológico', en la que cada uno de los retratados mostraba el aspecto de un animal. Más, mucho más, que una broma, estos trabajos demuestran una profunda intuición de la comedia humana, una honda comprensión de aquello que nos une, fatalmente, a los animales. Esa sola producción de Rendón bastaría, creo, para inmortalizar su nombre.

Pero fue en Bogotá (se radicó allí en 1918, sin duda por sentir ya estrecha su parroquia) donde Rendón consolidó su fama. Trabajó primero en El Espectador, luego en La República (diario liberal de la época), y finalmente en El Tiempo, así deban mencionarse también sus numerosas colaboraciones, a lo largo de esos años, en revistas como Cromos y Universidad.

Su enorme talento, aupado por el intenso radicalismo político que vivía el país, le permitió ejercer casi desde el comienzo una especie de magisterio crítico, que ciertamente no buscó, pero que hizo de él un ídolo popular, un vocero de anhelos y frustraciones, venerado por sus copartidarios, temido por sus rivales, admirado por todos.

Llegó a tener una audiencia como nunca antes ni después tuvo en Colombia caricaturista alguno. La fiera lucidez de sus apuntes, la inclemente ironía, siempre atinada, siempre devastadora, con que supo enfocar el burdo tinglado político colombiano, lo elevaron a símbolo, casi a leyenda. Se ha dicho que su pluma tumbaba ministros, y que sus dibujos tenían mucha más fuerza y repercusión que los editoriales.

Barrera Parra dijo de él: "Su obra muerde, como una aldaba, 15 años de régimen político, relieva detalles que se fueron de la memoria, establece la síntesis allí donde el historiador se desorienta, le da un sentido humano a nuestro nacional baile de máscaras". No es extraño pues que un historiador, Germán Colmenares, haya escrito un libro sobre esos años siguiendo paso a paso las caricaturas de Rendón.

El arte de la caricatura

Pero no se ha destacado cabalmente la calidad plástica de esos trabajos, hechos casi siempre a vuela pluma. Mirados hoy desde esa perspectiva, admira comprobar la justeza y expresividad de la línea, el manejo riguroso de la composición, el juego de contrastes y claroscuros, la factura impecable de cada dibujo. Por lo demás, siempre cultivó Rendón el retrato caricaturesco, despojado, al menos en apariencia, de una anécdota concreta.

Algunas de estas caricaturas han llegado a ser íconos definitivos. Las siluetas que trazó de Tomás Carrasquilla, de Luis Tejada, de José Eustasio Rivera, de Fidel Cano, nos dicen hoy más sobre ellos que sus respectivas fotografías. Las fotos incoloras de 'Ñito' Restrepo no alcanzan ni de lejos la verdad de la figura 'rendoniana' de un viejo cargado de espaldas, de boina, pantuflas y bata de baño, que parece venir de todo. Del Marco Fidel Suárez de Rendón dice Fernando González: "El Suárez rendoniano es un pecado seminarista arrebujándose en santidades". Paradójicamente, este hombre hermético pareció no querer retratarse a sí mismo, a pesar de que se conservan de él cinco o seis autocaricaturas. Ninguna de ellas se parece a la otra, no hay un solo rasgo que las reúna. Se dijera que el gran retratista huía de su propia imagen, o la quería sin remedio dispersa. El hecho es que eludió siempre consignar en el papel su cara verdadera.

El día 28 de octubre de 1931 Rendón se suicidó, en una tienda bogotana de rancho y licores llamada La Gran Vía. Había llegado a eso de las 9 de la mañana, y, tras pedir una cerveza, se encerró en un reservado. Al cabo de un tiempo los dueños oyeron el pistoletazo. Hallaron su cuerpo tendido en el suelo, todavía con vida. Su muerte trágica consolidó su mito. Sobre el charol de la mesa había escrito: "Suplico que no me lleven a casa".

Como "un hombre íntegro, distante, triste y sarcástico", describió a Rendón Alberto Lleras. Y Jaime Barrera Parra escribió: "Rendón fue el más probo y el más ortodoxo de los artistas. Nunca humilló su lápiz con temblores prestados. Su óptica fue tan personal como su sombrero".


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