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| 9/9/2002 12:00:00 AM

El recuerdo y el mensaje del 11 de septiembre. Por: Donald H. Rumsfeld*

Esta semana Norteamérica hizo una pausa para recordar el ataque del 11 de septiembre contra Norteamérica -- las víctimas inocentes, los héroes inesperados, los sobrevivientes valerosos y los cientos de millones de norteamericanos cuya unidad y firmeza frente a la maldad sin precedentes otra vez definió el espíritu de Norteamérica, para que todos lo vean.

Es importante recordar que el ataque del 11 de septiembre no fue sólo contra Norteamérica, sino contra la gente de todas partes del mundo que cree en la libertad, practica la tolerancia y defiende los inalienables derechos del hombre. Esos preceptos

son la antítesis directa del terrorismo, que pretende intimidar, dominar y subyugar a los hombres y mujeres libres por medio del miedo y la destrucción.

La historia del terrorismo es larga. No es un fenómeno nuevo, como muchas otras naciones bien lo saben. Lo que es nuevo es el nivel al que los terroristas pretenden llegar con sus actos criminales, para lograr que la muerte y la destrucción que

lanzan sobre el inocente sea más grande que nunca. Lo que es nuevo, como lo vimos en Afganistán, es la capacidad de las organizaciones terroristas para lograr el control completo y ocupar un país, apoderarse de una cultura, y oprimir a todo un

pueblo. Lo que es nuevo es el vínculo entre redes terroristas, estados terroristas y armas de destrucción en masa que, al combinarse con tecnología de misiles, pueden hacer formidables adversarios de estados pequeños o empobrecidos o incluso a un

grupo relativamente pequeño de individuos. Si no se le presta atención en un mundo donde la naturaleza mundial de las finanzas, las comunicaciones y el transporte hacen posible que incluso individuos u organizaciones aisladas tengan alcance mundial, el terrorismo tiene el potencial de desestabilización en una escala sin igual en épocas anteriores.

Así es la naturaleza del terrorismo actual. Es, como el presidente Bush lo ha dicho "una amenaza sin precedentes" ? una amenaza que no puede ser apaciguada, no puede ser ignorada y a la que no se le puede permitir que domine nuestro futuro o el

futuro del mundo.



El año pasado, en un acto audaz y valiente, que reconoció tanto las profundas raíces como su terrible potencial, el presidente Bush declaró la guerra contra el terrorismo -- no solamente contra quienes perpetraron los mortíferos ataques de septiembre

contra Norteamérica, sino contra los terroristas y sus organizaciones y patrocinadores en todo el mundo.

Fue un acto, respaldado por una ciudadanía unida, que reconocía la función y responsabilidad Norteamérica [de dirigir al mundo en defensa de la libertad]. Y en todo el mundo, las naciones que aman la libertad se sumaron a nosotros en la lucha. Hasta el

momento, 90 países -- casi la mitad de todas las naciones del mundo -- se han puesto del lado de la libertad, decomisando bienes de los terroristas y compartiendo inteligencia;

proveyendo transporte aéreo, bases y derechos de sobrevuelo; limpiando minas terrestres y contribuyendo con fuerzas, algunas de las cuales ya han pagado el precio final.

Con seguridad, hay quienes cuestionan si tal guerra es necesaria, que creen, más allá de todas las pruebas en contra, que los terroristas son poco numerosos, que la violencia no se

propagará, que los atentados no aumentarán ni en cantidad ni intensidad, que las armas utilizadas en el futuro no serán más terribles que las que se usaron en el pasado, que la disuasión o la diplomacia o peor aún --el apaciguamiento -- de alguna manera tendrán éxito donde ya fracasaron.

Pero las indicaciones son al contrario, y dejan la grave realización de que algunas veces las consecuencias de no actuar pueden ser peores que elegir la acción, incluso si ese acto es la guerra.

Hay varias cosas que sabemos con certeza: Sabemos que las armas de destrucción en masa están adecuadamente designadas. Sabemos que vivimos en un mundo en el que esas armas no sólo existen, sino que se proliferan. Sabemos que hay estados terroristas que

ya tienen armas de destrucción en masa, y que otros estados terroristas que están buscando afanosamente la manera de elaborarlas o adquirirlas. Sabemos que esos estados tienen relaciones con grupos terroristas y redes terroristas. Y sabemos

que ni los grupos terroristas ni los estados terroristas vacilarían en usar armas de destrucción en mas si creen que les servirían para sus propósitos.

Sabemos también, que a diferencia de las guerras del pasado, cuando se requería tiempo para reunir y desplegar grandes ejércitos o fuerzas navales para derrotar al enemigo, las armas de destrucción en masa pueden ser elaboradas en secreto y desplegadas sin previo aviso, dejando poco tiempo a la nación apuntada para discernir las intenciones o formular una respuesta.

Si este llegara a ser el caso, entonces ya se habría tomado la decisión de si estamos o no estamos en guerra.

Pero incluso si no lo fuera, al reconocer un riesgo tan grande y un margen de error tan pequeño, ¿cuál es el curso responsable de acción para las naciones libres -- esperar hasta que, no miles, sino decenas de miles de personas inocentes, tengan que ser

asesinadas, o actuar anticipadamente en autodefensa para evitar que ocurra un acontecimiento parecido? .

El 11 de septiembre, los terroristas que perpetraron su maléficos actos contra Norteamérica cumplieron con éxito actos terroristas extremadamente complicados y delicadamente sincronizados pero, a pesar de su exactitud, cometieron un

inmenso error de cálculo. Supusieron que los norteamericanos se acobardarían y se ocultarían, que el gobierno de Estados Unidos no emprendería una respuesta de alcance mundial, usando todos los recursos financieros, diplomáticos, económicos y militares a

su alcance. Supusieron que sus redes financieras estaban seguras, que sus santuarios los protegerían, y que el mundo no tendría el coraje para esa pelea.

Se equivocaron en todo, completamente.

* Secretario de Defensa de Estados Unidos

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