Viernes, 24 de febrero de 2017

| 2002/02/26 00:00

El semillero

Gracias al apoyo de las universidades más jóvenes eligen el arte como forma de vida.

El semillero

Todavía recuerda la frase de su padre cuando le dijo: “Tienes que estudiar derecho. Esa es la carrera que te dará de comer”. Alvaro Valencia le hizo caso. Aguantó tres años de leyes pero nunca abandonó su obsesión por el cine y la pintura. Así, mientras saltaba de una clase de contratos civiles a una de historia del arte, se fue dando cuenta de que su amor de niño por las películas de Buñuel primaba sobre el anhelo de convertirse en un doctor. Entonces dejó los códigos y se metió a estudiar artes visuales. “De no haber sido porque la universidad está abierta a otras posibilidades no hubiera podido realizar mi sueño. El arte se me atravesó aquí en la universidad y yo decidí que eso era lo mío”. Como Alvaro, cientos de estudiantes dejan cada año las llamadas carreras tradicionales, como la medicina o la ingeniería, para dedicarse a disciplinas artísticas.

La idea de que en las circunstancias actuales del país nadie puede vivir del arte está cambiando porque las mismas instituciones están apoyando a quienes deciden que lo suyo está en la música, la pintura o la literatura. Lo hacen con más y mejores programas académicos enfocados a estas disciplinas y promoviendo todo tipo de actividades extracurriculares que incitan a los estudiantes de todas las carreras a ejercitar sus propios talentos artísticos. “El artista ya no es lo que era, un rebelde, un desadaptado, el que no se entendía con los demás”, dice Elena Sterenberg, directora del departamento de artes escénicas de la Javeriana. “Esa visión estática y discriminatoria del arte ha cambiado y la universidad le ha dado vía libre a sus diferentes expresiones”.

Es que estos centros educativos comienzan a reconocer que la educación artística es parte integral de la formación personal del estudiante. “El fomento de las artes amplia el espectro de conocimiento de un joven, que es lo que debe buscar todo proceso educativo”, opina Carolina Angel, directora del centro cultural de la Universidad de los Andes. En ese plantel, por ejemplo, el boom del malabarismo, que hoy inunda los semáforos de las ciudades con jóvenes tragafuego que buscan un sustento, se orientó hacia un verdadero proyecto artístico con sentido social.

A fines de los 90 Carlos Montenegro, ex alumno de la facultad de derecho, dio vida a la Fundación Arte en todas Partes, que ya cumple siete años. Esta organización promueve expresiones artísticas dentro y fuera del país. Montenegro fue uno de los pioneros del malabarismo criollo. Después de recorrer varias ciudades de Europa, Centroamérica y Suramérica transmite sus conocimientos sobre montaje de títeres, malabares y gestión cultural a los niños del sur de Bogotá, con quienes trabaja desde hace un año. “Toda esta historia comienza con un viaje que hice a Europa con el coro de la universidad. Me di cuenta de que el malabar no solamente es un pasatiempo ni una actividad circense sino que también puede abrir espacios y llevar mensajes de fondo. Por eso decidí crear una fundación que aterrizara y reuniera los esfuerzos aislados de otros artistas urbanos”, cuenta.

Así como esa iniciativa, muchas otras propuestas artísticas han desbordado los espacios de la academia para consolidarse como verdaderas propuestas culturales. Es el caso del Teatro R-101, que comenzó como un grupo aficionado en las aulas de la Universidad de los Andes en 1997 y hoy ya tiene una sede propia en Chapinero. En ella cerca de 30 jóvenes se dedican de lleno a la actividad teatral en todos sus frentes: montajes, talleres, escenografía, etc. Por su parte Henry Colmenares, un veterinario especializado en educación y director de la Estudiantina de la Universidad Nacional, viene trabajando desde hace varios años en el campo de la música con alumnos y profesores de diferentes carreras. El ha abierto un espacio para la divulgación de la música instrumental colombiana de la región andina, con la que ya han participado en eventos tan importantes como el Festival Mono Núñez. “Gracias al apoyo de la universidad, hemos podido acercar tanto a los estudiantes como a los profesores y empleados de la Nacional al mundo de la música. No importa que no haya formación profesional, quien tenga el deseo de aprender a interpretar un instrumento, tiene todas las facilidades para hacerlo”, dice Colmenares

Este creciente interés por la cultura en las universidades coincide con el hecho de que en ciudades como Bogotá el arte ha salido de los museos y los recintos para apropiarse de los espacios públicos. El arte ha dejado de ser visto como el oficio de unos pocos para convertirse en una verdadera opción de vida que gana cada vez más adeptos en el mundo universitario.

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