Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2000/01/10 00:00

EL SIGLO XVII. EL DISCRETO ASCENSO DE LA BURGUESIA

EL SIGLO XVII. EL DISCRETO ASCENSO DE LA BURGUESIA

Empieza el Grand Si_cle, el Gran Siglo de Francia, la Francia de los Luises (XIII y XIV). O
sea, el gran siglo del absolutismo de los monarcas, catastrófico para sus súbditos. Basta con ver que los
estados de Alemania, que participaron casi en todas las guerras europeas del período, perdieron un tercio
de su población. Pero, eso sí: ¡qué palacios!
El poderío español se derrumbaba en una lenta decadencia con chisporroteos de oro (la pintura de
Velázquez, la poesía de Góngora y de Quevedo) en las débiles manos de los últimos reyes de la casa de
Austria: reyes cazadores, melancólicos, indolentes, incapaces. Bajo sus validos corruptos se sublevaban los
reinos, se perdían las guerras. En Inglaterra, al esplendor de los Tudores sucedía la torpeza de los
Estuardos; y el choque entre el Parlamento y el rey desembocaba en la dictadura militar de Cromwell y en
una 'revolución' burguesa ante la indiferencia de una nueva dinastía importada de Alemania. En Italia
sólo sobrevivía el derroche barroco de los Papas, odiados por sus súbditos y sostenidos por la fuerza a
la vez subterránea y jactanciosa de los Jesuitas. Sobre ese paisaje de general mediocridad se impuso el
peso demográfico, militar, político y cultural de Francia, encarnado en el interminable reinado de Luis XIV: un
rey que, para dolor de sus amas de leche y en general de todos sus contemporáneos, tuvo el curioso
privilegio de nacer con los dientes tan desarrollados como los de un niño de un año.
El apaciguamiento de las guerras de religión, logrado por Enrique IV a finales del XVI, permitió que en el XVII
dos eficaces ministros, los cardenales Richelieu y Mazarino, dedicaran las energías de Francia a hacer de su
rey "el monarca más poderoso del mundo": es decir, a conquistar Europa. No fue posible en lo geográfico,
pese a las muchas guerras emprendidas y en general ganadas. Pero al finalizar el siglo el éxito había sido
rotundo en todos los demás aspectos. Richelieu, Mazarino, y luego Luis XIV sin intermediarios, consiguieron
mediante una mezcla de organización militar moderna (el primer ejército profesional, la primera flota
permanente) y habilidad diplomática la preponderancia francesa en todos los aspectos de la vida europea,
desde la moda vestimentaria, pasando por el teatro, hasta la política dinástica. Cuando terminó la guerra de
Sucesión española con la instalación en el trono de Madrid de un nieto de Luis XIV, había reyes de la casa de
Borbón en la mitad de las cortes de Europa.
Salvo en la economía. El asfixiante centralismo arbitrista de los Luises permitió el despegue de
economías más ágiles y libres en países de un peso específico menor, como Inglaterra y Holanda. Las
ciudades de Londres, Amberes y Amsterdam controlaban el comercio mundial, y sobre esa base empezaron
a construir grandes imperios marítimos a la escala del globo: en América del Norte, en el Caribe disputado a
España, en Indonesia, en la India. La Europa protestante del norte, más libre (a pesar de la multiplicación de
las sectas, fanáticas, pero débiles), tomó ventaja en la carrera por el dominio mundial sobre la Europa
católica del sur, lastrada por el peso de una Iglesia monolítica. Las fuerzas de la modernidad, que iban a
transformar el mundo en lo siglos siguientes, se forjaron en el norte, no en el sur: la burguesía y el
capitalismo.
Dos grandes procesos jurídicos ilustran esta situación. En el sur, el del astrónomo Galileo por el Santo
Oficio, en 1633. En el norte, el del rey Carlos I de Inglaterra por el Parlamento, en 1648. En el primero, la
Iglesia de Roma impuso su autoridad sobre la razón: Galileo, bajo la amenaza de la tortura, tuvo que
retractarse de una afirmación que para entonces era ya evidente para todos los científicos de Europa: que la
tierra giraba alrededor del sol. En el segundo, el interés de los súbditos impuso su razón sobre la autoridad
divina de los reyes, y Carlos I fue decapitado. No había hecho nada distinto de lo que hacían en ese mismo
momento sus contemporáneos de Francia, de España, de Suecia o de Austria: pretender gobernar según su
real gana. Pero los términos de la sentencia no podían ser más claros: en calidad de "tirano, asesino y
enemigo público", fue condenado a muerte "por alta traición y otros crímenes contra Inglaterra". Mientras
la razón científica era aplastada en el sur, la razón política triunfaba en el norte.
Pero las terquedades de la fe, aunque seguirían dando tremendos coletazos en el curso de la historia,
recibieron en ese siglo XVII dos grandes golpes propinados por la razón humana. El de René Descartes,
filósofo francés refugiado en Holanda, cuyo Discurso del Método (1637) que establecía la prioridad del sujeto
pensante sobre el objeto pensado, fue atacado con rara unanimidad por todos los teólogos, tanto católicos
como protestantes, pero se impuso como fuente de la filosofía moderna sobre toda escolástica. Y el de
Isaac Newton, matemático inglés cuyas Principia Mathematica (1687) abrieron el camino para la comprensión
científica de la totalidad del mundo físico.

Versalles: el poder y la gloria
Luis XIV, el Rey Sol de Francia, no fue el mejor gobernante de su tiempo, pero sí el más poderoso. Y su
tiempo fue larguísimo: durante 72 años _desde que subió al trono recién cumplidos los cinco de su edad hasta
su muerte en 1715_ ejerció lo que él llamaba "su oficio de Rey", concentrando en su propia persona todos los
poderes del Estado. Y así como el Estado era él _"L'État c' est Moi"_, así su fastuoso palacio de Versalles
fue la encarnación física del concepto abstracto de la Monarquía Absoluta. Por eso lo copiaron todos los
soberanos de Europa, de Lisboa a San Petersburgo y de Estocolmo a Nápoles, y hasta en las más
modestas cortes de provincia (en las cuales se hablaba, por supuesto, en francés).
Cuando Luis XIV decidió instalar allí su residencia, Versalles era un arenal estéril sin más ventajas que la de
estar situado lejos del odiado populacho de París. Encerró en él, como en un aprisco de oro, a sus nobles y a
sus poetas, a sus mujeres y a sus amantes, a sus jardineros y a sus músicos. Y cuando murió, 45 años más
tarde, rodeado por los nietos de sus amantes y de sus arquitectos, se había convertido en una ciudad de
100.000 habitantes en cuyo centro se alzaba y se expandía vertiginosamente un descomunal palacio de
estilo 'renacentista romano' (estilo Luis XIV), construido por Le Vau, decorado por Le Brun, ajardinado
por Le Notre.
Más que un palacio: todo un mundo. Una desmesurada inmensidad de piedra y mármol con tejados de pizarra
dorada donde los duques asistían zalameros al lever du Roi y los lacayos con peluca hacían sus necesidades
en las escalinatas a la vista de los 375 ventanales de la espléndida fachada. Galerías, corredores, terrazas,
patios, escaleras, antecámaras, cámaras, salas de esgrima y de billar y de gobierno y teatros y salones
de baile y espaciosas galerías de espejos donde el Rey podía verse reflejado al infinito. Bustos de mármol,
guirnaldas y coronas de estuco, techos pintados, tapices, alfombras, cuadros, mesas, sillas, cortinas de
damasco, bajorrelieves, relojes, porcelanas, aguamaniles de plata afiligranada: cuando vino la Revolución, un
siglo después, y pasados los primeros días de saqueo, se hizo una subasta de muebles y de objetos que
duró un año completo, de agosto de 1793 a agosto de 1794. Y, en torno, vastos jardines: setos, avenidas,
glorietas, bosquecillos, pabellones de caza y de placer, estanques, canales, fuentes adornadas con
estatuas de mármol y de bronce y de plomo dorado, y surtidores. Hasta 1.400 surtidores de 20 metros de
altura llegó a instalar el jardinero Le Nôtre sobre un prodigioso laberinto de cañerías y canalizaciones
subterráneas que traían a Versalles aguas desviadas de los ríos Sena y Eure. Hoy sólo funcionan los
domingos.
El palacio de Versalles, frívolo y ostentoso, representaba la Grandeur de la France, como en el siglo anterior
el monasterio de El Escorial, severo y sombrío, había representado la Grandeza de España. Y tal vez sobre
decir que la Grandeur de Luis XIV dejó arruinada a Francia, como había arruinado a España la Grandeza de
Felipe II.

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