Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2000/01/17 00:00

El siglo XVIII: La razón y la revolución

El siglo XVIII: La razón y la revolución

Cuántos nombres posibles para el largo, rico, variado, complejo y contradictorio siglo XVIII. El Siglo de la Crítica, lo llamó el filósofo Immanuel Kant, que la llevó a su extremo. Y fue todo él un siglo plagado de filósofos. El Siglo de las Luces, en el que la Razón creyó triunfar definitivamente sobre el oscurantismo de la Religión; pero el resultado, contradictorio hasta el absurdo, fue que los revolucionarios franceses no vacilaron en erigir altares para adorar a la Diosa Razón. Los revolucionarios: es, en efecto, el siglo de la Revolución, en el que triunfan la norteamericana de 1776 y la francesa de 1789: la Gran Revolución Burguesa.

¿El Siglo de la Burguesía, entonces? Sí, pero también el del Despotismo Ilustrado, benévola entelequia en la que por arte de birlibirloque se ha convertido el malévolo Absolutismo de la centuria anterior: el siglo de Catalina de Rusia, y María Teresa de Austria y Federico de Prusia, los amigos de Voltaire. Porque, claro, es también el siglo de Voltaire, cuya cabeza de diablo se ve asomar por todos los recovecos: un filósofo escéptico y sardónico, que pensó sobre todo, escribió sobre todo, influyó sobre todo, y, a fuerza de criticar sin descanso todo el edificio social, alcanzó un reconocimiento social como ningún intelectual había conocido jamás: los déspotas ilustrados, esas fieras, iban a comerle en la mano. En el siglo de la Paz Perpertua (la idea fue de Kant) y de la guerra permanente (la idea fue de los reyes).

Y es el siglo de la Educación —los enciclopedistas, el revolucionario Emilio de Rousseau—, pero también el de la Reacción: todas esas veleidades fueron condenadas por las autoridades. Cuando apenas despuntaba el siglo siguiente, en 1802, ya podía Chateaubriand en El Genio del Cristianismo echar otra vez al vuelo las campanas de la nostalgia oscurantista. Es un siglo en el que coexisten la lágrima fácil de la literatura —Goethe publica Los infortunio del joven Werther— y el ojo seco de la economía política —Adam Smith publica La riqueza de las naciones.— Porque, ah, sí: es el siglo de las Naciones, pese a que se alaba el cosmopolitismo aventurero (el siglo de Casanova). Inglaterra es ya la primera potencia mundial, aunque las agitaciones de Francia mantengan su protagonismo, y se consolidan Prusia y Rusia, y en América nacen los Estados Unidos. Es el siglo de la Naturaleza, gran inspiradora de los pensadores: la naturaleza era racional, la razón era natural: lo cual desembocaba en el whatever is, is right (lo que existe está bien) de Pope y en “el mejor de los mundos posibles” del Candide de Voltaire. Un siglo optimista, aunque atroz. A la vez idealista y materialista, que inventó el mito del Buen Salvaje al tiempo que creaba en la práctica al miserable proletario. Porque es el siglo de la Revolución Industrial. El siglo de las Máquinas (Watt inventó la de vapor, la más preñada de futuro, en 1768), que iban a transformar para siempre —para bien y para mal— las relaciones humanas. Y quizás sea el siglo de una sola máquina: la guillotina, ingenioso mecanismo que de un tajo, en la persona del rey Luis XVI de Francia, le cortó la cabeza a todo el Ancien Régime.

Porque una cosa lleva a otra, engarzándose dialécticamente la acción y la reacción. La Razón triunfante de los filósofos se condensa en el despotismo ilustrado, que es la racionalización totalizante del Estado. El modelo era Federico II de Prusia, el rey filósofo y francmasón, que en 1740 sucedió al brutal Rey Sargento; Federico era el padre de la felicidad de su pueblo y el faro de la ilustración de Europa, pero ponía todos los recursos de su pueblo, y los de la ilustración, al servicio de la grandeza militar de Prusia. Y la acción combinada del trabajo de zapa de la crítica y de los excesos del despotismo conduce a la Revolución, en nombre de la felicidad y de la libertad.

Decían los revolucionarios norteamericanos del 76, en el texto de la Constitución, que el hombre tiene derecho a la búsqueda de la felicidad. Los revolucionarios franceses del 89, en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, afirmaban los principios que guiaban su causa: la libertad y la igualdad, que, con el añadido de la fraternidad, serían el lema de la República. La mesa estaba servida para el banquete de sangre de las guerras napoleónicas.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.