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| 8/30/1982 12:00:00 AM

"EL TIEMPO" EN BLUYINES

Se rompe el cordón umbilical con el pasado y los francotiradores de ayer pasan al comando.

El próximo 7 de agosto no sólo comienza una nueva era en la política nacional, sino también en el periodismo. Mientras se produce en el gobierno un relevo de partido, en "El Tiempo", periódico cuya influencia se ha hecho sentir de manera variable a lo largo de 71 años de historia colombiana, se protocoliza un espectacular relevo generacional. Rompiendo por primera vez el cordón umbilical que unía la dirección del periódico a la figura tutelar de Eduardo Santos y sus más inmediatos delegatarios, se establece un consejo editorial compuesto por alegres y descomplicados muchachos de bluyins y buzo, que andan por los treinta años, tan distantes de la antigua formalidad republicana como podría estarlo la salsa de Willy Colón de los valses de Strauss.
La decisión, tomada por los hermanos Enrique y Hernando Santos Castillo, deportivos sesentones, implica virtualmente una dirección del diario compartida con Enrique Santos Calderón, Rafael Santos, Juan Manuel Santos, Daniel Samper y Roberto Posada García-Peña. Todos ellos, que hace apenas 20 años jugaban al fútbol en las canchas de los colegios, se sentarán ahora, todos los días, a decidir la política editorial del periódico que, en una u otra forma, más influencia ha tenido en la vida nacional.
El ascenso de los antiguos grumetes del diario se produce en momentos en que éste, por un azar de circunstancias, pierde compromisos y tutelas. Por primera vez en 24 años, desde el comienzo del Frente Nacional, "El Tiempo" no estará comprometido a dar respaldo incondicional al gobierno. Por primera vez, podrá quitarse el almidonado cuello oficialista. Por otra parte, el retiro de García Peña y el voluntario aislamiento de Alberto Lleras Camargo, deja al actual director sin sus tradicionales consejeros y tutores. El viejo estilo santista, que hizo escuela reviviendo con elegancia la retórica liberal de la tercera república francesa, es desplazado de las páginas editoriales por una prosa más actual, directa y a veces irreverente de sus jóvenes columnistas, en la que la información y el análisis desalojan al comentario, los sustantivos pesan más que los adjetivos y el humor pone sus gramos de sal. La tercera generación del diario marca, no hay duda, una ruptura con el pasado.

FUNDADOR EN APUROS
La distancia entre ella y la generación centenarista de Eduardo y Enrique Santos Montejo es equivalente a la que existe entre el país de hoy y el que vio nacer, setenta años atrás, a "El Tiempo". La Colombia de 1911 tenía una capital todavía provinciana, de casas de teja y con sólo 120.000 habitantes. Los caballeros fumaban entonces cigarrillo Abdulla, evitaban la caspa con "Tónico Ateniense" y curaban su hígado con sales hepáticas.
El ambiente de la reducida sociedad bogotana resultaba afrancesado. Los hijos de buenas familias eran graduados en la Sorbona, pero las ropas que lucían en el Gun Club y en el Jockey eran de corte británico.
En esta atmósfera parroquial y hasta cierto punto refinada, a un joven escritor, impulsivo e inteligente, natural de Dosquebradas (Caldas), se le ocurrió fundar un nuevo periódico para defender las ideas republicanas que sustentaba el presidente Carlos E. Restrepo, recientemente elegido. Alfonso Villegas Restrepo tenía, en aquella ciudad de fríos atardeceres cuyo sector céntrico se extendía de la Plaza de Bolívar al parque de Santander, una estampa exótica, con una larga capa española y un sombrero de coco. Fundó su diario con trescientos pesos que le prestó don Clímaco Mejía.
El 30 de enero de 1911 los primeros madrugadores que recorrían el parque de Santander vieron a media docena de voceadores lanzando un pregón hasta entonces desconocido: "'El Tiempo', a tres centavos. El Tiempo..." Se trataba de un diario de cuatro hojas que tiraba trescientos ejemplares y consumía sólo una resma de papel. En la primera página, al lado de algunos cables y de notas de la vida social, aparecía el editorial de Villegas, su director.
La empresa en sus inicios no tuvo mayor éxito: de los trescientos ejemplares impresos en la tipografía "Pluma y Lápiz" apenas se vendían noventa. Enfundado en su capa y a veces valiéndose de la luz de un poste, Villegas corregía en las noches sus encendidos editoriales en los que daba salida a sus fervores políticos; pero en las mañanas naufragaba en problemas económicos. Un día, los pocos empleados del diario amenazaron con una huelga. Villegas buscó en la calle Florián, donde se congregaban los banqueros, quién le hiciera un préstamo. Lo encontró: fue Alfonso López Pumarejo, el más recalcitrante enemigo de las ideas republicanas que defendía "El Tiempo". Le prestó a Villegas cincuenta pesos.

"¿CON QUE LO COMPRO?"
Pese a todo, el diario continuó dando pérdidas, hasta el día en que Villegas puso al frente de la administración a un pariente suyo, recién llegado de Manizales. Don Fabio Restrepo entró una mañana de 1913 al periódico y no volvió a salir de allí sino el año de su muerte, en 1949. Impecable y quizá también implacable administrador, obtuvo un mes después de su llegada una utilidad de cincuenta pesos.
Ese amago de bonanza llevó a Villegas Restrepo, cansado de saltar matones, a liquidar el negocio. "Por qué no lo compras?", le dijo don Tomás Rueda Vargas a su amigo Eduardo Santos, quien desde Europa mandaba colaboraciones al periódico. Santos, entonces un modesto empleado del Ministerio de Relaciones Exteriores, con un mísero sueldo que apenas si le alcanzaba para sostener a misiá Polita, su madre, objetó la propuesta: "¿Pero con qué? Además, la ley prohibe que los empleados públicos sean periodistas". Don Tomás con el argumento de "tú siempre serás mal empleado y, en cambio, tienes muy desarrollado el sentido periodístico", lo obligó a renunciar y a vender una casita, herencia de su padre. Con los cinco mil y pico de pesos que le dieron por ella compró el periódico.
Así, el 1 de julio de 1913 apareció en la primera página de "El Tiempo": Director propietario Eduardo Santos. Comenzaba una importante etapa del periodismo colombiano.
Eduardo Santos lo hacía todo: escribía el editorial, redactaba las noticias, traducía y ponía en orden los telegramas, corregía las pruebas y, para completar el periódico, le echaba tijera a la prensa extranjera. Armaba las páginas y no se acostaba hasta que el periódico no se empezaba a imprimir. Eran largas horas nocturnas durante las cuales se organizaban tertulias con ministros y representantes, periodistas y políticos.
Al poco tiempo de comprar "El Tiempo", llamó a su hermano Enrique quien, como director de un periodiquito que se llamaba "La Linterna" daba ya mucho qué hablar en la aletargada, fría y provinciana Tunja. Fue el inimitable "Calibán". Siempre independiente, no le caminaba ciegamente al director. Todos se acostumbraron a verlo como una rueda suelta. En su agilidad reposa la paternidad responsable de un nuevo estilo de periodismo, hoy ya también superado.
En 1943, cuando el Episcopado colombiano, investido de poderes inquisitoriales, prohibió a los católicos la lectura de "El Tiempo" por su "Acento impío y corruptor", "Calibán" quedó reseñado en "El índice" como "campeón de la desorientación nacional", al lado de escritores como Sanín Cano, Luis Eduardo Nieto Caballero y Fray Lejón. También se dijo del mismo Eduardo Santos que "prestó servicios a los logias masónicas desde el periódico y desde la Presidencia".
Pero la autoridad y el criterio de Santos fueron haciendo crecer como la espuma la influencia del periódico en la opinión pública. "La gente pensaba después de leer los editoriales", afirma Germán Arciniegas quien inició escribiendo "sueltos" para "El Tiempo" y quien sostuvo una larga amistad con Santos. Y recuerda que, ya de planta en el diario, el día que ganó las elecciones Eduardo Santos, lo llamó como a la una de la mañana. "Tenía bastante información como para decirle presidente". Santos me dijo: "cómo se le ocurre llamarme a estas horas? si estoy leyendo en una edición maravillosa unos poemas de Verlaine".

COMO LOS VINOS
El estilo de Santos, que se hizo sentir no sólo en el periodismo sino también en la vida política del país, tuvo un rótulo derivado de su propio apellido. Desde un punto de vista puramente formal, el santismo, como los buenos vinos, era de procedencia francesa. Tenía algo de Anatole France, un escritor de quien el propio Santos fue discípulo en París y que ganó en los jóvenes de nuestra generación de centenario un gran número de devotos. Políticamente el santismo expresaba un liberalismo mesurado distante de los extremos pero beligerante en su oposición al fascismo y en su adhesión a la república española. Hitler, Mussolini, Franco y Trujillo fueron siempre constantemente agredidos por el lápiz de sus caricaturistas y desde luego por los editoriales del diario.
Eduardo Santos, que hablaba un excelente francés y adoraba a París, tenía amistad con altos personajes del mundo internacional. Fue amigo de Roosevelt y de Herriot, de don Manuel Azaña, presidente de la república española, y también de Camus, quien organizó en París un homenaje para él cuando "El Tiempo" fue clausurado por Rojas Pinilla. Fue Santos el orador principal en otro homenaje rendido a la memoria de Antonio Machado, en el pueblo francés donde murió.


Durante muchos años, en el campo liberal, la personalidad y la influencia de Santos se enfrentaron a la de López Pumarejo. El contraste estaba agudizado por la respectiva formación de los dos personajes: la mesura francesa del uno, el estilo británico del otro, con su dosis de humor y de displicente audacia. A todo lo largo de este discreto enfrentamiento que virtualmente se prolongó durante la república liberal, "El Tiempo" jugó un papel sutil e influyente, promoviendo a los amigos de su propietario y a veces poniendo cáscaras en la carrera política de los amigos de López.
Su arma más temible era no tanto el ataque como el silencio. El silencio era la manera de crear en torno a un personaje el vacío, el "no man lands" político. Se aplicó contra Gaitán, tenaz e inútilmente. Cada viernes Gaitán hablaba por una emisora desde el Teatro Municipal y sus diatribas contra "El Tiempo" no sólo eran oídas en todo el país, sino que producían una lluvia de vidrios rotos en el diario: "Echarle piedra a El Tiempo", era casi una consigna ritual.
Pero el diario ha sabido reconocer sus reveses. Cuando Gaitán derrotó al sector oficialista del partido, Roberto García Peña, director de "El Tiempo" desde 1939 hasta 1980, y una institución dentro de la institución, acató la jefatura del líder popular. Y cuando éste fue asesinado, los dirigentes liberales que lo reemplazaron tomaron a "El Tiempo" como sede de sus deliberaciones, en medio de los escombros dejados por la insurrección del 9 de abril.
Fue virtualmente "El Tiempo" la sede de la resistencia liberal durante los años de la violencia. Allí iban, sombrero en mano, los refugiados llegados de los campos y allí también censores oficiales, que amputaban notas y editoriales. El 6 de septiembre de 1952 los censores fueron precedidos por hombres armados y provistos de tambores de gasolina, que le prendieron fuego al diario. Al día siguiente, en medio de ruinas, "Calibán" escribió su "Danza de las horas".
Fue explicable, después de vivir largos años de violencia e incertidumbre, que el 13 de junio, cuando Rojas Pinilla tomó el poder sin disparar un solo tiro y ofreció paz y libertad, el propio García Peña estuviera entre quienes aquella noche, bajo las ventanas del palacio, le ofrecieron una serenata. No podía imaginar entonces el agradecido director de "El Tiempo" que Rojas cerraría el periódico, dos años más tarde, el 3 de agosto de 1955. Terminaron aquel día, en la edición 15.770, 44 años de vida del diario. Fue reemplazado por "Intermedio", bajo la dirección de "Calibán". Reapareció 28 días después de la caída de Rojas.

EL DISCOLO Y EL TIMIDO
Con el Frente Nacional, el diario recobraría la influencia de sus mejores días. En esta nueva era de la vida del país, los dos hermanos Santos Castillo escoltaron al director García Peña, con la discreta pero vigilante tutela de su tío Eduardo, que vivía sus últimos años de solitaria viudez tras los altos eucaliptus y los muros de su melancólica casa de la calle 67.
Los Santos Castillo, casados con dos hermanas, Clemencia y Helena Calderón, prácticamente crecieron oliendo el olor a plomo derretido de los linotipos y a tinta de la rotativa. De niños andaban jugando por los pasillos y escaleras del viejo caserón del centro, donde funcionaba el diario. Enrique era el díscolo; Hernando, el tímido. El díscolo acabó por heredar de su padre, "Calibán", una aguda desconfianza por la izquierda de su propio partido y una fidelidad, de todos modos democrática, por el establecimiento político, económico y social del país. "Mi hijo mayor me salió comunista" solía decirle Armando Solano a "Calibán". "No es grave porque de allí lo botan. En cambio el mayor tuyo te salió godo y de allí si no lo botan".
El tímido cumplió un travieso itinerario antes de recibir, en 1980, la dirección del periódico, al que 40 años atrás había entrado en calidad de mensajero. Fue comunista; robaba el plomo de los linotipos para ayudar a "Voz Popular". Después tuvo la tentación de otra vocación no menos peligrosa: torero. Todavía hoy, de tarde en tarde, le echa la capa a una novilla, ante la mirada divertida de los Dominguín, sus amigos.
Viudo y sin hijos, el ex-presidente Santos debió decidir en la soledad de su enorme casa residencial en manos de quién debía dejar el primer imperio periodístico de América Latina. El primer reparto de acciones lo hizo cuando murió su esposa, doña Lorencita Villegas. Toda la parte que a ella le correspondía de la empresa la dejó en manos de sus más inmediatos colaboradores: 8 acciones para García Peña, que había entrado al diario cuando era un joven aficionado a los sonetos; 16 acciones fueron para su hermano Enrique, las cuales, al morir éste, quedaron repartidas entre sus hijos Enrique y Hernando Santos Castillo; 7 acciones correspondieron al cuñado del ex-presidente, Mariano Villegas Restrepo. El resto, o sea 16 acciones, fueron asignadas por partes iguales a Beatriz Santos de Urdaneta, hija de "Calibán", a Luis Castro Montejo, primo hermano de Eduardo Santos; a Doroteo González Pacheco, un exilado español a quien el propietario del periódico cobró gran afecto; y a Abdón Espinosa Valderrama.

MUCHACHOS AL BATE
El ex-presidente tuvo visión. Durante sus últimos años de vida, sin moverse de su biblioteca, pudo observar no sólo a la generación que le seguía sino también a la tercera, a la de los Santos Calderón, hijos de sus sobrinos, y a Daniel Samper Pizano. A todos los recibía en su casa. Más de medio siglo después de iniciada su carrera periodística, podía distinguir quién podía representar en el futuro un valor profesional. Guiado por este olfato, a la hora de hacer su testamento dejó, entre otras, cuatro acciones a Daniel Samper, tres a Enrique Santos Calderón, dos a Roberto Posada García-Peña y seis a Luis Fernando Santos Calderón, todos ellos menores de 30 años en aquel momento.
La última atribución sólo es sorprendente a primera vista. Luis Fernando no tiene la vocación periodística de su hermano Enrique pero es el cerebro financiero de la empresa. Quizá debió intuirlo así el ex-presidente, al saber que aquel hijo de su sobrino Enrique andaba en "el barro" del periódico: en las rotativas y no en la redacción, con los trabajadores de overol y no con los redactores de cuello y corbata. A Luis Fernando que es inmensamente popular entre los trabajadores del periódico con los que juega al fútbol, se le debe el cambio del sistema de impresión y la importación de sus modernas rotativas "Goss".
Desde el punto de vista técnico, el diario es un verdadero imperio editorial, el más moderno de América Latina, establecido en un complejo arquitectónico que abarca 40.000 metros. Sólo en papel la empresa invierte mil millones de pesos por año. Políticamente, el diario ha debido sortear en los últimos años situaciones difíciles. Los hombres que han contado con sus simpatías -Carlos Lleras Restrepo y Virgilio Barco- han sido derrotados. La división liberal que reina actualmente en el campo liberal suscita en su cuerpo de redactores opciones plurales. El diario ha perdido el unanimismo de otros tiempos, pero ha ganado terreno en el campo informativo. La unidad investigativa de Daniel Samper pone el dedo en la llaga de muchos problemas nacionales. (ver pág. 42).

DEL ROSADO AL ROJO
Todo esto requiere sin embargo una vertebración en torno a una política editorial. Tal es el sentido del relevo que se produce en este agosto de cambios. El nuevo equipo que secunda a Hernando y Enrique Santos Castillo tiene en el país muy buena imagen periodística. Daniel Samper es el columnista más popular del país. Enrique Santos Calderón, que tendrá a su cargo la edición dominical del periódico (500.000 ejemplares), acaba de regresar de París después de una larga y atenta observación de la prensa francesa. Primer animador de "Alternativa", la experiencia europea no ha modificado sustancialmente su primaria vocación de izquierda, pero sí la ha atemperado, esfumando los mitos revolucionarios de la adolescencia. Su hermano Juan Manuel regresará de Londres cuando empiecen a soplar en la capital británica los primeros vientos del otoño, para hacerse cargo de la subdirección del periódico. Inteligente, con una constante chispa de humor en los ojos claros y un agudo sentido de la relaciones públicas, Juan Manuel ha tenido en su manos responsabilidades de gran calibre: el manejo de todos los problemas del mercado cafetero, como representante de la Federación.
Los llegados de Europa encontrarán, en los escritorios donde se cocina el periódico, a sus primos. A Rafael, en primer término, que escribe bajo el seudonimo Ayatollah y que ejerciendo una virtual jefatura de redacción, es hoy un hombre clave en el periódico.
La línea dinástica se prosigue con el más joven (26 años) de todos los accionistas y miembros del Consejo directivo: Roberto Posada García-Peña, nieto de Roberto García-Peña. El mosquetero que se firma D'Artagnan entró al periódico de la mano del abuelo, y nadie llegó a imaginar entonces, viéndolo sonreír con timidez, que iba a sacar del bolsilo la espada de una prosa más aguda y beligerante que la de su padre y la del propio García Peña. Es un solitario lopista en medio del escuadrón de galanistas formado por los otros jóvenes del diario.
Todos ellos, a la hora de la verdad, se sientan en el regazo del partido liberal, pero el abanico de sus ideas va del rosado tímido al rojo más acentuado y con puntos concomitantes con la izquierda independiente. Sin embargo, lo que va a pesar en el diario son todos los puntos que tienen en común: un nuevo estilo, una gran independencia frente a los intereses creados, un desprecio por los pequeños manejos del mundo político, un sentido del pluralismo de las ideas y un afán de barrer todo lo sucio que haya en los repliegues de la administración pública. Cierto, muchos de estos aspectos no son nuevos: han habitado la casa desde los remotos tiempos en que su fundador, embozado en una capa, corregía editoriales a la luz de un farol y también desde los tiempos de su sucesor, el entonces joven ex diplomático que admiraba a Anatole France y leía, entre dos tiras de imprenta, versos de Verlaine. Como sea, el nuevo escuadrón en bluyines y buzo que ahora comparte con los Santos Castillo el comando del periódico es un augurio de tiempos nuevos, de cambios profundos. Tal vez la palabra no es excesiva: se trata de una revolución. Los francotiradores del tejado han pasado al Estado Mayor.

RENDON
Pintó óleos y acuarelas, ilustró portadas de libros y revistas, hizo afiches y cartones para publicidad. También, en uno que otro momento de veleidades poéticas, escribió versos. Pero en ningún campo lo hizo mejor que en el de la caricatura. De eso hace más de medio siglo. Ricardo Rendón fue implacable con su línea y con la caricatura hizo más, mucho más, que los editorialistas de florida prosa.
Con una Colt calibre 23 puso fin a su vida un 28 de octubre. Un mensaje en una bandeja dejado así, al desgaire, reflejaba su último deseo: "suplico que no me lleven a casa". Se cumplió. Lo trasladaron de la trastienda de "La gran vía", el más grande almacén de rancho y licores donde tertuliaba, a la Clínica Peña. Eran las 6 y 20 de la tarde. Sólo tenía 37 años. El año 1931 todavía con los resacas de la crisis éconómica, estaba en la recta final.
Nació en Ríonegro, Antioquia, y en Medellín estudió en la Escuela de Bellas Artes. Allí empezó a alimentar su imaginación y ensayó versos con los jóvenes integrantes de "Panida". También en Medellín nacieron sus costumbres bohemias.
Pero se vino de la aldea, dejó la provincia por otra aldea, más grande, de fríos alientos coloniales, Bogotá. De café en café, ahogando su "spleen" en tertulias inagotables de alcohol, en interminables charlas con políticos e intelectuales o simplemente en su discurrir por las tranquilas calles, encontraba los temas que traducidos en caricaturas, espoleaban la conciencia de los colombianos. Se vivía a plenitud la hegemonía conservadora.
Dibujaba para "Cromos" y "El Gráfico" pero sólo hasta 1921 comenzó la caricatura diaria en "La República". Luego hizo caricaturas para "El Espectador" y para "El Tiempo". Para entonces, su trabajo de ágiles líneas y diálogos cáusticos, había logrado el poder que muchos políticos no habían obtenido con la retórica parlamentaria. Con una frase condensada de sarcasmo daba en el blanco de la realidad nacional, destapaba impúdicamente su talón de Aquiles.
Un contemporáneo suyo, pintor por más señas, escribía, conmemorando los 50 años de su muerte. "Si pensamos en la política y en los políticos de entonces, apenas si podemos sonreírnos de aquellos que Rendón denunciara en sus panfletos lineales. Abrir en la mañana los mismos periódicos en los cuales colaboraba asiduamente, es someter hoy nuestra sensibilidad a una visión dantesca del diario acaecer". Porque a Rendón, de intuición profunda y agudo espíritu, no se le escapaba nada. Retrató, a veces con humor acre, la realidad de su tiempo y fue acerbo crítico de la hegemonía conservadora. Denunció en 1923 la matanza de las bananeras en una caricatura en la que aparecían el presidente Abadía Méndez famoso por su afición a la cacería de patos, y el general Cortés Vargas, señalado como responsable de la masacre, emulando por el número de patos cazados y de trabajadores muertos. Y la emprendió también contra el general Vásquez Cobo, Pedro Nel Ospina y el maestro Valencia, quien abogaba por la implantación de la pena de muerte.
Cada día, los lectores del periódico encontraban el mejor y más efectivo de los editoriales: la caricatura de Rendón. Muchos lo recuerdan, muchos lo indagan. Muy pocos saben que el exótico Pielroja que identifica nuestros cigarrillos nacionales fue diseñado por él.

DON ROBERTO
"Está bien, Roberto; escriba. ¡Pero nada de editorizalizar! fueron las palabras con las que Eduardo Santos recibió a Roberto García-Peña en "El Tiempo". Era entonces un joven de 29 años, alto y desgarbado, que había dejado la vieja casona solariega de su natal Bucaramanga, para viajar a Bogotá a estudiar derecho. Hizo, sin mucho éxito, sus primeros pinos como reportero en "El Espectador".
Roberto García-Peña suele decir que él no ha sido sino "un reportero venido a más". En aquel lejano 1929, cuando entró a "El Tiempo", hizo sus primeras armas como soldado raso del periodismo, entrevistando personajes del mundo político. Por algunos años la diplomacia lo sacó de las oficinas de redacción para llevarlo a Lima y a Santiago como secretario de la Legación de Colombia. Cuando, ya de regreso al país, el presidente Santos le preguntó, sin mayores preámbulos: "Roberto, ¿quiere usted ser director el 'El Tiempó'"?, se llevó la mayor sorpresa de su vida.
Desde entonces vivió, día a día, la historia del país. Los para él alegres días de la República Liberal y los años de la violencia. Estuvo con Gaitán la víspera de que éste fuera asesinado. En su despacho de la Avenida Jiménez repercutieron dramáticamente la matanza de la casa liberal de Cali, el abaleo en la Cámara el cierre del Congreso, el asesinató del hermano de Echandía, las persecusiones en campos y veredas. Estaba temporalmente ausente del país, el 2 de septiembre, cuando el periódico fue incendiado, pero no el 5 de agosto cuando fue clausurado por Rojas Pinilla: Se le exigía publicar un comunicado redactado por funcionarios oficiales y firmado por él. García-Peña se negó. Santos lo apoyó con un telegrama famoso, enviado desde París. "Para un periódico libre, más vale morir de pie que vivir de rodillas".
Cincuenta y dos años y cuatro meses después de haber entrado a "El Tiempo", García-Peña (o don Roberto, como afectuosamente lo llama todo el mundo en el diario) anunció su retiro de la dirección.
"Me voy, pero quedo al lado de ustedes", dijo en su carta de renuncia. Y resultó cierto. Porque a Roberto García-Peña sus propios pasos lo llevan todavía a la oficina donde vivió un intenso medio siglo de su vida.

¿DE QUIEN ES "EL TIEMPO"?
"El Tiempó" ha llegado casi al límite de sus posibilidades: como sociedad limitada que es, no puede, por ley, tener sino 25 socios. Y ya tiene 24. Ellos son en su orden:
Hernando Santos, 25%
Rafael González Pacheco, 10%
Enrique Santos, 8%
Roberto García Peña, 6%
Luis fernando Santos, 6%
Abdón Espinosa, 6%
Mario Amórtegui, 5%
Beatriz Santos de Urdaneta, 5%
Daniel Samper, 4%
Enrique Santos Calderón, 3%
Claudia Gaitán de Caballero 2%
Roberto Posada García-Peña, 2%
Fernando González Pacheco, 2%
Amalia de Castro Montejo, 2%
Emma Villegas de Gaitán, 1.12%
Silvia Castro de Cavalier, 1%
Jorge Castro, 1%
5 herederos del doctor Acero,1%
(2 hijos y 3 nietos)

UN HOMENAJE DE CAMUS
Los apartes que se reproducen a continuación, corresponden al discurso pronunciado por Albert Camus durante el homenaje ofrecido al expresidente Eduardo Santos, el 7 de diciembre de 1957, en París.
La alocución está incluida en el volumen completo de ensayos del escritor.
LIBERTAD DE PRENSA: "El terreno de su combate ha sido la prensa. La libertad de prensa es la que posiblemente más ha sufrido en la lenta degradación de la idea de libertad. La prensa tiene sus vividores y sus policías. El rufián la menosprecia, el policía la avasalla y cada uno se agarra de un pretexto para justificar sus usurpaciones. Entre estos señores están quien quiere proteger a la huérfana y darle abrigo, sea en la prisión o en un burdel. La huérfana, realmente, tiene fundamentos para declinar tan solícitos servicios y decidir que debe luchar sola y, sola, decidir su suerté".
EL PERIODISMO:"...se debe ver dentro del periodismo, cuando es libre, una de las grandes profesiones de nuestros tiempos. Es dentro de esta medida que ella permite a los hombres, como usted y sus colaboradores, servir al más alto nivel a su país y a su época. Con la libertad de prensa, los pueblos no están seguros de ir hacia la justicia y la paz; sin ella están ciertos de no ir allá... ".
"EL TIEMPO": "El gobierno colombiano ha acusado a "El Tiempo" de ser un super estado dentro del Estado y usted tuvo razón en refutar este argumento. Pero su gobierno tenía razón también, así fuera en un sentido que no aceptase, pues rindió homenaje al poderío de la palabra...".
ESPAÑA: "¿Cómo no recordar aquí que usted ha sido y es uno de los más fieles amigos de nuestra España, la España republicana, hoy dispersada por el mundo, traicionada por aliados y amigos, olvidada de todos, la España humillada que se tiene de pie justamente por la fuerza de su grito... De esta fidelidad, déjeme agradecerle a nombre de mi segunda patria y a nombre de todos aquellos que, reunidos acá, expresan su reconocimiento y su amistad. Le agradecemos estar entre aquellos que, en tiempos de servidumbre y de miedo, están firmes en su derecho...".
PARTIDOS Y LIBERTAD: "...su actitud sirve de ejemplo y reconforta a todos aquellos que, como yo, se separan hoy de muchos de sus amigos tradicionales y rehusan toda complicidad, aún provisoria y sobre todo táctica, con los regímenes donde los partidos -sean de derecha o de izquierda- justifican, por poco que sea la supresión de una sola de nuestras libertades".

EDUCANDO A PAPA
Usa tirantes como los periodistas de las viejas películas norteamericanas. Y esas tirantas son seguidas con inquietud por los redactores de "El Tiempo", cuando las ven recorrer los salones del diario sosteniendo los pantalones de Enrique Santos Castillo. Todos ellos tienen con el ahora editor del periódico relaciones ambivalentes. Sufren sus regaños, detestan sus ideas dignas de un testarudo conservador inglés, y sin embargo, como en esas curiosas relaciones entre padres e hijos, lo extrañan cuando se ausenta. A los que han sufrido, por razones políticas, el lápiz censor de Enrique Santos Castillo la vida les ha dado un justo desquite llamado Enrique Santos Calderón. Con él, su padre ha aprendido, como los redactores, la fórmula de hacer convivir, entre bromas, afectos y discrepancias. Es uno de los tantos misterios de "El Tiempo".
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