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| 8/23/1999 12:00:00 AM

ESA ILUSION LLAMADA ANDRES

Aún le quedan tres largos años para reconstruir la esperanza.

No es -reconozcámoslo rápido- la efervescente euforia de hace un año. Nada que ver
con la emoción colectiva que produjo el triunfo de esa esperanza llamada Andrés.Ni con el alivio que
trajo la llegada de ese fresco símbolo del cambio que, pese a su aparente frivolidad y facetas
plásticas, encarnaba la alternación en el poder y un castigo en las urnas a la corrupción. Ni con la
vana ilusión de que la sola derrota electoral del samperismo oxigenaría por sí misma la asfixiante
situación _e guerra, de ruina, de saqueo_ que vivía el país. Un año después, estamos frente a un
símbolo desgastado, a una esperanza de paz hecha trizas, a un dólar disparado como nunca y a una
guerrilla que dispara como siempre.Los ánimos nacionales se desinflaron al mismo vertiginoso ritmo de
la imagen presidencial. Y es que a Pastrana la luna de miel no le duró tres meses. Antes de los
primeros 100 días _el usual 'estado de gracia' que la opinión les concede a sus nuevos gobernantes_,
las encuestas señalaban una caída de popularidad comparable a la que padecía Samper al año de
gobierno.Asombroso. Pero nada inverosímil y, hasta cierto punto, imaginable. Si ganaba el candidato
del gobierno, la gente no esperaba nada. Más de lo mismo o peor. Pero si ganaba Pastrana, todo lo
esperaba. Para comenzar, cambios tangibles en materia de paz y economía. Pero con la situación
que heredó, el riesgo del desencanto era enorme. Dicho y hecho. Y el país está hoy paralizado por
el pesimismo.Mucha gente me pregunta si debemos por eso arrepentirnos de haber respaldado a
Andrés Pastrana. Por supuesto que no.Es muy bueno el chiste que publicó esta revista sobre un
pastranista que le pregunta a otro si se acuerda de por qué no votaron por Serpa, y el otro
responde: "Porque se iba a derrumbar la economía y le entregaría el país a la guerrilla". Pero no es
sino eso: un buen chiste. Porque la sobria verdad es que si Horacio Serpa sale elegido, el desplome
de la economía habría sido aún más estrepitoso y la guerrilla estaría aún más envalentonada contra el
sucesor del nefasto cuatrienio. Para no hablar del aislamiento internacional en que estaría Colombia.
****También me preguntan si me arrepiento de haber advertido que Andrés Pastrana podría resultar
ser el más perverso legado del samperismo. Tampoco. Porque, seamos sinceros, esa posibilidad
existe.Comentaristas dados al equilibrismo político piensan que decir estas cosas es algo desleal. De
malos amigos. Seguramente porque ignoran que en política y, sobre todo, en periodismo, la
amistad o el apoyo no tienen que ver con la incondicionalidad ni la lambonería. Ni mucho menos
con las prebendas y favores que dispensan los gobernantes para asegurar lealtades tan firmes como
las que acompañaron al pasado mandatario. Hay periodistas que aun no entienden que, en estas
materias, la fidelidad es a la política y no al político. A la causa más que al individuo, por más buena
persona que sea.
¿Cómo descartar, pues, que Andrés de golpe no logre estar a la altura de las circunstancias ? ¿O
que el reto tremendo que significa liderar a Colombia en el momento más crítico de su historia le resulte
demasiado grande?Hasta ahora ha habido suficientes síntomas de que la tarea de gobernar a este
país en estos momentos le ha sido más complicada de lo que tal vez preveía. Síntomas de
improvisación, aislamiento, ausencia de liderazgo, que sugieren que ha podido consultar o prepararse
más en ciertos temas candentes.
Episodios como los del Banco del Estado, Pardo Koppel o Chambacú, minaron la creencia de que
este gobierno estaba vacunado contra escándalos de amiguismo financiero o político, tan propios
de la pasada administración. Las ambivalencias frente a la justicia sin rostro, fisuras en la gestión
económica, la caída de la reforma política, dejaron claro que había problemas de unidad de mando,
diálogo interno y confusión en cuestiones de programa y estrategia.Pero el meollo del asunto, el que
mejor refleja los problemas del comunicación, improvisación o liderazgo, y del que también depende la
reactivación económica, es el de la paz. El que Andrés escogió _con acierto_ como tema decisivo en
su campaña. La carta que jugó a fondo, pero que ahora le está quemando los dedos.No cabe repasar
aquí todos los altibajos del proceso. Pero, desde las fricciones iniciales de Víctor G. con el alto
mando militar (tan reminiscentes de Belisario), pasando por la traumática renuncia de Lloreda, el
drama de los rehenes del Eln y los sistemáticos golpes de las Farc, hasta la última crisis por el
manejo de la zona de despeje y la verificación, todo indica que la estrategia de paz del gobierno no
despega.La opinión nacional e internacional ya poco cree en un proceso donde el afán por apaciguar a
la guerrilla solo se compara con la incapacidad para confrontarla. Habla por sí solo el hecho de que a
una semana de cumplir su primer año, el Presidente no haya logrado convencer al viejo guerrillero a
quien visitó dos veces en el monte, de iniciar diálogos formales con su gobierno.****Así estamos al
primer año. Desnudos de ilusiones. Enfrentados a la más dura realidad imaginable de desempleo y
violencia. En un punto tan bajo, que solo se puede echar para arriba. Pero para avanzar, es necesario
que el Presidente introduzca cambios en la forma de liderar a esta agobiada Nación, cuya
presidencia buscó de manera tan consciente como sistemática.Tendrá que comenzar por reconocer lo
que ha sucedido. Ser consciente de que está agotada la táctica de los golpes de imagen y asumir su
tarea de gobierno con mayor sentido de mando, coherencia interna y capacidad de convocatoria
externa.
En el propósito de aprender de los errores y de trazar derroteros más claros y enérgicos; de no pensar
con el deseo y enmendar los resbalones y bandazos que han empañado el comienzo de su gestión; de
tener a un Ejército preparado para la paz pero también para la guerra, estoy seguro de que la
inmensa mayoría de colombianos acompañará a Andrés Pastrana. Porque sabe que el palo no está
para cucharas y sería infame con el país jugar al fracaso del gobierno.No hay mal que por bien no
venga y tal vez este desplome tan abrupto de expectativas y esperanzas tenga un lado positivo.
Porque aún le quedan tres largos años para reconstruirlas.
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