Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1984/12/31 00:00

¡FALLASTE, CORAZON, FALLASTE!

Por segunda vez en la historia, un hombre recibe un corazón mecánico para reemplazar su órgano natural

¡FALLASTE, CORAZON, FALLASTE!

Eran las 8:00 a.m. del domingo 25 de noviembre. Un equipo de 17 personas del Humana Hospital Audobon (Louisville, Ky), encabezado por el doctor William De Vries, realizó una incisión a la altura del esternón del paciente. Luego fue abierto al pericardio, la membrana doble que rodea el corazón. Los tubos de la máquina que lo mantendrían vivo durante la intervención quirúrgica, fueron conectados a las 9:45. Luego vino el corte de los ventrículos, que dejó al descubierto la aorta, la arteria pulmonar y los atrios. Entonces fue removido el corazón y realizado el implante de uno artificial que fue puesto en acción por un compresor de aire conectado al cuerpo del paciente. Después de que los cirujanos verificaran que todo estaba funcionando en forma normal, la máquina que le ayudaba a respirar y a mantener la circulación de la sangre fue retirada. Eran las 12:58 minutos de la tarde. En ese momento, William J. Schroeder, un abuelo retirado de 52 años, quedaba dependiendo de su nuevo corazón, un órgano de plástico y metal fabricado por la mano del hombre. Terminaba así, el segundo trasplante de corazón artificial realizado en el mundo.
El doctor Robert Jarvik, inventor del órgano artificial conocido como Jarvik-7, afirmó que el ambiente vivido durante la intervención estuvo determinado por un fuerte sentimiento general de que se tenía un dominio de la situación, y agregó que "nunca hubo un momento en el cual sintiéramos que lo íbamos a perder". Habían pasado un poco más de seis horas desde que a Schroeder se le aplicara la anestesia y aún recordaba el sonido de algunas piezas de Vivaldi y Mendelssohn, lo mismo que una selección de música del barroco tardío y obras del saxofonista de jazz Grover Washington, que el doctor De Vries había escogido "para eliminar las tensiones durante la operación".

LA ESPERANZA LO ULTIMO QUE SE PIERDE
Schroeder sufría de una cardiopatía (un progresivo desgaste del músculo cardíaco y una de las más serias enfermedades del corazón), como consecuencia de un infarto que había sufrido en 1982, y había sido sometido posteriormente a una operación de by-pass. Con el transcurso del tiempo, el deterioro del corazón de Schroeder se fue haciendo más visible y sus posibilidades de vida comenzaron a disminuir dramáticamente. Tan dramáticamente que sus médicos le habían pronosticado que su enfermo e inflamado corazón apenas podría seguir latiendo débilmente una semana más.
Barney Clark, quien fuera el primer hombre en recibir un corazón artificial en diciembre de 1982, también sufría de cardiopatía, pero en su caso ocasionada por una infección viral. Clark sobrevivió 112 días al trasplante y su corazón latió 12.912.000 veces después de que le fuera implantado. A los trece días de la intervención, una de las válvulas de titanio tuvo que ser reemplazada en una operación de emergencia. Su corazón continuó latiendo sin mayores dificultades hasta el momento de su muerte, al parecer causada por múltiples fallas orgánicas.
Schroeder, con la misma enfermedad de Clark, presentaba, sin embargo, unas condiciones generales mejores y contaba a su favor con menos edad. Cuando Clark fue sometido al implante, se encontraba práticamente al borde de la muerte, sin energía y disminuído considerablemente en sus funciones vitales. Basado en esa experiencia, De Vries quiso repetir el procedimiento con una persona en mejor situación y con una esperanza mayor de vida. La fortaleza física de Schroeder lo convirtió en un excelente candidato. "El es muy optimista -dijo su médico de cabecera- y se sometió a la intervención, porque cree que así puede lograr, al menos, un año de vida más".
Schroeder tuvo que firmar dos veces con una diferencia de 24 horas, antes de someterse al trasplante, una forma de consentimiento elaborada por el equipo de De Vries, un documento de 17 páginas en el que se daba detallada información sobre los riesgos de la operación. En el consentimiento queda claramente especificado que la actividad de quien se someta a un implante de esa naturaleza se verá seriamente limitada por la necesidad de llevar permanentemente dos tubos plásticos conectados al cuerpo. Anota que durante la vida de Clark con el corazón artificial, éste experimentó problemas de pulmones y riñones, un daño en la válvula del neumotórax, complicaciones por hemorragias y depresión. Dentro de todas las advertencias de los riesgos que se corren no figura, sin embargo, la del rechazo del órgano. El metal y el plástico con los cuales está fabricado el corazón artificial es tan asimilable por el cuerpo, como el material de las articulaciones de la cadera que hoy llevan cientos de miles de personas en el mundo entero.
El mayor factor limitante, señaló el inventor del artefacto, es el corazón mismo. Se le calcula un término de vida no mayor de cinco años y afirma que considerará un éxito este segundo trasplante, si Schroeder siente que valió la pena. "Pienso que es importante que el paciente tenga alguna expectativa de vida. Es lo que querría para mí, lo mismo que la mayoría de las personas".
Aun cuando el corazón artificial es el mismo que hace dos años se le implantó a Clark, el Jarvik-7 de Schroeder presenta una modificación: una válvula soldada, que falló cerca de dos semanas después de la operación de Clark, ha sido reemplazada por una pieza unitaria de titanio. Pero, como el de Clark, el corazón artificial de Schroeder debe ser accionado por un compresor de aire conectado por dos tubos plásticos, que pasan a través de la parte superior del abdómen. Tanto Clark como Schroeder fueron "atados" a una inmensa máquina, pero a diferencia del primero Schroeder podrá utilizar una unidad cardiológica portátil durante aproximadamente tres horas diarias que puede ser cargada como un maletín de cámara fotográfica, cuando las condiciones del paciente se hayan estabilizado. Esto significa, según el inventor del aparato, "la clave para una mejor calidad de vida dentro de las perspectivas de los pacientes con corazón artificial".
Si bien al momento de escribir esta nota Schroeder había superado las críticas primeras 18 horas y contabilizaba ya 162 con su nuevo corazón de 15.500 dólares, el paciente estuvo a punto de perder la vida cuando, escasas horas después del implante, una hemorragia que no podía pararse obligó a los médicos a llevarlo de nuevo al quirófano, donde fue sometido a una segunda operación. El sitio de la hemorragia fue encontrado en una sutura cerca de la aorta, la gran arteria que lleva la sangre del corazón al resto del cuerpo. La sangre no estaba drenando y, acumulada en un lado de su pecho, estaba comprimiendo un pulmón. Schroeder había perdido más de la mitad de su sangre durante todo el episodio, pero le fue reemplazada a través de transfusiones masivas. En total, Schroeder recibió 16 pintas de sangre, y la que se había quedado acumulada fue drenada para aliviar la presión del pulmón, con aparente éxito.
Sin embargo, Schroeder ni siquiera tiene todavía garantizado un año de vida más. Aunque su estado es crítico pero estable, permanece unido a un corazón mecánico que bombea 4.3 cuartos de sangre por minuto, a través de aproximadamente 100 kilómetros de vasos en su cuerpo. Ha entrado en una segunda fase, que incluye la observación de signos que puedan ser síntomas de infección o de una embolia pulmonar que podría ocurrir en cualquier momento. La embolia pulmonar normalmente se presenta dentro de los 10 días posteriores a una cirugía mayor, así que si el hombre llegara a presentar cortes en la respiración, dolores en el pecho estos con coágulos de sangre, podría temerse la presencia de un coágulo peligroso. Si a esto se suma la diabetes que sufre, podría afirmarse que el paciente ha ganado la primera batalla, pero que le hace falta librar varias mas para ganar la victoria final que, en todo caso, no le permitirá vivir durante un período superior a dos años.
A pesar de que indudablemente las expectativas de vida de Schroeder se han ampliado con la operación, no ha dejado de ser un hombre desahuciado. Si bien es un hecho que ha vivido más de la semana que sus médicos de cabecera le pronosticaban sin la operación, no sólo no se descarta la posibilidad de que las drogas antirechazo que le están siendo suministradas le agudicen su problema de diabetes, sino que se le presenten algunas complicaciones como en el caso de Clark, y muera antes de haber superado lo que muchos consideran ser "una poco digna condición de conejillo de indias". Sin embargo, son más los que parecen estar de acuerdo en torno a que, así como se ha creado una conciencia sobre el derecho a "bien morir" que tienen las personas, también debe aceptarse la existencia del derecho que le permite a una persona escoger la posibilidad de vivir más, así sea, como en el caso de Barney Clark, apenas 112 días mas, en condiciones de evidente invalidez.
EL DR. CORAZON
"Esta será una experiencia inolvidable. Deseo recordar los nombres de todos ustedes, comenzando por el de ese gran tipo que me operó", dijo William Schroeder, el segundo hombre del mundo en recibir un corazón artificial, refiriéndose a William De Vries, el único doctor a quien actualmente en los Estados Unidos le está permitido reemplazar un corazón natural por uno mecánico. Ese "gran tipo" es un hombre alto, delgado, con un seductor mechón de pelo rubio sobre la frente, que más parece sacado del ambiente millonario de la serie de TV, "Dinastía", que de un hospital de carne y hueso. De Vries nació en Nueva York el 19 de diciembre de 1943, y se educó en Odgen, Utah, en donde en la universidad estatal hizo una brillante carrera de medicina, y se graduó en el año de 1970. Su trabajo como investigador asistente de otra gran eminencia, el doctor William Kolff, le permitió obtener una beca para investigación en fisiología. Posteriormente, y después de haber sido profesor asistente de cirugía de la escuela de medicina de la Universidad de Utah, se convirtió poco antes de la histórica operación de Clark. en director de la División de Cirugía Cardiovascular y Torácica de la misma. Recientemente entró a formar parte del equipo médico del Instituto Humana para el Corazón, entidad de la que depende el hospital en el que fue operado Schroeder, y que logró que De Vries dejara Utah para trasladarse a Louisville, con el compromiso de adelantar un plan de 100 implantes de corazón artificial, si se lograba progresar suficientemente en ese campo. Era el vehículo que él necesitaba para hacer realidad su sueño de siempre: convertir los implantes en una operación de rutina. Por lo pronto, con más de 30 millones de dólares de presupuesto, De Vries y su equipo tienen autorización federal para realizar cinco implantes mas, y de acuerdo con los resultados que logren, se las autorizará oficialmente o no para seguir adelante con el resto de las operaciones inicialmente planeadas. Casado y con seis hijos, entre sus hobbies figuran el de hacer vitrales y objetos de navidad. El Instituto Humana le provee la infraestructura necesaria para adelantar sus experimentos, pero no le paga salario alguno. Vive de los honorarios que le pagan sus pacientes particulares, pues no les cobra a quienes les ha implantado un corazón artificial, ni piensa hacerlo con los futuros, mientras el procedimiento no se vuelva común y esté al alcance de la mayoría. De Vries asegura que no quiere la gloria para él solo y afirma que la idea es compartir la tecnología con cirujanos a todo lo largo de los EEUU, para lo cual existen planes no sólo de traer médicos al centro, sino de difundir información a través de reportes científicos. "No hacemos nuestro trabajo con la mentalidad de monopolio, ni como algo secreto". La incógnita es ahora si De Vries podrá superar la meta que se ha impuesto, o si, por el contrario, se quedará estancado en alguna de sus etapas.

EL INVENTOR
El Jarvik-7, nombre de pila del corazón mecánico, se debe a su inventor, Robert Jarvik, un joven soñador que no pudo entrar a la escuela de medicina en su primer intento, y que se convirtió en doctor casi por accidente. Como estudiante de bachillerato, acompañaba con frecuencia a su padre, también médico, a operar, y recuerda que, más que la parte romántica de la lucha por conservar la vida, le impactaba lo burdo de las suturas que su padre realizaba en las heridas de los pacientes. "Me parecía que debería haber una mejor manera de cerrar las heridas que cosiéndolas": pensaba, y resolvió inventar unas grapas quirúrgicas. Cuando entró a la universidad de Syracuse, fue para estudiar arquitectura. Lo que desvió el curso de su carrera fue un aneurisma de la aorta que casi le cuesta la vida a su padre.
Pero fue rechazado de la mayoría de las escuelas de medicina de su país viéndose obligado entonces a matricularse en la Universidad de Bolonia, Italia. Después de dos años de estudio regresó a la Universidad de Nueva York, en donde obtuvo un grado en biomecánica. Su interés en la bio-ingeniería lo condujo al doctor Kolff, la misma eminencia que había acogido a De Vries, quien lo contrató como asistente de cien dolares a la semana. Fue en Utah donde completó sus estudios médicos en 1976, el mismo año en el que finalmente su padre falleció de un aneurisma. Para entonces ya se había comprometido íntimamente con el audaz proyecto de Kolff que para ese entonces estaba a punto de ser probado: el de que si el hombre es capaz de desarrollar un corazón, también puede construir uno. En efecto, dos corazones construidos por Jarvik han sido implantados en seres humanos, y han demostrado ser capaces de ofrecer una corta pero al fin y al cabo nueva oportunidad a quienes de otra forma habrían fallecido meses antes.

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