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| 8/2/1982 12:00:00 AM

FUERON A PARIS Y ALLI SE QUEDARON

Pintando y a veces comiendo sólo pan y salchichón. Hoy forman el grupo más Importante del arte plástico colombiano.

Periódicamente se reúnen en París. En casa de Emma Reyes, un amplio y bien iluminado taller de artista de la rue Pernetty. O en el soberbio taller de Darío Morales, en la rue des Patriarches, alrededor de un sancocho rociado con mucho vino. Los pintores colombianos en París, unidos por penurias compartidas en otros tiempos, son amigos entre sí buenos amigos, cosa rara en un grupo de artistas.
Aproximadamente son una docena, que abandonaron el país con diversos pretextos, pero en el fondo con el mismo motivo: buscar en París un aire propicio para su vocación común. El más importante de todos es Fernando Botero, que llegó hace diez años y que vive hoy en un espléndido apartamento de la isla de la Cité. Y el número dos, ya indiscutible, el cartagenero Darío Morales. Con resultados variables, todos han logrado una proeza: vivir de su pintura, y nada más que de su pintura.
La primera en llegar fue Emma Reyes. Boyacense, un poco gitana, había recorrido y a en auto-stop todo el continente latinoamericano hace 35 años, cuando tomó un barco en Buenos aires que la depositó en Le Havre. Su primera noche en Francia la pasó en la cárcel: desprevenidamente, antes de zarpar, había comprado francos... y éstos, de la época de la ocupación nazi, ya no tenían circulación en el país. Era el año de 1947. Desde aquellos tiempos lejanos, Emma Reyes, vive en Europa.
Pinta flores, gigantescos girasoles o enredaderas que evocan a veces, en el neblinoso otoño de París, los esplendores del trópico. Alrededor de ellas, especie de Gertrude Stein que adora cocinar y reunir a sus amigos en torno a la misma mesa, gira inevitablemente el grupo.
"El grupo de París" no constituye ninguna escuela. Cada cual es fiel a su estilo y a sus propias obsesiones. En Darío Morales, bien es sabido, esta obsesión constante de su obra es el desnudo femenino. Diez años atrás, Darío y Ana María vivían en un cuarto de criada, pobres como ratas (ver perfil). Hoy no saben cómo sortear las personas que quieren comprarle a él sus cuadros y esculturas.
Otro paisano suyo, de Cartagena, es Heriberto Cuadrado Cogollo, Negro, ama y defiende los valores de su raza, de su ancestral cultura africana. Era un muchacho del barrio de Chambacú, cuando se vino a Europa. Duró años tocando la tumbadora en bares del barrio latino. Llevaba un día tres días sin comer, cuando, sintiéndose más ligero que un papel, pisó el alfombrado despacho de la Embajada.
El hambre, el frío, la incertidumbre se confabularon para producirle una crisis nerviosa. Despertó en un hospital. Aquel recuerdo, ya remoto, es evocado con él por humor, ahora que es uno de los primeros ilustradores de Francia.
Gregorio Cuartas, un paisa que se aproxima ya a los cuarenta años, fue monje benedictino. Cambió un día los hábitos por el caballete. Expone en una buena galería de la ribera izquierda, la galería Loeb. Está casado con una japonesa y vive en el romántico barrio de Montmartre.
Al otro extremo de la ciudad, en un taller destartalado, amplio. vive Luis Caballero. pintando siempre de noche y durmiendo una parte del día. Los cuadros crecen cada año de tamaño, se hacen más atrevidos y más ambiguos, con figuras masculinas que expresan éxtasis o dolor.
Cerca de la Bastilla tiene su taller Saturnino Ramírez, un santandereano de 34 años, barbudo y lleno de humor que sigue fiel a su tema de siempre: los billares. Todos los 31 de diciembre, aquel taller de tablas crujientes, en el tercer piso de un edificio casi en ruinas, es escenario de una fiesta tumultuosa, que a veces congrega a gentes de tres continentes. y en la cual reinan el aguardiente y el vallenato. El amigo más cercano de Saturnino es otro pintor colombiano, Jairo Téllez, que dibuja escaleras y patios con colores sombríos y en un estilo realista. Uno podría apostar doble contra sencillo que de Téllez se oirá hablar en el futuro. Se quedó en París contra viento y marea. Trabajó en una agencia de trasteos e inclusive hizo traducciones para una revista astrológica. Pero no ha dejado de dibujar un solo día.
No es una excepción. Iguales circunstancias ha vivido un matrimonio de pintores: Francisco Rocca y Gloria Uribe, quienes llegaron con una beca en 1973 y se quedaron una vez la beca terminó. Como Morales, cuya esposa devolvió el pasaje de regreso y con este simple gesto quemó sus naves. En realidad, cada uno de los artistas colombianos que viven en París las ha quemado.

HERIBERTO COGOLLO
Hijo de una familia pobre, de 37 años, casado con una pintora francesa, Cogollo, vive en París desde 1966.
Durante varios años, el pintor cartagenero tuvo que intercalar, para vivir, su trabajo artístico con actuaciones en un conjunto musical.
En París, Cogollo, es el único que, después de cinco años de trabajo con las galerías, decidió vender por su cuenta. La mayor parte de sus cuadros se encuentran en Europa y Africa. "En mis cuadros, unos cuerpos estallan, otros aparecen mutilados pero ninguno tiene rostro. Sin ser 'robots', esos personajes están rodeados de una atmósfera fantástica porque trato de recrear una realidad puramente subjetiva.
"Mi intención es mostrar que en Colombia existe, plenamente, algo que Africa nos legó. Colombia desconoce, en efecto, los aportes de las culturas indias y negras reivindicando, únicamente, lo que viene de Europa y de los Estados Unidos. Este hecho también repercute a nivel artístico. La creación, en Colombia, está supeditada a nuestros complejos de inferioridad y a nuestra inconciencia cultural. Colombia tiene creadores pero "no bota corriente".
"Lo que más me ha preocupado en París es la reflexión de mi propia identidad Yo creo que nosotros sabremos quiénes somos el día que nos aceptemos como el resultado de una mezcla de culturas. Es decir, en el momento en que comencemos a eliminar la eterna escala de valores occidental. indio, y negro Extrovertido, directo hasta rozar la provocación, de 39 años, Luis Caballero es un pintor cosmopolita, Perteneciente a una "oligarquía distinguida e intelectual pero sin plata" el pintor bogotano hizo sus estudios en España y París, donde vive desde 1963 Caballero participará en la FIAC que se llevará a cabo el mes de octubre en París.
"Pinto lo que me apasiona y si hay mucha violencia en mis cuadros es porque soy latinoamericano Cuando salgo por las calles de Bogotá o Cali percibo un sentimiento de fuerza y de violencia tan fuerte que no puedo ignorarlo. Esa violencia latente y activa que vemos en Colombia, todos los días, me conmueve y, por monstruoso que parezca, me Inspira.
"Desde que vivo en París, mi pintura se ha vuelto mucho más personal y se ha ido alejando, para bien o para mal, de los movimientos artísticos. Tal vez porque al ver las exposiciones de todas esas 'vanguardias' que se suceden, les he ido perdiendo el respeto.
"Un pintor colombiano en el extranjero tiene dos caminos. Negar su diferencia y copiar lo que se hace o dejarla que se le exaspere y aprovecharla para crear. Ser extranjero permite verse como suramericano y tener conciencia de que sólo afirmando nuestras diferencias generaremos una verdadera cultura colombiana.
"Ultimamente, he pensado ir a pasar mucho más tiempo en Colombia, no solo dos meses al año. En nuestro país hay una fuerza, una violencia y un dinamismo extraordinarios. Esos estimulos no existen en París. Aqui todo se intelectualiza y se vuelve pequeño. En Colombia, en cambio, veo grande y yo quiero pintar grande".

ANTONIO BARRERA Nacido en Bogotá, en 1948, Antonio Barrera obtuvo un diploma de pintura en la Universidad Nacional en 1974. Un año más tarde, el pintor expuso sus paisajes en la galeria Belarca en Bogotá. Desde 1979, Barrera vive en París donde participó, el año pasado, en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo. (FIAC).
"El paisaje era un género mandado a recoger en Colombia. Yo lo reivindiqué por pura necesidad de expresión pues desde niño, siempre me he sentido profundamente compenetrado con la naturaleza y sus elementos.
"Mis paisajes tienen mucho que ver con el temperamento de los Andes. Pienso, sobre todo, en la gente del altiplano. Hay en ellos algo dramático, interior, lírico y hasta contemplativo. En ese sentido, el paisaje "sirve" para expresar todo tipo de situación anímica o filosófica.
"Mis cuadros, en París, han evolucionado hacia una materia mucho más densa y más telúrica.
"Desde París, quizá vea a Colombia y a América Latina mucho más convulsionadas. Por eso, el carácter lúgubre que tienen mis últimos cuadros no es el resultado de un simple "chispazo", sino que tiene mucho que ver con nuestra manera de ser. El trópico también es lúgubre, gris y nostálgico. Estar en París significa tener otros parámetros y otras referencias. En París he descubierto mejor a Colombia y comprobado que los artistas latinoamericanos tenemos mayor libertad con respecto a los europeos. El peso de la tradición pictórica puede, en efecto, inhibirlos y coartarles la creatividad.
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