Sábado, 21 de enero de 2017

| 1995/06/05 00:00

GUERRA A LA CRIOLLA

Cuando se conmemora el fin de la Segunda Guerra Mundial, SEMANA presenta el complejo panorama que vivió Colombia frente al conflicto.

GUERRA A LA CRIOLLA

CUANDO, EL 8 DE MAYO DE 1945, LLEGO EL fin del conflicto más grande que hubiera visto la humanidad, probablemente en la mayor parte del territorio colombiano no pasó absolutamente nada, porque el país seguía siendo campesino y las noticias, las buenas y las malas, tardaban mucho en llegar, si es que llegaban. Pero al menos en Bogotá y las principales ciudades, el final de la Segunda Guerra Mundial fue recibido con muestras de alegría. El gobierno nacional declaró tres días de fiesta nacional, banderas aliadas se izaron en los edificios más prominentes (que eran pocos) y, como era de esperarse, se celebró el inevitable Te Deum en la Catedral, con asistencia de las autoridades políticas y militares.
Y es que había mucho para celebrar, porque aunque Japón aún se mantenía en pie de lucha, y estaban ya rotas las relaciones con Italia, Japón y Alemania, el 'estado de beligerancia' de Colombia había sido declarado por el presidente Eduardo Santos sólo en relacion' con la última, la mayor potencia del 'Eje'. La capitulación del Mariscal Doenitz, sucesor de Hitler, era, en la pluma de no pocos editorialistas, la entrada de Colombia "en la era de la paz".
No pasaría mucho tiempo antes de que esa afirmación se convirtiera en una cruel ironía, pero en ese momento no sonaba tan mal. Es cierto que la inmensa mayoría de los colomhianos había vivido el conflicto como un espectáculo lejano, pero un sector de la sociedad, sobre todo de la naciente clase media hacia arriba, había visto su ancestral tranquilidad perturbada. Una parte de Colombia se había vuelto pro-nazi y la atra pro-aliada, en una división que atravesaba desde los estrados parlamentarios y los salones sociales hasta las mesas familiares.

EN SINTONIA
Reflejar en las actitudes internas la situación mundial era una situación bastante nueva para una Colombia que, por fin, comenzaba a integrarse al siglo XX. Ese nuevo fenómeno había comenzado, como dice el historiador Alfredo Iriarte, desde 1936, cuando empezaron a coincidir las instancias nacionales con las del mundo. En ese año la Constitución de 1886 recibió, con Alfonso López Pumarejo en su primer período como Presidente de la República, una reforma crucial que marcaría al país por varios decenios. Alli se consagraron principios que hoy parecen normales pero que entonces eran revolucionarios: al frente de ellos, la función social de la propiedad y la posición independiente del Estado frente a la Iglesia.
Esas reformas, que fueron repudiadas casi con las armas por los sectores más recalcitrantes del Partido Consevador y de la Iglesia, se produjeron en forma paralela al inicio de la guerra civil española, que, como anota Iriarte, "de civil tuvo muy poco, pues fue como un ensayo de la Guerra Mundial". Los conservadores, con Laureano Gómez a la cabeza, se alinearon con la rebelión militar de Francisco Franco, que estaba siendo apoyado abiertamente por Alemania e Italia, mientras los liberales profesaron su devoción por la República Española. No podía ser de otra forma, porque Franco defendía los mismos valores tradicionalistas de los conservadores, y se había levantado en contra de una política parecida a la del gobierno liberal.

LLEGA LA GUERRA
Con ese antecedente, la llegada de la segunda guerra encontró a los partidos políticos polarizados en torno a las tendencias ideológicas de la época, y la sociedad se dividió por esas líneas. Esa especie de esquizofrenia social estaba complicada por un factor adicional: el aprecio generalizado en la sociedad por la presencia alemana en el país.
En efecto, desde finales del siglo pasado, y especialmente en el segundo decenio del presente, la influencia alemana se había hecho sentir intensamente en el país. No sólo se trataba de la ola de inmigrantes que, al llegar a Colombia, inició el camino de su industrialización. También, como narra el general Alvaro Valencia Tovar, "a principios de los años 30 hubo una misión alemana que fue muy importante en la formación de la escuela militar. De ahí que, en las filas de las Fuerzas Armadas había una cierta simpatía por el ejército alemán, un cuerpo profesional que nunca se entregó al nazismo ".
Ese era un escenario de afectos y desamores muy complicado para un país que, siendo absolutamente parroquial, tenía una importancia geográfico-estratégica aún mayor de la que hoy tiene. Su proximidad al Canal de Panamá hizo que el país se convirtiera en objeto de la presión del gobierno de Estados Unidos, y en un hervidero de intrigas por la presencia, hoy casi completamente documentada, de espías de lado y lado. Por su parte, el gobierno colombiano se debatía entre el aprecio por la contribución de los alemanes a la economía y la política del Buen Vecino desarrollada por Estados Unidos, que en final de cuentas, era la confirmación de que ya entonces Colombia, al igual que todos los países de América Latina, (con la excepción de Argentina, claramente pro-nazi) era un auténtico satélite de Estados Unidos.
Según dicen Alberto Donadío y Silvia Galvis en su libro Colombia Nazi, los representantes diplomáticos de los países en conflicto se acusaban mutuamente de influir a su favor en los asuntos internos de Colombia, con un tono a veces hasta pintoresco. Para la muestra, en enero de 1940 el ministro alemán Wolfgang Dittler protestó ante el canciller Luis López de Mesa por la exhibición de una película francesa Después de Mi Lucha... Mis crímenes, por Adolfo Hitler, cinta que consideró ofensiva para Alemania. Poco después la legación británica se quejó porque un abogado del Ministerio de Minas, de apellido Navia Cajiao, había abucheado las escenas de un noticiero cinematográfico en que aparecía el primer ministro británico Winston Churchill. "Creo que este doctor vive en la misma pensión que el doctor Guillermo León Valencia y no hay duda de que este caballero (Navia) ha adquirido sus ideas nazis ", decía el texto de la protesta. En el propio seno del gobierno la actitud era poco clara. López de Mesa, por ejemplo, a pesar de su orientación liberal, tenía una fama de antisemita que no se ha despejado aún hoy. Y entre tanto, como dijo a SEMANA un hijo de inmigrantes alemanes, "nosotros teníamos las mejores relaciones con todo el mundo en Colombia, incluso con los miembros de las colonias enemigas. Nuestra rivalidad no pasaba de un buen partido de fútbol con los ingleses o los franceses".

CRECE LA PRESION
Para el embajador de Estados Unidos, Spruille Braden, así como para su Departamento de Estado, la presencia en Colombia de una fuerte y rica colonia alemana, a pocos kilómetros del Canal de Panamá, no podía pasar inadvertida y por eso, el objetivo de su misión era demostrar que en Colombia existía una quinta columna favorable a Alemania. Lo cierto es que la Oficina Federal de Investigaciones de Estados Unidos -FBI, por su sigla en inglés- desplegó en Colombia una actividad inusitada para poner al descubierto al gobierno colombiano que sus 'amigos' alemanes eran espías al servicio del nazismo, y que muchas de las actividades económicas que realizaban tenían la finalidad secreta de servir de apoyo a una eventual agresión alemana.
Braden, como cuentan Donadío y Galvis, sostenía que el ministro alemán Dittler estaba bajo las órdenes de Jurgen Schlubach, agente de la Gestapo -la policía secreta de los nazis- y que la industria farmacéutica Bayer, la Casa Helda y la fábrica de máquinas de coser Pfaff "servían de centros de distribución de propaganda nazi en el país". Para Braden era clara la existencia de una alianza entre el Partido Conservador, o al menos la fracción orientada por Laureano Gómez, y el partido Nacionalsocialista, o nazi. No era por otra cosa que Gómez, desde El Siglo, ridiculizaba las historias sobre la quinta columna y afirmaba que el verdadero peligro para Colombia era Estados Unidos. Gómez se preguntaba para qué era necesario contribuir a la defensa del canal en favor precisamente de quien se lo había arrebatado al país.
La actitud del presidente Eduardo Santos hacia los alemanes sólo comenzó a cambiar a partir de finales de 1940, por efecto de la enorme presión impuesta por los norteamericanos. Los agentes de la FBI acumularon buena cantidad de información sobre las actividades de alemanes y colombianos en la distribución de propaganda nazi, pero muy pocas pruebas, y aún así, el disgusto norteamericano con los colombianos no se basaba en que éstos no fueran buenos amigos de Estados Unidos, sino en que se negaban a aceptar la existencia de la famosa quintacolumna. El periódico The New York Herald Tribune fue uno de los diarios de Estados Unidos que hicieron eco a esa situación, al titular "Colombia pone en peligro a la democracia al cerrar los ojos a la amenáza nazi".
Lo que parece claro es que los agentes estadounidenses que llegaron por decenas a Colombia no esperaban encontrar que la influencia alemana fuera superior a la de su propio país, y eso pudo influenciar su percepción acerca de las relaciones de los alemanes con sus amigos colombianos. Aunque parece ser un hecho que había efectivamente espías y verdaderos clubes de amigos del nazismo, en más de una ocasión los servicios secretos aliados, tanto estadounidenses como británicos, tuvieron que recurrir a pruebas falsas y acomodaticias. Una de esas ocasiones, la más famosa, provino de una afirmación del presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt, quien dijo en un discurso que en Colombia había pistas clandestinas de aterrizaje, cerca de Panamá. Algo que no sería cierto sino muchos años después, y con fines completamente distintos.
En medio de ese ambiente enrarecido, el presidente Santos no pudo evitar causar una nueva humillación a los pilotos que habían salvado el honor de Colombia en la guerra contra el Perú. Por presiones claras de los norteamericanos, el 14 de junio de 1940, la aerolínea Scadta, fundada y operada por alemanes, desapareció para dar paso a Avianca. La nueva empresa, además de nuevos pilotos colombianos y estadounidenses, quedó con una participación accionaria importante: la Pan American Airways, por entonces la línea aérea más poderosa del mundo.

CACERIA DE BRUJAS
Los dos gobiernos colombianos de esa época, el de Eduardo Santos, primero y el de Alfonso López Pumarejo después, debieron aceptar, hasta cierto punto a regañadientes, las exigencias norteamericanas de actuar contra los ciudadanos de los países del eje, esto es, contra alemanes, italianos y japoneses residentes en el país. Pero la posición de Estados iba mucho más allá. Desde el 17 de junio de 1941, el Departamento de Estado de Washington decidió confeccionar en el mundo entero una lista de personas o sociedades que eran proalemanas o tenían relaciones comerciales con firmas de esa nacionalidad, y Colombia no fue la excepción. Para junio de 1942, la parte colombiana de la lista incluía a 630 personas y compañías, algunas de ellas colombianas.
Que hubiera alemanes en la lista, era de esperarse. Al fin y al cabo los ciudadanos de ese origen podían tener razones para realizar actividades en favor de su país, ya que el nazismo, si bien dictatorial, había llegado al poder en Berlín por la fuerza de las urnas. Pero la inclusión de nombres colombianos levantó ampolla en todo el país, porque en la mayoría de los casos los indicios que llevaron a su inclusión hubieran clasificado perfectamente en el concepto de cacería de brujas. Uno de esos casos, el más sonado, fue el de Laboratorios Román, de Cartagena, que ingresó a la lista negra porque sus jóvenes propietarios, en medio de una típica juerga costeña, habían derribado un retrato de Roosevelt y proferido gritos pro-nazis. De nada valieron los buenos oficios de medio país, ni las disculpas de los Román. Permanecieron en la lista, que era como una excomunión comercial, hasta el final de la guerra.

ROTAS RELACIONES
Con el ataque japonés de la base estadounidense de Pearl Harbor, en diciembre de 1941, Colombia decidió por fin romper relaciones con los países del eje, en medio de las protestas de los sectores pro-fascistas colombianos. De ahí en adelante, las cosas fueron de mal en peor no solo para los alemanes, sino para los japoneses que habían empezado a llegar a Colombia desde la década de los años 20, principalmente al municipio de Corinto, en el Cauca.
Para empezar, a partir de enero de 1942, el gobierno nacional ordenó que todos los bienes de alemanes, italianos y japoneses quedarían congelados y serían administrados en fideicomiso por el Fondo de Estabilización del Banco de la República. Más adelante, en junio de 1943, se determinó que serían liquidadas y expropiadas las empresas del Eje que estuvieran bajo fideicomiso. Al final de la guerra, sólo algunas de esas propiedades fueron devueltas.
En cuanto a las personas, el gobierno ordenó el confinamiento de los japoneses en el área de Corinto, y la concentración de los alemanes en el hotel Sabaneta, de Fusagasugá. Más adelante se les unieron los japoneses que eran reservistas del ejército de su país.
Con el ataque por submarinos alemanes contra tres goletas colombianas, la opinión pública pareció inclinarse por primera vez en forma ostensible a favor de las potencias aliadas, y el gobierno colombiano pudo por fin definir su actitud, cuando declaró el 'estado de beligerancia' con Alemania.
Y el 10 de julio de 1944 se produjo un intento de golpe en Pasto que pareció confirmar los temores de los estadounidenses acerca de la supuesta infiltración nazi en el Ejército colombiano. El coronel Diógenes Gil apresó sin éxito al nuevo presidente Alfonso López Pumarejo en la ciudad sureña. El hecho no se produjo en forma aislada, porque coincidió con otros intentos de desestabilización. La pregunta que queda es si detrás de los mismos estaban las manos alemanas.
Aunque muchos atribuyeron la autoría intelectual a Laureano Gómez, eso nunca se probó, como tampoco el interés nazi en los hechos. Si bien la posibilidad de que el gobierno cayera en manos pro-alemanas que pusieran el canal a la mano de Berlín había sido uno de los motivos principales para la exagerada intervención que asumió Estados Unidos en Colombia, ya para entonces era demasiado tarde para que los alemanes pensaran en América Latina. Porque para entonces ya la balanza de la guerra se había inclinado en contra de Alemania, y la destrucción del Tercer Reich de Adolf Hitler, el gobierno que duraría mil años, era ya cuestión de meses...

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