Lunes, 16 de enero de 2017

| 1997/06/23 00:00

GUILLERMO CANO ISAZA

Vivió toda su vida por unos principios y murió defendiéndolos.

GUILLERMO CANO ISAZA

Más que por la fundación o por el premio internacional de libertad de prensa que llevan su nombre Guillermo Cano Isaza será recordado por la rectitud profesional que lo llevó a anteponer la verdad a su vida y por sus editoriales, en los cuales denunció las consecuencias funestas que tendría para Colombia el silencio cómplice frente a la incursión del narcotráfico en la sociedad. "Los grandes clanes, con procesos delictivos múltiples sobre sus espaldas bien guardadas, andan por las calles de nuestras capitales para arriba y para abajo entrando y saliendo de lujosos hoteles y casinos y haciendo ostentación de su bonanza económica y de su impunidad ofensiva y oprobiosa (...) Nadie les pone la mano encima cuando hay mil ojos que los ven a diario en lugares públicos, con sus gorilas personales ante los cuales no se atreve nadie a levantar un arma oficial, ni siquiera la voz, porque toda autoridad está atemorizada o mucha de ella corrompida por el dinero que corre a manos llenas para pagar silencios, complicidades y hasta protección a los delincuentes", había escrito el 26 de abril de 1986 en El Espectador, meses antes de su asesinato. Por editoriales como estos y, en general, por su posición vertical frente a temas considerados intocables, Guillermo Cano era considerado por muchos como la conciencia de los colombianos. Y fue precisamente esa actitud la que lo llevó a la muerte. El 17 de diciembre de 1986, a las 7:15 de la noche, un sicario lo acribilló con una ráfaga de ametralladora frente a las instalaciones del periódico que había dirigido desde los tiempos de la violencia política. Fue, como dijo Antonio Caballero entonces, una muerte natural, una más en el infierno que había comenzado a vivir el país desde el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla y que se llevaría decenas de mártires más, incluido Luis Carlos Galán. Pero Guillermo Cano no sólo fue implacable frente a los destrozos que anunciaba el narcotráfico. Con la misma convicción se enfrentó por igual al poder político, aunque fuera el del Partido Liberal, al cual pertenecía, al poder económico del Grupo Grancolombiano y al poder del crimen organizado. Su muerte duró una década en la impunidad, un hecho que confirmó las palabras de uno de sus editoriales, escrito en agosto de 1986: "No es que la impunidad acabe con todo, es que ya acabó entre nosotros, cuando aceptar el encargo sagrado de impartir justicia es firmar la propia sentencia de muerte. Ante este panorama infernal nadie puede mostrarse indiferente, pensando que sólo afecta a los demás. Cuando desaparece la ley, nadie tiene nada. Y no se la restablece sino con la acción conjunta, decidida, como cuestión de vida o muerte. Tal es la horrenda realidad, traducida en la vergüenza insoportable de un país que se derrumba". Hoy, cuando las consecuencias del narcotráfico en la sociedad son más que evidentes, las palabras de Guillermo Cano Isaza siguen resonando con fuerza y se han convertido, como lo vaticinó Antonio Caballero, en parte del patrimonio espiritual de los colombianos.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.