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| 10/10/2004 12:00:00 AM

Hilos invisibles

Un grupo de artesanos del sur de Bolívar ha logrado trabajar en equipo para mantener la tradición de sus productos y competir en un mundo globalizado.

Tienen los artesanos del Caribe la posibilidad de sobrevivir en un mundo globalizado? Ellos mismos han tratado de responder esta pregunta de una manera práctica, organizándose en una red en toda la Costa con la que intentan competir con sus productos.

Cuando se llega a San Jacinto, al borde la troncal del Caribe, en el corazón de los Montes de María, Bolívar, los almacenes abarrotados de artesanías esconden tras de sí casi 30 años de una organización cooperativa que les ha permitido a los tejedores de esta región mantener la tradición heredada de los indígenas caribes.

"Nos organizamos en 1976 para mejorar nuestra calidad de vida porque nos dimos cuenta de que en grupo se gana más, nos ayudamos y aprendemos", cuenta Mercedes Pérez, directiva de la cooperativa Coopartesanos, uno de los seis grupos asociativos de mujeres que manejan los hilos de las artesanías y que han comprendido que juntas hacen más.

Desde que se asociaron han vinculado a 108 mujeres, que por lo general están al frente de una familia completa dedicada a las manualidades. Los hombres también se dedican a elaborar instrumentos musicales como flautas de millo y tamboras.

Ese fue el primer paso, pero a la hora de ganar terreno en el mercado se han propuesto innovar productos, manteniendo el arte hecho a mano e incluso certificando su producción a través del Icontec. Este año lograron que 70 tejedoras tengan el sello 'hecho a mano'.

"El gran problema de las artesanas es que no tenemos la fuerza para hacer investigaciones de mercados y tenemos que competir con telares industrializados que hacen 100 hamacas en un día", explica Marina Ramírez de la Asociación Regional. Sumado a esto han tenido que ver la caída de la producción del algodón, su principal insumo, que a pesar de su escasez tienen que comprar en Barranquilla.

Con todo y la mala reputación que tiene esta zona en el Caribe colombiano, han logrado exportar sus productos y mantenerse. Creen que en esta tradición está su futuro que seguirán pasando de generación en generación.



Hamacas.com

En Morroa (Sucre), la cuna de la hamaca, el oficio que tradicionalmente ejercían las mujeres poco a poco se ha convertido en un trabajo familiar. Blas Corena es historiador, ha sido músico, gestor cultural, payaso y ahora se ha convertido en tejedor. Antes los hombres se dedicaban al campo, pero la inseguridad y la falta de trabajo han provocado un éxodo hacia esta población de 4.000 habitantes en la que el 90 por ciento de las familias viven de los telares, sobre todo de la fabricación de hamacas.

"Los hombres son rápidos, en especial son buenos para hacer los individuales de mesa", dice Nelsy Pérez López, una de las artesanas con más renombre en la región. En esta zona que tradicionalmente albergó a los indígenas panzenúes se tejía en husos que aún se mantienen en los patios de las casas.

Como San Jacinto, Morroa también ha visto decaer sus sembrados de algodón y de la mano, con lo que han visto aumentados los costos de su producción artesanal. Sin embargo no se han quedado quietos y han enfocado sus esfuerzos a la promoción y comercialización de sus hamacas y accesorios a través de Internet.

Lenin Marx López es uno de los responsables de la cibercomercialización de la hamaca, con pocos recursos y gracias a un servidor gratuito tiene un sitio en Internet (www.artesanias.col.nu) en el que muestran las costumbres y cómo ha evolucionado la hamaca. Todos están pendientes de la página, porque saben que en buena parte de las nuevas tecnologías depende que perdure su tradición.
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