Lunes, 27 de julio de 2015

| 2007/09/29 00:00

Historia y folclor

El marco histórico de lo que hoy es Valledupar se remonta al año de 1544, cuando el capitán Francisco Salguero decidió fundar estas tierras a orillas del río Guatapurí.

Interpretar el acordeón es parte de la educación de los vallenatos

F undada el 6 de enero de 1550, esta ciudad pujante y alegre crece en el fértil valle del río que ha inspirado a muchos juglares historias de amor y bellas canciones.

Allí viven en armonía los descendientes directos de indígenas chimila, aruhacos y cogui, de quienes aún se conservan costumbres y artesanías que hacen más valiosa esta tierra.

Dejó de ser hace 60 años una vereda con familias de estirpe campesina o agropecuaria, para convertirse en una región de verdadero desarrollo bajo la descendencias migratorias de familias francesas, portuguesas e italianas.

Desde ese entonces, el municipio se empezó a considerar piloto en Colombia y mantuvo hasta finales de los años 80 la tasa más alta en construcción en el nivel nacional. La ganadería ocupa de manera tradicional el primer renglón como fuente de riqueza, y la agricultura es uno de los principales renglones de proyección, debido a la calidad de sus tierras.

Hoy el valle, como los coterráneos y los propios llaman a su ciudad, sigue como uno de los municipios productores de leche y carne en el país, lo que distingue la región cada vez más.

Y es que Valledupar pasó de ser un pueblo escondido detrás de la Sierra Nevada a constituirse en el municipio próspero que es en la actualidad.

Hoy en medio del tupido y hermoso bosque que forma la arborización de sus calles y avenidas, la ciudad se abre promisoria como una de las regiones del país donde los acordeones europeos, acompañados de la caja africana y la guacharaca indígena, entretejen las melodías y el canto de la música que en la actualidad le está dando la vuelta al mundo: el vallenato.

Valledupar es un municipio de puertas abiertas, donde su gente afable hace que todo foráneo se sienta como en casa. Y es ahí donde la política social, que desde hace mucho tiempo mantiene un recuerdo histórico viejo y actual, permite que el manejo de la convivencia con aquellos inmigrantes que todavía reposan en su suelo, haga de Valledupar una ciudad con características pujantes hacia el futuro.

Basta entrar a ella para que un obelisco le haga un homenaje a la vida, el Cacique Upar en actitud convocante invita a crecer; unos gallos de pelea demuestran esas aficiones; los poporos de tres etnias, arhuacos, koguis y arzarios, recuerdan esas raíces; una exótica sirena revive las leyendas; un pedazo de acordeón rinde homenaje al folclor vallenato y a los juglares, y en la Plaza Alfonso López, una revolución en marcha avizora la pujanza y las ganas de seguir creciendo.

Así es Valledupar, su tierra, esta tierra. La que a diario se viste de folclor, de música vallenata, que es agro, que es valle, es sierra y que algún día fue un pueblito viejo para crecer como un verdadero Valle del Cacique Upar.

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