Jueves, 19 de enero de 2017

| 1990/02/05 00:00

In memoriam

In memoriam

"En la puerta del cementerio nuestra conducta y nuestros juicios serán sometidos a severo escrutinio. No le es dado al ser humano, gracias a Dios, porque, de lo contrario, nuestra vida sería insoportable, prever o predecir el curso de los acontecimientos. En una fase los hombres parecen haber tenido razón, en otras haberse equivocado. Luego, nuevamente, unos pocos años más tarde, cuando la perspectiva del tiempo es mayor, todo cambia de aspecto, adquiere nuevas proporciones. Hay otra escala de valores. La historia con su lámpara vacilante, tropieza con las huellas del pasado, tratando de reconstruir sus escenas, recrear sus vestiduras y encender con rayos pálidos las pasiones de días pasados. ¿Qué valor tiene todo esto? La única guía del hombre es su conciencia; el único escudo de su memoria es la rectitud y sinceridad de sus actos".
(Discurso de Churchill en la Cámara de los Comunes con ocasión de la muerte de Chamberlain).
A Pocos colombianos les será tan dificil escribir sobre la vida y obra de Alberto Lleras como a quien redacta estas líneas.
No se explican las contradicciones de la vida política quienes la contemplan desde fuera. La vida pública es un tejido de elementos disímiles que frecuentemente escapan al juicio de los profanos. Tal parecería que los políticos somos una cauda de veleidosos y encaprichados que un día estamos de amigos, otro de adversarios enconados, reconciliados luego y enfrentados más tarde. No es menos cierto que la historia de la humanidad está plagada de ejemplos semejantes, y, por lo que hace a nuestra propia crónica doméstica, nuestro discurrir republicano abunda en viceversas de la misma estirpe. Mosquera y Obando en el siglo XIX, López Pumarejo y Laureano Gómez en el siglo XX. Guardadas proporciones y en otra escala, mis relaciones con Alberto Lleras a lo largo de sesenta años se caracterizaron por lo tornadizo de nuestras respectivas situaciones. En el fondo había algo de una recóndita rivalidad, impensable en el terreno intelectual, pero verosimil en el afectivo, como suele ocurrir entre dos hermanos de un mismo tronco.
Contaba yo con escasos 15 años cuando lo vi por primera vez en París. Venía de la Argentina y mi padre lo llevo al apartamento en donde residía nuestra familia. Conservó viva en la retina la silueta extremadamente flaca de aquel joven que ostentaba una prenda de vestir poco común, como era el smoking circular de procedencia porteña, que desentonaba con su pinta de adolescente. Era entonces Alberto Lleras un escritor más, como tantos otros de su generación, que habían recorrido el mismo periplo. Contertulio del Café Windsor con Luis Tejada, Jorge Zalamea, León de Greiff y, tal vez, con el mismo Porfirio Barba Jacob, nombres que entraron todos a la historia de nuestras letras. Algunos de ellos se dispersaron por el mundo en busca de nuevos horizontes. En España, en México, en Centro América, en el Ecuador o en la Argentina, una pluma ágil, y la reputación de los colombianos de escribir, el mejor castellano de América permitía, a los 18 años, encontrar trabajo en el extranjero. De esta suerte, Alberto Lleras fue a parar a Entre Rios, en el norte de la Argentina, como editorialista de una hoja política local. Se trataba de una notoria intervención en política por parte de un extranjero, y los voceros del bando contrario, ni tontos ni perezosos, no tardaron en hacerlo vetar. Fue así como se vió obligado a dejar su escritorio de redactor de la publicación provinciana y trasladarse al Gran Buenos Aires, en donde sus dotes de escritor le granjearon la protección y el mecenazgo del director del diario bonaerense La Nación, Alberto Gernouchoff. Fueron años de la más intensa bohemia, saltando matones, como se decía en Bogotá, y recorrienda alocadamente los barrios nocturnos del Puerto adonde asombraba a los parroquianos con su cara de niño travieso.
Regresó a Bogotá con la aureola de haber sido columnista de uno de los más prestigiosos diarios del continente y haber aprendido el tango en su propia cuna. Acogido con entusiasmo por su antiguo círculo de admiradores, bien pronto, como era de rigor en aquellos años, se matriculó en el ala de extrema izquierda del liberalismo, a corta distancia de la trinchera desde donde su hermano Felipe hacía la apología del terrorismo. A esta época tempestuosa hubiera correspondido el segundo tomo de sus memorias, para el cual ya tenía escogido el título, arrancado del famoso cuadro de Picasso, "Las damiselas de Avignon".
La vida galante del Bogotá de la época estaba reducida a un pequeño círculo de mujeres fáciles y hermosas que en un inefable alarde publicitario habían adoptado como nombres de guerra los apellidos de las más rancias familias bogotanas con las cuales tenían algún vínculo: Urdanetas, Vargas, Sotos, Obandos, Santamarías ("Mariana Santamaría calle de las escaleras, donde llega Felipe Lleras, cuando está rayando el día")... nombres que, brillaron como estrellas de primera magnitud en el firmamento de lo que llaman los franceses el demi-monde.
Eran damas que le debían su estatus social a algún magnate acaudalado, pero quienes reservaban sus amores clandestinos para los jóvenes intelectuales con talento, pero sin pecunia.
Oir de labios de Alberto Lleras el relato de aquellos años mozos era verlo reconstruyendo un Bogotá hoy desaparecido.
La vida comenzaba para los periodistas al filo de la media noche, cuando se cerraba la edición del diario y los redactores escapaban de su madriguera en busca de los encantos femeninos y, en actitud provocadora, frente a los varones. En más de una ocasion le correspondio a Alberto Lleras ejercer de trompadachin al lado de Jorge Zalamea, con los resultados desastrosos que eran de preverse. En un espacio menor de los 40 metros cuadrados en la ciudad capital, calle 14, entre carreras 5a y 6a, un buen día la vida de Alberto Lleras hizo un giro de 180 grados. Lo aguardadaban las dos grandes influencias que lo enrumbaron por la ruta de los más altos destinos. En el costado norte estaba la residencia de la embajada de Chile donde vivía su novia, la joven Bertha Puga, hija del embajador, y, calle de por medio, despachaba como jefe único del Partido Liberal, Alfonso López Pumarejo, huesped de la casa de su cuñada, Cecilia Michelsen de Marchi.
Bertha Puga sería su compañera de todas las horas. Ella hizo de su hogar con Alberto el centro de gravedad de su vida de hombre público, rescatado del desorden y la indisciplina de la vida nocturna, propia del periodismo de entonces. Con su mano suave, pero con el pulso firme de las mujeres del país austral, lo obligó a cambiar sus hábitos y a acreditarse como un hombre de acción ajeno a las peripecias de la bohemia. Le señaló su norte de político de gran futuro, y no lo dejó de su mano sino hasta la hora de su muerte. Muchos entre los pares de Lleras Camargo se asombraron de la carrera estelar con que arrancó en los cargos de representación. Alcanzó las mayores preeminencias -la Presidencia de la Cámara y la Presidencia de la República- a una edad a la que raras veces se llega a tan altas posiciones. Alejandro Vallejo lo relata con humor y sin amargura, evocando las horas en que juntos desempeñaban el secretariado de la Direccion Liberal y se divorciaron sus caminos.
De mi propia cosecha recuerdo, en las horas cenitales de la primera administración López, la tierna vigilancia que Bertha ejercía sobre su marido.
Se reunían los ministros después de la sesión del Congreso a comentar el último debate en presencia del Presidente, y hacia las nueve de la noche sonaba regularmente el teléfono. Era la consabida llamada de Bertha, a la hora de la comida, para cerciorarse de si la sesión del Congreso ya había terminado y si debía esperarlo a cenar. Le tomábamos el pelo a Alberto hasta cuando llegó a fastidiarse con nuestras bromas, y en adelante nos obligó a ser más discretos. Pero la verdad es que la vida conyugal al lado de Bertha lo transformó de cuajo, y Colombia le debe a la joven chilena, que ejerció tan benéfica influencia sobre nuestro compatriota, una deuda de gratitud hasta ahora insoluta.


El segundo factor fue, en lo politico, Alfonso López Pumarejo. Contaba apenas 43 años cuando asumió la jefatura del Partido Liberal con el propósito de tomarse el poder, y, como lo recuerda Vallejo, seleccionó a las dos figuras más promisorias entre los escritores jóvenes, para desempeñar el secretariado de la Dirección Liberal: Lleras y el propio Alejandro. A la sombra del jefe, como lo llamaban afectuosamente, comenzó a visualizar la política colombiana bajo otro prisma. Atrás quedaban las veleidades de extrema izquierda en que los había iniciado un ruso revolucionario, maestro en dialéctica marxista. La cantinela contra los Estados Unidos el anti-imperialismo de cajón, se vieron sustituidos por una versión diferente del progresismo norteamericano con el cual nadie, aparte de López, estaba familiarizado. Por el contrario ¿quién hubiera podido imaginar que la cabeza del imperio yanquee pudiera ser el inspirador del liberalismo continental? Sin embargo, así fue. Eran los días augurales del New Deal bajo el liderazgo de Roosevelt, que soñaba con hacer por las vías pacíficas lo que las revoluciones hacen por medios violentos. El pensamiento de Roosevelt remontaba a un populismo de buena ley entre los heraldos del Partido Demócrata de comienzos del siglo. Nunca esta ideología, justo medio entre el pragmatismo y el idealismo, había llegado a la Casa Blanca en lo que iba corrido del siglo XX. Ahora, el gran experimento demostraba cómo, sin el advenimiento de una catástrofe, era posible cambiar las estructuras caducas del capitalismo y salvar de la crisis económica a la gran nación del Norte. López le descorrió a Alberto Lleras el velo de prejuicios antiamericanos y le enseñó a ser pragmático, relegando al olvido los ademanes románticos de los abuelos radicales de la batalla de La Humareda. No más conflictos con la Iglesia, limitándose el Estado a reclamar sus fueros. Decirle adiós a la restauración de los Estados Federales y aceptar la Constitución de 1886 sin prescindir de reformarla por sus propios procedimientos. Negarse a hacer tabla rasa de la Carta de Nuñez, y a romper el orden constitucional, so pretexto de que, cada vez que llegaba al gobierno uno de nuestros partidos tradicionales, debía inventarse una nueva Constitución. Lo vital eran las ejecutorias y no las frases altisonantes, prestadas de los adalides del republicanismo español. Hasta el mismo estilo literario de Lleras comenzó a robarle su sencillez, su rigor, su concisión, a la influencia anglosajona. Jamás habría de perder Alberto Lleras la elegencia idiomática que caracteriza su prosa.
Se propuso hacerla más densa y renunció para siempre al embrujo pasajero de las modas literarias, para atenerse a la perfección formal que hace mas perdurable la creación. Nadie podrá en el futuro singularizar la fecha de sus escritos en razón de su estilo; el suyo no pierde vigencia. Todos sus escritos llevan un sello inconfundible por la diafanidad del concepto y la riqueza de la frase, exenta de acrobacias literarias.
Con los años, el hombre nuevo que había dejado de ser un periodista para convertirse en un hombre de Estado excepcional, se perfiló por unánime consenso como el más maduro y ponderado de los epígonos de la reconquista liberal. Su consejo comenzó a ser solicitado en las más diversas circunstancias. Sin haber jamás estudiado el Derecho Internacional, se reveló como un sagaz diplomático en sucesivas conferencias panamericanas y mundiales, aun antes de la Segunda Guerra Mundial. Merced a estos atributos que se fuerón aquilatando con los años, su nombre permanecerá siempre unido a los grandes episodios de la Colombia del siglo XX, yo me atrevo a aventurar la hipótesis de que estos últimos 50 años quedarán cobijados con el nombre de "La era de Lleras". Entre 1930 y 1980 estuvo presente en el teatro de los acontecimientos en palco de primera fila.
En la flor de la juventud vió gestarse el regreso del liberalismo al poder.
Sirvió de algodón entre dos vidrios en conflictos ya olvidados de la administración Olaya Herrera, como fue la confrontación de El Tiempo y El Espectador con el presidente Olaya por la designación del doctor Carlos Adolfo Urueta como el primer ministro de Guerra liberal desde 1885.
Diferencias viejas de dos lustros con la prensa liberal lo habían separado de la vida pública, y tanto los doctores Santos como Cano se indignaron ante su resurrección política. Le correspondió en aquella ocasión a Alberto Lleras oír por primera vez, en labios del presidente Olaya Herrera, la amenaza de una renuncia presidencial. Sería esta la primera, pero no la única vez en que la escena se repetiría y Alberto ya era ducho en hacer desistir de su propósito al renunciante o maniobrar para que el gesto no tuviera funestas consecuencias. Así con todos los conflictos que se repiten incesantemente y con los cuales Lleras llegó a estar más connaturalizado que ningún otro colombiano: las conspiraciones militares, que conjuró y sufrió en carne propia, las administró con la misma pericia con que se acostumbró a hacer la paz política y la paz militar frente a la oposición constitucional y a los alzados en armas. El ejercicio de la autoridad fue en sus manos arcilla maleable para crear nuevas situaciones y arrancar hacia nuevas metas, sin derivar hacia los abusos en que suelen incurrir los gobernantes prepotentes.
El rasgo por el cual se le recordará por muchos años entre los presidentes de Colombia, fue su desinterés en materias económicas, su desdén por el dinero. Alguna vez, en las épocas de la oposición virulenta, se le quiso comprometer en un ridículo negociado a propósito de la importación de un automóvil puesto a su servicio durante su embajada en Washington.
No se le limitó Lleras a desbaratar el mezquino infundio, sino que aprovechó la ocasión para reafirmar su conducta diamantina y ufanarse de la pobreza tradicional de su estirpe, haciendo mofa de quienes lo calificaban desde las columnas de El Siglo como un oligarca. No lo era en modo alguno, y en las enconadas controversias que mantuvimos por años, Jamás apelé al expediente de tildarlo de oligarca o clientelista. Era un aristócrata en el cabal sentido del vocablo. Venía de una estirpe unida a la historia de la República desde sus origenes e identificada con el Partido Liberal desde las épocas de Santander. Los años del ostracismo liberal hacían que ciertas familias proceras se sintieran como reyes en el exilio y se ufanaran de sus años de adversidad. Lleras se enorgullecía de su estirpe de educadores, a la que llamaba "mi gente", no sin temer que se le tachara de pretencioso.
Para ese talante, de aristócrata castellano, los bienes materiales no existían y casi que era indigno ocuparse de ellos, como lo pensaba Don Quijote. El, que hubiera podido atizar la lucha de clases a nombre de su estrechez económica, jamás dejó escapar de sus labios una palabra que estimulara este género de conflictos.
No hacía de su pobreza un culto, pero el desinterés por el dinero era su timbre de orgullo íntimo y pocos colombianos saben hasta que extremos llegó su desprendimiento de las cosas de este mundo.
Los dioses se habían dado cita para favorecerlo. Quienes hubieran sido sus rivales desaparecieron prematuramente de la escena: Jorge Eliécer Gaitán, Gabriel Turbay, Carlos Lozano y Lozano, murieron en la flor de la edad. Dario Echandía, a quien por mil títulos se consideraba como el legítimo heredero de su grupo político, mostró siempre un tal desgano por el poder, que jamás le hizo sombra a Lleras. Sólo quedaba en el escenario su pariente, Carlos Lleras Restrepo, puesto que en el Partido Conservador el doctor Mariano Ospina Pérez eclipsaba al resto de sus copartidarios, que apenas empezaban a hacer pinitos en el panorama político.
Reunía, además, al lado de su autoridad moral por su desinterés, un sinnúmero de atributos para hacer una carrera pública sin par. Una acerada pluma, capaz de conmover a la opinión pública con un documento de dos cuartillas, que al ser leída con su espléndida dicción le daba un efecto multiplicador, como se registra en muy pocos casos. Contaba con una experiencia de la cosa pública que le permitía diagnosticar los más abstrusos problemas desde el punto de vista político, sin tener que comprometerse en cuestiones de carácter técnico. Conocía, además, la maquinaria del Partido, cuando esta aún existía como un organismo que respetaba las jerarquías intelectuales y se sometía ante el prestigio de la inteligencia. No se movía una hoja del árbol liberal por intereses subalternos sino por la mística y el amor a la causa de los hombres y mujeres de su militancia.
Por último, contaba con el respaldo incondicional de los grandes diarios liberales del país y de los ex presidentes Santos y López, a quienes justamente se calificaba como jefes naturales de la colectividad. No sería exagerado afirmar que por más de veinte años su poder no conoció límites. El solo hecho de no dilapidarlo con conductas abusivas, lo consagraba con el paradigma del demócrata para todo el liberalismo colombiano. Nadie vió cerñir sobre sus sienes tantos laureles.
Como no estaba sometido a la menor sospecha de indelicadeza, podía por igual ponerle coto a las demasías sindicales de los trabajadores del río Magdalena; dictar conferencias propugnando por la tesis de la sustitución de importaciones, caballitos de bandera de la ANDI; ser rector de La Universidad de los Andes, institución elitista y proamericana en su cuna pero que con el tiempo ha venido a ser tan democrática como cualquie otra.

Tuvo el coraje de enfrentarse casi solitario a la dictadura de Rojas, en páginas polémicas tan brillantes como las de Laureano Gómez contra el régimen militar y la cobardia-ambiente. Hacer oposición constituía para el una tarea tan fácil como hacer gobierno. La había hecho contra la administración Santos desde las páginas de El Liberal y volvió a hacerla en 1957 con su pluma versátil, desde el diario El Espectador. Quienes intentaron culparlo por la caída del régimen liberal, a raíz de las invectivas de Gabriel Turbay, tropezaron con un polemista de cáscara amarga a cuyos dardos era difícil escapar. Sin embargo, el dia 9 de abril de 1948, cuando él estaba de visita en Bogotá, como Secretario General de la Unión Panamericana y propulsor de la reforma de todo el sistema panamericano, las turbas enfurecidas por el alcohol y las palabras incendiarias lo buscaron para asesinarlo. Un chofer agradecido lo salvó de las garras de la multitud y le brindó asilo bajo su techo. En el futuro no conoceria sino el éxito para todas sus empresas. La más memorable fue la hazaña de dar al traste con el régimen militar que encabezaba el general Rojas. No concibió la estrategia, pero la interpretó a la perfección, tras unas horas de vacilación en la Convención de Medellín, donde López Pumarejo propuso votar por un candidato conservador y despojar al dictador del pretexto que le servía para mantenerse en el gobierno: el enfrentamiento entre los partidos, si se convocaba a elecciones.
Suya, en unión de Laureano Gómez, fue la idea del Frente Nacional,ue yo tanto he cuestionado en los últimos veinte años, principalmente por haber acogido la propuesta de la alternación en la Presidencia, que desdibujaba la paridad como un estatuto de la oposición, para convertirla en unas normas para repartirse el botín en el seno de la coalición que vencedora volvía a negarles, como en los peores tiempos, el agua y la sal a sus contradictores. De que triunfó con sus tesis no cabe duda, en el sentido de que consiguió imponerlas. Falta saber hasta qué punto la lucha de clases vino a ser hija de la tregua de los dos partidos históricos, beneficiarios del reparto, e identificados ideológicamente.
Con el transcurso del tiempo, Alberto Lleras acabó siendo el símbolo mismo del establecimiento colombiano y su más insigne representante y vocero. Con su tradicional modestia seguía transitando en un automóvil anacrónico que el mismo conducía desde Chía. Ningún extranjero hubiera podido sospechar que se trataba del hombre más poderoso de Colombia, dueño de la opinión pública, a través de la radio y de los diarios de mayor tiraje. Como Secretario de la OEA había intervenido con fortuna en los conflictos regionales y en la propia esfera mundial, con lo cual se renovaba el prestigio de la institución. La viuda del presidente Kennedy lo calificaba como el estadista más consumado con quien habia tropezado en sus años de vida pública.
No solamente no tenía rivales, sino que el país entero se negaba a darle carta de ciudadanía a quien se erigiera como su competidor en el terreno político. Poco a poco el tedio de la vida de que hablaban de los romanos lo convirtió en su presa. No solamente se retiró de la vida pública sino que su propia vida privada fue de alejamiento y reclusión de anacoreta, a quien le servía de pretexto su salud para reducir sus relaciones humanas a un estrecho círculo de amigos, como los presidentes de turno que iban a consultarlo, o los amigos de otro tiempo que, en veladas nostálgicas, se deleitaban rememorando acontecimientos desconocidos para las nuevas generaciones, reacias a la lectura. El número era cada vez mas reducido entre quienes habian participado en la génesis del predominio liberal. Sus contemporaneos se iban extinguiendo, y la nueva Colombia, a la que aludía con tanta frecuencia en sus escritos, había ocupado el lugar de aquella que le habia servido de escenario y que él mismo habia contribuido a crear.
Una Colombia más rica, más próspera, más consciente de su inserción en el mundo, pero victima de un desarrollo que no pudo asimilar sin graves traumatismos por lo excesivamente rápido. Una Colombia, en fin, que era el anverso en lo moral de lo que habían soñado tres generaciones de educadores de la estirpe Lleras.

Cuando murió su hermano Felipe estábamos distanciados de nuevo desde hacía algún tiempo. Ante el agobio de su dolor en la pequeña iglesia en donde se celebraron las exequias, opté por escribirle una carta asociándome a su pena. Recogía en pocas lineas los mismos sentimientos que embargan este escrito ante su tumba: el cercado íntimo de más de medio siglo de vida en común que sólo sobrevive en la memoria de los menos. Conmovido, me llamó y sin proponernoslo en forma explícita, recapitulamos, como lo hago ahora, nuestro repertorio de recuerdos, ya sin amores y sin odios, ambos convencidos de lo vulnerable de la criatura humana y del tiempo que se pierde en herirla.

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