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| 4/15/2002 12:00:00 AM

Jaque ¿mate?

La crisis política de Venezuela puso en entredicho la continuidad democrática del país vecino. Tres presidentes en menos de 48 horas testimonian la polarización de los ciudadanos y la incertidumbre ante el futuro.

El presidente Hugo Chavez presento su renuncia", dijo Pedro Carmona en la mañana del viernes, cuando anunció por televisión al país el desenlace de una noche histórica en Venezuela. Rodeado por los altos mandos militares, Carmona hizo su declaración desde el Palacio de Miraflores luego de recibir el ‘encargo’ de presidir un gobierno interino destinado, según él, a regresar a Venezuela a la senda de la democracia.

Pero la salida de Chávez del poder, luego de un día lleno de incidencias en el que una enorme manifestación desencadenó los eventos que condujeron a su caída, deja más preguntas que respuestas.

Porque el futuro político de Venezuela no es tan claro como podría pensarse por la euforia de las multitudes que habían llegado a ver en Chávez a un dictador incipiente o a un loco irresponsable. Al cierre de la semana la legitimidad de Carmona en la presidencia estaba seriamente cuestionada ante la falta de una prueba de que Chávez hubiera renunciado efectivamente como afirmaban los altos mandos militares. En ausencia de un documento firmado por el presidente lo que se habría configurado sería un golpe de Estado clásico, prohibido por la comunidad internacional, entre otros instrumentos, por la Carta democrática de la Organización de Estados Americanos (OEA). Y la actitud complaciente del gobierno de Estados Unidos conformaba, en opinión de muchos analistas, un pésimo precedente para la democracia en el continente.

El final de la aventura

La trayectoria del comandante Chávez describió una parábola dramática desde que saltó al primer plano en 1992 con su intentona de golpe contra Carlos Andrés Pérez, para llegar a la presidencia en 1998 tras conseguir una votación sin precedentes, cimentada en sus ataques a los partidos tradicionales, Acción Democrática (AD) y Copei. Sus mayorías incontrastables le permitieron iniciar su sueño de la "revolución bolivariana". Promovió una nueva Constitución, en la que el Congreso quedó convertido en una Asamblea Nacional; le cambió el nombre al país por el de República Bolivariana de Venezuela e inició una serie de programas sociales que crearon gran expectativa en las clases bajas.

Pero aunque siempre tuvo la animadversión de la clase dirigente, impulsada por su amistad con el presidente cubano Fidel Castro, su popularidad se mantuvo en altas cotas hasta finales del año pasado. Desde entonces ésta cayó vertiginosamente en casi todos los sectores. La crisis de Chávez comenzó a fraguarse, según la mayoría de los analistas, desde cuando en noviembre pasado el presidente, en desarrollo de una ‘ley habilitante’, proclamó 49 normas de carácter económico que tocaron los intereses de los grupos económicos y de los terratenientes, pero también pusieron en riesgo valores apreciados por las clases medias como el respeto por la propiedad privada. La oposición se creció y tomó fuerza.

La tozuda negativa de Chávez a negociar con los sectores afectados por estas normas se unió a la disputa por la presidencia de la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), dirigida por el antichavista Carlos Ortega, para consolidar una inédita alianza entre el empresariado, representado por Fedecámaras y dirigido por Carmona, y el sector sindical con el presidente de la CTV, Carlos Ortega.

El detonante se produjo en diciembre cuando cambió cinco miembros de la junta directiva de la gigante petrolera estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa), por personas de su confianza. Los ejecutivos de la estatal petrolera iniciaron una serie de protestas, por las cuales la producción de petróleo se redujo significativamente, a tiempo que en las principales ciudades la clase media iniciaba la realización de ‘cacerolazos’ para protestar por la mala situación de la economía. Y en febrero varios altos militares decidieron, en seguidilla, declararse en rebeldía y pedir la renuncia del presidente.

Desde el fracaso de un paro el 10 de diciembre las cosas parecían haberse aquietado. Pero el manejo que le dio Chávez al conflicto petrolero fue el golpe definitivo. Sus servicios de seguridad, que ya habían hostigado a la prensa, comenzaron a amedrentar a los ingenieros de Pdvsa. Carmona y Ortega decidieron convocar un paro general para el martes 9 de abril, el que extendieron al miércoles y después indefinidamente. Ese día Ortega dijo a SEMANA que el paro continuaría hasta que Chávez aceptara "las demandas laborales". El jueves una marcha de una multitud inmensa se dirigió primero a la sede de Pdvsa y luego, por iniciativa de Ortega, al Palacio de Miraflores. El éxito de la marcha le había hecho cambiar de opinión al líder sindical, quien ahora pedía que Chávez "se vaya hoy".

Mientras la manifestación avanzaba hacia Miraflores, Chávez salió en cadena de televisión para minimizar los efectos del paro. Y cuando las cadenas privadas, que junto con la prensa habían lanzado una fuerte campaña a favor de las protestas, decidieron dividir la pantalla para mostrar simultáneamente la dimensión de las mismas, el presidente cometió el error de cerrarlas. Eso, a la larga, lo único que consiguió fue contribuir a la confusión acerca de la violencia que, al final, resultó crucial para su apresamiento.

Según los opositores los disparos provinieron exclusivamente de un grupo de chavistas miembros de los Círculos Bolivarianos. Pero el periodista norteamericano Gregory Wilpert, quien llegó al lugar en ese momento, sostiene que hubo tiros "al menos desde tres frentes diferentes" mientras los chavistas argumentan que ocho de los 12 muertos de la jornada eran de los suyos. En cualquier caso las únicas imágenes que se conocieron fueron las de los pistoleros de los Círculos. La versión de que Chávez había autorizado los ataques condujo a que la cúpula militar le retirara definitivamente el apoyo. A las 2 de la mañana se anunció la dimisión del presidente, conducido preso al Fuerte Tiuna.

Con pie izquierdo

Tras jurar su cargo, Carmona cometió su peor error al anunciar la disolución de la Asamblea Nacional y la destitución de todos los funcionarios de las tres ramas del poder público, a tiempo que por todo el país se desataba una cacería de brujas contra los partidarios del presidente depuesto. Todo parecía definido y los enemigos de Chávez celebraban con champaña la caída de un presidente incómodo como pocos.

Pero Carmona, en medio de la euforia, no entendió la trascendencia de sus medidas, que derogaban de un plumazo toda una institucionalidad adoptada, para bien o para mal, con el concurso del voto de los venezolanos. Ni calculó la capacidad de respuesta del chavismo, que en medio de la represión desatada en su contra intentaba reagruparse.

Y para ello no le faltaban razones jurídicas. El fiscal general de la República, Isaías Rodríguez, dijo a la cadena CNN antes de irse a la clandestinidad que Hugo Chávez seguía siendo el presidente por cuanto no se había presentado la carta de su renuncia y que, incluso, si la hubiera entregado a los militares que lo detuvieron el acto tampoco sería válido, porque para serlo tendría que haberse presentado a la Asamblea Nacional.

Rodríguez insistió en que aun si Chávez hubiera renunciado la sucesión le correspondería al vicepresidente Diosdado Cabello. Y en cuanto a la detención de Chávez, el fiscal se preguntaba por qué no se permitía al Ministerio Público entrevistar al presidente. "¿Es que renunciar es un delito?", decía.

El politólogo venezolano Carlos Romero dijo a SEMANA que "el nuevo gobierno transitorio ha comenzado con mal pie. Es un mal comienzo por el apresuramiento jurídico. Y desde el punto de vista político aparece menos confiable que el anterior porque comete mayores arbitrariedades".

En su opinión, no se puede empezar con las mismas arbitrariedades, como los allanamientos y detenciones a los partidarios del ex presidente Hugo Chávez, cuando llegaron al poder criticando esa conducta del antiguo régimen.

Aunque Romero fue crítico del gobierno de Chávez, argumenta seis razones por las cuales la junta transitoria de Pedro Carmona se instaló de manera precaria. En primer lugar, "el nuevo gobierno conforma un cuadro jurídico que no ha sido todavía reconocido internacionalmente". En segundo, el Grupo de Rio, reunido en Costa Rica, condenó el cambio político ocurrido en Venezuela. "Diversos sectores chavistas y juristas esgrimen con razón que no se ha enseñado públicamente la carta de renuncia de Chávez y afirman que lo ocurrido fue un golpe de Estado", añadió.

En cuarto lugar, Romero señaló que "hubo un apresuramiento en la calificación de junta de gobierno o un presidente provisional. En la carta de constitución del gobierno transitorio se habla de una Carta Magna que no se sabe si es la de 1961 o la de 1999".

Como quinto elemento sostuvo que por la vía de esta junta transitoria se decreta la suspensión o destitución de todos los poderes públicos. "Hay grandes lagunas. Amigos juristas míos han encontrado 25 errores de carácter doctrinario o conceptuales en el acta de constitución del nuevo gobierno".

Además recordó que el 12 de septiembre de 2001 los países del continente firmaron la Carta Interamericana Democrática de la OEA, en la que se establece que todo gobierno que sea producto de una asonada militar será condenado.

Desde el punto de vista político "nos ha preocupado mucho el componente del acta constitutiva del gobierno transitorio. Nos llaman la atención las detenciones de diputados como Tarek William Saab y gobernadores como Ronald Blanco, representantes del chavismo. También borrar los cargos de la Asamblea Nacional, los gobernadores y alcaldes, que son elegidos popularmente".

Las declaraciones del fiscal Rodríguez produjeron sus efectos cuando varios países de América Latina, entre los cuales estaban México y Paraguay, anunciaron su intención de no reconocer al nuevo gobierno venezolano hasta que no se aclararan las circunstancias de la salida de Chávez y se hubieran restituido las instituciones democráticas, incluida la realización de elecciones. Y se esperaban manifestaciones en ese sentido por parte de la Unión Europea y varios países del Viejo Continente en forma individual.

Mientras tanto la Casa Blanca asumió una posición ambigua al culpar al propio Chávez del desenlace de su gobierno. Para Estados Unidos el tema se convirtió en una papa caliente porque apenas unos días antes el Departamento de Estado se había pronunciado en contra del rompimiento del orden constitucional en Venezuela.

Esa actitud pareció fortalecer la opinión de los analistas que piensan que el movimiento antichavista tuvo el beneplácito de Washington, que habría visto en Chávez una amenaza demasiado seria desde cuando se enfrentó a la directiva de Pdvsa, sobre todo ante la situación mundial planteada por la negativa de Irak a vender petróleo a Estados Unidos. Venezuela exporta millón y medio diario de barriles a ese país, el 15 por ciento de su consumo, lo cual lo convierte en un país de importancia estratégica para Washington.

La reacción

Pero el sábado se produjo lo inesperado. Las masas chavistas bajaron de las laderas de Caracas para defender a su gobernante. Los militares, escandalizados ante las medidas de Carmona, que borraban de un plumazo las instituciones, condicionaron el apoyo al nuevo gobierno a la derogación de esas medidas. Y Carmona accedió, pero era demasiado tarde.

En medio de la confusión y las protestas populares, varios funcionarios gubernamentales, comandados por el ministro de educación Aristóbulo Isturiz, retomaron el Palacio de Miraflores, donde se posesionó provisionalmente el vicepresidente Diosdado Cabello. Al cierre de esta edición se esperaba la llegada de Chávez, dispuesto a retomar el rumbo de su revolución.

Chávez ha sido errático y arbitrario y cayó en el error de enfrentarse al mismo tiempo con instituciones clave como la Iglesia, los medios, el sector privado y los sindicatos. Pero también es cierto que, si cometió actos ilegales había procedimientos democráticos para juzgarlo. Su estilo extravagante y ofensivo podría hacerlo odioso, pero su caída a sombrerazos no era un buen precedente para la democracia en Venezuela ni en América Latina. La actitud ambigua de Estados Unidos y de muchos países del continente podría convertirlo en la resurrección del papel de los militares en la escogencia de los gobiernos de la región. Y la democracia quedaría, de nuevo, reducida al papel de instancia para escoger a los gobiernos convenientes para Estados Unidos.

Pero la reacción de los venezolanos de las clases menos favorecidas, le dio a este episodio un carácter inédito en la historia de América Latina. El sábado en la noche, ante la presión popular, Carmona resolvió presentar su renuncia. El regreso de Hugo Chávez Frías al poder se convirtió en cuestión de horas.
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