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| 10/22/2001 12:00:00 AM

La cacería

La principal potencia militar del planeta ha seleccionado a su primera presa en su lucha contra el terrorismo: Osama Ben Laden. ¿Cómo se va a librar la primera guerra del siglo XXI?

El portaaviones USS Theodore Roosevelt es el barco más grande que surca los mares de la Tierra. Junto a él siempre está su equipo de combate: destructores, buques de aprovisionamiento, tanqueros, anfibios. Apropiadamente apodado ‘El gran garrote’, el Roosevelt es, por sí mismo, una fuerza naval más poderosa que la inmensa mayoría de las marinas del mundo.

El jueves, esa era apenas la punta de lanza de la ofensiva militar de Estados Unidos que se dirigía a Afganistán. Ese día Washington desplegó en el mar Arábigo una fuerza de 500 aviones, tres grupos navales de batalla, el Roosevelt, el Carl Vinson y el Enterprise; dos submarinos de ataque, el Hartford y el Springfield; 15.000 tripulantes y 2.100 marines. Mientras tanto en sus bases contingentes de las fuerzas especiales de Estados Unidos, la Fuerza Delta y los Boinas Verdes, se preparaban para una misión en Afganistán, en la que podrían ser apoyados por unidades especiales de Alemania, Rusia y hasta la Legión Extranjera francesa.

Con ese telón de fondo el presidente George W. Bush habló ante el Congreso en Washington por primera vez desde el ataque contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono. Y su tono, que en el curso de la semana había ido subiendo, llegó al clímax. Bush, quien estaba rodeado por la cúpula militar, el Congreso, la Corte Suprema, la curia y hasta Tony Blair, exigió al gobierno talibán de Afganistán la entrega ya no sólo del principal sospechoso, Osama Ben Laden, sino la de la totalidad de los miembros de su grupo terrorista al Qaeda, al que acusó de perpetrar los ataques. “Nuestro pesar se ha convertido en ira y nuestra ira en determinación. Sin importar si los traemos ante la justicia o llevamos la justicia hasta ellos, justicia se hará”, dijo ante un Congreso unido y justamente enardecido. Sus palabras resonaron con determinación histórica cuando se dirigió a los demás países del mundo: en esta guerra contra el terrorismo, “ustedes están con nosotros, o están con el terrorismo”.

El discurso presidencial quiso dejar en claro a los miembros del Gran Concilio Islámico de Afganistán que ni la declaración de persona non grata de Ben Laden ni la propuesta de negociación iban siquiera a ser consideradas. Y no podía hacer otra cosa. Como dijo a SEMANA el experto norteamericano Robert Borosage, “ningún gobierno estadounidense sobreviviría si no respondiera con fuerza a quienes perpetraron los ataques contra Nueva York y Washington”.



Los frentes

Pero ni la firme y decidida alocución de Bush ni el despliegue de material bélico hicieron cambiar la decisión de los fundamentalistas afganos. El viernes su respuesta fue clara: ante la negativa norteamericana a entregar pruebas, ellos se rehusaron a entregar al sospechoso que tienen en su territorio. Y, como si fuera poco, exhibieron una actitud desafiante al advertirle a Estados Unidos que si atacaba el talibán declararía en su contra una jihad, o guerra santa.

Estas circunstancias confirman que la guerra que se aproxima no se parece en nada a las de siglos pasados. Cuando Estados Unidos ‘declaró la guerra’ muchos se preguntaron guerra contra qué o contra quién. En una encuesta se les preguntó a los estadounidenses que si el Congreso de ese país declaraba la guerra, contra quién creía que se debía librar: el 61 por ciento respondió que no estaba seguro.

Y esta nueva realidad cambia radicalmente las reglas del juego. No se trata de una guerra dentro del concepto clásico, que consiste en una operación violenta de un Estado contra otro donde el enemigo es claro y el territorio definido. No se va a parecer a la ‘Tormenta del Desierto’ que lideró Bush padre para sacar a Irak de Kuwait, ni a la guerra aérea a control remoto sobre Serbia que encabezó el gobierno de Clinton. Es una guerra sin rostro ni lugar. El propio Bush pareció admitirlo el jueves ante el Congreso cuando se abstuvo de pedir la autorización para declarar formalmente las hostilidades, como ordena la Constitución y el derecho internacional. Ello no solamente porque los talibán no son reconocidos como gobernantes legítimos, sino porque el enemigo puede estar en muchos otros Estados y no estar en ninguno.

Por lo pronto esta nueva guerra tiene dos frentes. Uno de corto plazo y uno de largo aliento. La guerra de corto plazo, una especie de ‘guerra relámpago’, tiene dos objetivos concretos e identificables y encarna un mensaje ejemplarizante para el mundo.

El primero es la captura ‘vivo o muerto’ de Osama Ben Laden. Vivo, claro, es mucho más útil que muerto. Podrán exhibirlo ante el mundo entero esposado de pies y manos como un símbolo universal de la infamia que debe responder ante la justicia por sus actos delirantes. Sería un triunfo de la democracia sobre el fanatismo. Si Estados Unidos logra sentar en un estrado judicial a Ben Laden y a algunos de sus secuaces el mundo estaría presenciando un nuevo proceso de Nüremberg, en el cual el antisemitismo de antaño sería reemplazado por el fanatismo religioso de hoy. Pero con una diferencia: los nazis condenados a muerte hace 55 años hacían parte de un ejército derrotado. El ejército de terroristas de Ben Laden no quedaría derrotado con la captura de su cúpula. Y esto hasta podría tener el efecto contrario: convertir a Ben Laden en mártir de la guerra santa de los fundamentalistas contra Occidente.

Sin embargo las posibilidades de que un marine capture vivo a Ben Laden en una cueva de Afganistán son tan remotas como las de sacar esposado a ‘Tirofijo’ de las selvas de Colombia. Aun con visores nocturnos e inteligencia Made in USA. En 1995, luego del primer atentado al World Trade Center, Bill Clinton autorizó —en una orden secreta— que la CIA llevara a cabo operaciones encubiertas contra Ben Laden y su infraestructura. Desde ese momento cada palabra que han pronunciado sus miembros ha sido grabada, sus redes han sido dibujadas en mapas y sus células han sido perseguidas. Resultado: reciben de sorpresa el golpe más humillante y doloroso de toda su historia en el corazón mismo del sueño americano.

El otro objetivo de corto plazo sería derrocar el régimen talibán. Este sería un mensaje claro y contundente contra todos los Estados que comulgan con el terrorismo. Sin embargo, a pesar de ser un régimen que sólo reconocen tres países en el mundo y cuyas prácticas fundamentalistas han sido condenadas por la comunidad internacional, cualquier intento de derrocamiento encierra peligros insospechados. La guerra tipo Nintendo de los Balcanes no sirve en Afganistán. Es uno de los lugares más inhóspitos del mundo, con una topografía accidentada y hay muy poco que bombardear: no hay infraestructura ni defensas militares. Los afganos viven hoy en el siglo XVI. Así que cualquiera de los dos objetivos —coger a Ben Laden o tumbar a los talibán— requeriría necesariamente un despliegue de tropas terrestres que les podría costar sangre a los estadounidenses. Los talibán conocen cada centímetro de su territorio y lo demostraron con creces luego de que sacaran a punta de guerra de guerrillas al temido ejército rojo en los años 80. ¿Hasta qué punto están dispuestos los estadounidenses a asumir una guerra en la que los marines empiecen a llegar en bolsas negras a Washington? Con un ingrediente adicional: el conflicto de los Balcanes engañó a la opinión pública norteamericana sobre la posibilidad de la guerra tecnológica con cero bajas.

El factor tiempo en esta ofensiva también se ha vuelto decisivo. Mientras estén frescas en la opinión mundial las imágenes de dolor y sufrimiento por los atentados terroristas el ataque de Estados Unidos a Afganistán será visto como un acto de justicia. Pero a medida que pase el tiempo, y aquellas imágenes de consternación se empiecen a extinguir, cualquier intento de invasión será interpretado más como una agresión imperialista.

Guerra invisible

La guerra de largo aliento contra el terrorismo en general es mucho más difícil de librar. El domingo anterior Bush había reconocido la complejidad de esta guerra cuando se dirigió por radio a sus conciudadanos. Millones de norteamericanos, como en la época anterior a la televisión, mirando al vacío, escucharon a su líder todavía aturdidos por los atentados del martes en las Torres gemelas y el Pentágono, pedirles que se prepararan para “un conflicto sin cabezas de playa ni campos de batalla”.

Ese conflicto, en el que los actos terroristas suplantan a tanques y submarinos, es el que se va a librar entre los servicios de inteligencia y contrainteligencia, entre espías y terroristas disfrazados de ciudadanos del común, informantes y traidores. Se trata, en esencia, de una guerra sucia. Para ello el secretario de Estado, Colin Powell, advirtió que el gobierno está revisando las normas que rigen las actividades de los servicios secretos, entre otras una orden ejecutiva del presidente Jimmy Carter dictada en 1976, que prohíbe el asesinato de líderes extranjeros por razones de Estado. Y para mantener el frente interno incólume fue creado el cargo de zar antiterrorismo, jefe de una nueva Oficina de Seguridad de la Patria, a cargo del ex gobernador de Pennsylvania Tim Ridge.

Pero mientras la guerra de los portaaviones apenas se preparaba la guerra invisible ya se libraba en las calles de las ciudades de varios países, desde Alemania y Francia, Tailandia y Emiratos Arabes, entre otros, hasta México, Argentina, Paraguay y la propia Colombia, donde las pesquisas ya han llegado a la localidad de Maicao, por su población árabe. Las capturas de supuestos participantes en los ataques del 11 de septiembre se multiplicaron hasta llegar a un total de 300 sólo en el territorio de Estados Unidos. El último fue el arresto en Chicago de un taxista de Boston llamado Nabil al-Mahrab, vinculado con un allegado de Ben Laden. Y en los efectos colaterales de esa nueva clase de confrontación se reportaron 250 casos de ataques contra ciudadanos árabes o con apariencia de serlo.

Las capturas y el desarrollo de las investigaciones mostraron también un nuevo perfil de terrorista que dejó perplejos a muchos. Tanto los participantes en los atentados como su red de apoyo resultaron ser muy distintos del tradicional terrorista suicida árabe. No se trata de personas muy jóvenes sin ninguna esperanza en la vida, sino de personas de mayor edad, profesionales o estudiantes, muchos de ellos residentes en Estados Unidos por varios años, gente con familia e hijos que vivía entre los norteamericanos y como ellos. Se trata de gente plantada con gran paciencia en sociedades occidentales para vivir vidas normales en espera del golpe. Se estima, por ejemplo, que en Alemania hay unos 1.000 “sleepers”, como se les llama, listos para entrar en acción. Que gente de esas características pudiera militar en grupos extremistas supuso una nueva complicación porque los hizo mucho más difíciles de encontrar y, de paso, volvió sospechoso a todo ciudadano de origen árabe musulmán.



Sombrilla siniestra

Como afirman los analistas, el enemigo al que se enfrenta Estados Unidos no es ni mucho menos una sola organización ni está centralizada. El centro de análisis político-militar estadounidense Stratfor, sostiene que el grupo terrorista de Ben Laden, al Qaida, y su hijo, el Frente Internacional de Lucha contra los Judíos y los Cruzados, creado por Ben Laden en Londres en 1996, son una sombrilla que abarca decenas de grupos en todo el mundo musulmán, como la Harekat al Ansar, de Pakistán; Jihad Islámica, de Egipto, y al Jeishe al Mamad, de Jordania. Y que la lógica indica que un solo grupo habría podido perpetrar una acción como la del 11 de septiembre. Se trató de una planificación de varios años, que tuvo que incluir varios niveles de planeación, organización, inteligencia y capacidades operacionales a tiempo que los compartimientos se mantenían separados para evitar que una captura produjera daños al conjunto. Tampoco consideran los investigadores que las acciones pudieran llevarse a cabo sin apoyo de algunos países, a veces oficialmente, o por vía de simpatizantes en puestos clave.

Y creen que los ataques podrían haberse perpetrado sin órdenes directas del propio Ben Laden, como parece ser el caso del primer ataque sobre el World Trade Center en 1993, perpetrado por un grupo afiliado a Ben Laden, el egipcio al-Gama’at al Islamiya, pero sin su participación directa. Como dice un analista, “los fundadores de este movimiento estudiaron la estructura de los grupos subversivos del mundo y descubrieron que su gran debilidad es el control central. Su carácter clave es que se mueve casi invisible alrededor del mundo, formando grupos ad hoc con paciencia y cuidado infinitos para dar golpes a sus enemigos. Este es un modelo de movimiento subterráneo que acepta la ineficiencia (hay largas pausas entre sus acciones) a cambio de seguridad”.

Por eso existe casi unanimidad entre los analistas en el sentido de que la guerra contra una ‘entidad’ como esa se libra en el terreno de la inteligencia en tiempo real, en la lucha por controlar sus finanzas y en una inmensa cantidad de acciones de vigilancia y control que poco tienen que ver con portaaviones y submarinos. Se trata de una tarea inmensa, comparable pero mucho más difícil que la lucha contra las drogas o contra el comunismo. Sobre todo porque, en este caso, son personas dispuestas a matarse para cumplir sus objetivos y que, como quedó demostrado en Nueva York y Washington, no parecen tener límites en cuanto a la dimensión de sus atentados.



Por la politica

La tragedia de las Torres Gemelas y el Pentágono fue un duro despertar para una sociedad norteamericana que consideraba a su país un remanso de paz. Y la virulencia del ataque dejó a muchos preguntándose qué podría causar un odio capaz de generarlo. Son muchos los analistas norteamericanos que han iniciado una especie de autoexamen de conciencia para enfrentar los fantasmas de su propia política exterior.

Los analistas muestran un panorama en el que Estados Unidos apoyó dictadores, tumbó gobiernos y sostuvo otros en función de sus propios intereses en el marco de la Guerra Fría. Como dijo a SEMANA el renombrado observador Noam Chomsky, “se trata de políticas como la consistente oposición de Washington a las tendencias democráticas y a las barreras impuestas contra el desarrollo de la sociedad islámica”.

Es paradójico que la situación actual sea un legado de la ocupación soviética y de la reacción estadounidense. En plena Guerra Fría, en su lucha contra el comunismo, Estados Unidos apoyó al hoy cuestionado grupo fundamentalista Mujahadeen y a los talibán y la CIA convirtió a Ben Laden en su aliado. La potencia capitalista instó a Ben Laden a que convocara jóvenes islámicos de todo el mundo y le financió su entrenamiento en la lucha guerrillera para que combatiera a la “amenaza roja”. Esos jóvenes idealistas de los Emiratos, de la zona del Mahgreb o de las escuelas teológicas de Cachemira se convirtieron en el germen de su movimiento mundial.

Pero con el retiro de las tropas soviéticas, luego de la caída del muro de Berlín en 1989, Estados Unidos abandonó a sus antiguos aliados a su suerte, armados y entrenados para matar. “No hubo ayuda económica, no hubo asistencia de posguerra, ningún intento para conducir a estos militantes hacia otras metas o para entrenarlos para que aprendieran a hacer algo que no fuera matara la gente que no veía el mundo a su manera”, escribió Jack Blum, ex asesor del comité de relaciones exteriores del Senado estadounidense, en el diario The Sacramento Bee de California.

Pero es en el campo político donde muchos analistas ven la salida real al conflicto. Es a este nivel, dicen, donde Estados Unidos puede tratar de llegar al fondo de una problemática marcada por un odio de generaciones, mediante una cuidadosa reconstrucción de su imagen y una modificación realista de sus políticas. Aunque aún es demasiado temprano para decirlo la tregua entre Israel y Palestina es un buen ejemplo de ello.

Una aproximación de esa naturaleza implicaría el cambio de muchas de las actitudes norteamericanas, incluso el reexamen de su rechazo a las instancias legales multilaterales, como la Corte Penal Internacional, el tratado contra la proliferación de armas cortas y el tratado de Kioto sobre protección ambiental, entre otros.



Guerra santa

Sin embargo hay un elemento que hace que toda la racionalidad sobre el tema se quede corta. Se trata de la Jihad, o guerra santa islámica, declarada por Ben Laden contra el Gran Satán, o sea Estados Unidos y sus aliados. Una confrontación de esa naturaleza, que según los extremistas islámicos es autorizada por el Corán, no busca producir un efecto político en el adversario, modificar sus posturas u obligarlo a tomar otras. El ejemplo más cercano está en los atentados suicidas palestinos, que tienen un objetivo inmediato, como presionar la creación de un estado para su pueblo. Por el contrario, lo que la Jihad islámica busca es la destrucción del enemigo infiel, sin más arandelas.

Lo cierto es que la magnitud de los atentados no encaja en ninguna forma en el terrorismo tradicional, no sólo por la inmensa cantidad de recursos empleados, sino por la enorme influencia espiritual ejercida sobre los centenares de involucrados, capaz de mantener un sigilo impresionante durante años. Esas características apuntan hacia gente que cree que está cumpliendo un designio divino, hasta el punto de dejar atrás vidas aparentemente prósperas en países del mundo desarrollado.

Ben Laden rompió con su propio país, y declaró su guerra santa cuando Arabia Saudita, sede y guardián de los lugares más sagrados del Islám, La Meca y Medina, autorizó la presencia en su suelo de soldados infieles de Estados Unidos. Fue en ese detalle, ajeno a la política, donde cimentó su odio visceral, creciente e irreprimible contra Occidente. De ahí que la amenaza que se cierne sobre el mundo trasciende de lejos las experiencias cercanas.

No cabe duda de que Estados Unidos tiene que buscar y castigar a quienes perpetraron una atrocidad como la del martes 11 de septiembre. Pero los riesgos son enormes. Daphne Biliouri, experta británica en Asia Central, los describió para SEMANA: “Bush debe tener mucho cuidado en cuándo y cómo toma acción porque un ataque prematuro o equivocado no sólo no eliminará al ‘enemigo’ sino que creará un campo fértil para el nacimiento de más grupos terroristas contra él y sus aliados. Y como la Hidra, el monstruo mítico, cuando una cabeza sea removida surgirán muchas más alrededor del mundo. Estados Unidos, un país que no cree en jihads, habrá comenzado su propia jihad contra el mundo islámico”.
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