Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/06/24 00:00

La chicha

De ser una noble bebida ceremonial para los indígenas se convirtió en una de consumo masivo en todas las clases sociales urbanas durante el siglo XIX. Su fabricación fue prohibida, pero hoy se resiste a desaparecer.

La chicha

Cuentan los cronistas que antes de la llegada de los españoles a estas frías tierras de los Andes, la chicha, más conocida como vino de maíz y vino de tuza, era una noble bebida ceremonial "con cuyas abundantes libaciones los muiscas se embriagaban, pero sólo en ocasiones tan especiales como bodas, sepelios, carreras y celebraciones de victorias, y jamás de manera rutinaria y habitual como luego lo harían sus descendientes". (Alfredo Iriarte, El flagelo de la chicha, Historia de Bogotá)

Bajo el dominio colonial español, el consumo de la chicha, fermentada por los nativos en múcuras de barro para darle el 'punto de sabor', fue especialmente combatida por las autoridades por considerarlo un "flagelo" generalizado entre la población indígena de Bogotá, y gran amenaza para la higiene debido a la proliferación de chicherías, que eran para la época: cantinas de maldades donde se ejecutaban muchos adulterios, amancebamientos, juegos, blasfemias y borracheras nacidas de la ociosidad...

El chichismo generalizado en Bogotá también atentaba contra la moral y las buenas costumbres. Se considera que para fines del siglo XVIII funcionaban en Santafé de Bogotá más de 800 chicherías. Eran tan buen negocio, que algunas órdenes religiosas arrendaban sus propiedades a chicherías de la Calle Real (carrera séptima) y la Calle Florián. Al finalizar el régimen colonial, el gobierno virreinal se dio por vencido y terminó aceptando el consumo de la chicha, tratando de reglamentar el funcionamiento de los expendios.

Las chicherías se extendieron rápidamente por todo Santafé. Su proliferación se debía a sus bajos costos y al conocimiento generalizado de su procesamiento. Sin control efectivo, ni tarifa alguna, cualquier casa podía ofrecer la chicha a precio muy bajo. En el siglo XIX, después de la Independencia, el negocio de la bebida y su consumo se extendió a todas las clases sociales urbanas. Así, la chicha se transformaba en un fenómeno popular.

Para comienzos del siglo XX, las chicherías eran los sitios de esparcimiento popular que más proliferaban en Bogotá. Pronto la chicha se convirtió en un elemento indispensable para las fiestas tanto laicas como religiosas y de carnaval: Las reservas de chicha llegaron a ser mayores que las del agua.

Con la llegada masiva de desplazados, que luego se hacían obreros y artesanos, las chicherías de Bogotá en los años 20 se tornaron en lugares de hospedaje y sociabilidad, de identidad popular y aun en sitios de conspiración política. Estos escenarios aportaron una de las pocas condiciones de expansión de un pueblo sojuzgado en muchos órdenes. Sin embargo, la chicha, que ya entraba en franca competencia con la cerveza, nuevamente fue puesta en la picota por los higienistas. Justamente, después del Bogotazo, la Ley 34 de 1948 suprimió la fabricación de chicha, se había erradicado un vicio secular. En 1950, el ministro de Higiene, Jorge Bejarano, dio parte de victoria proclamando la derrota de este vicio, pero la victoria contra la competencia la había obtenido Bavaria.

No obstante, al despuntar el siglo XXI, la chicha paradójicamente adquiere estatus en diversos sectores sociales y se convierte en una bebida de buen recibo, a tal punto que el tradicional barrio de La Perseverancia organiza, desde hace más de cinco años, un famoso Festival de la Chicha.

Así, la chicha pasó de ser un problema "de moral y de salud" a convertirse en símbolo histórico de identidad de la cultura popular de la capital del país, así como lo son símbolos nacionales, la champaña en Francia, la cerveza en Alemania y el vodka en Rusia.

* Periodista y escritor

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