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| 8/27/2011 12:00:00 AM

La esperanza de un país mejor

Los diez mejores líderes del país y los 25 finalistas reflejan las demandas del país: reconciliación, debate inteligente, equidad y transparencia.

Los líderes son una ventana para mirar el rumbo que está tomando una sociedad y el desenlace que tendrán sus dilemas y conflictos. Allí donde hay liderazgos diversos, basados en las ideas innovadoras más que en el statu quo, y que reflejan no solo atributos individuales sino sueños colectivos, se está caminando hacia una democracia deliberativa, dinámica y abierta.

Ese es el mensaje que deja el Premio a los Mejores Líderes de Colombia: que en el país hay una nueva agenda, ya no la de la guerra y la polarización, sino la de corrientes modernizantes que pujan por un país más equitativo, pluralista y tolerante. La trayectoria de los diez mejores líderes, según este premio, y de los 25 finalistas habla más del futuro del país que de su pasado.
 
Ellos tienen en común varios aspectos: pertenecen a una sociedad civil con vocación pública, que influye porque tiene conocimiento y ventila sus argumentos. Son el retrato del país que esbozó la Constitución del 91: un Estado laico, diverso en lo religioso, étnico y político. Representan una agenda civilista, de reconciliación y justicia social. Y casi sin excepción, todos ellos se han jugado la vida en situaciones de alto riesgo para convertir en realidad sus convicciones. Cumplen al pie de la letra la definición de líder que hizo el presidente Juan Manuel Santos en el acto de premiación: “Un líder se mantiene firme haciendo el bien, haciendo lo correcto, aunque enfrente peligros o vaya contra la corriente, y solo con la fuerza coherente de sus argumentos inspira a los demás”.

Llama la atención cómo el saber se ha convertido en una fuente de liderazgo. Los premiados se destacan por el dominio intelectual de sus áreas, por su pensamiento crítico y por haber usado su experiencia para movilizar iniciativas que han significado una mejoría para nuestra sociedad. Es el caso de Alejandro Reyes, que ha dedicado su vida al estudio del problema agrario y hoy es el cerebro de la política pública de restitución de tierras. También el de Moisés Wasserman, rector de la Universidad Nacional, que se ha puesto al frente del debate sobre la calidad de la educación y que acaba de ganar la batalla para que no se les exija ánimo de lucro a las universidades públicas.

En segundo lugar, la diversidad de personas y áreas en las que se mueven los diferentes líderes habla de una sociedad que cada vez es menos parroquiana y más especializada en sus demandas democráticas. Que Mónica Roa, una férrea defensora de los derechos de las mujeres, demandara la prohibición del aborto y lograra que este se legalizara en tres casos excepcionales, habla de que los argumentos racionales logran ponerse por encima de sentimientos mayoritarios, cuando estos no coinciden con el espíritu laico de la Nación. Lo mismo que Juanita León, que ha sido una innovadora en el periodismo de internet, sintonizándose con las nuevas formas y expresiones de la política contemporánea, como las redes, y que ha demostrado que la comunicación puede contribuir a que los ciudadanos tengan una relación más horizontal con el poder.

También vale la pena destacar que allí donde las instituciones han estado ausentes, no han cumplido su papel o han sido capturadas por grupos de interés han surgido líderes capaces de llenar estos vacíos o exigir la transparencia y eficiencia del Estado en sus territorios. Personas como el sacerdote Francisco de Roux, que ha construido un camino práctico de desarrollo económico y social, desde una filosofía pacifista y de reconciliación. O la lucha de Carmen Palencia, una trabajadora agraria que se ha convertido en una contraparte fundamental del Estado en su programa de reparación a víctimas, en medio de un diálogo con altura y respeto.

Los mejores líderes también han creado una conciencia social sobre las fracturas y deudas sociales del país. Un buen ejemplo de ello es el empresario José Alejandro Cortés, quien ha sido un promotor y un ejemplo de la responsabilidad social empresarial, en el entendido de que el sector privado tiene el imperativo ético de generar oportunidades y equidad. Y Daniel Coronell, quien desde su noticiero y su columna le ha hecho honor a la famosa premisa de que el periodismo es el guardián de la democracia, y con demostrada independencia se ha enfocado en episodios y personajes de la vida pública particularmente oscuros y tenebrosos.

Del mismo modo que los líderes sociales se han ganado un lugar en el abanico de dirigentes esenciales para la democracia, los funcionarios cuya gestión es percibida como nítida, con vocación de servicio y eficiente, han recibido un gran voto de confianza. Como el general Óscar Naranjo, cuya labor en la Policía no se ha limitado a perseguir criminales, sino que ha defendido los valores civilistas desde su institución. Y su llave con la fiscal Viviane Morales, quien en poco tiempo ha dado resultados ejemplarizantes, en favor de la probidad, que han sido un bálsamo para una sociedad acostumbrada a la impunidad o a la idea de que la ley es para los de ruana. Esta dupla también refleja un énfasis menos militar y más jurídico en materia de seguridad.

Pero si bien este puñado de hombres y mujeres muestran las entrañas de un país que busca caminos hacia su modernización en todos los sentidos, la selección también permite reflexionar sobre las ausencias. Y salta a la vista que la gran ausencia en este premio son los liderazgos políticos. Salvo porque entre los finalistas hay un grupo selecto de políticos que se han destacado por su talante progresista y su compromiso con las reformas del país, el premio es un espejo en el que se refleja la falta de confianza que generan los partidos, sus dirigentes y el propio régimen.

Este vacío, en parte, se explica por la violencia. Colombia enterró por lo menos a una generación de dirigentes brillantes como Luis Carlos Galán, Álvaro Ulcué, Guillermo Cano, Jesús Bejarano, Rodrigo Lara Bonilla y Bernardo Jaramillo, por mencionar solo algunos. La violencia generó también una diáspora cuyas secuelas todavía se sienten. Posiblemente esta violencia diezmó movimientos como el sindical, cuya ausencia de liderazgos llama la atención, o el movimiento campesino como tal.

La poca presencia de políticos dentro de la selección de Mejores Líderes también refleja que hay una tarea pendiente de renovación. No es difícil concluir que estos 35 hombres y mujeres encarnan la ruptura con el viejo país. Son la esperanza porque simbolizan a una sociedad que está resolviendo sus conflictos apelando a la creatividad; una nación que se gratifica con la diversidad, que no deposita su confianza en líderes únicos, que ha hecho de los argumentos su base para la acción pública y que está logrando que predomine una visión moderna. Y también muestra que el reto hacia adelante es que este tipo de liderazgo logre convertir la política en un ejercicio más racional, que bajo unas instituciones sólidas permita trazar una hoja de ruta de transformaciones fuertes para un país que las necesita con urgencia.
 
 
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