| 2000/06/19 00:00

La eterna costa

Larga, rocosa, brava y calmada, así es la costa de Chile.

La eterna costa

Hablar de Chile es hablar de mar, de costa. Así lo entienden sus anónimos pescadores en su discurso cotidiano o Pablo Neruda y Gabriela Mistral, los dos premios Nobel, que en su obra siempre lo tuvieron como motivo de inspiración.

Y la costa chilena tiene varios puntos de ensoñación. De La Serena al sur hay una cadena de atractivos balnearios que invitan a tomar el sol y a disfrutar de una gastronomía centrada en los mariscos. Existen extensas playas de arena blanca y mar calmo donde el buceo es una actividad cotidiana.

Por la misma ruta, siempre al lado del mar, está el Parque Nacional Fray Jorge, que sorprende con un paisaje ajeno al lugar: un frondoso bosque de canelos, olivillos y helechos en la cima del cerro gracias al microclima que provoca la condensación de la neblina costera.

Y a sólo 90 kilómetros de Santiago está Viña del Mar, llamada ‘Ciudad Jardín’, donde brillan los excelentes hoteles, las viejas casonas y se escucha el sonido rítmico de los caballos que tiran los coches.

Cerca, muy cerca, está Valparaíso. Es una ciudad por la que todos los turistas sienten un amor a primera vista. ¿Por qué? La respuesta está en su originalidad, en su belleza espontánea. Tanto es así que la Unesco estudia la posibilidad de declararla Patrimonio Cultural de la Humanidad. Ambas ciudades tienen al mar como el mejor de los compañeros, de los amigos. El océano Pacífico, del que Neruda decía que se le metía por la ventana de su casa para inspirarlo.

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