Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1986/11/24 00:00

LA FUNCION DEBE CONTINUAR

El Circo de Moscú, una oportunidad para recordar las épocas de gloria del eseectáculo circense

LA FUNCION DEBE CONTINUAR

Hasta hace relativamente pocos años, nada podía resultar más emocionante para un niño, que el ser llevado por sus padres al circo. Por los muros de las ciudades colombianas desfilaron nombres que, años después, se volvieron inolvidables para toda una generación: los hermanos Egred, el Royal Circus, el Tihany y, en épocas más recientes, Los Muchachos, aquel circo integrado exclusivamente por menores de edad, que vino de España a principios de la década pasada.
Los padres jóvenes de hoy descubren con sorpresa que sus hijos difícilmente se dejan arrastrar al circo, pues prefieren quedarse en casa viendo betamax, jugando marcianitos o hasta descubriendo las virtudes de su computador personal. Para los niños de ingresos más bajos, quedan los Rambo del cine o "Los magníficos" de la televisión.
Sin embargo, en las últimas semanas han pasado por Bogotá dos circos que alcanzaron a atraer un buen número de niños. Y los atrajeron a pesar de la imagen más bien "perrata" que ha adquirido el circo, una institución que recientemente fue cuestionada incluso por su inseguridad, tras los fatales incidentes que se presentaron hace algunos meses en Bogotá, cuando el elefante de un circo mató a un vagabundo que trató de arrancarle un pelo de la cola, y un tigre de ese mismo circo casi se come a una niña cuyo único delito consistía en estar disfrutando de un "perro caliente" que atrajo la atención del felino.
El primero de los dos circos que salió airoso de su gira por Bogotá, fue el italiano Orfei. El segundo, que desde 1984 ha visitado el país todos los años, es el Circo de Moscú. En este caso, se trata de un espectáculo lleno de humor, fantasía y habilidad, que tiene como virtudes adicionales un permanente cambio de repertorio y el hecho de no presentarse en una carpa, sino en el coliseo cubierto, lo que le da una dimensión diferente a la de los demás circos y parece atraer más público, pues éste se siente más protegido.
Para el Circo de Moscú no es difícil cambiar constantemente de repertorio. Lo único que debe hacer para ello, es acudir a uno de los 1.500 números que se rotan los 70 circos que existen en la Unión Soviética, uno de los países con mayor tradición circense en el mundo. Para los soviéticos, el circo es, desde los albores de la revolución bolchevique, algo tan importante como el ballet, lo que explica que en 1919 fuera declarado arte nacional. Desde entonces comenzaron a surgir las escuelas de artistas circenses, donde hoy estudian más de 17 mil personas. Estas reciben una educación básica primaria de 5 años, antes de comenzar sus estudios circenses, que deben durar por lo menos 3 años, antes de que profesores especializados les enseñen durante otros tres años una determinada actividad en el mundo del circo.
Con estos antecedentes es fácil comprender la fascinación que causaron números como el de las acróbatas a caballo, donde 5 jinetes a todo galope, realizan saltos individuales y por parejas, antes de terminar su actuación con un show de tiro al blanco, desde el caballo en movimiento. Aparte están los perros acróbatas, las palomas que efectúan piruetas y un mago que se robó los más sonoros aplausos. Se trata de Jauri Avierino, quien desde hace 40 años trabaja en el circo y hace parte de la cuarta generación de una familia circense.
Para Avierino, la magia es algo muy diferente a lo que convencionalmente se ha visto en Colombia. No se trata de jugar con sombreros, cartas o varitas mágicas, sino de utilizar instrumentos de gran tamaño, adecuados a la dimensión del espectáculo de un circo en un coliseo. "Tengo que hacer trucos con aparatos grandes, porque de lo contrario no se apreciarían en un escenario como el del circo. Lo que hago es engañar al espectador, tratando siempre de utilizar los más recientes adelantos de la ciencia", dice Avierino.
En fin, lo de Avierino es sólo un ejemplo de un circo que no cesa de transformarse, de tecnificarse y de sorprender, gracias a que es el resultado de una concepción artística global, y no de la situación casi mendicante de aquellos otros circos donde los tigres han perdido los colmillos, y los payasos, la facultad de hacer reír.

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