Martes, 17 de enero de 2017

| 2005/12/03 00:00

La generación de la Independencia

Varias mujeres se entregaron en esta época a la revolución y así surgieron protagonistas históricas como Antonia Santos, Concepción Loperena y Simona Duque.

Ya desde finales del siglo XVIII las mujeres neogranadinas comenzaron a hacerse más visibles en el espacio público y, siguiendo la moda aceptada por la corte española, las señoras de mayor prestancia pudieron alternar en los salones literarios o en los círculos intelectuales y científicos; en esa sociedad, complaciente y amiga del lujo, abundaron los bailes, paseos, saraos y funciones de teatro que ofrecían a las damas y a sus admiradores espacios para lucirse, bien fuera como artistas o como espectadores. Simultáneamente con las actitudes cortesanas, las ideas de cambio y el descontento con el sistema de gobierno se esparcían en el ámbito de los privilegiados, en sus tertulias y salones; también entre las clases populares, discriminadas por su color y por su origen, sometidas laboralmente y abusadas de muchas formas, crecía el resentimiento. Las autoridades españolas percibieron el peligro y, como advertencia, en 1795 castigaron ejemplarmente, con prisión y destierro, a un grupo de criollos principales acusados de sedición, entre ellos Antonio Nariño. Se puede ubicar allí el inicio del drama que abarcó a una generación y en el cual paulatinamente se fueron comprometiendo distintos estamentos, regiones, familias y grupos, hasta abarcar la totalidad del territorio y de la población. Sin distingo de sexos, en las diferentes etapas de la larga contienda que precedió a la independencia política de España, terminó involucrándose gente de todas las razas y condiciones: civiles y religiosos, campesinos y habitantes de las ciudades, comerciantes y hacendados, mineros y terratenientes, funcionarios y desharrapados, todos tuvieron un espacio de acción. Si en un comienzo la reacción femenina fue de solidaridad con los perseguidos, en la medida en que se ensangrentó el conflicto ellas fueron tomando posiciones más decididas y, convertidas en conspiradoras, vincularon a la causa a otras mujeres parientas, amigas, vecinas o servidoras. En ese lapso, anterior a 1810, las más perceptivas avizoraron el cambio que se precipitaba y en algunos casos se prepararon para afrontarlo fortaleciendo su sentimiento patriótico, manifestando un creciente apoyo a las ideas de libertad y abrazando la causa con entereza y decisión. Por estas razones, cuando en las primeras ciudades y villas se proclamó la creación de juntas de gobierno que asumirían el poder hasta el restablecimiento de Fernando VII en el trono, en el tumulto y en la plaza ya estaban las mujeres. Muchas como azuzadoras vociferantes, otras armadas de piedras y de palos para atizar la contienda, algunas decididas a dirimir diferencias con insultos y pescozones, aunque también estuvieron las que pudieron arengar al pueblo, aconsejar a los indecisos o calmar a los exaltados. Se dice que fueron 600 las revendedoras que el 20 de julio humillaron a la virreina en Santafé y que algunas damas de alcurnia como Petronila Nava de García Hevia, Gabriela Barriga de Villavicencio, las Barayas y las Ricaurtes convencieron al virrey de abandonar la capital para evitar desgracias mayores. Pasados los días de la emoción y el desorden, las mujeres pudieron constituir grupos de vigilancia, de información y de apoyo a las milicias que se estaban formando. Su reacción no había sido meramente emocional porque la inconformidad y la protesta que habían crecido soterradamente las comprometían de distintas formas. Desde entonces, las veremos actuar al servicio de la causa revolucionaria en diversos roles: las que se enlistan como soldados en pequeños grupos; las voluntarias que van a la guerra para apoyar a su compañero, algunas veces cargando con los hijos; las que al pasar por los pueblos los ejércitos en marcha acuden a suministrarles ánimo, vituallas y medicinas; abundaron las mujeres independientes que actuaron como correos, que sirvieron de espías, y las señoras que desde sus casas recolectaron dinero, cosieron uniformes o bordaron insignias y banderas. Algunas como la santafereña Andrea Ricaurte de Lozano convirtieron su hogar en centro de conspiradores, ocultaron fugitivos, despacharon noticias y escondieron armas. Singular fue el caso de la charaleña Antonia Santos, quien con sus parientes y amigos organizó y financió un pequeño grupo armado para hostilizar a los ejércitos de España. En cada uno de esos actos se estaban jugando la vida y ellas lo sabían. Se dio el caso de Concepción Loperena, viuda rica de Valledupar, quien renegó de su lealtad a España y aportó cuantiosos recursos a la revolución; muchísimas mujeres, entre ellas la matrona antioqueña Simona Duque, impulsaron y bendijeron a sus hijos para que se integraran a las filas del Ejército Libertador. Imposible saber cuántas mujeres se consagraron a la causa de la independencia, apenas conocemos unos 200 nombres de las sentenciadas a muerte durante la reconquista española entre 1816 y 1819 por haber servido a la causa de los patriotas. Ellas, las que pagaron su osadía con la propia vida, son nuestras heroínas, mujeres mestizas, casi siempre de extracción popular, sin el respaldo de un apellido que las defendiera, sin un capital que las pudiera rescatar ni una familia que las protegiera. Muchas otras mujeres de la época, aun cuando no hubieran emprendido una acción decidida por la causa de la libertad, debieron afrontar la viudez, el destierro, la orfandad y la miseria consecuentes al extenso conflicto. Vieron sus familias destruidas o desintegradas y desaparecido el mundo de quietud y seguridad doméstica para el cual las habían preparado. Romances truncados, amores inconvenientes, honras mancilladas, hijos ocultos fueron consecuencias del proceso de la independencia que afectaron el mundo doméstico y la vida familiar. No se puede afirmar que en la generación que vivió tales disyuntivas y desgarramientos haya existido una intención de reivindicar derechos femeninos ni un proyecto de liberación personal; ellas ni siquiera pretendían un lugar en los asuntos de la política, en los centros de autoridad o en el manejo de la hacienda. En sus acciones y palabras, raras veces salvadas del olvido, se percibe la sublimación del sentimiento patriótico, el rechazo de una sujeción oprobiosa y un auténtico deseo de obtener a cambio de su sacrificio una vida y un futuro mejor para sus descendientes. Para reparar los honores maltrechos y restituir el orden, una vez organizada la República se legisló severamente y a partir del Código de 1830 se hizo explícito que el hogar era el único sitio para la mujer en la nueva sociedad. Aunque nadie lo expresara, el tiempo de las heroínas llegaba a su final. Aquellos con quienes habían compartido los días de la lucha y las horas del terror, que las habían incentivado con sus palabras y las habían motivado con sus acciones, ya en la calma de la vida civil definieron un mundo donde la autoridad, el prestigio y el poder quedaban restringidos a la condición varonil. *Historiadora, Miembro de la Academia Colombiana de Historia.

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