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| 2/12/2006 12:00:00 AM

La gran carpa mundial del teatro

Desde 1988 Bogotá no es la misma. Con el nacimiento del Festival Iberoamericano de teatro, la ciudad se transformó y se convirtió en un referente ineludible para las artes escénicas en el mundo.

El Festival Iberoamericano de teatro es reconocido por los bogotanos como uno de los íconos culturales de la ciudad. Desde su primera versión ha tenido la participación de numerosas compañías internacionales (22, en la edición inicial y se esperan 52 para la que se llevará a cabo el próximo año) y de todas las regiones del país. Durante 17 días logra reunir diversos géneros dramáticos como el teatro clásico, el contemporáneo y el de calle, y otras expresiones como la danza, la música y las artes circenses. Al inicio de Semana Santa, en 1988, los bogotanos que transitaban por la apacible Plaza de Bolívar vieron interrumpida la tranquilidad del cielo capitalino con una nube de coloridas centellas lanzadas por saltimbanquis y teatreros, eran testigos del nacimiento del Festival Iberoamericano de Teatro y, con él, de la transmutación de Bogotá. "Yo decidí que fuera en Semana Santa porque todo está más tranquilo, viene gente de todas partes del país y se trabaja menos", dice su organizadora Fanny Mikey. Era "un acto de fe en Colombia", como lo enunció su eslogan. Y así fue como avenidas, parques y plazas se convirtieron en escenarios para los grupos de teatro de calle más importantes de Colombia y el mundo. Mientras centros comunitarios y teatros de colegios fueron el vehículo que transportaría las artes escénicas a todas las localidades de la ciudad. La elección de esa fecha significaría un cambio en la dinámica de la ciudad. Un tiempo de recogimiento, de procesiones, de rezos y promesas se quebrantó con un encuentro de connotaciones festivas y más bien paganas. "Bogotá tomaría otra dimensión, daría a los ciudadanos otras alternativas de apropiación desde lo laico, lo civil y lo público. Aprenderían a convivir la religión y el arte", dice el semiólogo Armando Silva. Así (por sorpresa) comenzó el Festival, que ya lleva nueve ediciones. Ellas han dejado, además de buenas interpretaciones, curiosas anécdotas: en una pasada entrega, una de las compañías participantes pidió como parte de su utilería un perro disecado; pasaban las horas y nadie podía hallar la 'materia' solicitada, hasta que el Indio Amazónico (el de la Avenida Caracas, en Bogotá) lo prestó; hace años, dos integrantes de un grupo lituano se quedaron dormidos en el vuelo a Colombia, no aterrizaron en Bogotá, siguieron derecho a Quito y supuso un esfuerzo más que teatral el traerlos a la capital cachaca. Y a una ceremonia de clausura casi no llega la pólvora (estaba extraviada en Estados Unidos, donde casi la destruyen) y en una obra El Libro de Job, gran parte del público se desmayaba al ver al protagonista ensangrentado... Lejos del anecdotario en cada nueva versión del Festival crece el número de espectadores. La primera contó con la asistencia en las salas de 100.800 personas. En la edición más reciente, la cifra ascendió a 290.000. Pero el Festival es un evento que, más allá de los fríos números, ha logrado que el público le pierda el miedo (y el frío respeto) a las tablas, y se pueda acercar a los diferentes lenguajes que se dan dentro de la escena teatral. Veremos qué nos trae el próximo año.
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