Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/11/20 00:00

La guerra en alta mar

El Zar antidrogas de Estados Unidos, Barry McCaffrey, afirma que el 90 por ciento de la droga que se produce en Colombia sale por vía marítima.

La guerra en alta mar

A las 7 de la noche del viernes 15 de septiembre una llamada interrumpió la rutina de los dos oficiales de la Armada Nacional y de los 20 infantes de Marina que se encontraban en la lejana isla de Serranilla en el Caribe colombiano. Desde el Comando Específico de la Armada, ubicado en la isla de San Andrés, se le ordenó al coman-

dante del grupo de reacción del cuerpo de guardacostas acantonado en ese lugar desplazarse a 16 kilómetros al norte de la isla. Sin perder tiempo un joven teniente de corbeta abordó su lancha patrullera en compañía de otro guardacostas y dos infantes de Marina.

La misión encomendada, coordinada directamente desde el comando general de la Armada en Bogotá, consistía en localizar el barco pesquero llamado Gulf Sun. Después de cinco meses de trabajo los hombres de inteligencia naval habían logrado establecer que esa noche la embarcación reaprovisionaría de gasolina a una lancha rápida cargada de cocaína que había partido dos días antes desde los alrededores de Santa Marta con destino a México.

La patrullera de la Armada llegó al sitio designado alrededor de las 8:30 de la noche. Uno de los infantes de la embarcación divisó a 50 metros de distancia la figura de la lancha rápida. El teniente, quien piloteaba la embarcación, comenzó a avanzar lentamente. Los tres tripulantes de la lancha, conocida como go fast, detectaron la presencia del guardacostas. Estos hicieron un disparo de advertencia al aire y aceleraron la marcha. Al acercársele descubrieron que estaba amarrada al Gulf Sun y que a través de una manguera que salía del pesquero varios de los tripulantes del barco estaban llenando con gasolina los tanques de emergencia localizados en la parte delantera de la go fast. Rápidamente el teniente ubicó su bote al lado de la lancha rápida. El oficial era consciente de que si los tres hombres de ella lograban arrancar sería casi imposible alcanzarlos.

Agilmente uno de los infantes de Marina saltó desde la patrullera hacia la lancha. En ese momento los 28 tripulantes del Gulf Sun salieron en auxilio de sus camaradas. Aunque la relación de fuerzas era de cuatro a uno los guardacostas estaban mejor armados con dos ametralladoras, una M-60 y una MP5, y dos pistolas. El infante que abordó la go fast rápidamente cortó las cuerdas que la ataban al pesquero y los tripulantes se rindieron. Con la lancha rápida controlada el teniente consiguió llevar las dos embarcaciones hasta la estación de guardacostas en Serranilla. Al revisarlas encontró 645 kilos de coca en la go-fast y más de 700 galones de gasolina clandestina en el bote pesquero.

Más allá de la cantidad de droga incautada, fue la primera vez en la historia internacional en la lucha antinarcóticos en la que se logró consolidar exitosamente la captura de todos los integrantes de una operación de reaprovisionamiento de lanchas con droga en alta mar. Ese operativo fue en realidad un episodio más de una batalla contra el narcotráfico de la que poco se conoce en el país: la guerra en el mar y los ríos.

El mar blanco

Según la Oficina de la Política Nacional para el Control de Drogas, entidad que depende directamente de la Casa Blanca y que agrupa organismos como la CIA, la DEA y otras entidades de seguridad de Estados Unidos, el 90 por ciento del tráfico de drogas desde Colombia se está realizando por vía marítima. El 53 por ciento de la droga es enviada por el Pacífico colombiano y el 43 por ciento utilizando las rutas marítimas del Caribe (ver mapa). El problema, poco conocido hasta ahora, es sin duda alguna complejo y de grandes dimensiones. Las autoridades estadounidenses estiman que cerca de 600 toneladas de coca salen del país por vía marítima. Esta droga en el mercado de Estados Unidos tiene un valor de 12.000 millones de dólares.

A diferencia de la época de los grandes carteles, en los que se controlaban todas los pasos del negocio desde la producción hasta el envío de la droga, en la actualidad el narcotráfico tiene una dinámica diferente que lo hace más complejo de combatir. Las redes de narcos son más pequeñas y el negocio se ha fraccionado. Es así como existen carteles dedicados sólo al embarque de la droga, otros a la vigilancia y unos más al envío. El negocio dio origen también a un negocio paralelo casi tan lucrativo como el del narcotráfico: el cartel de la gasolina en alta mar. Este consiste en una red de barcos pesqueros que son los encargados de reaprovisionar de combustible a las lanchas rápidas, o go fast, en alta mar. Embarcaciones que se han convertido en los últimos años en el medio de transporte de droga más eficaz para los narcos (ver recuadros).

En la Costa Atlántica colombiana operan 40 redes de narcotraficantes. La droga es embarcada utilizando como rutas de salida al mar los esteros (canales navegables naturales) que existen, principalmente, en la zona del Golfo de Morrosquillo. El otro sitio importante de salida está ubicado en las desembocaduras de los ríos que llegan al mar desde la Sierra Nevada de Santa Marta. Aparte de los grupos de narcotraficantes, el negocio tiene dos protagonistas que contribuyen a volver aún más complejo el asunto: los paramilitares y la guerrilla. “La guerrilla y las autodefensas participan del negocio cobrando comisiones por prestar seguridad a la droga, dijo a SEMANA un alto oficial de inteligencia de la Armada Nacional. Los paramilitares dominan parte de la costa y la guerrilla tiene parte del control en la zona montañosa, especialmente en la Sierra Nevada”. Cada uno de estos grupos cobra 60 millones de pesos por tonelada de droga que los narcos transportan. En algunos casos las autoridades han detectado que estos grupos también participan directamente en el negocio de envío.

Cuando esto sucede los paramilitares o los grupos guerrilleros realizan un convenio con el dueño del embarque para que les permita transportar en las lanchas cantidades de droga propia que oscilan entre los 200 y los 300 kilos. Un kilo de coca, que en las zonas de embarque es vendido en tres millones de pesos, cuesta 30.000 dólares en el mercado de Estados Unidos. En la zona del Pacífico colombiano la situación opera con características similares al Caribe, pero los organismos de inteligencia tienen detectadas 50 redes de narcotraficantes que funcionan amparados por las redes de esteros que existen entre Buenaventura y Tumaco.



La contraofensiva

Para enfrentar esta compleja situación hace cerca de tres años el comando general de las Fuerzas Militares encargó a la Armada Nacional, por tratarse de zonas bajo su jurisdicción, de trazar una estrategia que permitiera enfrentar decididamente el narcotráfico en alta mar y en los ríos. “Eso nos obligó a replantear algunas de nuestras estrategias, redefinir nuestros objetivos para combatir el narcotráfico y adaptarnos a las condiciones de la guerra que enfrenta el país”, dijo a SEMANA el comandante general de la Armada Nacional, almirante Sergio García.

El primer paso, y uno de los más importantes dentro de esa estrategia que se trazó la Armada, fue la firma en febrero de 1997 del acuerdo marítimo con Estados Unidos. “El acuerdo se ha convertido en uno de los instrumentos diplomáticos operativos más importantes para combatir el narcotráfico”, afirma el jefe de operaciones de la Armada, almirante Mauricio Soto. Ese acuerdo de interdicción entre los dos países consiste en un permanente intercambio de información entre la Armada y todas las entidades estadounidenses que están involucradas en la lucha antidrogas y en la seguridad nacional, como la CIA.

También contempla la ejecución de operaciones conjuntas (ver infografía). La Armada Nacional se encarga del control de embarcaciones dentro de las 12 millas náuticas de mar territorial, al cual no tienen acceso las embarcaciones estadounidenses. Estas se encargan del control y vigilancia en las aguas internacionales para tratar de neutralizar las múltiples rutas marítimas que utilizan los narcotraficantes (ver mapa).

Sin embargo, para una institución con muy pocos recursos, tener que vigilar los 960.000 kilómetros cuadrados de mar territorial de Colombia (el equivalente a las tres cuartas partes de la superficie terrestre del país) y los 18.000 kilómetros de ríos implicaba un reto más que suficiente. Esto obligó al comandante de la Armada a redefinir sus sistemas tácticos y operativos. En agosto del año pasado creó la Brigada Fluvial de Infantería de Marina, con la cual podían controlar los principales ríos del país. También implementó modernos sistemas de radares en sitios estratégicos (Cartagena, Turbo, Buenaventura y Punta Espada, en La Guajira). Estos puestos de control, que operan desde hace cerca de dos años, se convirtieron en una de las herramientas más importantes. Facilitan la detección e identificación de cualquier embarcación por pequeña que sea, lo que permite un mayor control del mar. Ha resultado tan efectivo que en el golfo de Urabá, una zona que durante años tuvo un amplio movimiento de tráfico de armas y narcóticos, en el último año el radar ubicado en la estación de guardacostas de Turbo consiguió disminuir en un 85 por ciento el tránsito de embarcaciones ilegales.

Pero, por encima de todo esto, la principal arma para combatir el narcotráfico han sido las labores de inteligencia. “Gracias a la inteligencia logramos detenerlos. Cuando nuestros medios no son suficientes compartimos esa información para que sean ellos quienes efectúen las capturas”, afirma el comandante del cuerpo de guardacostas del Atlántico, capitán de fragata José Escobar. Esa información que proviene de inteligencia naval es la que ha permitido cerca de medio centenar de capturas en aguas internacionales y de otros países de Centroamérica y el Caribe (ver mapa)

Hoy los resultados de esa lucha hablan por sí solos. En lo que va corrido de este año la Armada ha incautado 42 toneladas de cocaína, cuyo valor en el mercado mayorista de Estados Unidos asciende a más de 1.700 millones de dólares. Esto sin contar las 20 toneladas de droga que han sido arrojadas al mar por los narcotraficantes durante las persecuciones. El trabajo desarrollado en alta mar se realiza con la ayuda de Estados Unidos, que ha ubicado estratégicamente sus corbetas para tender un cerco a las redes de distribución de droga que se mueven por el Pacifico y el Atlántico. La lucha apenas comienza. Los guardacostas, por ahora, sólo han tocado la punta del iceberg de un complejo e intrincado sistema del transporte de cocaína que se mueve por los mares del mundo y cuyos propietarios sólo esperan que haya buen viento y buena mar para tocar puerto en Europa o Estados Unidos.

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