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| 9/7/1998 12:00:00 AM

LA HORA DE LA PAZ

Qué hay detrás del silencio del presidente Pastrana en su discurso de posesión sobre la arremetida guerrillera de los últimos días.

El pasado viernes los 3.000 invitados al acto de posesión del presidente Andrés Pastrana en la Plaza de Bolívar de Bogotá, y los millones de colombianos que siguieron la transmisión del evento por radio y televisión, esperaban que el nuevo mandatario hiciera alguna referencia en su discurso a la feroz escalada guerrillera de los días anteriores, que tuvo su máxima expresión en la toma del municipio de Miraflores, donde fueron arrasadas las bases del Ejército y la Policía, murieron más de 40 uniformados y fueron secuestrados cerca de 100 más.
En lugar de eso el presidente Pastrana pronunció un discurso de corte tradicional, en el que fijó los grandes derroteros de su administración y reiteró que las prioridades de su gobierno serán la paz, la recuperación de la economía, el combate al narcotráfico y la corrupción, el mejoramiento de las relaciones internacionales y la solución a los grandes problemas sociales del país. Durante la media hora que duró su intervención no hizo ninguna referencia a los hechos ocurridos durante la semana previa a su toma de posesión, al punto de que entre algunos de los asistentes al evento quedó la sensación de que el Presidente no les hubiera dado suficiente importancia.
Hubo, sin embargo, quienes le dieron otra interpretación a la decisión del primer mandatario. Para ellos, el haber omitido referirse directamente a la ofensiva guerrillera de los últimos días fue una actitud perfectamente coherente con su afirmación _que para sus enemigos resultó provocadora y para algunos de sus amigos por lo menos desafortunada_ de que los ataques subversivos de comienzos de la semana eran una despedida al gobierno de Ernesto Samper y no un saludo a la nueva administración. Pastrana reiteró su intención de manejar personalmente el tema de la paz y no modificó para nada la posición asumida desde su campaña electoral.
Por el contrario, no solo mantuvo el optimismo en torno de un posible proceso de negociación con los alzados en armas, sino que uno de los pocos anuncios concretos que hizo en su intervención fue la creación de los 'bonos de paz'. A diferencia de gobiernos anteriores, que recurrieron a los llamados 'bonos de guerra' para financiar el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas, Pastrana dijo que su idea era hacer un fondo _con recursos privados y públicos_ para financiar los programas de sustitución de cultivos, regreso de los desplazados a sus sitios de origen y desarrollo económico de las zonas azotadas por la violencia.
En otras palabras, el haber omitido referirse _al parecer en forma deliberada_ a lo que está pasando en este momento en el país, parecería tener como objetivo mandar el mensaje de que su gobierno, al menos en materia de paz, quiere hacer una especie de 'borrón y cuenta nueva'. Aunque ya es costumbre que en los cambios de gobierno _con la única excepción quizás de los primeros días de la administración Gaviria_ la guerrilla hace demostraciones de poder como las de los últimos días, existía la esperanza en el país de que el encuentro de Pastrana con Tirofijo permitiría un comienzo tranquilo del nuevo gobierno. Y para algunos, el nuevo Presidente todavía lo cree.

¿Despedida a Samper?
Las razones para el optimismo, sin embargo, no son muchas. Pocos gobiernos han comenzado en una situación tan desventajosa con respecto a la subversión como el actual. Con la arremetida de los primeros días de agosto las Farc no sólo corroboraron su capacidad para golpear a la fuerza pública sino que aumentaron a casi 200 _según las fragmentarias informaciones suministradas por el gobierno_ el número de militares y policías en su poder.
Es posible que, como lo afirmó Pastrana, la escalada insurgente de la semana pasada fuera una despedida para el gobierno de Samper. Al fin y al cabo, a lo largo de los últimos cuatro años, todos los intentos de acercamiento entre el gobierno y los grupos guerrilleros no sólo fracasaron sino que algunos jefes insurgentes pusieron en duda la legitimidad del Presidente. Y según dijo a SEMANA una fuente cercana a la guerrilla que pidió reservar su nombre, los subversivos no estaban para nada contentos con el manejo que el gobierno saliente le venía dando a episodios recientes relacionados con un posible proceso de paz.
En medio de la euforia provocada por el acuerdo de Mainz y la reunión entre el primer mandatario electo y el guerrillero más viejo del continente, los asesores de paz de Samper y el propio Presidente venían cobrando como suyo el mejoramiento de las condiciones para un proceso de reconciliación nacional. Aunque ninguno de los grupos guerrilleros aceptó hablar directamente con los representantes de la administración Samper _y se llegó incluso a vetar la presencia de uno de sus consejeros, Daniel García-Peña, en la cumbre de Alemania_, éstos no cejaron en su empeño de presentar las conversaciones de guerrilleros y paramilitares con miembros de la sociedad civil como producto de sus gestiones de paz.
A eso contribuyó, de alguna manera, la posición asumida por el Ejército de Liberación Nacional (ELN), que fue muy diferente a la de las Farc. Desde antes de la muerte del cura Pérez el ELN había decidido tener acercamientos con la llamada sociedad civil con miras a fijar las condiciones para un futuro acuerdo de paz. Se conformó entonces una comisión _constituida por representantes de esa sociedad civil_ que, a la larga, terminó confundida con el Consejo Nacional de Paz creado por el gobierno y con otras instancias que fueron surgiendo en el proceso, como la hasta ahora frustrada Asamblea Permanente por la Paz.
En eso las Farc fueron mucho más radicales. Desde que un grupo de personalidades comenzaron a tener acercamientos con la organización alzada en armas para tratar de atraerla hacia un proceso de paz sus máximos dirigentes manifestaron su intención de dialogar únicamente con interlocutores que no sólo representaran legítimamente a la contraparte en el conflicto armado _la oligarquía del país, según su lenguaje_, sino que tuvieran la representatividad del Estado. Que fue de donde surgió la idea de que tenía que ser el propio Pastrana quien se reuniera con la cúpula de las Farc.
Aun cuando los analistas coincidieron en determinado momento en afirmar que las Farc y el ELN ha-bían 'partido cobijas' en la manera de acercarse al tema de la paz, el acuerdo firmado con los paramilitares en el Nudo de Paramillo demostró que aunque había diferencias también tenían puntos de convergencia. Las dos organizaciones rechazaron en forma airada cualquier posibilidad de que se otorgue estatus político a las autodefensas comandadas por Carlos Castaño. Las fuentes consultadas por SEMANA señalan que fue justamente la firma de dicho pacto la que rebosó la copa y desencadenó la ofensiva de los últimos días.

Guerra a campo abierto
Y eso puede complicar cualquier negociación hacia el futuro, no sólo porque el tema de los paramilitares habrá que tratarlo con pinzas sino porque, por lo menos en el caso de las Farc, hay la intención de no permitir ningún tipo de participación de personalidades ajenas al gobierno en los procesos de paz. Los rebeldes rechazan el protagonismo de quienes pretenden representar al conjunto de la sociedad sin tener facultades para garantizar el cumplimiento de los compromisos adquiridos.
Pero si bien la ofensiva guerrillera comenzó en el gobierno de Samper, y pudo haber sido su despedida, no hay ningún elemento que permita afirmar que no tenga también una alta dosis de 'bienvenida' al nuevo gobierno. Aunque la dimensión de lo ocurrido sólo ha sido posible por la participación de los dos grupos guerrilleros _que en apariencia actuaron coordinados_, es claro que los golpes más contundentes han sido propinados por las fuerzas comandadas por Tirofijo. Con el asalto a la Uribe y Miraflores por las columnas del bloque oriental comandado por el Mono Jojoy las Farc confirmaron que son un ejército capaz de combatir a campo abierto con las fuerzas del Estado.
Con la contundencia de sus ataques Tirofijo envió un mensaje muy claro al nuevo gobierno: que son el problema más grave que tiene que resolver el país y que hacer la paz con ellos es posible pero como tienen la sartén por el mango va a salir muy caro. Y eso lo tiene que saber Pastrana porque ya asumió parte del costo. La sola foto con Marulanda y el Mono Jojoy en territorio insurgente, y no en la Casa de Nariño, les otorgó una enorme ventaja con miras al proceso de negociación, a cambio de nada. Y, de alguna manera, les quitó de encima el mote de narcoguerrilla con el que las Fuerzas Militares buscaron identificarlas en los últimos años.
Lo que está claro, sin embargo, es que las Farc no se contentaron con eso. A lo que habían ganado con la visita de Pastrana sumaron la semana pasada un capital adicional con el secuestro de más de un centenar de soldados y poli-cías, que con los otros 70 que fueron retenidos en marzo pasado en el Caguán, elevan la cifra a casi 200 miembros de la fuerza pública en sus manos. Cuando todo el mundo esperaba que liberaran a los soldados que tenían retenidos, lo que pasó fue que secuestraron más. Este ingrediente reduce dramáticamente la capacidad de maniobra del gobierno a la hora de sentarse a negociar con las Farc en dos aspectos fundamentales para el proceso.
El primero, a muy corto plazo, es el relacionado con el despeje de los cinco municipios exigidos por la organización guerrillera para sentarse a negociar. En este _que es un tema que produce gran recelo entre las Fuerzas Armadas_, el hecho de que las Farc cuenten con un instrumento de negociación tan poderoso como son los 200 uniformados en cautiverio, les da una gran ventaja. El nivel de exigencia va a ser muy superior al que se daría sin contar con ese as en la mano.
Pero ese no es el único, ni quizás el más importante giro que podría tomar el tema de los soldados. Dado que el Presidente aceptó el despeje de los municipios desde la época de la campaña, es posible que ese no sea punto de negociación en los primeros acercamientos entre el gobierno y la guerrilla. Y es previsible que la nueva línea de mando de las Fuerzas Militares no se oponga a retirarse de la zona dados los compromisos adquiridos por Pastrana.
Lo más seguro es que, como ya lo han anunciado públicamente, las Farc exijan la libertad de un buen número de guerrilleros detenidos a cambio de la entrega de los militares y policías que están en sus manos. Y es aquí donde Pastrana tendrá en sus manos una verdadera papa caliente. El canje de presos por secuestrados ha generado una gran controversia en el país. Aun cuando este se podría lograr mediante una amnistía en el Congreso, ésta tendría que ser el resultado del proceso de paz y no el inicio. Y con seguridad sería mal vista por la opinión.

Todo por la paz
Con todo, el viernes pasado Andrés Pastrana decidió jugársela por la paz. Y debe tener sus razones. De un lado, tiene el decidido apoyo de la comunidad internacional. Todos los mandatarios y jefes de delegación asistentes al acto de posesión manifestaron su interés en respaldarlo en sus gestiones de paz. Cinco días antes, además, había logrado _durante su visita a Estados Unidos_ conseguir la aprobación por parte de la banca multilateral de un préstamo importante para sus proyectos de inversión social en zonas de violencia y, lo que es más importante, el visto bueno del gobierno norteamericano a su programa de paz.
De otro lado, Pastrana comienza su gobierno con un alto índice de popularidad, lo que le dará un elevado margen de maniobra. El jefe del Estado cuenta con un amplio capital político, del cual podrá girar con cierta libertad en sus primeros meses de gobierno. Al fin y al cabo la situación es tan grave que la mayoría de colombianos estarían dispuestos a ceder en algo si ven que existen verdaderas posibilidades de lograr un acuerdo con los grupos insurgentes para devolverle la tranquilidad al país. Hasta ahora el Presidente ha mostrado audacia y tacto en el manejo de un tema tan complicado como este. Lo importante, ahora que está instalado en la Casa de Nariño, es que no se equivoque al dar el siguiente paso. Y para muchos la prudencia de su discurso inaugural indica que él está consciente de esto.
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