Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/09/24 00:00

La letra sin sangre...

Con una puesta a fondo por la educación el país logró consolidar una nueva escala de valores en la que prima el conocimiento y no el dinero y la trampa.

La letra sin sangre...

Supongamos que ya estamos en 2020. Mirando desde ahí confirmamos que como país, hacia fines de 2004, teníamos en educación dos caminos posibles: el de la inercia (seguir por la vía trajinada a la velocidad de siempre) frente al de una apuesta radical a la educación (acelerar el paso, ampliar la arremetida educativa). Estas miradas del desarrollo permiten comparar dos caminos posibles.

Primer escenario: 'basta con la inercia'

Las medidas que se han tomado en los últimos años sobre la política educativa han respondido a la idea de "tocó educarnos". Desde 2004 el crecimiento educativo ha aumentado debido a crecimiento del PIB dedicado a la educación, más por vía de ahorro privado que por vía de ahorro público. Colombia se ha acomodado a la sociedad posindustrial, a la sociedad del conocimiento; los servicios, la recreación y el cuidado del ser humano, pero lo ha hecho con desgano, como arrastrando los pies y, en consecuencia, se posiciona muy por debajo de su potencial.

Segundo escenario: 'todo a la educación'

En estos 16 años el país asumió la educación como una prioridad del ahorro público, del ahorro privado, del debate público y de la agenda de competitividad. La "educación logró sus primeros grandes éxitos en su contribución a la autorregulación", es decir, a la capacidad de cada colombiano de guiarse según su propio entendimiento y razón, y a la capacidad de influir con el diálogo unos en otros, ayudándonos a actuar en conciencia y de manera conforme con la ley. Desde el sector educativo y desde su aporte a la autorregulación se logró liderar una gran movilización social contra la violencia, la corrupción y la ilegalidad.

Los colombianos aprendimos a hacer coherentemente tres controles: un control legal que sanciona a quienes violan las normas, un control social que valora los comportamientos correctos y rechaza los incorrectos y un autocontrol moral que, por la vía del sentido de obligación moral, nos lleva -sin necesidad de aumentar el temor al castigo externo (que también ayuda)- a respetar por las buenas pautas razonables y límites sensatos para los comportamientos de cada cual.

¿Qué disparó el logro de este escenario? Las personas, las familias, la sociedad y el Estado comprendieron que podían distribuir sus recursos (que no sólo son dinero, sino también atención, tiempo, creatividad.) de manera muy distinta a como lo venían haciendo.

Los principales aspectos en torno a los cuales se fue construyendo y consolidando la apuesta educativa fueron:

La educación formal y la educación ciudadana permitieron liderar procesos de autorregulación que hicieron posible progresos incontrovertibles en reducción integral de violencia, corrupción e ilegalidad. Este triple primer éxito lo alcanzó contundentemente la educación apoyándose sobre la alta motivación hacia la educación de individuos, familias y sociedad.

La inversión de grandes excedentes de tiempo (por desocupación o por reducción de jornada laboral o por vocación) y el aprovechamiento intensivo de la tecnología han permitido hacer de la educación el sector económico líder. La construcción de una relación placentera con el conocimiento desempeña un papel clave. La letra entra con placer.

Se optó por entrenar a la gente, mediante juego y pedagogía, en reconocer cómo (normalmente de manera implícita, callada) las conversaciones limitan lo que es posible decir y la manera de decirlo. Esa delimitación cultural de lo que es pertinente decir (o hacer) normalmente reproduce las identidades y las rutinas. Asumirla conscientemente facilita grandes transformaciones culturales en instituciones públicas y privadas, incluida la familia. Gracias a estas transformaciones se vinculan entre sí las obligaciones formales y lo informal. Esto ayuda mucho a disparar la productividad: quien valora radicalmente el tiempo propio y ajeno lo aprovecha mejor; trabajador que se califica y se autorregula en su manera de comunicarse (y de actuar) resulta mejor preparado para competir en la economía mundial.

Por esa misma vía, pero también por una pedagogía generalizada de competencias ciudadanas, la educación nos enseñó a deliberar para encontrar soluciones a los problemas colectivos y a comprometernos con el respeto a las reglas de juego constitucionales, las cuales hemos construido y reconstruido apoyándonos en consensos. Ahora, en 2020, el respeto a unas reglas de juego comunes, que protegen nuestros derechos, nuestras libertades y que definen nuestros deberes y nuestras obligaciones, nos hace sentirnos más colombianos.

Lo logrado

Hace 16 años era difícil pensar que los colombianos pudiéramos educarnos para interiorizar la ley, procesar los conflictos debatiendo nuestras ideas y deliberar sobre nuestras visiones de futuro conformando gradualmente algunos consensos y profundizando democráticamente los disensos.

Gracias al alto posicionamiento en la agenda del debate público de las políticas públicas en educación han crecido tres actitudes favorables hacia ella. Primero, una gran motivación individual y familiar por estudiar. Segundo, un gusto de las personas por el estudio y, tercero, una fuerte conciencia empresarial de lo relevante que es para la productividad la cantidad y calidad de la educación. Estas actitudes, a su vez, han permitido resolver el nudo que a comienzos del siglo XXI se había formado en Colombia entre conflicto, crimen organizado y corrupción.

La sociedad entera y el Estado han juntado esfuerzos para ampliar el promedio de años de educación de 7,4 a 12. La brecha entre ciudad y campo pasó de cuatro años de escolaridad a uno y medio. El 70 por ciento de las personas entre 15 y 20 años ya son bilingües. La producción científica frente a 2004 se ha triplicado y el desarrollo del sector privado y de la gestión pública son asumidos como campos clave de conocimiento aplicado.

Así como Lauchlin Currie dinamizó la economía en los 70 a partir del sector de la construcción, Colombia activó su economía a partir de una decisión consciente de fortalecimiento del sector educativo. Fue notable el efecto de las nuevas tecnologías que permitieron multiplicar una oferta particularmente eficiente y económica para desempleados, con mecanismos muy cómodos de crédito y/o tasas diferenciales de tributación futura. Previamente se había dado una amplia discusión pública muy racional sobre la distribución de cargas y beneficios de la revolución educativa y se habían comparado en sus efectos las demás inequidades con las inequidades educativas.

Acción responsable

La gente se comunica ahora mucho más cuidadosamente. Siente el deber de hacerlo y siente la presión social para hacerlo. Hay gratitud y aprecio de sí cuando la comunicación fluye de manera precisa, clara, eficaz.

A ello contribuyeron procesos de cambio cultural voluntario asumidos conjuntamente por colegios y empresas. Por la vía de innovaciones como la cooperación entre empresas y colegios y por la vía de una profesionalización radical de las facultades de educación se ha hecho cada vez más consciente la regulación social del habla y de la acción.

Las personas son ahora más conscientes de cómo aprenden a reconocer contextos y a saber (en la práctica) qué es relevante en cada contexto y cuáles son las formas de realización legítimas en cada contexto. El ritmo mismo de la comunicación y de la vida ha cambiado. No hay más afán. Hay más densidad. Aunque hablemos más pausado. "De qué se habla y cómo se habla dónde" es el corazón de la renovación permanente de la sociedad. Nos hemos vuelto "deliberadamente conservadores o deliberadamente innovadores". Cada decisión de conservar o renovar es sopesada con responsabilidad.

El prestigio social se basa hoy en día no en la posesión de bienes materiales sino en la capacidad de desarrollar conocimientos y actitudes orientadas hacia lo público. Tener plata no es el valor prioritario de nuestra sociedad, pero sí lo es producir o impulsar ideas nuevas.

Las personas distinguen con facilidad las confrontaciones dentro de lenguajes inconscientemente compartidos (como usar violencia para responder a violencia) y las confrontaciones entre lenguajes o códigos de conducta ("no pago con la misma moneda"). Y todos hemos aprendido que más que evaluar jugadores para optar a favor o en contra de ellos "globalizando", lo que hay que hacer es evaluar jugadas. Así por ejemplo el sueño de una "salida negociada al conflicto" (basada en la aspiración confesada por las partes de arrinconar al otro para obligarlo a negociar) dio lugar en realidad a una "salida autorregulada del conflicto". Dados unos importantes pasos previos de autorregulación, y como complemento a la autodisciplina lograda por cada cual, cabe llegar a acuerdos creíbles y sostenibles.

Superamos la actitud resumida en la expresión "todo vale". En efecto, la innovación en los lenguajes, en los códigos, en los repertorios de conducta, reemplazó (por lo general con beneficios para la sociedad) el "atajismo", la "cultura del rebusque". Decayó esa vieja orientación -tan fuerte en los últimos años del anterior milenio- a conseguir los resultados a cualquier costo y que aunaba el desbordamiento en cuanto a medios y métodos, con insensibilidad a las consecuencias remotas en el tiempo y en el espacio, e insensibilidad ante las secuelas para la gente más distinta.

La cultura del rebusque ha sido radicalmente transformada por la comunicación cuidadosa y por la consideración más atenta de las reglas y de los tiempos.

La creatividad acompañada de responsabilidad ha dado buena cuenta del cortoplacismo de comienzos de milenio. La confianza siguió regresando. La gente ha aprendido a "dar papaya" y a "no tomar la papaya que el otro da". También es absolutamente reconocido como antiestético e inmovilizante el "hagámonos pasito" basado en la capacidad de hacerse mutuo daño (como lo muestra el chiste crudo entre paciente y odontólogo). Ahora proliferan las más diversas formas de cooperación basada en la confianza.

La creatividad es posible porque hay "acciones encaminadas a ampliar el repertorio de acciones" y, éstas son altamente valoradas y, en algunos casos, temidas. Aparecen formas culturales de resistencia capaces de introducir el juego en campos tradicionalmente "serios" como la producción o la defensa. Por ejemplo, las autoridades temen hoy mucho más los ataques a su autoestima que los ataques a su integridad física. Otro ejemplo: los matrimonios gay se reconocen como un caso más de transformación voluntaria y consciente, amparada en argumentos y en el reconocimiento de inclinaciones no sometibles ni a voluntad personal ni a voluntad legislativa, de las reglas legales, morales y culturales. A mayor educación, mayor capacidad de hacerle justicia a las diferencias.

La gente ha asumido a fondo que sólo si hay coherencia entre reglas formales y reglas informales (entre ley y cultura) se logra agilidad en la celebración de acuerdos (y contratos) y gran economía en su cumplimiento. Quedan atrás las épocas en que llegar a un acuerdo y hacerlo cumplir era dispendioso y costoso. Esta rápida reducción de los "costos de transacción" se ha logrado con acciones de "cultura ciudadana" (con los ciudadanos en ejercicio) y de "cultura de la legalidad" (en el sistema educativo). Unas y otras han permitido la superación del lado oscuro y doloroso del "rebusque". Donde había rebusque floreció la innovación. Donde había desconfianza creció la capacidad para acordar, reparar y cumplir acuerdos.

Los dos conocimientos y su fértil interacción

Conviven simultáneamente un conocimiento de dominio público (publicado en las revistas, en Internet, asequible a todos) y un conocimiento comercialmente explotado. Conviven y se mantienen aprendiendo mucho cada uno del otro.

La balanza de pagos hacia Estados Unidos refleja grandes flujos por pago de conocimiento explotado comercialmente. Pero también fluyen hacia Colombia muchísimos conocimientos de manera gratuita a través del sistema educativo y de la red. Y Colombia exporta servicios educativos y servicios de consultoría.

Aprender a seleccionar conocimiento relevante y moverse ágilmente en la selva de la información se ha convertido en una capacidad individual definitiva y da lugar a la conformación de sofisticados grupos de trabajo (que irónicamente pueden verse como "recolectores" selectivos). Un fenómeno similar se expresa en el "minado de datos" (nombre bien sugestivo de un nuevo campo de la estadística). Construir mapas del conocimiento, reconocer sus dinámicas y aprender a hacer una gestión adecuada del conocimiento serán áreas cruciales de la economía.

De mil modos se llega a comprender que no basta con adquirir o "acumular" conocimiento, hay que saber aprovecharlo, hacerlo circular, saberlo incorporar en acciones consecuentes.

'Sentirse en casa'

Del nacionalismo, de los llamados a la patria, al pueblo, a la Nación, se pasa cada vez más claramente a la respuesta de que a los colombianos nos une básicamente el estar sujetos a una misma Constitución. Esta es la expresión tangible de nuestro proyecto de país y nuestro catálogo de obligaciones y derechos. Obligaciones y derechos cuya viabilidad y sostenibilidad es la tarea colectiva más noble que podamos proponernos. "Patriotismo constitucional" y "democracia deliberativa" son dos propuestas de finales del siglo XX que se han convertido en la base obvia de la participación del ciudadano en la vida democrática. Y esa base puede ahora contar con la masiva difusión de hábitos racionalistas vía educación y vía medios.

Todo el mundo ha aprendido a evaluar argumentos, sabe construir argumentos fuertes, sabe reconocer argumentos fuertes y ceder ante ellos. Del "cómo voy yo", de la extorsión clientelista tan acentuada años atrás, se ha pasado a la combinación entre ética comunicativa y ética del cuidado. La cultura del atajo es cosa del pasado y la autorregulación tiene cada vez más espacio. Hoy, para los colombianos el hedonismo es un valor importante: se educan, también, por gusto y por placer. Esta es la Colombia en 2020 que se logró construir por medio de una apuesta educativa.

* Ex alcalde de Bogotá, profesor de la Universidad Nacional

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